Votar tiene varios significados. Si no expresa la acción de elegir personas o aprobar mociones, si no exclama amenaza (voto al diablo) o no hace votos por un deseo, votar tiene el sentido de la promesa votiva, la del exvoto depositado en lugar sagrado a causa del favor recibido o esperado de algún benefactor celestial. Aquí, el prefijo “ex” no indica que la acción de votar haya cesado, ni que pertenezca al pasado, sino precisamente que lo recibido o esperado viene del voto, procede de la ofrenda. Los pueblos primitivos ofrendaban toda clase de objetos, llamados amuletos porque lo habitual, dada la cantidad de cojos venidos de la guerra, era colgar de un muro público las propias muletas. La religión eclesiástica heredó esos usos míticos, colgando en muros sagrados (etimología de anatema) toda clase de muñecos, y poniendo velas cada vez más gruesas en los altares. Y el pueblo desamparado encendía, en sus hogares, una a Dios y otra al diablo.   Ninguna otra votación política expresa tan bien el sentido religioso, incluso mágico, del voto a partidos o coaliciones de partidos, como la que deposita el devoto creyente en las urnas europeas, ofrendándolo a la nueva diosa de la fortuna española, esa divinizada Europa que nos sacó de la dictadura y nos enriqueció con el euro. Por gratitud a la homologación que nos otorgó, y por esperanza eterna en las subvenciones que al parecer nos regala, los españoles sienten el deber, más que el derecho, de amuletar sus cojos andares con papeletas metidas en las ranuras de la matriz europea. La evidente irracionalidad de esta absurda creencia en el exvoto europeo, que los partidos estatales aprovechan en su beneficio, no quiere decir en modo alguno que también sea absurda para el sentimiento de las masas creyentes en la utilidad de los amuletos. Desde el “credo quia absurdum” atribuido a Tertuliano, hasta lo absurdo como primera verdad de Camus, la fe en la irracionalidad ha llegado a ser la fuente de la última racionalidad política. Cada día de votación es fiesta de acción de gracias a los partidos. Tras la guerra mundial, la absurdidad racionalizó la política con el expediente de no permitir, a la libertad de elección de listas de partidos, la posibilidad de no elegir, por grande que sea la abstención. Siendo elección de partido para sí mismo, esta votación “puede parecer absurda, y lo es, pero no porque carezca de razón, sino porque no ha tenido posibilidad de no elegir” (El Ser y la Nada, 1943). Sartre anticipó lo por venir, al finalizar la guerra, con el sistema proporcional de votar sin elegir. Un contrasentido personal.   florilegio "Lo absurdo para la razón puede no serlo para el sentimiento colectivo, pero lo absurdo del sentimiento personal también lo es de la razón de su vida."

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