España

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EspañaHablar públicamente de España como hecho nacional supone auténtica provocación de quien se sitúa fuera del sistema. Un asunto incómodo por el que se suele pasar con extrema cautela, de manera superficial y rápida, siempre dentro del falso discurso de lo políticamente correcto.

Tan escandaloso era decir antes de 1.978 que aquello era una dictadura nacionalista como lo es ahora decir que esto es una oligarquía de partidos apátrida. El rechazo social es idéntico. El delicado equilibrio del consenso postfranquista deconstruye la conciencia nacional al partir de un error intelectual básico, consistente en entender el hecho nacional como dependiente de la voluntad de quienes integran un estado concreto.

La historia de la filosofía política nos muestra el perpetuo interrogante del hombre sobre los límites de la acción humana, de su libertad para modificar su propia circunstancia vital y la del medio que le rodea.

Esa misma experiencia, es la que nos demuestra como existen aspectos vitales en los que el ejercicio de la facultad de libre decisión del individuo tiene una capacidad creadora o transformadora del medio (economía, ideología, costumbres sociales…) mientras que existen otras realidades sobre las que su voluntad resulta totalmente indiferente e inútil al desarrollarse por sus propias reglas.
Los primeros son hechos derivados de la libre experiencia, los segundos son de mera existencia.

Estos últimos son hechos objetivos, que nos vienen dados y sobre los que nuestra libre de voluntad de asumirlos nada tiene que decir sobre su propia generación, sucesión o existencia misma por mucho que libre y voluntariamente intentemos cambiarlos.

Basten dos ejemplos: Por mucho que cuatro hermanos decidan en libre votación y asamblea dejar de ser hijos de sus padres, el hecho objetivo y cierto es que no dejarán de serlo jamás porque vienen predeterminados por un hecho al margen de su voluntad como es su propia concepción, que les predetermina como tales desde el nacimiento hasta la muerte.

Podrán renegar de sus padres, decir que no son hijos suyos, que les han maltratado y que no merecen llamarse padres, e incluso cambiarse los nombres y apellidos que les dieron, pero aún así y con todo, siempre serán sus hijos por el hecho biológico que les define como tales y que escapa de su libre voluntad. De igual manera, si pretendemos hacer mañana una excursión al campo o realizar cualquier actividad al aire libre resultaría absurdo que votáramos ahora en muy democrática asamblea que mañana hiciera un día cálido y soleado.

A estos hechos de existencia pura no se les pregunta el por qué ni el para qué como ocurre con los hechos de la libre experiencia, sino el simplemente el cómo.
Pues bien, uno de estos hechos objetivos, predeterminados y que nos llega sin preguntar es el hecho nacional. El hecho nacional de España es así, en cuanto a su existencia, independiente de la libertad de conciencia que tengamos para afirmarlo o negarlo.

No es por tanto una unidad de destino mutuamente consensuada por ningún contrato como afirmaban José Antonio u Ortega, que aún siendo ideológicamente dispares coincidían en el voluntarismo social de la formación nacional, sino algo que nos viene dado, independientemente de nuestra voluntad. Es esa coincidencia en el origen del hecho nacional la que debe hacer no extrañarnos porque la realidad nacional fuera tan maltratada con la dictadura sin libertades personales del pasado, como lo es ahora en la Monarquía de los partidos estatales en que se nos han otorgado todas menos la más importante, la Libertad Política.

Ambas visiones, la franquista y la juancarlista desde la transición, comparten el empeño político de identificar España con su particular forma de ordenar la sociedad como un hecho que depende de la voluntad de los españoles, en el primer caso como una unidad en el destino, en el segundo como un sugestivo pacto o proyecto de convivencia común. El hecho nacional lo es de existencia histórica y no de experiencia social propiedad de una generación, y es independiente de la existencia o inexistencia de libertades personales.

En la formación de esta realidad han jugado un papel más importante la geografía, el clima y las condiciones ecológicas que la voluntad de sus moradores, por cuanto aquellas condiciones son la que han determinado precisamente su distribución desigual en el propio territorio.

La dinámica de las naciones, su evolución, no depende de su voluntad política, sino de su capacidad de modificar las condiciones naturales de su existencia, quedando tan fuera del alcance de la libertad crear naciones como crear lenguas, fruto ambas únicamente del interactuar colectivo creador de su historia cultural. Por eso la independencia de un pueblo no es jamás fruto de su libertad política dentro de su nación, sino reflejo de su fuerza frente al exterior. Así España existirá queramos o no como el oxígeno que respiramos, haya libertad de reunión, de prensa o de sufragio o no la haya. No se trata pues de un plebiscito continuo que determine su existencia ni de un producto contractual, sino de un concepto objetivo y predeterminado tan difícil de definir como fácil de identificar.

Por qué nos hemos cargado el sistema

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Alejandro Quincoces. PERSPECTIVA DE UNA CALLE EN NUEVA YORK.

ALEJANDRO QUINCOCES

Hacia 1905, Hermann Bahr decidió: “El único deber, ser moderno”.  Veintitantos años después, yo me impuse también esa obligación del todo superflua. Ser moderno es ser contemporáneo, ser actual: todos fatalmente lo somos. Nadie -fuera de cierto aventurero que soñó Wells- ha descubierto el arte de vivir en el futuro o en el pasado. No hay obra que no sea de su tiempo…

                                                                       Jorge Luis Borges

Buenos Aires, 25 de agosto de 1969

 

POR QUÉ NOS HEMOS CARGADO EL SISTEMA

  “Uno se cansa del supuesto papel que los críticos tienen en esta cultura. Es como ser el pianista de un burdel, no tienes ningún control sobre todo lo que pasa en el piso de arriba”

                                 Robert Hughes, crítico de arte.

