La portavoz del CGPJ, Dña. Gabriela Bravo, ha declarado que toda intervención de las comunicaciones telefónicas que se realiza en España ha estado, está y estará previamente autorizada por un Juez, además de fundamentada y justificada por una resolución judicial. “No me consta denuncia en otro sentido” ha añadido la portavoz del órgano de gobierno de los jueces. Según explicó ésta, el CGPJ ya emitió un informe el año 2.004 sobre el Sistema Integral de Interceptación de las Telecomunicaciones en el que pidió que en todo momento fuera la autoridad judicial la que controlara las intervenciones, así como que no hubiera indefinición en cuanto quien tenía que hacerlo. Como contrapunto, el vicesecretario de comunicación del PP, D. Esteban González Pons, acusó al Ministro del Interior de ser el responsable de que la española “sea una sociedad vigilada” por el empleo del sistema SITEL, que fue contratado por el gobierno del PP. Como de costumbre, la voz de los partidos políticos y sus representantes en el CGPJ no son para nada tranquilizadoras para la salvaguarda de los elementales derechos ciudadanos. La situación no es nueva, recordemos las escuchas “aleatorias” del CESID dirigido por D. Emilio Alonso Manglano que espió también “aleatoriamente” a ciudadanos tan anónimos como el rey, Ruiz Mateos, Pablo Castellano, Pedro J. Ramírez, o el propio García-Trevijano. El principio de excepcionalidad en la intervención de las comunicaciones privadas por orden judicial, precisa de una autorización concreta de un juez determinado responsable de la interceptación con finalidad persecutoria de una actividad criminal específica que indiciariamente se esté produciendo, y durante un tiempo prefijado, con observancia de un control o seguimiento regular durante su ejecución. Ello no es posible con el sistema SITEL, cuya verificación judicial prevista en su regulación legal y protocolos de funcionamiento se establece a través de un control genérico y centralizado sobre el funcionamiento global del sistema mediante una autoridad judicial despersonalizada y difusamente establecida, efectuando revisiones periódicas del funcionamiento del programa, sin entrar a analizar cada una de sus operaciones de forma particularizada. Si a la Sra. Bravo le basta, desde luego a este Diario no, constando peligrosos antecedentes que tan fácilmente olvida y que han de poner en alerta incluso al menos garantista de los juristas. Si encima son Garzón y los suyos los que deben controlar al “Gran Hermano”, la cosa es para echarse a temblar. "A pure theory of democracy" Publicada la traducción inglesa de "Frente a la gran mentira"
Caerse del guindo
La asociación de jueces Foro Judicial Independiente (FJI) ha elevado una queja al Consejo Consultivo de Jueces del Consejo de Europa al estimar que en España se está viviendo un proceso de contaminación política del Poder Judicial y una “ocupación progresiva del espacio judicial”. Al parecer, el FJI ha caído en la cuenta de ello en su VI Congreso Nacional, celebrado recientemente en Gran Canaria, donde tomó la determinación de dar novedad de la situación a las autoridades comunitarias. En el comunicado por el que participa al resto de los mortales de su iniciativa, nos informa, que la independencia del Poder Judicial en España se encuentra en “muy preocupante estado ya que el proceso de contaminación política y ocupación progresiva del espacio judicial que desde 1.985 inició el poder político dominante, aún no se ha detenido ni alcanzado sus últimos objetivos”. El descubrimiento con el que nos ilumina FJI es ilustrado con ejemplos tan desconocidos e insospechados como que “el control de los partidos políticos parlamentarios del nombramiento de los vocales del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) que sigue teniendo una política de nombramientos alejada de los principios de mérito y capacidad”, o que, sorpresa, sorpresa, “la Fiscalía depende del Poder Ejecutivo y no tiene organizada su independencia judicial”. No sabemos si Sus Señorías del FJI leerán este Diario, ni si son conspicuos estudiosos de la obra de García-Trevijano, pero parecen muy satisfechos de haber descubierto por fin tras sesudas deliberaciones el origen y fuente de los males de la Justicia patria. Pero que nadie se emocione pensando en la rebelión cívica de las puñetas. Recordemos que FJI fue la asociación que capitaneó la primera huelga de jueces de nuestro país, para luego abandonar a las primeras ofertas ministeriales de sueldo y vacación. Por un lado, remontan el pecado original a la reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1.985, cuando el vicio capital es tan anterior y básico como una Constitución, la de 1.978, que no divide los poderes del Estado en origen, texto primordial que sin embargo es invocado como tabla de salvación por FJI, refiriendo la necesidad de retomar “el sistema de división de poderes diseñado en la Constitución”, cuando tal texto instituye un solo poder dividido funcionalmente. Por otro, y ante la ausencia de un verdadero Poder Judicial, ofrecen como solución una simpleza tal como que “los jueces tienen el deber ético de defender la independencia y el instrumento efectivo más importante es la unidad judicial mediante la creación de un nuevo modelo de asociación donde tengan cabida las distintas sensibilidades y opiniones”. Es decir en lugar de proponer los mecanismos institucionales inteligentes que garanticen la separación de poderes, se confía la solución a la honradez y ética personal de los jueces y al consenso de los parasindicatos judiciales. Sólo les ha faltado pedir más medios materiales a Caamaño.
