Los ERE

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La corrupción prebendaria del PSOE.

Fuentes:
RLC: 31 de Diciembre del 2015.
Música: Andante con moto, 2º mov. de la 5ª sinfonía de Beethoven
Edición: Juan Antº. Pérez
Locución: David Cabrera
Dirección técnica: Carlos Ferrándiz
Coordinación producción: César Bobadilla.

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El Género Literario que Creó la Democracia

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democracia    La Democracia estableció como modo de alcanzar el poder la exhibición pública del discurso político que quiere desde el poder llevar a cabo sus propuestas. Diríase que la “eleuthería” (libertad) con su concreción en “isêgoría” (libertad de expresión política) aspiraba a sustituir la fuerza o la riqueza por la palabra libre que transportaba en ella misma el “lógos” triunfador. Aunque ello evitaba alcanzar el poder político con una inversión de cruenta dosis de dolor y muerte, civilizándose el juego del poder en ese sentido de no violencia, no todos, sin embargo, admitían sin condiciones esta forma incruenta de alcanzar el poder. Porque la palabra, aunque no te destroza el cuerpo ni te mata físicamente, puede corromper el alma de los ciudadanos, que para algunos sofistas, como Gorgias,  es mucho peor. En sus discursos sobre Helena y Palamedes, Gorgias demuestra que la seducción puede ser peor que la violación – en cuanto que no hay mayor violencia que la mujer que se entrega engañada – o que la calumnia y la mentira son peor que la opresión – se decide matar a un inocente gracias a pruebas falsas -. La oratoria de Paris y de Ulises hace más daño que los abusos de Agamenón, pues con ella se consigue hacer el mal con la aquiescencia de las propias víctimas (Helena y los engañados asesinos de Palamedes). Es así que a partir de Gorgias se asienta un  principio incuestionable tanto en la oratoria política como en la jurídica: el orador debe ser un hombre bueno. Sólo pueden llegar a hablar al pueblo los hombres honrados. Todos los tratados de oratoria tienen en su frontispicio ese principio: La principal característica del orador, su fundamento, es su honradez. “Neque enim esse oratorem nisi bonum virum iudico et fieri, etiam si potest, nolo”. Sentencia Quintiliano. Esto es: “pues según mi juicio, no puede ser orador sino el hombre honrado, y si otro distinto llegara a ser, si es que también puede, no lo quiero”.

La oratoria política o deliberativa posee la kúrosis, que diría Gorgias (“soberanía” o “señorío”), sólo si el que la practica es honrado. Aunque el género literario de la Oratoria, en su triple clasificación tradicional, es una preciosa flor de la libertad política y la Democracia es su nodriza (vid. Perì Hýpsous, del optimista y, a la vez, melancólico Longino), cuando no se usa para el bien supone un arma de destrucción moral terrible. El propio Quintiliano reconocía con hondo dolor para qué sirve la oratoria en manos de abogados y politicastros: “ad vilem usum et sordidum lucrum accingimur.”

La Retórica nació de procesos sobre la propiedad. Hacia el año 485 a. C. dos tiranos sicilianos, Helón y Hierón, decretaron deportaciones, traslados de población y expropiaciones para poblar Siracusa y adjudicar lotes a los mercenarios; cuando fueron destituidos por un levantamiento democrático y se quiso volver al “ante quo” con la instauración de la libertad política hubo innumerables procesos, pues los derechos de propiedad estaban confusos. Estos procesos eran de un tipo nuevo, acorde con el nuevo régimen de la Democracia: movilizaban grandes jurados populares ante los cuales, para convencer, había que ser “elocuente”. Esta elocuencia, por pura necesidad del régimen político y de su funcionamiento, se convirtió rápidamente en objeto de enseñanza. Los primeros profesores de esta nueva disciplina fueron  Empédocles de Agrigento, Córax, su discípulo de Siracusa – el primero que se hizo pagar las lecciones – y Tisias.