 

Obras cuyo alto precio es difícil de justificar, subastas de ganga, disfraces, apariencias, peinados imposibles, provocaciones que ya no provocan, mercantilización desaforada, vanidades, atonía de compras, público que no sabe cómo mirar y sobre todo, confusión.

¿Hay alguien todavía que tenga dudas sobre los males del mercado del arte?

Y sin embargo: Turismo de masas, colas kilométricas para asistir a los grandes acontecimientos culturales, Velázquez, El Bosco en el Prado, el Guernica en el Reina Sofía, terrazas llenas, bullicio de compras en las calles, movimiento por todas partes.

Cuando hablo de lo mal que están las cosas con alguien, lo primero que se me dice es… la  crisis económica. La crisis económica sólo no explica demasiadas cosas , voy a intentar dilucidar algunas de ellas e intentaré apuntar algunas posibilidades de solución.

 

EL ARTE PARA LA POLÍTICA, LA POLÍTICA PARA EL ARTE

Un poco de historia:

En 1943, en plena guerra mundial, otra guerra comenzó, pero dentro del mundo del arte, que cambiaría su rumbo, al menos para el lado occidental durante el siglo XX.

Acababa de inaugurarse en la famosa galería Wildenstein la primera exposición de los expresionistas abstractos de la llamada escuela de Nueva York.

El influyente crítico del New York Times: Edward Alden Jewel, escribió una crítica implacable sobre la exposición recién inaugurada y clamaba contra las incomprensibles obras de Mark Rothko o Adolf Gottlieb de los que manifiesta sufrir incluso vergüenza ajena ante algunas de sus obras.

Ante los contundentes alegatos de Alden, los mencionados artistas contraponen respuesta y el diario ofrece una reproducción de las obras con la consiguiente difusión de los principios del expresionismo abstracto por primera vez, creándose la polémica que a partir de entonces estaría en boca de aficionados y artistas y la familiarización del público con el nuevo movimiento.

Frente a los comentarios de Alden, Barnett Newman señalaba en el catálogo de la “primera exposición de artistas americanos modernos” que el nacimiento de esta corriente nueva respondía a “la necesidad de presentar al público un arte que refleje adecuadamente a la nueva América que se convertirá, esperamos, en el centro cultural del mundo”.

Diez años después, el prestigioso MOMA, presentaba en el Museo de Arte Moderno de París la exposición “Doce pintores y escultores americanos contemporáneos” en la que esta nueva forma revolucionaria de arte y castigada por la crítica y público se presenta ante el mundo como embajadora cultural de los Estados Unidos.

Ambos aniversarios coincidieron hace tres años con la reedición del libro “La CIA y la guerra fría cultural” Editorial Debate, de Frances Stonor Saunders, un ensayo en el que Stonor vincula el “éxito” rápido del Expresionismo Abstracto para los EEUU no tanto a los méritos artísticos el trabajo y la dedicación a los valores plásticos, como a la intervención decisiva de los servicios de inteligencia norteamericanos y sus intereses en el control cultural mundial.

Hay que tener en cuenta que la influencia del modelo socialista en Europa era creciente y la intelectualidad era muy receptiva a las ideas provenientes de más allá del telón de acero.

Tras la segunda guerra mundial, se creó en 1947 la CIA, que había de llevar a cabo un plan por la primacía estadounidense.

El elemento fundamental de la estrategia era la División de Organizaciones Internacionales, dirigida por Tom Braden, en cuyo seno se creó el Congreso por la Libertad Cultural, de mucha actividad entre los años 1950 y 1967, para combatir la peyorativa imagen cultural americana; su estrategia se basó en la creación de comités nacionales, revistas y difusión por todos los medios.

Arthur Koestler, antiguo comunista, junto a otros intelectuales y artistas como Benjamin Britten o Jean Cocteau, entre otros muchos, ayudaron y contribuyeron con su prestigio personal.

La financiación millonaria de parte del Plan mars y la creación de numerosas fundaciones y proveedores, suministraron los recursos para la financiación de dicho proyecto, en aras de presupuestos ideológicos que vincularan a los intelectuales y élites políticas de Europa y los EEUU.

La ofensiva norteamericana venía a contrarrestar el estilo nazi, italiano o soviético, que se habían impuesto en Europa y que calificaban las tendencias más modernas como degeneradas o burguesas.

Herramienta fundamental fue el MOMA por la promoción que ofrecía a través del apoyo institucional, todo ello al parecer dirigido desde los servicios secretos, todo, sin embargo, con la intransigencia de la clase política y público en general, que seguían viendo en el estilo “American scene” el símbolo de la América verdadera y en el pasado figurativo, impresionista, etc, auténticas formas de arte americano.

Adquisiciones masivas de la nueva tendencia por parte del MOMA, junto a exposiciones de Pollock, la difusión en las revistas Time, Life y otras que cambian su línea editorial a favor del nuevo proyecto.

Tampoco el manifiesto de la realidad encabezado por Edward Hopper logra cambiar la postura más secreta del gobierno y con la llegada de Eisenhower se oficializa definitivamente el favor hacia la ya llamada corriente de la libertad. Que acapara al menos institucionalmente, todo el interés.

El libro da cuenta de nombres como Nelson Rockefeller o George Orwell, intelectuales, artistas, fundaciones, etc.

La posición originaria comunista de algunos de los artistas implicados, cambia hacia otra liberal y de asunción de los postulados oficiales con circunstancias personales distintas, formando parte de organizaciones vinculadas a la CIA, “Comité Americano por la libertad cultural” y afines.