Arte oligocrático
Ghosts of Cupcake past (foto: abakedcreation) Arte oligocrático Porque la única libertad conocida en nuestra sociedad es oligocrática, las “obras de arte” que se propagan en su seno son mero fruto del oportunismo y la zafiedad. No existe ni la más remota posibilidad de que una obra de arte digna de tal nombre, una obra que dé forma a un mundo estético y moral nuevo, surja de la oligocracia y su aparato. La causalidad existe, pero sus efectos aquí no son duraderos. Y la libertad, si emparejada a la verdad –y no, como es siempre el caso en un ámbito cultural determinado por lo políticamente correcto, aun cuando quiera presentarse como incorrecto–, tiene la marca de lo eterno. Se suceden premios y galardones, la periódica celebración de la vergüenza cultural partidocrática. Los trucos de imagen, las apariencias. Y, entretanto, la libertad espera, la obra aguarda. Un adolescente ebrio en la cuneta, sin salidas, balbucea unos versos mucho más dignos de ser recordados que cualquiera de los provenientes de los socializados aduladores del poder. Ahora, en el desastre puro, en el pisoteo de una libertad virgen que no se comprende todavía a sí misma pero que se siente, como se sintió el día del estrépito, de nuestro nacimiento en el mundo, todo depende de la profundidad con que haya calado una visión-guía, sublime e implacable. Ahora, provistos o no de armas intelectuales, cuando la pasión por la libertad es un asunto de vida o muerte, puede dejarse la huella. Y olvidarla. Mientras, sin pundonor ninguno, persiste en manar la fuente de esputos, disfrazados de novedad; la mutua adulación de un poder unívoco aposentado en la mentira, pródigo en el intercambio de secretos parabienes. Los pretas –“fantasmas hambrientos” en la cosmología budista, con cuellos finos y largos que se duelen al ingerir, y barrigas prominentes, felices de haber por fin deglutido– reciben su ración, ignorantes, en su hambre insaciable, de hasta qué punto dependen de un reino de pretenciosos endiosados. Y éstos saben menos aún hasta qué punto el regodeo en su particular paraíso de prebendas depende de ciertos volátiles consumidores, capaces incluso de soñar con otros amos. Y entonces, cuando la grieta abierta conduce al abismo, su conciencia del último minuto pasa a ser conciencia del ahora: libertad y creación vuelven a hermanarse, imparables.