Es sabroso comprobar que el arte de la palabra está ligado originalmente a una reivindicación de la propiedad, al amor al suelo de uno, como si el lenguaje, en tanto objeto de una transformación, condición de una práctica, se hubiera determinado, no a partir de una sutil mediación ideológica (como ha podido suceder en tantas formas de arte), sino a partir de la socialidad más desnuda, afirmada en su brutalidad fundamental, la de la posesión territorial: nosotros hemos comenzado a reflexionar sobre el lenguaje para defender nuestra propiedad y la búsqueda de la felicidad personal. El discurso en libertad expresa como ninguna otra cosa lo que somos, y aun siendo a veces mezquino su contenido, refleja gracias a él la naturaleza humana sin estorbos políticos.

Ahora bien, la oratoria sigue civilizando a la ciudadanía libre aunque ésta sirviese sólo para defender los intereses más tangibles y obscenos. Sin  ella la democracia no podría civilizar, con todo el peligro que este hecho representaría para la propia subsistencia de la propia Democracia. En general la canalla y los pueblos bárbaros, enemigos de la Democracia,  suelen gustar más de los discursos horros de oratoria y de arte, pues que a las gentes bárbaras y salvajes les gusta más, según Quintiniano, derribar una puerta que abrirla después de llamar (“effringere quam aperire”), romper el problema antes que solucionarlo (“rumpere quam solvere”), arrastrar antes que conducir (“trahere auqm ducere”), combatir, en fin, sin reglas en “un todo vale”, antes que jugar respetando las reglas de juego y la persona del adversario (vid. Inst. Orat. Liber II, cap. XII). Yo mismo, como humilde portavoz de mi partido en el Excmo. Ayuntamiento de Valdepeñas, he sufrido de la ignorancia y gusto bárbaros de algunos “oyentes” o “clientes” de mi discurso, ajenos a cualquier escuela de oratoria. Por lo demás, muchos ciudadanos no entrenados en la oratoria de la democracia gustan de tomar al simple maledicente por hombre libre, al osado por valiente, al charlatán por rico en palabras, al descarado por contundente, a los gritadores por declamantes. Por lo demás, los hombres oyen con muchísimo gusto las cosas que ellos mismos no hubieran jamás querido decir.

Por otro lado, es un hecho palmario que los grandes discursos, las grandes joyas oratorias que están en nuestra memoria, se han fundamentado siempre en los principios más nobles, ampliamente compartidos por la inmensa mayoría de personas que aún tienen sensibilidad y se conmueven positivamente ante la belleza y el bien. Belleza y bien en la gran oratoria van siempre juntos. Tan es así que grandes oradores que hicieron el ejercicio ciclópeo de hacer bellos discursos a partir de causas o principios innobles jamás consiguieron crear belleza y atraer a las almas justas. Al contrario, lo malo nos parece peor cuando se intenta salvar con el arte del bien hablar. Así, el gran Polícrates de Atenas, orador y profesor de Retórica en tiempos de Ptolomeo Filadelfo (285-246 a. C), hizo un discurso con todo el aparato retórico en alabanza de Busiris (mítico rey de Egipto, que sacrificaba a sus huéspedes), otro en elogio de Clitemnestra (esposa y asesina de Agamenón), y un tercero contra Sócrates. Y, a pesar de su esfuerzo literario, Polícrates no pudo conmover a nadie alabando a aquellos héroes infames. La oratoria siempre fracasa cuando choca con la espontaneidad del bien que tiene la conciencia pública, a no ser que ésta sea corrompida por el miedo o por el odio cerval o fanático. Como acertadamente declara Quintiliano: “Si no está presente la virtud, sin duda no podría existir un discurso perfecto”. Esto es, “si virtus non est, ne perfecta quidem esse possit oratio”.

El código

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código éticoEn el Ayuntamiento de Madrid la Justicia prende a dos concejales comunistas, y su partido, entre quitar a los concejales como manda su código ético y quitar el código ético, quita el código ético.

