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viernes, 22 septiembre 2017

Una dictadura sentimental para Cataluña

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sentimentalEn un vídeo parodia de Youtube, una señora se mostraba desolada por ser considerada mujer, cuando en realidad no se sentía nada femenina. Su impostada indignación quizá no sorprendiera a muchos. Al fin y al cabo, según los expertos cuya opinión acapara los medios, el sexo es un designio de la naturaleza mientras que el género es un constructo social, es decir, una imposición de las personas.

Sin embargo, el supuesto problema de esta buena señora iba mucho más allá de la disonancia de género. Y es que la mujer afirmaba que su “identidad sexual era la de un helicóptero de combate”.

Evidentemente, era un absurdo. Y a buen seguro un sarcasmo, una estrambótica broma sobre los excesos de la identidad, en este caso sexual. Sea como fuere, anteponer el sentimiento a la realidad, es decir, lo que uno siente a lo que realmente, por descabellado que sea, ha terminado desbordando el entorno privado para convertirse en un problema institucional en las sociedades desarrolladas. De hecho, el sentimiento personal no es ya una cuestión particular, sino un problema que desborda el ámbito privado del individuo y se traslada a las leyes.

Esta dinámica sentimental, donde la identidad no se ajusta a lo que uno es sino a lo que siente, es precisamente en lo que se sustenta el nebuloso derecho a decidir. Una persona puede ser positivamente española, puesto que las leyes y la jurisdicción territorial así lo certifican, sin embargo, mediante el derecho a decidir, el sentimiento se impone no ya al ordenamiento legal sino, sobre todo, a la realidad. Ya no importa lo que seamos, sino lo que sentimos.

Esta democracia emocional, donde los hechos dejan de existir en favor de los sentimientos, es lo que ha permitido al secesionismo catalán incorporar a la causa no ya a muchos inmigrantes o hijos de inmigrantes procedentes de otras regiones de España, sino también a gran parte de la numerosa comunidad marroquí, hecho que hace tan sólo un par de décadas habría horrorizado a la burguesía catalana. En la actualidad, estos individuos se han convertido en parte de la masa crítica de la secesión. Lo que explica en buena medida por qué la burguesía nacionalista ha terminado por perder el control en beneficio de una izquierda que, ayuna de proletarios, se ha dedicado a pastorear a las minorías y también a crearlas.

En los años 80, el nacionalismo era marginal. Muchos catalanes votaban CiU no para promover la secesión, sino porque creían que estarían mejor representados en Madrid. Cierto es que existía el catalanismo, pero éste era más cultural que político… hasta que fue capturado por los padres de la patria catalana.

El nacionalismo se limitaba a esa burguesía estirada que miraba con desdén al forastero, y que, en el mejor de los casos, lo consideraba mano de obra necesaria, es decir, un mal inevitable. Actitud que era correspondida por los inmigrantes, que, claro está, recelosos no votaban CiU sino a otros partidos.

Pero, mediante la ingeniería social y la compra de voluntades, la situación fue cambiando, hasta que, de pronto, un andaluz empadronado en Granollers podía no sólo ser más nacionalista que Jordi Pujol, sino también más xenófobo, aunque tuviera que revolverse contra sus propios paisanos.

Ya no importaba el origen, la cultura, las costumbres o, incluso, desconocer el idioma catalán. Todo eso podía resolverse, especialmente el problema del idioma mediante la imposición lingüística. Bastaba sólo con el sentimiento para entrar a formar parte del mismo club que antaño te había despreciado. Pero, para certificar esta admisión, el sentimiento del converso tenía que ser también tan excluyente como el del más acérrimo nacionalista; es decir, debía renegar de la identidad española, haciendo mofa de ella. Así, el falso relato nacionalista, donde España era el mundo viejo y la emergente nación catalana un mundo nuevo, se fue propagando.