Como dice su frase:

“La mejor propaganda es aquella en la que el sujeto se mueve en la dirección que uno desea por razones que cree que son suyas”.

 

¿TAMBIÉN HAY UNA RAZÓN RELIGIOSA-CULTURAL EN EL TRANSFONDO?

Lo alejado de muchas propuestas artísticas de la secular tradición occidental, inhibe a una mayoría de aficionados que, desorientados, sólo se acercan como simples curiosos sin llegar a adquirir obras, salvo por la vía indirecta; la compra a través de los impuestos o la reducción de estos, lo cual es insuficiente para sostener un mercado enclenque y demasiado condicionado.

Hasta el siglo XX, -me refiero a la historia del arte admitida como oficial hoy en día en occidente- los movimientos se sucedían en un hilo de evolución más que de ruptura. Durante el romanticismo, por ejemplo, (situémonos en 1840) aunque la expresión de una idea estuviera por encima de la técnica o aunque se perturbara la jerarquía de valores de los conceptos, era fácil seguir el camino desde el clasicismo. Todo parecía guardar un sentido de cambio lógico en que el hombre seguía siendo la medida y donde la figuración de intenciones naturalistas era el nexo común. Las historias contadas tenían que ver con intereses y búsquedas colectivas, la situación era de sintonía entre artista y medio social (al menos en el ámbito que tocaba al artista). Se podía ser antiacadémico para ser romántico, pero las luchas por las diferencias eran entendibles, aunque no se compartieran.

Discutir a estas alturas las bondades de unas u otras formas de entender el arte, como se hacía en el pasado es estéril.  Precisamente por la¨multioferta¨ artística que se nos aparece como”inagotable “e “infinita “en el arte contemporáneo, especialmente desde las instituciones. Dicha oferta hace que una amplia parte del público que acude a museos y exposiciones con frecuencia, se plantee y se lacere con la pregunta ¿qué es esto?. Remitiéndonos a Albert Boadella, visionario, espejo como pocos de la realidad social, el arte ha utilizado y utiliza eso que se ha dado en llamar “experto”, para que este se encargue de explicar y justificar los distintos fenómenos artísticos que van surgiendo. Gran parte del público suele terminar delegando su opinión en la de dichos expertos (pagados muchas veces con dinero público), concediéndoles el derecho de ver y pensar por nosotros mismos. Tom Wolfe, en su libro La palabra pintada nos dice: “hoy día, sin una teoría que me acompañe, no puedo ver un cuadro”; por su parte Umberto Ecco escribirá: “el crítico ha de cerrar el contenido teórico que avala la obra para impedir una dispersión casi infinita de interpretaciones y lo hace imponiendo la suya como única”.

Repasemos la historia para intentar ver pistas que nos ayuden a encontrar la causa de este caos. Las controversias sobre la licitud de las imágenes, no por razones artísticas, sino religiosas, son muy antiguas. El judaísmo primero, el cristianismo primitivo y los musulmanes después, fueron remisos a admitir la representación de figuras humanas. Aunque no hay en el Corán una sura que expresamente prohíba las imágenes, encontramos una vaga alusión al asunto en la sura número cinco, la de la mesa servida: “oh vosotros, los que creéis, el vino, el juego de azar, los ídolos (ansab) y las flechas adivinatorias, son una abominación, obras de satán, manteneos alejados de todo ello, tal vez entonces seáis felices”.

 

En todo caso, en estos primeros años la censura y posterior prohibición hay que entenderla sólo dentro del ámbito religioso, puesto que sí se da un uso de imágenes de todo tipo en edificios civiles y en múltiples objetos.

El decreto del califa Yazid II, del 720 al 723, ordenaba la destrucción de todos los ídolos e imágenes, aunque parece que sólo se refería a imágenes greco-romanas y egipcias. Fue una difusa iconoclasia la de los primeros siglos y no sería hasta el siglo XI, cuando las recopilaciones de hadit (de entre otros, Al Bujari y Muslim) junto a la propagación de una ortodoxia puritanista, originarían, ahora sí, la prohibición de las representaciones  figurativas dentro del mundo islámico. Al bujari afirmaba: “Los ángeles no entrarán en la casa en la que haya un perro o imágenes; El día  de la resurrección se inflingirá el más terrible de los castigos al pintor que hubiese imitado los seres creados por Dios, quien le dirá entonces, da la vida a esas creaciones”. La capacidad posible de otorgar vida a las figuras inanimadas, el sentimiento de doble y suplantación, arraigada de milenios en culturas anteriores como Mesopotamia y Egipto, se considera en el ámbito musulmán una afrenta a Dios, único legitimado para la creación de vida. La dinastía Omeya es una excepción, los murales en los baños de Qusayr´Amra, las representaciones de soberanos en los palacios de Jirbat al Mafyar y Qasr al Jayr al Garbí o la cúpula de la mezquita de Damasco nos lo demuestran. Hoy en día , también se acepta la figuración en las zonas de influencia Chií, aunque con alguna limitación y vigilancia por motivos de decencia y decoro.

La otra cultura semita importante, la hebrea, muy influyente en el mundo del arte occidental (no olvidemos que, por ejemplo, muchos de los pintores de la llamada escuela de Nueva York han sido judíos, o que la primera exposición de arte minimal se exhibe en el Jewish Museum de N. York) exige desde sus fundamentos el rechazo de toda representación.

