La Ley de la Democracia como garantía de la Ley de la Libertad Política

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La democracia enfrente dos elementos esenciales: el poder y la libertad. La armonía entre ellos exige un cauce que garantice la separación de los poderes del estado y el Derecho de apelación al pueblo cuando aquellos se hacen incontrolables. La presencia y la acción del sujeto constituyente no sólo extingue la representación sino que dirime el conflicto que puede surgir a través de una garantía institucional como es la separación de poderes.

Presenta: Marcos peña
Edita: César Bobadilla
Locuciones: David Cabrera
Dirección técnica: Carlos Ferrándiz
Coordinación de producción: César Bobadilla

Música: Brandenburg Concerto No. 3 – Allegro Moderato – Johann Sebastian Bach.

Radio Libertad Constituyente 2017

No se olviden de visitar la web https://mcrc.es/ donde encontrarán toda la información referente al Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional

El discurso de Ursula

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El pasado 6 de enero, con motivo de la celebración del 70. aniversario de la revista alemana Der Spiegel, la ministra de defensa alemana Ursula von der Leyen pronunció un discurso en el que además de advertir contra el peligro de los ciberataques y la irresponsabilidad partisana en las redes sociales, expone con notable acierto los principales problemas a los que se ve obligado a hacer frente el mundo actual. Antes de proseguir con el resumen de esa intervención, que no por casualidad lleva el descriptivo título de “La sociedad abierta”, quizás sería necesario comentar algo sobre Der Spiegel. Der Spiegel es uno de los medios de prensa emblemáticos de la Alemania moderna. Dos años antes de que comenzara a existir la República Federal de Alemania, las autoridades de ocupación británicas concedieron una licencia de edición a los periodistas Rudolf Augstein, Gerhard Barsch y Roman Stempka para publicar un semanario de izquierda liberal que el 4 de enero de 1947, bajo la denominación Der Spiegel (“El espejo”), puso su primer número en unas calles aun bloqueadas por los escombros de la Segunda Guerra Mundial.

 

Der Spiegel interesaba a las potencias de ocupación occidentales no como órgano de propaganda, sino como medio para propiciar la formación de una opinión pública libremente informada, al estilo de los que existían en los países anglosajones, con libertad de prensa -en aquel tiempo inevitablemente restringida por la censura del Consejo de Control Aliado- y periodismo de calidad. Esta es la función que ha tenido Der Spiegel hasta el día de hoy. A lo largo de su historia, el semanario alemán no solo ha sido testigo del ascenso de la República de Bonn. También ha protagonizado con políticos de todos los colores sonados encontronazos que han llegado incluso ante el banquillo. Aunque Der Spiegel ya no es lo que era, y en sus últimos tiempos tampoco se ha visto capaz de sustraerse al sensacionalismo y la banalidad, en general sigue contribuyendo con una aportación bastante digna a lo que debe ser una cultura de medios informativos en el contexto de una sociedad democrática.

 

Volviendo al discurso de la ministra, Ursula von der Leyen identifica cinco grandes retos para una sociedad occidental postrada por la crisis económica y la abulia ciudadana: en primer lugar, la política debe hacer frente con éxito a un desafío populista que intenta seducir a las masas con consignas demagógicas y soluciones simples a problemas complejos. Asímismo, es preciso hallar instrumentos eficaces para devolver a la economía a una senda de crecimiento que favorezca la equidad social en una época de globalización. En tercer lugar, urge hacer a Europa fuerte de nuevo, sobre todo ahora que Estados Unidos está a punto de soltarla de la mano. En cuarto lugar, necesitamos protegernos de hackers y ciberterroristas. Y finalmente, lo que más interesaba al auditorio ante el cual la ministra intervino como oradora (una gala organizada por el decano de la prensa alemana): contar nuestra propia historia, de modo eficaz, convincente, poderoso, homérico. El periodismo debe cumplir su misión: no dejar que los latiguillos y las manipulaciones de los vándalos cibernéticos se apoderen de los espacios informativos en los que respira la sociedad civil, y que son imprescindibles para la formación de una conciencia democrática sana y el funcionamiento de los sistemas parlamentarios modernos.