En Corea del Norte, por quitar del “hall” del hotel un código ético, condenaron a quince años de trabajos forzados a un estudiante americano que ha muerto apaleado.
El Estado de Partidos es como un convento de Sade, pero sin sexo (el sexo es el dinero: el “oro nefasto” de Mallarmé). En el Parlamento (el coro), el pijerío pepero hace migas (¡la pinza de Casals!) con los gamberrotes podemitas, como ocurre en la calle, pero en el Ayuntamiento (el huerto) es el lúser socialista quien sostiene al zángano comunista.
–Tenemos una ideología socialdemócrata, principios, valores… –dice el lego Pedro Sánchez, que no sabe que la socialdemocracia es carecer de principios y de valores.

Sánchez colocó en el Ayuntamiento a Podemos por el módico precio de un código ético con el que Podemos se marca ahora un Groucho (éste es mi código ético, pero si no le gusta tengo otro) que escandaliza a los peperos, que tienen su código ético en un ministro de Hacienda que moja pan en el vermú de la sentencia del Constitucional que condena su amnistía fiscal y que no bajará los impuestos, esa fascistada trumpiana, porque necesita las zanahorias tal vez para los conejos de María Soraya, que son los que echan el día (¡y la noche!) moviendo el labio en las tertulias.

Lo próximo en el Estado de Partidos será una collera de comunistas, que se miran en el hamponato venezolano, y socialistas, que se ven tocándole la quena a Evo Morales, amo de la Bolivia plurinacional de la parpayuela de Sánchez, Adriana Lastra (¿tribu? ¿nación?), y autor, sin un Nuremberg a la vista, de este haiku sobre la insurrección popular en Venezuela:

–Lo que está pasando en Venezuela es un golpe de Estado. Dale duro, Maduro contra los golpistas, el pueblo latinoamericano está de tu lado.
Unos setenta jóvenes muertos.

Piensa y verás (Respuestas a las preguntas de los oyentes)

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Ahora pueden enviar sus preguntas mediante un mensaje de voz de Whatsapp al +34 605 02 34 73, además de las preguntas escritas a nuestra dirección de correo electrónico [email protected]

Antonio García-Trevijano responde a las preguntas enviadas por nuestros oyentes.

Colaboración técnica de Helena Bazán.

La corrupción de la partidocracia catalana

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El factor de gobierno de cualquier oligarquía es la corrupción.

Fuentes:
RLC: 16 de Nov. del 2012.
Música: Andante con moto, 2º mov. de la 5ª sinfonía de Beethoven
Edición: Juan Antº. Pérez
Locución: David Cabrera. Fco. Utrera.
Dirección técnica: Carlos Ferrándiz
Coordinación producción: César Bobadilla.

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La plurinacionalidad y otras majaderías de la ‘nueva izquierda’

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plurinacionalidadPablo Iglesias ha recibido con entusiasmo el cambio de estrategia que, a su juicio, se ha producido en el PSOE. Para Iglesias, que “Sánchez hable de plurinacionalidad abre caminos interesantes”. Es más, sostiene que en este término está la clave de “la modernidad de España”. Así, el líder de Podemos ha instado a buscar acuerdos entre fuerzas progresistas para conseguir esa mayoría a la que Pedro Sánchez aludía en una carta que publicó el diario El Mundo.

En sus palabras resuena esa música tan familiar de la “nueva izquierda” (en realidad, izquierda muy vieja), donde la contracultura y los términos inventados se superponen a una realidad que es incompatible con ellos. España no es un Estado plurinacional sino una comunidad con una identidad propia. Con su diversidad, por supuesto, pero con un devenir histórico que ningún término, por moderno que resulte, puede cambiar a capricho.

Sin embargo, para esta izquierda basta con transformar el lenguaje para que la realidad cambie. La gente puede ser lo que se desee con sólo crear nuevas definiciones: los hechos no importan. Así, puedes reducir a la nada a una nación por la gracia de la plurinacionalidad o a todo Occidente mediante el multiculturalismo.