Filibusterismo
Una larga y atroz disgregación de la autoridad local ha dejado las extensas aguas territoriales somalíes no sólo expuestas al vertido masivo de basura radioactiva, escoria industrial y desechos químicos de todo el mundo, sino también, abiertas a las más grandes flotas pesqueras, que faenan en ellas sin temor a la aparición de guardia costera alguna. Pero desde hace unos años un creciente sentimiento de peligro ha ido turbando la quietud de ese paraíso de esquilmadores. Ahora hay una clara amenaza indígena sin patente de corso. Estos filibusteros del Cuarto Mundo apresan embarcaciones y secuestran a las tripulaciones con el fin de obtener sustanciosos rescates, que los distintos gobiernos involucrados han ido negociando y desembolsando, aparte de movilizar a sus armadas para evitar nuevos abordajes. En este sentido, la Unión Europea puso en marcha la operación “Atalanta”, en cuyo marco una fragata española capturó a dos bucaneros implicados en el asalto del “Alakrana”. Ojo avizor, el ubicuo Garzón no ha considerado competente la jurisdicción más próxima (si no es la de Somalia por falta de garantías, podría ser la de Kenia, con la que España ha firmado un convenio para la entrega de piratas), que es a la que han recurrido los demás países, y en otra de esas iniciativas que le seguirán granjeando fama mundial, ha ordenado que los somalíes sean sometidos al rigor de la justicia española. Al margen de las insólitas maniobras garzonianas, urge encontrar la forma de liberar a los tripulantes del atunero, cuyas angustiadas familias reclaman a unos políticos irresponsables que actúen de la manera más juiciosa. Que los secuestradores, además del dinero, exijan la vuelta de sus compinches, parece haber sumido en un dilema hamletiano al conglomerado partidocrático, como si los procedimientos judiciales siguieran un curso que la conveniencia política no pudiera alterar jamás. Cuando desde la Audiencia Nacional señalan que no hay base legal para impedir que la instrucción de este caso siga adelante y desde el Gobierno afirman que el retorno de los piratas es un “asunto técnico y jurídicamente muy complicado”, olvidan los privilegios que reporta la no separación de poderes: pueden hallar cientos de subterfugios en un derecho público que enseña a los oligarcas hasta qué punto pueden violar la justicia sin comprometer sus intereses. "A pure theory of democracy" Publicada la traducción inglesa de "Frente a la gran mentira"
Los Reyes se rinden al glamour de Pedro J
Los Reyes se rinden al glamour de Pedro J. Ramírez, como antes hicieran Zapatero y Rajoy, en El Confidencial "Pedro José Ramírez vive su momento de gloria: si hace dos semanas se fotografiaba en el madrileño Palacio de los Deportes con Zapatero a su izquierda y Rajoy a su derecha, anoche fueron los Reyes quienes acudieron a poner en pública evidencia el poder del director de El Mundo."
Humor paradójico
La jovialidad, el estado de ánimo propio de Jove-Júpiter, no suele acompañar a los hombres, que son infelices y mueren. Ante la pesadumbre de la vida puede hallarse en el humor una alegría que aligere el peso de las cosas. Si nos convertimos en espectadores indiferentes del teatro del mundo, muchos dramas pasarán a ser comedias: lo cómico surtirá todo su efecto eliminando cualquier atisbo de compasión. José Luis López Vázquez Octavio Paz no creía que el humor fuese algo innato en el hombre sino uno de los grandes inventos de la época moderna, cuya irradiación debe atribuirse al autor del Quijote y al nacimiento de la novela. Sin embargo, esta conquista de la cultura estaría amenazada por los que no saben reír o por aquellos que ostentan gran seriedad con el fin de encubrir su estupidez, como denuncia en su “Tristam Shandy”, Sterne: un digno heredero del legado cervantino. Pero un abismo separa la sutil ironía de la sonrisa del brutal sarcasmo de la risotada; media un mundo estético entre el elegante desvelamiento de lo absurdo desde una perspectiva insólita y la zafia ridiculización de lo imperante con una postura acomodaticia. El maestro de la paradoja continua, el inclasificable Chesterton -un revolucionario tradicionalista-, levantó un mundo inédito para destruir las convenciones y apariencias que detestaba, entre ellas el de una rebeldía, en el fondo, domesticada, y el de una solidaridad, trufada de hipocresía: “Si no podemos amar a nuestro barbero (al que hemos visto), ¿cómo vamos a amar a los japoneses, a los que nunca hemos visto?”. A un ortodoxo heterodoxo como él (en sus obras los ateos creen en milagros y los místicos abrazan el paganismo) le hubiera encantado leer que “las ideas que Cristo nos legó son tan buenas que hubo necesidad de crear toda la organización de la Iglesia para combatirlas”, luminosa paradoja de Augusto Monterroso, uno de los grandes escritores de cuentos en lengua española, junto a Borges, quien apreciaba en la prosa del escritor inglés trazos kafkianos. Chesterton, de nuevo con originalidad significativa, definió la labor del periodismo como aquella consistente en decir “Lord Jones ha muerto” a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo. Una fórmula que no podemos aplicar al fallecimiento del popular actor José Luis López Vázquez, que ha participado en buena parte de la filmografía de Luis García Berlanga, cuya mirada distorsionada de la realidad entronca con una tradición que va de Quevedo a Valle-Inclán. En “Plácido”, López Vázquez-Quintanilla refleja la pintoresca mediocridad y la sordidez moral de la base social franquista. En “La escopeta nacional”, “Patrimonio nacional” y “Nacional III” representa a un aristócrata rijoso (como esos catetos que interpretaba en las películas de Mariano Ozores, director cuyo testigo ha sido recogido por Santiago Segura, con su chabacanería carpetovetónica) que pierde el tren del neofranquismo y ya no encuentra sitio en la corte de la Monarquía de partidos. Y más tarde, en el apogeo del felipismo, “Todos a la cárcel”. En el universo despiadado del entomólogo Berlanga, al diminuto López Vázquez, particularmente expuesto por su triste seriedad, podemos aplastarlo burlándonos de él. Los seres risibles son vulnerables y los que se ríen de ellos afirman, con obscenas carcajadas, su superioridad. Ese afán de ridiculizar, cuando se proyecta sobre un poder ilegítimo, revela una condición servil: caricaturizan a los políticos pero siguen votándolos; y sacudidos por una risa nerviosa ante los sainetes de degeneración pública, no pasa por sus cabezas frívolas la idea de remover la causa institucional del permanente carnaval de la corrupción que se celebra en España.