 

Resulta imposible mostrarse en desacuerdo con el contenido de esta arenga, pese al carácter interesado de las alegaciones -al fin y al cabo la ministra Ursula von der Leyen no deja ser un miembro destacado del Establecimiento y una funcionaria profesional que ha hecho su carrera en diversos ministerios a lo largo de dos Grandes Coaliciones en Alemania-. Al mismo tiempo, uno no puede dejar de pensar en lo que la prensa española se ha ido convirtiendo desde la Transición a esta parte. Posiblemente hubo en los primeros tiempos un franco deseo de hacer un periodismo auténticamente útil para la democracia y la sociedad civil -aunque tampoco deberíamos sobreestimar esos esfuerzos-. Sin embargo, lo que vemos en el presente no puede estar más lejos de los piadosos deseos de la ministra de defensa alemana: banalidad, sensacionalismo, ingeniería social, deseo de agradar al licitador de publicidad institucional y un partisanismo político extremadamente burdo, empeñado en atraer a las masas al voto del mismo modo que el pastor reúne a sus ovejas: soltando a los perros. Y además, pagando el lector, no solo en el quiosco sino también por la vía de las subvenciones públicas y los impuestos con los que se sostienen los decadentes medios de prensa de nuestro tiempo.

 

¿Extraña que el público prefiera informarse en medios digitales, aun a riesgo de quedar expuesto a las manipulaciones de mamporreros del Facebook y trolls a sueldo de Vladimir Putin? El periodismo de calidad, la honestidad informativa y la calidad de lo que se escribe constituyen asignaturas pendientes. Y no ya para una recuperación de los medios de prensa tradicionales, suponiendo que tal cosa fuese posible. También como imperativo moral en Internet y las redes sociales, si queremos que algún día la frontera digital deje de ser la ciudad de Liberty Valance para formar parte de una sociedad democrática colonizada por el civismo.

Mad Men y los politólogos que asesinaron a Sócrates

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Cuando la aclamada serie televisiva Mad Men llegó a su fin, muchos críticos se apresuraron a emitir sus sentencias, a destilar las esencias de su mensaje, su evidente simbología. No faltó quien afirmó que Mad Men era, por encima de todo, una serie sobre las mujeres; es decir, sobre el machismo y, también, el capitalismo desenfrenado que marcó una época, la que va de los años 60 a los 70. También hubo quien señaló que el personaje protagonista, Don Draper, “era un perdedor con aspecto de todo lo contrario”. O, como explicaba otro agudo observador, Mad Men retrataba “un universo de ambición, de vanidad, de lucha por el poder, de desencanto, infelicidad o frustración en un mundo machista en el que los personajes más interesantes son femeninos”.

Unos y otros, emitieron opiniones que, sumadas, componían una enmienda a la totalidad de una época, como si todo en ella hubiera sido un inmenso error

Así, unos y otros, emitieron opiniones que, sumadas, componían una enmienda a la totalidad de una época, como si todo en ella hubiera sido un inmenso error, y como si para quienes la vivieron, retratados como racistas, machistas, bebedores compulsivos, fumadores empeñados en morir de cáncer de pulmón, mujeres sojuzgadas o, peor aún, madres alienadas, la felicidad hubiera sido un imposible categórico.

En medio de este atronador consenso, plantear siquiera la probabilidad de que nuestros padres pudieran haber sido en algunos aspectos más felices de lo que nosotros seremos nunca, era una blasfemia. Al fin y al cabo, se trataba de proyectar una imagen maniquea, muy típica de nuestro tiempo, que incurría en la paradoja del historiador; es decir, juzgar el pasado en base a las reglas imperantes en el presente.

Por más que su estética vintage causara furor, Mad Men no rendía tributo a aquella época, sino a los dogmas actuales. A pesar de una fotografía luminosa y saturada de color, era un cuadro tenebrista: el triunfador era un ser atormentado, la belleza no era suerte sino desgracia y la riqueza no era fruto del esfuerzo y el talento sino de la avaricia y el engaño.

Con todo, lo más significativo es que dejaba en el cajón dos décadas clave, los 80 y los 90, donde, para bien o para mal, no sólo se ajustaron cuentas con ese pasado, sino que, sobre todo, tuvo lugar la gran transformación que las series televisivas no relatan. Y de eso va esta pieza, de revelar algunos secretos que pueden ayudarnos a entender por qué Occidente parece haber descarrilado.

Galopando furiosos a lomos de la revolución tecnológica

Viajemos tres décadas atrás en el tiempo, concretamente hasta el año 1983, y visualicemos un tablero de dibujo de un blanco inmaculado donde, además de la inevitable regla paralela, se amontonan rotuladores, Rotring, lapiceros, la goma de borrar Staedtler, papel para bocetos, cartulinas y los omnipresentes X-acto y Spray Mount. Estas eran las sofisticadas herramientas en el departamento de Arte de una agencia de publicidad, prácticamente las mismas que los chicos de Don Draper usaban para idear sus campañas en los 60.