“Antes queríamos hacer muchas cosas. Hoy queremos ser muchas cosas”. La cita se atribuye a Margaret Thatcher, aunque no he conseguido encontrar la referencia en sus memorias o el alguno de sus famosos discursos. Sea apócrifa o no, la frase sintetiza bastante bien un cambio de mentalidad crucial. Al fin y al cabo, hacer implica un progreso que tiene una continuidad, una línea temporal que conserva el anclaje con el punto de partida. Sin embargo, querer ser puede llevar a romper no ya con la línea temporal y el pasado, sino incluso con la verdad.

La civilización occidental siempre ha tenido una característica particular que ha resultado extremadamente útil. Esa característica es la capacidad de revaluarse constantemente, de hacer crítica y rectificar cuando las circunstancias han hecho de la rectificación algo imperativo. Lo comprobamos durante el pasado siglo XX, donde el surgimiento de las grandes ideologías nos llevó al desastre. Y tuvimos que aprender la lección para no tropezar con la misma piedra.

Este espíritu crítico es lo que nos ha hecho avanzar mediante la prueba y el error, convirtiendo a nuestra civilización en la más eficaz de todas cuantas han existido. Evidentemente, ninguna civilización es perfecta. Pero no hay duda de que la capacidad de constante reevaluación nos ha hecho mejores que al resto.

Hoy, incluso los peores enemigos de Occidente, los que más lo detestan, recurren a sus hallazgos de forma cotidiana. Por más que un líder de otra cultura –o de la nuestra, como Pablo Iglesias– odie lo occidental, no acude a una cumbre internacional a lomos de un camello ni cruza el océano en un junco a vela. Se desplaza en automóvil y viaja de un continente a otro en un avión a reacción. Tampoco, si enferma, se encomienda al curandero de una tribu, sino que confía en la medicina moderna. Hasta en sus actos más cotidianos la civilización occidental está presente. El agua que bebe es un agua depurada, la hora se la da un reloj y se conecta con el mundo mediante un ‘smartphone’ en cuyas entrañas se sintetizan décadas de una evolución tecnológica que sólo el Occidente capitalista ha podido alumbrar.

Más aún, por muy ajeno que sea un líder a los valores occidentales, intenta por todos los medios legitimarse impostando esos valores, aunque sea en forma de parodia. De ahí que nadie abuse más de la palabra democracia que los totalitarios.

Lamentablemente, en algún momento esa apertura a la crítica, a la reevaluación constante y racional de lo que hacemos y lo que somos, se empezó a transformar en una negación irracional; comenzó a dejar de servir para mejorar, para garantizar el progreso, y se transformó paulatinamente en un mecanismo de desconexión con el pasado, de ruptura y demolición de nuestra cultura, trayendo consigo una ley del silencio que erradicaba el debate, de tal suerte que nuestros peores enemigos ya no están fuera sino dentro. Somos nosotros mismos.

Ésta es una de las mayores paradojas del progreso. Es evidente que sin el capitalismo no seríamos lo que somos ni estaríamos donde estamos. Sin embargo, ocurre que su enorme capacidad de transformación, de cambio, de innovación, esa destrucción creativa que es su rasgo más característico, puede llevarle a perder sus propias referencias. De hecho, el capitalismo se basaba originariamente, además de en un entorno institucional adecuado, en unas cualidades específicas como la responsabilidad individual, el ahorro, la austeridad, el esfuerzo y el sacrificio. Sólo así se podía acumular un capital que, bien administrado, generaba riqueza. La fórmula combinada de un entorno institucional que garantizaba la propiedad privada, la sociedad abierta y la aceptación de esas cualidades de responsabilidad, esfuerzo, austeridad y ahorro, es lo que llevó a Occidente, España incluida, a lograr el mayor incremento de bienestar de toda la historia de la humanidad.