Betty B. Fuks apunta en su libro “Freud y la judeidad, la vocación del exilio” que Enmanuel Kant pudo ser uno de los primeros pensadores en indagar sobre la idea Mosaica de la irrepresentabilidad de Dios. Para Kant se debe destacar la concepción de lo sublime como experiencia y la imposibilidad, por tanto, de alcanzar la cosa (das Ding); así como el segundo mandamiento, que explicita la imposibilidad y prohibición de representar a Dios y cualquier obra de su creación bajo el riesgo de desfigurar el carácter inaccesible de su naturaleza. Según Fuks, tanto Freud como Kant se preguntan sobre el dominio de la irrepresentabilidad y su relación con la ley. Freud, en su libro Moisés y la religión monoteísta , afirma que es precisamente la prohibición de figurar y decir el nombre de Dios lo que sirvió de motor al “desarrollo característico de la naturaleza judaica”. La hipótesis freudiana es que bajo el impacto de la “desmaterialización de Dios” los judíos fueron obligados a desarrollar una tendencia hacia la abstracción que se hizo cada vez más fuerte durante sus infortunios políticos, es decir, sus exilios y éxodos milenarios. El precepto sustancial de la religión de Moisés es la prohibición de crearse imágenes de Dios o de cualquier cosa creada por Dios, o sea, la compulsión de venerar a un dios que uno no puede ver.

Dicha prohibición no pudo no crear un profundo efecto en la cultura, y es que significaba un retroceso de la percepción sensorial frente a una representación, que se diría abstracta, con el consiguiente proceso de teorización por encima de lo sensorial.

 

Por otro lado y como es sabido, las condiciones geográficas e históricas de un pueblo condicionarán el resultado religioso y artístico de este. Si para los egipcios el sedentarismo secular conllevó la posibilidad de crear grandes monumentos así como la de representación de estatuas o relieves mitificadores, para el pueblo hebreo, nómada y errante, conllevó el cumplimiento de la ley antiidolátrica y por tanto la ausencia de arte figurativo. Dicho en otras palabras mucho más sencillas: llevar a las cabras por el desierto en busca de pastos es incompatible con el transporte de esculturas y mucho menos de varias toneladas.

Estos hechos y costumbres de milenios han dejado su herencia, a juzgar por el aparente dominio de la abstracción,- al menos de los últimos cincuenta años-. Basta con observar la escalada de movimientos cada vez más reduccionistas y teóricos en contra de propuestas más sensitivas en la historia del arte del siglo XX.

Educar . Enseñar . Instruir . Adoctrinar

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educarLa palabra Educar procede del verbo latino educare (criar, nutrir) y se formó mediante el prefijo ex (fuera)  y el verbo ducere (guiar, conducir), educere (extraer). El término Educar no se incorpora al idioma español hasta el S. XVII, circunscrito al sentido de crianza.

La educación se inicia en la esfera privada, es responsabilidad primordial de la familia y su entorno, que a través del vínculo afectivo, la coherencia, la conducta, el diálogo y el ejemplo, encaminan al infante en el habla, en los hábitos saludables, en los principios y valores morales, en las normas sociales y en la autoconciencia sentimental. De la mano de sus padres el niño aprende a caminar.

La educación se inspira en el patrimonio social, arraigado y transmitido por una larga tradición cultural, de la cual emanan los modelos, los criterios, el sentido de la vida en convivencia y el respeto a los demás. Normas legadas por muchas inteligencias anónimas de la historia, eslabón de unión entre generaciones. Urbanidad, cortesía, buenos modales… donde las formas dominan a las pasiones hay educación. Organización de rutinas capaces de adaptar y prevenir al niño de su medio ambiente y social. La educación digerida, cuida, guía y conduce por los límites de los caminos.

Como proceso de relación y comunicación que es, también educa la vida, la calle. Amistades y sociedad influyen. La pertenencia al grupo, la imitación, la comparación, atraen. Las formas de ocio y diversión del momento son amenazas gregarias que empujan con una fuerza irresistible hacia la homogeneización cultural. Estado y medios de comunicación se entrometen con su propaganda, sus mentiras sistemáticas, su relativismo moral y su determinante tiranía de la tolerancia. El imponente poder del mercado y su ineludible publicidad, manipulan la maleable avidez de la infancia.

La buena o mala educación no depende de ninguna asignatura o sistema de enseñanza, atañe a la autenticidad de vida y a las costumbres de la familia educadora. Una vida auténtica es la que es coherente entre la conciencia y la conducta, entre lo que se piensa y lo que se hace. La falsedad de los comportamientos familiares afecta al niño, porque no tiene el ejemplo de sus padres. Éstos, si están sujetos a los disvalores socialdemócratas de tranquilidad y quietud, devastan la vida moral de sus hijos.

En España, la socialdemocracia domina toda la vida moral y política, es la adaptación de todos a todo, la ausencia de valores, la renuncia a todo tipo de ideal humano, no creer en nada que requiera sacrificar la comodidad del sillón del político, ni la del sofá de los papás que lo votan. En la socialdemocracia todo es una mentira, hipocresía, apariencia, lo opuesto a la autenticidad. No hay democracia, ni libertad política, toda la hegemonía cultural y todos los medios de comunicación reproducen y visten frívolamente la permanente falsedad. La inmoralidad social de los dominados es consecuencia de su silencio, de su indiferencia, de su pasividad ante la injusticia, el robo y la corrupción del Estado, que está destruyendo impunemente el patrimonio común que es la Nación.

Los niños no esperan ser educados, aprenden lo que en su ambiente se valora y se aspira, siguen la conducta de quien les educa, son los padres los que han de inquietarse y transfigurar radicalmente su comportamiento, dejando de apoyar y sostener a la fuente de la degeneración, una corrupta oligarquía estatal sin moralidad alguna. Ese es el ejemplo que necesitan nuestros hijos, vencer el miedo y la falta de confianza en el porvenir, sustituyendo la falsedad de las instituciones políticas por la veracidad en todo lo público, creyendo en la libertad política colectiva que podemos y debemos conquistar, para su futuro.