Sin embargo, como acertadamente explicaba Hannah Arendt, es parte de la propia condición humana que cada generación crezca en un mundo viejo, de modo que prepararla para un nuevo mundo sólo puede significar que se quiere quitar de las manos de los recién llegados su propia oportunidad ante lo nuevo. De hecho, el mundo en el que se introduce a los niños es un mundo viejo, es decir, preexistente, construido por los vivos y por los muertos. Y ante esto, los sentimientos resultan impotentes y la realidad se impone. El sueño se convierte en desencanto.

Por más que a los secesionistas les pese, España es la cruda y dura realidad, si se quiere llena de imperfecciones y carencias, pero realidad, al fin y al cabo, mientras que la Cataluña prometida es un despropósito, cuyo horizonte se sitúa por debajo del bono basura.

Lamentablemente, nada hay más tentador y a la vez peligroso que la promesa de la transformación sin esfuerzo. Creer que se puede triunfar simplemente deseándolo, cambiando a voluntad de identidad, es infantil. Sin embargo, convertir los panes en peces y el agua en vino con sólo desearlo, es parte de la liturgia de ese nacionalismo catalán entregado a la democracia sentimental y que denigra la identidad española.

Nada tiene que ver en todo este embrollo el derecho de autodeterminación, cuya acotación en la Carta de las Naciones Unidas resulta ya de por sí bastante farragosa, y que, al decir de la propia ONU no aplica en el caso de Cataluña. Mucho menos sentido tiene hacer malabarismo dialécticos para extrapolar el derecho de autodeterminación individual, propio del liberalismo, a un proceso que por fuerza es colectivo. Pero, cuidado, tampoco es solución el federalismo. En el caso catalán cohabitan dos impulsos inasequibles a la razón:  la voluntad secesionista y el sentimentalismo. Frente a ambos, la fuerza de la ley es la única alternativa. Eso o asumir que tarde o temprano se producirá la secesión y que, después, llegará la ruina y, de propina, el pancatalanismo liderado por una izquierda loca.

En realidad, el nacionalismo catalán se parece demasiado a la parodia de esa mujer cuya identidad sexual es la de un helicóptero de combate. Pero que resulte absurdo es lo de menos. El peligro está en esa dictadura del sentimiento que trasciende al ámbito individual y se convierte en la pesadilla de todos.

Homenaje a Philippe Muray

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Philip Muray

Juzgado desde el punto de vista del pensamiento, Philippe Muray (1945-2006) fue un escritor y ensayista francés que, más allá de novelas, obras de teatro y otras yerbas, escribió dos libros liminares que valen la pena de ser leídos: el Imperio del Bien (1991) [1]y Festivus, Festivus (2005). Este último es una serie conversaciones de junio de 2001 a diciembre de 2004.

En el Imperio del Bien realiza como lo hicieran antes que él, Kart Lowith[2], Eric Voegelin[3] o nuestro Julio Meinvielle[4], la genealogía de la modernidad mostrando como el ocultismo, o mejor la gnosis, es la base irracional de Las Luces y la Ilustración.

Festivus, Festivus, se puede resumir así: “La ridiculización del mundo tal como va es una disciplina que está aun en pañales. Reírse de este universo lamentable, en el cual el caos se equilibra con el canibalismo y la criminalización, entre fiesta continua y la persecución, es la única manera hoy de ser rigurosamente realista”.

En Exorcismos espirituales se pregunta: “Quién es el enemigo: el mundo contemporáneo y su homegeneización totalitaria. Ningún entendimiento con él es posible”. Encontramos allí la crítica más profunda a la teoría del multiculturalismo. La matriz ideológica de lo contemporáneo en sí mismo es la indiferencia ontológica que se manifiesta en la abolición del conflicto entre el Mal y el Bien, entre identidad y diferencia, que termina con la absolutización de “lo Mismo”, exterminando a lo Otro. La ideología de “lo Mismo” termina anulando las diferencias esenciales entre hombre-animal, naturaleza –cultura, saber-ignorancia, masculino-femenino, orden natural-orden simbólico, sagrado-profano, niño-adulto, fuerza-violencia, ser-ente, nación-conglomerado, pueblo-gente.