En los 80, Steve Jobs convirtió el ordenador personal en la piedra angular de una prodigiosa revolución tecnológica

Mientras esta era la tecnología punta, un joven californiano revolucionaba la informática: su empresa, que había echado a andar en un garaje (solo por esto, hoy estaría en los juzgados y no en el salón de la fama), había puesto en circulación con éxito el Apple II, el canon de lo que debía ser una computadora personal. Y se disponía a lanzar un nuevo ordenador personal capaz de editar textos con una razonable diversidad de tipografías.

Fue el 24 de enero de 1984 cuando Apple presentó el Macintosh con un spot emitido en la final de la Super Bowl e inspirado en 1984, la genial novela de George Orwell. Desgraciadamente, su precio final resultó desorbitado. Y tuvieron que transcurrir todavía algunos años para que aquella máquina revolucionara el mundo de la autoedición; y de paso, convirtiera el ordenador personal en la piedra angular de una prodigiosa revolución tecnológica.

Fue el principio del fin o el final del principio, depende del punto de vista. Muchos profesionales no sobrevivieron al cambio tecnológico que llegaría poco después. Los ilustradores, que hasta entonces habían vivido su época dorada, empezaron a ser prescindibles; también los fotógrafos: los infografistas les reemplazaron. En cuanto a los especialistas en bocetos dibujados a mano, fueron literalmente borrados del mapa. De hecho, un día un creativo se topó con un colega de cierta edad que dormía al raso en el banco de un parque.

Los perfiles tecnológicos empezaron a estar en todas partes, incluso en puestos para los que, en realidad, no estaban capacitados. Pero no importaba; dinero y tecnología eran ya inseparables.

Sin embargo, mientras unos perdieron, otros ganaron. En las agencias empezaron a desembarcar jóvenes que, con un Mac, hacían el trabajo de varios profesionales. Después vino la avalancha que terminaría acuñando la antológica frase “¿estudias o diseñas?”.

No fue más que el principio. La tecnología siguió evolucionando y tomó impulso. Internet se universalizó y, con ella, nuevas formas de trabajar que requirieron algo más que dominar un par de aplicaciones. Los perfiles tecnológicos empezaron a estar en todas partes, incluso en puestos para los que, en realidad, no estaban capacitados. Pero no importaba; dinero y tecnología eran ya inseparables. No hacían falta grandes genios, ni siquiera gente formada en todos los aspectos; la tecnología parecía compensar cualquier carencia.

Cierto es que esta transformación supuso innumerables ventajas. Nos permitió hacer cosas que ni siquiera habríamos imaginado un puñado de años antes… pero también tuvo consecuencias adversas. Y estas no fueron solo los dolorosos costes de reciclaje de mano de obra.

Los datos, convenientemente ordenados e interpretados, se constituyeron en las nuevas verdades, en paradigma de una “justicia cósmica”

Durante años se ha hablado mucho de la burbuja financiera, pero muy poco de una burbuja política que no sólo consistió en el incremento de estructuras, cargos públicos y prebendas, sino muy especialmente en la tecnificación de la acción legislativa. La asombrosa capacidad con que las nuevas tecnologías permitían recolectar grandes cantidades de información, generar estadísticas y proyecciones, establecer varianzas y probabilidades, potenciaron el economicismo y el cientificismo sociológico. Los datos, convenientemente ordenados e interpretados, se constituyeron en las nuevas verdades, en paradigma de una “justicia cósmica”.

La otra revolución

A toque de silbato, los ingenieros sociales se lanzaron en tromba a escudriñar sin descanso las sociedades, buscando desequilibrios, ineficiencias, errores… injusticias; refutaron creencias, convicciones, apreciaciones subjetivas, costumbres, preferencias, instintos, gustos o, simplemente, elecciones racionales que, de un día para otro, pasaban a ser ineficientes, perjudiciales o, incluso, inmorales. Promovieron nuevas políticas no porque fueran “correctas” o “buenas” sino porque, supuestamente, estaban basadas en la evidencia.

Paralelamente, en los círculos políticos, el lenguaje de “bien” y “mal”, “correcto” e “incorrecto”, fue reemplazado por la expresión: “La investigación muestra…” De esta forma, los politólogos penetraron en la esfera privada de las personas como elefantes en una cacharrería, inasequibles al disgusto de millones de individuos a quienes, sencillamente, no consideraban capacitados para entender la mecánica cuántica de un nuevo mundo que, claro está, sólo ellos comprendían. Es cierto que no se comportaron como chamanes (como los actuales populistas), pero tampoco como exploradores: ejercieron de conquistadores.

También en la política, quienes dominaron las herramientas tecnológicas y aprendieron a acumular e interpretar ingentes cantidades de datos, se constituyeron en la nueva intelligentsia. El tradicional liderazgo, que el ciudadano común conocía, se disolvió en un océano de cifras, de estadísticas agregadas, de teorías que un enjambre de tecnócratas, politólogos y economistas elevaron a la categoría de verdades científicas.