La palabra Enseñar procede del latín insignare (colocar un signo). Compuesta por in (en) y signare (señalar). Signare proviene de signum (señal) y éste del indoeuropeo sekw (seguir). De ahí vienen las palabras: significado, asignatura, insignia… La evolución del español de la gn en ñ nos trae las palabras: seña, señal, enseña… Enseñas e insignias para todo y para todos. Signum, el formante principal de insignare, remite a la señal que es preciso seguir para alcanzar algo. Signo es lo que se sigue. Enseñar es mostrar señales para que otros puedan orientarse. Enseñarse es habituarse.

Enseñar es el proceso de mostrar y orientar al niño para que logre desarrollar sus capacidades esenciales, la maduración cualitativa de sus facultades intelectuales y la adaptación progresiva del aprendizaje valorizado, que determina la armonización de la sociabilidad, la personalidad y el carácter. Voluntad, respeto, atención y responsabilidad son claves para sentir la emoción de la inteligencia y la pasión por el saber que nos hace libres. Enseñar es despertar algo transcendental, para crecer, pensar, vivir y valerse por sí mismos, con criterio propio.

En el cruce de caminos entre la educación y la enseñanza surge la figura del maestro (magister, el mejor, el que más sabe). Sólo el que ama y conoce lo que enseña puede llegar a transmitir, persuadir y compartir con confianza ese amor. La antigua relación del que enseña, el maestro, con el que aprende, el discípulo, genera amistad. Una interrelación que se torna recíproca, el maestro despliega verdades afuera y el discípulo las pliega dentro.

Los Maestros deben preservar y asignar la memoria. La voz del maestro es mucho más decisiva que cualquier libro. El ideal de la verdad es la palabra hablada cara a cara. La memoria que madura y se desarrolla es el don humano que hace posible todo aprendizaje. La donación despierta un don que posee el donatario. La vocación, la excelencia, el rigor, la exigencia, el riesgo y lo impredecible, son energías necesarias para asimilar, desarrollar y volver a entregar el don a otras generaciones.

Un sistema de enseñanza tiene que ser capaz de entusiasmar y armonizar el pensamiento y el juicio independiente. En la escuela se proyecta la conciencia lingüística, histórica y moral. La gramática es la base para hablar y escribir correctamente, la retórica hace de la lengua la danza del ingenio, la dialéctica ayuda a buscar la verdad entre las lenguas de madera. Piedra a piedra se construye un puente de conocimientos, sostenido por el arco de la memoria que las piedras forman.

Instruir viene del latín instruere. Compuesto de in (dentro) y struere (estructura, construir por dentro). A partir de estas acepciones se configura en español el verbo Instruir, que significa proporcionar conocimientos. El conocimiento es transmisión. La instrucción es el proceso de transmisión y el caudal de conocimientos adquiridos. Alimento de la mente que requiere método y esfuerzo para poder asimilarlo, un perpetuo impulso por descubrir, una emoción sin fin.

La instrucción debe desvincularse de la actualidad y las costumbres, sin ese exilio iniciático no puede aparecer la inquietud, el sentido crítico, ni la transgresión. Los cánones clásicos y el diálogo con las obras maestras dan  acceso a un lugar sin fronteras que nos rescata de los espejos de la inmediatez y nos recuerdan cosas olvidadas.

La enseñanza fue monopolio de la Iglesia desde la Edad Media. La Ilustración y la intermitente centralización liberal favoreció el control estatal de la enseñanza. Los orígenes de la denominación Instrucción Pública en España se remontan a las Cortes de Cádiz de 1812. La primera ley reguladora de la enseñanza fue la Ley de Instrucción Pública de 1857, conocida como Ley Moyano. Esta ley ha sido el fundamento del sistema de enseñanza español durante más de cien años. Un largo peregrinaje de reglamentos entre los Ministerios de Gobernación, Gracia, Justicia y Fomento, llevaron en 1900 a la creación del Ministerio de Instrucción Pública.

Los cambios de nomenclatura nunca son inocentes. Mudar el nombre de Ministerio de Instrucción Pública … (1900-1939) por el de Ministerio de Educación … (1938-2017) abrió las puertas a las doctrinas, artimañas y remiendos que nos han conducido de la mano de la corrupción moral y política, a estar en los niveles académicos más bajos de Europa. Educar es guiar, conducir. Instruir es la transmisión de conocimientos heredados. La familia educa, las escuelas instruyen. La educación, la enseñanza o la instrucción conducida por una ideología es Adoctrinar.

Adoctrinar es inculcar ideas de una determinada creencia. Compuesto del vocablo latino doctrina. La doctrina implica un dogma, un creencia fundamental incuestionable. De la misma raíz griega es dóxa (opinión, creencia) en oposición a episteme (conocimiento científico).

Cuando las palabras dilatan su significado esencial, enturbian su distinción o son deformadas conscientemente por el poder político es por causas ideológicas. Toda ideología enmascara y falsea la realidad social con una idea parcial para conducir el mundo. España está dominada por la ideología socialdemócrata, la socialdemocracia es una ideología estatal de derechas con lenguaje de izquierdas, las diferencias quedan igualadas en el Estado. Mediante el lenguaje igualitarista propio de la izquierda se ha dado más poder que nunca a los elementos propios de la derecha, que son la banca y los medios de comunicación.