El homo festivus termina festejando la fiesta en una frivolidad aterradora, borrando su fundamento teológico que es el culto, como lo mostraron Joseph Pieper y Otto Bollnow, entre otros.

En el fondo de este razonamiento se halla “un catolicismo de combate” como muy bien señala Paulin Césari, quien estudió su pensamiento en profundidad.[5]

Como afirmó el filósofo Jean Baudrillard en sus exequias: “Con Philippe Muray desparece uno de los raros, de los muy raros conjurados de esta resistencia subterránea y ofensiva al “Imperio del Bien”, a esa pacificación grotesca del mundo real, a todo aquello que procede de la hegemonía mundial”.

[1] En castellano tiene dos obras editadas por la editorial española El imperio del bien en 2013 y Querido Yihadistas en 2010. Además están los trabajos del joven Rodrigo Agulló o Adriano Erriguel o como quiera que se llame, pues no se sabe si es mejicano o gallego ni su verdadero nombre, pero que valen la pena leerlos.

[2] Löwith, Kart: El hombre en el centro de la historia, Ed. Herder, Madrid, 2009

[3] Voegelin, Eric: El asesinato de Dios y otros escritos políticos, Ed. Hydra, Bs.As. 2009

[4] Meinvielle, Julio: De la Cábala al progresismo, Ed. Epheta, Bs.As. 1994

[5] Césari, Paulin: Philippe Muray, penseur catolíque, Le Figaró Magazine, 16/1/2915

Patafísica Partidocrática

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Patafísica
Joan Miró, “cabeza de payés catalán”

En 1911 se publicó a título póstumo una novela de Alfred Jarry titulada Gestes et opinions du Docteur Faustroll, pataphysicien, donde se definía la patafísica como “ciencia de las soluciones imaginarias”, concepto que tuvo gran influencia en el movimiento surrealista, y llevó a la creación de un paródico collegium pataphysicum en 1948, entre cuyos miembros figuraron artistas como Boris Vian, Marcel Duchamp, Raymond Queneau o Joan Miró.

Sin duda, no desmerecerían de ser integrantes de este insigne Colegio aquellos representantes de la eximia partidocracia española que están proponiendo estos días como solución al proceso independentista catalán la celebración de nuevas elecciones. Estos patafísicos de la clase política oligárquica, que, de acuerdo con su conciencia de tal, no pueden ver a sus conmilitones catalanes como enemigos, les proponen que jueguen al juego de las votaciones para re-repartirse el poder, a ver si esta vez están más contentos con la cuota que obtengan. Entretanto, el gobierno, descartando desde hace cinco años la ramplona solución de procesar por el delito de sedición recogido en el código penal a los nacionalistas catalanes, sus aliados de casta corrupta y explotadora de sus súbditos, experimenta en su laboratorio patafísico con expedientes como las llamadas al diálogo, la financiación abusiva respecto a la de otras regiones, y los pellizcos de monja judiciales. Por su parte, la oposición sugiere la creación de un patafísico Estado plurinacional, cuyo número de naciones exigirá probablemente la celebración de una sesión plenaria del Colegio, pues el líder de aquélla ha afirmado recientemente que “todas las naciones son España”. Todos ellos coinciden, al menos, en la existencia del patafísicamente socialdemócrata “derecho a decidir”, ya se sabe, el derecho a decidir sobre cosas incluso no decidibles, como si lloverá mañana, la existencia de Dios, o la de una nación, que es un hecho histórico sobrevenido e independiente de la voluntad de cualesquiera generaciones, presentes o futuras.