Los politólogos, por más que apelaran al empirismo, actuaron como ideólogos, no como científicos.

Pero había una falsedad de fondo. La ciencia se basa en la prueba y el error, de lo contrario no es ciencia. Resolver una ecuación es despejar su incógnita, no prohibirla. Además, como bien señaló Popper, el conocimiento no es más que una diminuta tela de araña en un universo infinito de desconocimiento. Por eso, la dinámica de la ciencia la lleva a refutarse a sí misma. Y lo que hoy es una certeza, mañana seguramente resulte falso. Por el contrario, la ciencia política estableció su ideal del progreso en base a premisas irrefutables; es decir, los politólogos actuaron como ideólogos, no como científicos. Politizaron la ciencia y convirtieron el progreso en un dogma, en una nueva religión obligatoria, lo cual resultaría desastroso tal y como hoy estamos empezando a comprobar.

Convertir la ciencia en árbitro de la política y del comportamiento humano sólo sirve para confundir las cosas

Como explicaba Furedi, convertir la ciencia en árbitro de la política y del comportamiento humano sólo sirve para confundir las cosas. La ciencia puede proporcionar datos sobre la forma en que funciona el mundo, pero no puedo decir mucho sobre lo que todo esto significa y lo que debemos hacer al respecto. Así pues, quienes insisten en el tratamiento de la ciencia como una nueva forma de verdad revelada deberían recordar las palabras de Pascal: “Sabemos la verdad, no sólo por la razón, sino también por el corazón”.

De los genios a los ‘expertos’

Más allá de los nuevos dogmas, que series como Mad Men instalan en la mente de los espectadores, si algo podemos concluir del periodo que va de Don Draper, a Steve Jobs y, de ahí, a la dictadura de los técnicos, es que hay una sustancial diferencia entre los genios que pusieron en marcha la revolución tecnológica y los expertos que proliferaron gracias a ella: los genios nos dieron los dados, los expertos los trucaron.

Si los expertos pasaran una tarde a solas con Sócrates, posiblemente aprovecharían para asesinarle y ocultar el cadáver.

Fue el propio Steve Jobs quien afirmó que cambiaría, si pudiera, toda su tecnología por una tarde con Sócrates. Y con eso lo dijo todo. Por el contrario, si los expertos pasaran una tarde a solas con el ilustre filósofo, posiblemente aprovecharían para asesinarle y ocultar el cadáver; es decir, jamás renunciarán a su artilugios, menos aún a sus dogmas. Seguirán insensibles al disgusto de millones de individuos, incapaces de negociar, de aflojar el dogal, de buscar cuando menos un punto de equilibrio entre su utopía cientificista y una parte sustancial de la sociedad que se está demostrando inasequible a la justicia cósmica. Quizá por esta intransigencia hoy estemos abocados a una polarización creciente, a un choque de trenes de consecuencias impredecibles.

Vozpópuli – Javier Benegas http://ift.tt/2m5Vyz9

MCRC en portada de los grandes medios: Daily Express y Russia Today

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Han participado junto con Antonio García-Trevijano, el vicepresidente del MCRC, José Papí, y nuestro asesor económico, Roberto Centeno.

Con la colaboración técnica de Juanjo Charro.

En www.mcrc.es encontrará toda la información sobre nuestro movimiento y podrá asociarse.

El 23F

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Lectura de los titulares de los periódicos del día 30 de Enero de este año. Antonio García-Trevijano narra una pequeña parte de todo lo que conoce alrededor del fallido golpe de Estado del 23 Febrero de 1981. RLC(30-01-17)

Edición: Juan Antº. Pérez
Locución: David Cabrera
Dirección técnica: Carlos Ferrándiz
Coordinación producción: César Bobadilla

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Radio Libertad Constituyente 2017
diariorc.com mcrc.es

Música: Allegro, Concierto para piano nº21 de Mozart.

La Editorial MCRC reabre su web al público

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La Editorial MCRC abre de nuevo su distribución online tras un tiempo de reajuste en su organización y logística. Al igual que antes, se podrán adquirir las reediciones de los libros que se realizaron con la Colección 2016 la cual, aunque tiene algunos títulos agotados, tiene prevista una nueva reimpresión con una revisión completa de la edición.

El director de la Editorial MCRC, Juan José Charro, nos comenta que han sido numerosas las peticiones para una nueva reimpresión. Los números de ventas no dejan lugar a dudas. El creciente interés por la obra de Don Antonio García-Trevijano así como por los libros de autores del MCRC como Javier Torrox (La sencillez de las cosas) ha impulsado la necesidad de reabrir esta librería digital al público mundial para difundir las ideas de la libertad política.