La ideología estatal franquista configuró un Estado de partidos estatales, una oligarquía estatal que no pretende representar a la Sociedad sino integrar a ésta en el Estado. Cualquier partido del Estado es un órgano del Estado, que pide el voto para el Estado a la enmudecida Sociedad. Esta irrefutable evidencia es la causa principal de la corrupción moral, política y económica.

La Transición y el complejo a parecer reaccionario o franquista repartió el control ideológico de la Enseñanza y la Cultura, a una clase parásita sin más mérito que la fidelidad al partido estatal gobernante. Leyes, normas, planes, cursillos y programas se diseñan en función de conservar el puesto y colocar a los que puedan garantizar votos. Una red de intereses de la que vive una extensa clientela sociopolítica tan rapaz como mediocre. Mediadores, orientadores, pedagogos y comisarios político-sindicales. Son la secta estatal laica, sucesora de curas, exorcistas e inquisidores. Arribistas burócratas de un modelo docente lúdico-festivo que impone la mediocridad preceptiva, con fatuas asignaturas divulgativas sin valor como disciplinas de la inteligencia, ante la impotencia de un profesorado marginado de la transmisión de conocimientos y obligado a adaptarse a los planes de una misión ideológica. Venenos lentos para una sociedad tutelada, fabrica de perpetuos adolescentes, gregarios, apáticos y sumisos, perdidos en el vertiginoso vacío del exceso.

Las Humanidades son relegadas por los enemigos de la libertad, no soportan ni la dignidad y la potencia que su conocimiento aporta, ni el compromiso y esfuerzo intelectual que exige. Filosofía, Historia, Geografía, Literatura, Arte, Lenguas Clásicas…  son bienes intemporales de la excelencia del espíritu y saber humano, ventanas de conocimiento a todos los horizontes.

La iglesia estatal laica ha suplantado la tradicional moral religiosa por yermas consignas ideológicas, que pretenden destruir toda referencia cultural cristiana y católica. La herencia material y espiritual del cristianismo y su labor asistencial aportan un cúmulo de conocimientos indispensables para entender las bases de la cultura occidental y concretamente de la española. El que ignora la Biblia en Europa es incapaz de descifrar y apreciar el arte, la filosofía y la literatura europea.

Los insolubles problemas de la Instrucción Pública en España se multiplican con el reparto de competencias transferidas a las diversos feudos autonómicos. Habilita al nacionalismo para utilizar los contenidos de asignaturas, como excluyente arma política, para renegar de España. Construye icónicas identidades cerradas, enfrentadas al malvado y opresor español. Maquina un panorama sentimental de víctimas y culpables, por cuya depuración los acomplejados hijos de la inmigración se traducen hasta el nombre. Conversos e integrados justifican mezquinos rencores, destructores de los lazos afectivos con España, palabra tabú ligada irremisiblemente al imperio o al franquismo.

La Historia es objeto  de particular atención para los que viven del cultivo del hecho diferencial y sus mitos. Diecisiete filtros autonómicos han reducido la historia de España a una amalgama confusa de clanes, tribus y dependencias multiculturales, sin tradición Occidental, ni señas de identidad europeas. En Cataluña, la obsesión por creerse una sociedad homogénea ignora y borra la historia compartida, con ficciones locales, deshonestas manipulaciones y singulares falsificaciones.

Estigmatizar el español y restituirlo castellano, desautoriza su condición integradora y lo convierte en lengua impropia. España es el único país del mundo que impide en las escuelas de partes de su territorio, instruirse en su propio idioma. El español no es una lengua regional, es la lengua mayoritaria de 25 naciones. Para 472 millones de personas es su lengua materna. Para 567 millones es su lengua de relación. Actualmente, el 7,8% de la población mundial habla español. Es el segundo idioma de comunicación internacional. La lengua más estudiada después del inglés.  El español es un idioma plurinacional, de intercambio multicultural, de mestizaje, común a todos. Una cosa son las lenguas de España y otra la lengua española, el español.

Sutiles consignas, acoso moral, leyes, decretos, normas, multas y desfachatez han desterrado la lengua española de la vida oficial catalana, cuya lengua convierte en pasaporte y franquicia cultural para todo. La función de la lengua es la comunicación con los demás y la expresión del pensamiento propio, no la recreación de identidad, ni la señal discriminatoria.

La perversa dinámica de convertir los medios en fines, impuso la inmersión lingüística. Inmersión significa introducir un cuerpo en un líquido, sumergirte, ahogarte dentro, para que no respires te ahogan en una lengua. Nada se puede entender si se está dentro de una inmersión política, una inmersión ideológica, una inmersión estatal, una inmersión de partidos estatales, una inmersión de corrupción, una inmersión de falsedad mil veces repetida por sus medios de alienación de masas.

Sepelio electoral

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sepelio electoralVenezuela se ha convertido en un gran cementerio. No es exageración. Ni es metáfora. Es la macabra realidad que nos consume, lentamente, día a día. Millones de venezolanos no tienen comida, ni dinero para comprarla. Tampoco gozan los privilegios de los enchufados, ni corren con “la suerte” de aquellos a quienes les llegan las migajas en bolsas CLAP. A esto hay que agregar la falta de recursos para comprar medicamentos; unos son muy costosos, y otros ni siquiera existen en el mercado local.

Esta imposibilidad de acceso a medicinas y alimentos es la causa directa del deterioro físico y mental de muchos venezolanos. Cuando el detrimento avanza a un estado casi terminal, no hay otra salida que ir a morir a los hospitales, los cuales se han convertido en antros de hacinamiento e insalubridad.