Toda esta situación es, en fin, una triste prueba más de cuán nociva es la partidocracia para sus súbditos, pues los partidos de este régimen hacen suyo el Estado, de suerte que los presunto nacionalistas no son más que estatalistas que quieren un Estadito propio donde ejercer un poder sin control y blindado frente a instancias judiciales superiores que conocieran de su mayúscula corrupción. La nación, pues, no la conocen ni les importa, pues ya poseen un aparato represor y propagandístico con el que acallar las protestas de la población por las catastróficas consecuencias económicas que tendría su proceso independentista.

Crónica Diada 2017 Tras compartir con nosotros su experiencia durante la Diada los bravos repúblicos barceloneses nos mandan un mensaje: "¡Difundidlo!, ahora más que nunca necesitamos cohesión en la acción"

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Crónica Diada 2017Sjædric Moreno Coscoll

Hace ya tres siglos resonaron en las calles de Barcelona las palabras de Rafael Casanova: “…tots com a veritables fills de la Pàtria, amants de la llibertat, acudiran als llocs assenyalats, per tal de vessar gloriosament la seva sang i la seva vida, pel seu honor, per la Pàtria i per la llibertat de tota Espanya”.

El eco de esta proclama sigue sonando en las conciencias de los catalanes que no hemos estado contaminados por el veneno nacionalista. Los que hoy se atribuyen el derecho de celebrar el 11 de septiembre, como si fuese una extraña victoria, silencian estas palabras para apagar la verdadera conciencia catalana. Son estos mismos los que se disfrazan de patriotas catalanes para negar los valores manifestados por este bando y reclamar para Cataluña todo lo contrario por lo que lucharon.

Las mentiras llevan a las contradicciones y al absurdo. Por ello hoy celebramos esta Diada en pro de la verdad y contra los que niegan los valores que defendieron muchos catalanes ese nefasto 11 de septiembre. Los catalanes amantes de sus raíces somos acusados de anticatalanes. Pero nadie puede negar que ningún catalán de la Guerra de Sucesión hubiese estado dispuesto a dar su vida por las alocadas propuestas independentistas, antisociales o inmorales que defienden los estatistas catalanes.

Hartos de tantas mentiras y tergiversaciones salimos a la calle a proclamar nuestra fiesta, la de todos los catalanes, gritando: “Llibertat Constituent; Això no és democràcia; La Diada es de todos”.

Esta proclama resonó durante el acto institucional en el Paseo del Born junto a la rojigualda, mientras cientos de personas observaban estupefactos semejante unión. Incertidumbre y desconcierto ante tales consignas, pues el adoctrinamiento independentista de la Generalitat no define ni prevé dicho perfil ciudadano. El revuelo no cesó aquí, pues tuvimos que ser escoltados por siete mossos d’escuadra durante toda nuestra estancia, no sin antes, reivindicar nuestros derechos civiles de libertad de expresión y permanencia en vía pública. No obstante, personas interesadas se acercaron a preguntar y hacer fotografías al son de abucheos de “butiflers” rencorosos.

Como no, acabamos congratulados con unas cervezas y gratificación plena por el acto que realizamos, pues la Libertad Constituyente nos une, mueve y llena de esperanza y anhelo a los españoles que perseguimos tal fin.

Cocotología

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Cocotología
UNAMUNO

La democracia es poder hacer manualidades en el Congreso, dijo al diputado Rufián, en el Parlamento, la vicepresidenta del gobierno María Soraya.

Rufián no es un cocotólogo. Cocotólogo fue Carandell, que hizo en la tribuna de prensa las pajaritas de la Santa Transición, y su maestro, Unamuno, cuya crisis espiritual de 1897 le dejó un miedo aprensivo a la parálisis, que le llevó a escribir con una pluma ancha de caña y a amasar bolitas de miga de pan y a plegar papeles haciendo pajaritas rectorales. Otro demócrata.

–Y si no, que venga Montesquieu y lo vea –añadió, como argumento de autoridad, María Soraya.