Vals a traspiés
Fred Astaire (foto: danceonair1986) Vals a traspiés Tú, en esa contradictoria aniquilación creativa, escribirías quizá que los vencejos se empeñan en llevarte lejos de los hombres. Dirías que así ocurre en todos los iris y, claro, tu imagen reflejada en tal espejo estaría perfectamente de acuerdo en que la soledad es un mal necesario de la aristocracia espiritual. Después, mientras los invitados van llegando, refunfuñarías esas y otras muchas cosas arriba, en la habitación, decidida a no salir nunca más, como hacen las tontas niñas tontas. Pero yo te digo que con los primeros compases de la orquesta sobornada, volverás caída en gracia a la tierra; te arrastraré con firmeza hasta el centro del parqué no para que seas protagonista, sino para que dejes de serlo dentro de ti. Entonces… un dos tres, un dos tres… será cuando te tome por la cintura sonriendo chulescamente, porque sabré que forcejeas sin voluntad de liberarte y porque sabrás que ciño tu talle sin querer someterte. Vuelta y… ¡un dos tres, un dos tres! Acerco traidor la boca a tu pelo y le digo: Quieres olvidar la Naturaleza para ser más intensamente tú y no eres capaz de pasar un minuto sin volver a ella a través del arte. Atenta, la orquesta afirma con oficio y brío: ¡un dos tres, un dos tres! Me miras indignada y estás a punto de decir algo que pueda doler íntima y superficialmente, pero nos obligo a girar para que te aferres sin remedio a mí, un dos tres un dos tres, hasta casi la risa. Quieres que la nostalgia fingida sustituya a la melancolía y eso es pretender que la obsolescencia ocupe el lugar que en todo lo vivo tiene la esperanza. No, calla, ¿no ves que viene?… un dos tres, un dos tres… Así bailamos el vals antihorario hasta que llega un leve empujón y nuestros brazos se desatan. Caras, piruetas, un saludo y discúlpeme, un dos tres, un dos tres, desapareces entre la gente. Otra vez te encuentras rodeada de aquello que sin querer eres y, sintiéndose engañados, los vencejos de la soledad imposible te dejan descansar. Estás de nuevo en la vida, estiércol y amor. Sí, el lugar donde los unos quieren abrazarte y quien tú quieres no. La Tierra sigue existiendo tras las ventanas, en las conversaciones, los mataderos… y no al final del ojo invertido que has fabricado; vuelves a estar, un dos tres y un dos tres, en la belleza compensada con libertad, en la habitación vacía de la joven mimosa, en la mente atraída hacia todas las criaturas. Ahora tú eres el mundo y yo… yo… ¡un dos tres, un dos tres!… fin de salón.
¿Qué corrupción?