Quienes tratan de sobrellevar estoicamente estas carencias con rigurosas prácticas de austeridad, tampoco logran evitar la fatalidad. La muerte ronda en Venezuela por todas partes, y te puede emboscar en cualquier esquina como violencia política o violencia criminal. El país ha quedado en manos de bandas armadas que te asesinan por pensar distinto o por no llevar dinero suficiente al momento del “arrebatón”. No hay diferencia.

En el estado chavista la muerte y la tortura son usadas como perversos y eficientes mecanismos de control social. Es la única forma en que una minoría como el chavismo puede mantenerse en el poder en Venezuela, a pesar del rechazo del 80% del país. La violencia y el odio son deliberados y adquieren carácter de política de Estado para mantener chantajeada a toda la sociedad.

No se puede negociar con un régimen que no duda un segundo en sacrificar a su propia población civil para seguir en el poder. La muerte como arma política es el resultado de una voluntad definida que no va a cambiar en una mesa de negociación. Voceros calificados del chavismo lo han dicho una y mil veces. Nunca van a entregar el poder, al menos no por las buenas. Y hay que creerles, porque hasta ahora todas las amenazas las han cumplido. En eso no han sido mentirosos.

Enfrentada a esta situación, la alianza de partidos opositores (MUD) prefiere ignorar la nauseabunda realidad; entiende perfectamente que reconocerla obligaría a tomar acciones que no están dispuestos a asumir. Ignorar la realidad prepara el terreno para seguir por el atajo electoral, y ahora, además, por el de la cohabitación. Así, el discurso opositor —abundante en falacias bienintencionadas— se abraza a la muerte en lugar de combatirla, como si después de ese abrazo quedara alguna esperanza de vida.

Detrás de los llamados a votar sin garantías y a negociar sin objetivos con la dictadura, solo se esconde el afanoso deseo de claudicar la lucha democrática y convivir con el régimen, no de enfrentarlo. Y lo más pernicioso es que esos llamados se hacen para, supuestamente, evitar una guerra en la cual, a pesar de lo que digan estos “opositores”, ya estamos metidos. El monopolio de la violencia lo ejerce el régimen y así continuará a pesar de todas las concesiones que hagan los partidos de la MUD.

Que una u otra alcaldía quede en manos de los burócratas del régimen o de los camuflados de la MUD no hace ninguna diferencia en un país saqueado y al borde del colapso económico. Ni resuelve el diario dilema entre la vida y la muerte. Y lo más grave es que la mafia cívico-militar de poder chavista se mantiene intacta como lo ha estado a lo largo de estos dieciocho años. Mientras la MUD y el régimen continúan en su fiesta electoral, democrática y cívica, Venezuela se sigue desangrando. Esto en realidad parece más un sepelio, donde el gobierno y sus colaboradores ponen la urna y el pueblo los muertos.

Inútiles aplaudidores Los esclavos del consenso

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Desde tiempos inmemoriales en la historia humana, la elaboración de artefactos y automatismos que permitan aligerar la carga del trabajo, reemplazando a las personas en las tareas más pesadas, y sobre todo repetitivas, ha sido una de nuestras grandes pasiones. Los primeros autómatas que aparecen, son ingenios más o menos complicados, que desarrollaban un programa predeterminado y que no implicaba, necesariamente, la idea de la retroalimentación. Son ya célebres los creados por el genial polímata italiano Leonardo da Vinci -como su león mecánico creado para el rey Luis XII de Francia- y también, acudiendo a nuestra propia historia, los del relojero, no tan conocido, Juanelo Turriano (Giovanni Torriani) para el emperador Carlos V. En este último caso, tuvo gran éxito en la corte, el autómata con forma de monje que caminaba, movía la cabeza y también la boca y los brazos, causando el lógico asombro ante el público que lo observaba. Jaqcques de Vaucanson, el gran inventor grenoblés, también construyó varios autómatas animados, entre los que cabe destacar un flautista que era capaz de tocar melodías. El ingenio consistía en un complejo mecanismo con forma humanoide, que mediante aire, causaba el movimiento de los dedos y labios, simulando el funcionamiento de una flauta. Posteriormente, y a petición de Luis XV, intentó construir un modelo que tenía también corazón y venas, pero murió antes de poder terminar el encargo del monarca.

Esta pasión humana, guiada por una lógica necesidad de sometimiento de la materia a la voluntad, y la ilusión que producía en príncipes, monarcas y demás cortesanos, servía así al propósito de que vieran colmadas sus ilusorias e insaciables pretensiones de poder, al observar estas creaciones antropomórficas. Esto es algo que alcanza su máxima plenitud y hace realmente honor al término “artilugio”, en el siglo XIX de nuestra era. Al fin y al cabo, y haciendo buen uso de la etimología, “artilugio” -que comparte raíz con arte o artificio- es lo que se crea o ajusta para ser quebrado (lugere significa luto o quiebra en latín)

Diseñar hombrecillos mecánicos que respondían y actuaban a voluntad, es algo que, como digo, siempre ha resultado agradable de observar, no únicamente por los más poderosos, sino por la especie humana en general. En la actualidad, y ya alcanzando lo que con gran regocijo se ha venido a llamar “la edad moderna” (y su consecuentemente febril modernismo), estas creaciones han alcanzado un enorme grado de sofisticación, y han alimentado la imaginación de autores que, como Isaac Asimov, inauguran la nueva era de la robótica y la mal llamada “inteligencia artificial” que tantos ríos de tinta hace correr en nuestros tiempos.

