Todo el mundo sabe que no es lo mismo estar que ser, estar en un lugar o ser de él. Pero esto deja de entenderse tan pronto como la ideología suplanta al sentido común en la cuestión del Estado y su relación con los Partidos. Antes del Estado de Partido Único, los partidos políticos eran de la Sociedad y solo estaban en el Estado si, y solo sí, ganaban electoralmente la facultad de gobernarlo. El Partido gobernante pasaba desde la Sociedad a ocupar una posición de gobierno en el Estado, y a la Sociedad volvía tras representarla transitoriamente durante su mandato.

Pese a la mala prensa que execra todo lo vencido, el partido único no era una contradicción conceptual, como lo es la de partido estatal sin Estado totalitario. Sin darse cuenta de que el Estado no puede ser plural, los partidos que sustituyeron al partido único cayeron en la contradicción de imitarlo, partirlo en varias fracciones y repartirse por cuotas el poder de la autoridad, para continuar haciendo sustancialmente lo mismo: la integración de las masas en el Estado. El hecho de sustituir la dictadura de la fuerza física por la del consenso moral e intelectual no esconde la identidad de finalidades del partido único y los partidos-facciones estatales.

La filosofia política alemana está orgullosa de haber superado los antiguos partidos de representación mediante los modernos partidos de integración. No estaría tan orgullosa si viera que el Estado de Partidos no ha realizado la libre integración democrática de las masas en la Sociedad Política, sino la integración autoritaria de las masas en el Estado asistencial. Y los partidos actuales son modernos no porque hayan racionalizado sus fines, que continúan siendo los del Partido único, sino porque se han convertido en máquinas y mecanismos de lograr obediencia a la autoridad, en el mercado de consumo de mercaderías políticas que la guerra fría inauguró.

Es evidente que los rasgos más llamativos y desagradables del fascio-nazismo, no los más profundos, como el racismo y la xenofobia, no se reproducen en el Estado de Partidos ni en los Partidos de Estado. En cambio, como observó Sigmund Neumann (“Partidos políticos modernos” 1956), la connotación nacionalista aparece en los partidos-facciones tan pronto como necesitan aliarse con fuerzas centrífugas de grupos periféricos para gobernar sin mayoría propia. Una facción del Estado, como la representada por el PSOE, que se apoya para gobernar en nacionalismos periféricos, incluso independentistas, no tiene posibilidades de evitar la reacción nacionalista tradicional, como ya está sucediendo en el PP. Esta Monarquía de Partidos, sin superar el nacionalismo central, ha fomentado los nacionalismos periféricos.

Los partidos de Estado inevitablemente son partidos del Estado. La representación de la sociedad civil les parece una antigualla. En la República de Weimar, donde se fraguó la degeneración de los partidos en las facciones estatales, que luego formalizó la Ley Fundamental de Bonn (copiada en el falso e imposible art. 6 de la CE: “los partidos concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política”), el partido Democrático llegó incluso a llamarse Partido del Estado.

En realidad, los partidos llamados de integración no son más que grupos o facciones de poder estatal donde caben todas las clases y categorías de personas que carecen de ideología. Por su propia naturaleza, los partidos de todo el mundo (“catch-all-party”) solo pueden constituir facciones estatales de poder burocrático o funcionarial. Y la única ley que puede deducirse de su desarrollo en el Estado, sin libertad política, es que son buenos productores de afanes de poder, corrupción, ineficiencia administrativa, incultura política y empobrecimiento del ocio, pero pésimos intérpretes de las necesidades de la sociedad civil.

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