Si la soledad del uno o del grupo gobernante fuese hermética, la ausencia de potencia sería absoluta y el gobierno perdería su fundamento. Incluso los tiranos necesitan de una comunidad política mínima que sirva de substrato a su ser. Y no hay comunidad sin renovación física de los contactos y estabilización ritual de los lazos de unión. A falta de libertad organizativa, todos los integrantes -gobernantes y gobernados- de los regímenes despóticos tienden a compensar y estabilizar la convivencia bastarda con favores materiales que compran las voluntades y ceremonias in-formativas que encauzan las conciencias. Es la corrupción política. Si la corrupción así vista es discursiva, en España se puede hablar de dos corrupciones distintas o de dos fases dentro de lo que García-Trevijano ha denominado “corrupción constitutiva”. Necesitados de nutrición social, son los representantes del Estado quienes toman la iniciativa para establecer comunicaciones esporádicas y secretas con la sociedad civil. Esta acción se corresponde con la prepotencia histórica de la que habla Toynbee: tentada por el botín, la parte activa de la sociedad huye hacia adelante para apuntalar un acuerdo entre antiguos y nuevos poderosos que marca el principio de su propia degeneración. Aparece entonces el mercadeo de prebendas estatales. La prebenda es la puerta de atrás por la cual el Estado sin control compra la vitalidad de la sociedad civil. He aquí la corrupción política propiamente dicha, pues en virtud del oportunismo de los aspirantes a entrar o permanecer en la clase dominante, esta se “socializa” mínimamente. Con el paso del tiempo es la sociedad civil la que necesita purificar su vileza y para hacerlo se adentra un paso más en la corrupción. Se trata ahora de corrupción esencialmente moral encarnada en una gran farsa que consagra, por una parte, la confraternización entre la minoría privilegiada y el Estado y, por otra, la ilegitimidad no sólo democrática sino propiamente política de las instituciones a las que este arreglo dio lugar. Ante la sociedad expectante, los dirigentes nacionales se vanaglorian de su proeza civilizadora demonizando a aquellos que día a día engrosan el número (ridículo comparado al real) de acusados por enriquecimiento ilícito. Toynbee llamó a esta fase histórica “idolización”. Llega entonces, imparable, la resurrección de la carne y la memoria de los Fragas, Pujoles, Suárez, Carrillos, González, Aznares y Garzones que, ungidos de veneración mediática, simbolizan el espanto y la furia de toda la población. La ceremonia limpia la reputación de los venerables corruptos que, junto al régimen que fortalecieron, son definitivamente reconocidos en la posición que ahora ocupan; y la ingesta de esa carroña moral conduce a la catarsis que la nueva minoría activa anhela y la gran masa aplaude.
Si a esto llaman democracia…
Si a esto llaman democracia…, en ABC "El peor de los sistemas políticos. Si exceptuamos a todos los otros. No hay más modo de definir la democracia. La política es un mal. Siempre."
Espejismos
Las medias verdades son la forma más sutil de corrupción, pues desenmascararlas exige un esfuerzo adicional del intelecto al que hay que estar predispuesto. El objetivo es llamar la atención, la atrevida novedad, no mostrar una verdad lógica. La Comisión de Justicia debate en el Congreso de los Diputados una proposición de Unión, Progreso y Democracia en la que se plantea un nuevo sistema de elección de los veinte vocales del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) con listas abiertas y voto por la judicatura, pero añadiendo también el de secretarios judiciales y abogados. En su iniciativa, Díez propone que para evitar el “corporativismo”, los jueces o magistrados elijan cuatro de los doce vocales que ahora sólo designan estos colectivos, pero que se reserven tres puestos a elegir por los secretarios judiciales, otros tres por los fiscales y dos por los abogados. De los ocho miembros restantes de CGPJ, cuatro los elegiría el Congreso y otros cuatro el Senado, igual que en la actualidad. No nos explica Dña. Rosa sin embargo qué especial cualidad tienen los abogados, los fiscales y los secretarios de juzgado que les permita entrar en el contubernio y precisamente en la proporción de desigualdad entre ellos que pretende, dejando fuera a otros operadores jurídicos como procuradores, notarios, registradores, catedráticos de derecho u oficiales de la Administración de Justicia. Calla también la Sra. Díez que en realidad lo que ella llama designación, no es tal, sino mera propuesta al Congreso, donde luego se escogen de entre los nombres ofrecidos los que han de acceder al cargo de Vocal del CGPJ, tamizados por la tacha y el consenso políticos, por lo que da exactamente lo mismo el origen profesional de los que integran el listado ya que quien decide en última instancia es el poder político. Tampoco razona en qué se justifica la presencia de los ocho miembros directamente designados por el Congreso, ni cómo pretende acabar con la mediatización de los sindicatos judiciales, disfrazados de asociaciones, controlados por los partidos y su decisivo papel en la propuesta de vocales por la judicatura en el sistema articulado por la Ley Orgánica del Poder Judicial. Sin separación de poderes en origen no existe constitución, y sin esta la democracia es sólo ficción. La independencia judicial es la piedra de toque de ese sistema de contrapesos que sólo se puede conseguir con un cuerpo electoral separado de electores y elegidos formado por todos los operadores jurídicos tanto judiciales como extrajudiciales en igualdad de condiciones y en el que participen y se integren desde el más alto magistrado al último funcionario del escalafón, los profesionales libres de la Justicia y la cátedra doctrinal.