Hombre, María Soraya: Montesquieu, antes de resultar muerto en efigie por el director teatral Alfonso Guerra, escribió dos cosas en “El espíritu de la leyes” que no deben de salir en las oposiciones para la abogacía del Estado. Una: “Cuando el poder legislativo y el poder ejecutivo están reunidos en la misma persona o en el mismo cuerpo de magistratura, no hay libertad”. Y otra: “Si el poder ejecutivo fuera confiado a un cierto número de personas sacadas del cuerpo legislativo, no habría ya libertad, porque los dos poderes estarían unidos, y las mismas personas tendrían a veces, y podrían siempre tener, parte la una en la otra”. Así que si Montesquieu entrara al Congreso y viera a Rufián con la impresora de las manualidades seguramente pensaría: “¡Otro ‘telepollas’!” (hallazgo lingüístico de Cela); pero no lo echaría para atrás tanto como ver en la sede del poder legislativo el banco azul del poder ejecutivo, con lo que Montesquieu no nos vale para darnos pisto. Podría valernos Francisco de Miranda, un español que fue más lejos que Montesquieu en materia de separación de poderes, pero murió de asco en una prisión de Cádiz.

Cruje el casón por Cataluña, y en el patio del gran alienista doctor Esquerdo resuena Ortega: “La España oficial consiste, pues, en una especie de partidos fantasmas que defienden los fantasmas de unas ideas…”

 

¿Cómo fabricar un mal discurso?

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    Si al elaborar un discurso contravenimos sistemáticamente las normas fijadas por la oratoria clásica en distintos manuales que nos han sobrevivido, especialmente aquella hazaña enciclopédica de Quintiliano, es seguro que conseguiremos hacer un mal discurso. Tampoco es fácil hacer un mal discurso, pues en general el arte del bien hablar se fundamenta en la forma natural de contar una cosa y en el sentido común. Las famosas cuatro partes del discurso ya las vemos, si agudizamos los oídos, en el medio infante que comienza a hablar y cuenta a su mamá un hecho que ha vivido o que le han contado, o que ha soñado.

El desgraciado intento por reprimir todo pensamiento auténtico por la religión de lo políticamente correcto frena tanto la corriente del discurso como apaga el calor vital del pensamiento. Es básico sin duda el pensamiento políticamente correcto para hacer un mal discurso. Quintiliano escribió una obra titulada De causis corruptae eloquentiae, que desgraciadamente no ha llegado hasta nosotros. La marcha triunfal de los vicios se patentiza en el discurso malo. El arte corrupto del discurso consiste en palabras especialmente carentes de propiedad, redundantes, en una oscura lógica de pensamiento, en la relamida unión de palabras y en la pueril caza de voces parecidas o ambiguas.

Ayuda también mucho al mal discurso quien no se preparó como ajuar un abundante tesoro de palabras por mucha y digna lectura. Ahora bien, las palabras están para adornar los pensamientos y no para alabarse a ellas mismas, pues en el mal discurso el sentido de los pensamientos queda sepultado por la alabanza inmoderada a las palabras.

Decía el grande y desgraciado Quintiliano que el discurso debe oler a nacional, y no como si se le hubiese concedido el derecho de ciudadanía. Así, un buen número de malos discursos son intervenciones forasteras, ajenas tanto al pensamiento como a la buena lengua nacional, al quebrar la norma gramatical. Los malos discursos no deben evitar jamás los términos obscenos, sórdidos y de malsonante bajeza. Los discursos malos deben estar tachonados de faltas de impropiedad. Los malos discurseadores suelen blasonar de rebuscada cultura, y en sus discursos encontramos una maraña de palabras vacías.