Conectando esto con el mundo de la política, cuya primera automatización fue la de crear mecánicos partidos integrados en el propio Estado a partir del fascismo de entreguerras, podemos observar como, lo que inicialmente fueron una serie de luchas sociales, que se desarrollaban de modo natural mediante asociaciones espontáneas en la sociedad civil, alcanzaba una arquitectura más eficiente a través de la delegación de tan fatigosa tarea, en manos de la faraónica y esplendorosa fabricación gubernativa y administrativa que conocemos como “Estado”. La pesada carga de los obreros era así aligerada mediante su delegación funcionarial, y la de la atribulada sociedad civil, sobre los hombros de un creciente funcionariado político. De este modo tan simple, y como aquel que se sacude el polvo de sus manos, todos se jactaban de la asombrosa comodidad lograda, a través de lo que querían llamar “un sistema” y que permitiría a hombres y mujeres disfrutar ociosamente de su existencia, sin más preocupación que la de los meros trámites burocráticos y la cumplimentación de los documentos de rigor.

Mediante esta colocación tan básica e idealista, tan sencilla y al alcance de la comprensión de cualquier persona, por muy zoquete que fuese y de pocas luces, y de modo prácticamente inadvertido para todos, se renunciaba a la libertad individual y lo que es peor aún que eso, a la libertad política colectiva.

En este estado de cosas, y con estos mimbres, el paso más lógico y consecuente debería de ser, -como ya sugieren muchos- el de hacer que el voto, dejando de ser un derecho político, pasase a ser un deber, haciéndose obligatorio mediante una ley. Algo que no es en absoluto descabellado, puesto que ya en algunos países, como Grecia o Argentina, se hace de este modo. Incluso Nicolás Maduro, presidente del régimen chavista venezolano, realmente incomodado por el éxito de los abstencionarios en Venezuela, comienza a hablar de ello sin ningún decoro ni pudor.

Esta idea del voto obligado, que va siendo asumida con normalidad por una gran parte de la, cada vez más anestesiada sociedad -y que ansía, sobre todas las cosas, su aparente igualdad y homologación-, deberá llegar a algo similar a un mecanismo mediante el cual, cuando los oligarcas estimen oportuno, los súbditos o sentimentalmente ciudadanos, se levanten de sus asientos y voten inmediatamente introduciendo las correspondientes listas preimpresas, y que el régimen les facilita oportunamente. No es necesario mas que efectuar las automatizaciones estatales que sea preciso. Y así, de este modo tan sencillo, el payaso que ya no tiene gracia, el monologuista a quien ya nadie ríe sus chistes, podrá superar su depresión con un sencillo automatismo que, al ser accionado, pondrá en pie a un público de latón y que aplaudirá rítmicamente y sin pausas, con el énfasis y grado de intensidad que los burócratas deseen regular.

Votar para nada, votar sin elegir a las personas y los gobernantes, pero al fin y al cabo, votar. “Estado de bienestar” lo llaman.

 

Y ahora corran, corran todos a votar….

El embudo partidocrático

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embudo partidocrático
                                                            Hiromu Kira, The thinker, circa 1930

Ya estableció Aristóteles que la oligarquía sustituye a la dictadura como forma de gobierno. Es de esta oligarquía entendida como grupo de intereses de donde nace la corrupción, que en España se ha convertido en factor necesario de gobierno. Desde la jefatura del Estado hasta las alcaldías, pasando por los variopintos parlamentos, y diputaciones, allí donde rigen los partidos del régimen se ha establecido un régimen clientelar que exige la sumisión al jefe del partido y su camarilla, a cambio de una porcioncita del pastel del Estado que se roba a los ciudadanos, perdón, súbditos, vía exacción fiscal, y de las mordidas que se puedan buenamente trasegar. Así, la misma Carta otorgada de 1978 que padecemos excluye que nadie pueda participar en la vida política si no pertenece a un partido del régimen, por lo que tal actividad se convierte en un embudo por el que solo pasan unos pocos, cuya mediocridad e inmoralidad será garantía de éxito en su carrera política.

Tal inmoralidad se contagia de arriba abajo a la sociedad civil, creando estamentos intermedios de grupos de privilegiados, menos prebendados cuanto más numerosos, que tienen la función de servir de defensa del statu quo, y de ejemplo de cara a la sociedad civil de cuál es el modo -inmoralmente- correcto de medrar en España.

Un ejemplo de esto puede ser la Universidad española, ninguna de las cuales figura en la clasificación de las 100 mejores del mundo; una situación sorprendente para la antaño octava potencia industrial del mundo. Menos sorprendente, sin embargo, si se piensa en su funcionamiento interno, que parece calcado en diversos aspectos del de los partidos del Estado. Así, el proceso de elección de los docentes es escandalosamente endogámico, con tribunales mayoritariamente formados por miembros de cada institución, por lo que el candidato “de la casa”, en tanto que cuente con el favor de sus padrinos, obtendrá “su” plaza, independientemente de sus méritos. La mediocridad y el servilismo pueden ser, en ocasiones, factores determinantes tanto en un cursus académico como político. Si a esto se une la escasa docencia (danse incluso escándalos como los de los catedráticos que envían a sus becarios a dar clase por ellos, tragando éstos con tal abuso por su ambición de hacer carrera), los permisos ad libitum, las subvenciones sin auditoría, la indefensión total del alumno ante la posibilidad de calificaciones arbitrarias, y la no necesidad de justificar una labor investigadora para cobrar elevados sueldos, puede entenderse que, en ocasiones, la universidad sea el lugar donde el joven aprende -lejos ya del control férreo que se puede ejercer sobre el profesor de Enseñanza Media- la necesidad de la picaresca, de la sumisión ante la arbitrariedad, y de la mediocridad voluntaria si se quiere hacer una carrera, primero, en los “templos del saber”, y, luego, si se tercia, en la política partidocrática.