Sin embargo, también el incremento del bienestar, de la riqueza y de las expectativas que puede hacer a su vez que las sociedades occidentales se suelten de sus anclajes, pierdan la noción de la realidad y se olviden de aquello que las ha permitido alcanzar cotas de bienestar inimaginables. Y lo que nos indica que esto puede estar sucediendo es precisamente empezar a desear ser muchas cosas.

Diríase que el bienestar y la riqueza, las comodidades y derechos a los que nos hemos acostumbrado, han desvirtuado la cualidad de la crítica y nos han arrancado de la línea del tiempo. En vez de reevaluarnos y afrontar los problemas, nos dedicamos a negar lo que somos, alumbrando un nuevo creacionismo donde la racionalidad desaparece o, en el mejor de los casos, es una broma.

Es evidente que atravesamos un periodo de incertidumbre, donde todo lo que parecía sólido ha dejado de serlo. Sin embargo, no es posible regresar al pasado. Cerrar las fronteras, reinventar naciones, volver al proteccionismo, incluso a una especie de autarquía, o restaurar tradiciones no va a hacer que vivamos más seguros ni que seamos más prósperos; menos aún lo hará retomar viejas ideologías fracasadas. Pero tampoco es solución renegar completamente de lo que somos, de aquellos valores que nos han permitido llegar hasta aquí y alcanzar un bienestar desconocido. Esta es nuestra disyuntiva. Quizá necesitemos alcanzar un compromiso entre el imparable progreso al que nos aboca el capitalismo y nuestra cultura: es decir, entre lo que hacemos y lo que en realidad somos.

Por más que desagrade a la izquierda, los principios en los que se basa la Carta de los Derechos Fundamentales de la que hoy se enseñorea la ONU no surgieron en Asia, en Oriente Medio, en África o en la desaparecida Unión Soviética, sino en Occidente, más concretamente en el Occidente liberal y capitalista. Las sociedades menos machistas, homófobas o xenófobas son hoy con enorme diferencia las nuestras. Es en ellas donde los derechos de las minorías están garantizados. Y la libertad individual, aunque constantemente amenazada por activistas, políticos y mercantilistas, es infinitamente mayor que en cualquier otra parte del mundo.

Es posible que todas las culturas sean igualmente legítimas, dependiendo de un punto de vista que, según aduce la izquierda, es relativo. Pero objetivamente, según los datos, Occidente se ha demostrado mucho más eficiente y justo. Desde luego, no es perfecto. Pero, precisamente por esta razón, constantemente nos revaluamos, cosa que más allá de nuestras fronteras no sólo no se permite sino que está prohibido bajo penas severísimas.

El reto es encontrar la manera progresar y, al mismo tiempo, no perder completamente nuestras referencias. No podemos caer en el complejo de culpa, el victimismo y el infantilismo que, a lo que parece, acompañan al bienestar material, porque resulta que cuando el demonio se aburre, mata moscas con el rabo. Los derechos ni caen del cielo ni pueden ser irracionales. Ninguna sociedad que pretenda sobrevivir los puede generar y otorgar sin verdad, razón o condición alguna.

Occidente evoluciona constantemente, esa es su principal virtud en comparación con el resto de culturas. Y también su talón de Aquiles, porque podemos olvidar de dónde venimos y lo que en realidad somos. Debemos, pues, seguir esforzándonos en ver la manera de hacer más cosas y mejor, en vez de dedicar nuestros esfuerzos a que cada cual sea lo que se le antoje, inventando nuevos derechos y términos que son incompatibles con la realidad. Así pues, lo que los españoles podemos hacer para contribuir a la causa de la razón es dejar de inventar definiciones. Ni España es un Estado plurinacional, ni Cataluña es, por la gracia de Dios, una unidad de destino en lo universal. Para este viaje de la ‘nueva izquierda’, y del ‘nuevo PSOE’, no hacían falta alforjas.