Tito Livio hablaba de un maestro de retórica que mandaba a sus discípulos formular oscuramente lo que iban a decir, citándoles el imperativo griego “skótison”: pon oscuro, sé oscuro. De donde proviene sin duda aquella egregia alabanza: “Tanto melior: ne ego quidem intellexi” (¡Tanto mejor! ¡Ni siquiera yo le entendí!). Todavía hoy el pueblo desconfía de aquellos políticos que él entiende muy bien. “Si yo le entiendo todo, muy listo no puede ser este político”. El estragado gusto de los oyentes hace que ya no se cumpla siempre aquella máxima contra el discurso malo: “Son más nocivas y prestan menos utilidad nuestras palabras que las ajenas” ( semper vero magis nocent nostra verba quam aliena ).

El mal orador es amigo de las adianóeta ( expresiones ininteligibles ), esto es, expresiones que, siendo claras en cada una de las palabras, tienen sentidos ocultos. El mal discurso huye siempre de la claridad (perspicuitas): porque su pensamiento y contenidos son inanes y miserables. Entre los peores oradores se han encontrado siempre los poetastros: igual que un uso moderado y oportuno de la metáfora da claridad y esplendor al discurso, así su uso frecuente lo oscurece y nos llena de hastío, y su aplicación continuada termina en alegoría y enigmas irresolubles.

Aunque las palabras honestas sean superiores a las indecentes, y para palabras sucias (sordidae) no hay lugar alguno en un discurso exquisito, sin embargo, si queremos esforzarnos en fabricar un mal discurso debemos llenarlo de palabras indecentes y sucias. Y las grandes palabras en un discurso malo deben aparecer como hinchazones en un terreno llano, en donde jamás tiene perfume el lenguaje. Suárez puso de moda convertir los complementos circunstanciales de modo en complementos circunstanciales de un lugar platónico: Así, en vez de decir “quiero hablar con amabilidad”, se dice “quiero hablar desde la humildad”, sin duda una hinchazón “hordearia” gracias al mal uso de las preposiciones.

No es fácil, en fin, hacer un discurso obtuso, sucio, vacío, sombrío, desarticulado, desagradable, cacofónico y vulgar. Hay que esforzarse muchísimo. Las palabras superfluas y redundantes son también flores del discurso malo. El talento desviado carece de sensatez y se deja engañar por la apariencia de lo bueno.

El discurso malo mezcla lo sublime con lo bajo, lo antiguo con lo nuevo, términos poéticos con otros ordinarios y chatos, contraviene, en fin, los dos primeros versos de la Ars Poetica de Horacio: “Humano capiti cervicem pictor equinam/ iungere si velit”.

También el mal orador se desvive a la caza de sentencias de relumbrón. Su misma acumulación hace entrecortado su discurso; pues cada sentencia queda detenida, y por eso viene tras ella otro comienzo nuevo, la reanudación de un discurso subterráneo. De donde nace un discurso flojo, por buscar agudezas simpáticas, y como no se compone de miembros individualmente señalados, carece de estructura, ya que esas frases redondeadas y por todo lugar entrecortadas no pueden ofrecerse ayuda recíproca. A esto se añade también que, cuando uno se esfuerza en atrapar sólo sentencias, por necesidad tiene que decir muchas cosas sin peso ninguno, frías y fuera de lugar; pues no puede haber selección, cuando la preocupación es su número. Desde luego los agudos oradores modernos no son para nada mejores que los antiguos; son sólo diferentes, y lo que más llama la atención es que sus malísimos discursos exigen un esfuerzo titánico, tal como se ve.

No cosa baladí es tampoco la parte cuarta de la oratoria, la actio o hypocrisis, todo aquello que tiene que ver con la voz, indumentaria y gestualidad del orador. El orador en su papel puro de histrión (vocablo etrusco) o simplemente actor. El discurso como pura schesis o pose. El mal orador político suele declamar gritando, con tono siempre histérico, perturbado y malhumorado, como aquellos delirantes predicadores del Fray Gerundio de Campazas. Porque el padre Isla también fue un buen maestro para fabricar malos discursos, con la ventaja añadida de su hilaridad y carcajada.