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miércoles 7 enero 2026
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Historias de ayer y hoy

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Matemática del cambio (foto: woodleywonderworks) Historias de ayer y hoy La mente es narrativa. O sería mejor decir: la mente narra. Por eso constituye un hito en la historia de la evolución que ella misma se aplicase en comprender los mecanismos de su propio funcionamiento para alcanzar principios universales: pasando por el anodino descubrimiento parmenídeo del Uno, las matemáticas. Que no dejan de ser narración. Aunque se muevan en un dominio abstracto y de perfecta idealidad, las matemáticas son el paradigma de un planteamiento mental aplicable (y aplicado, aunque no se sepa) a todas las ramas del conocer. Cosa distinta a ésta sería el espíritu cientifista de la modernidad, o la voluntad de medirlo todo, de hacerlo todo exterior, dato. Mas el hecho de que la mente pueda liberarse de lo inmediato y empírico, navegar en la abstracción, y descender otra vez al mundo con la seguridad de permanecer conectado con lo que Santayana, siguiendo a Platón, llamó el reino de la esencia, permite que, a pesar de todas las deficiencias y revisiones críticas, podamos desarrollar eso que denominamos ciencia.   Aunque, como todo lo natural, lo social está plagado de problemas y márgenes muy amplios de incertidumbre, el ámbito político e institucional es también susceptible de ciencia. El relativismo es aquí la excusa para la inacción. Y la inacción y su correspondiente falta de perspectivas se justifica con relativismo filosófico, que hoy lo inunda casi todo. Es verdad que existieron buenas razones para inyectarlo, pues no podía seguir colando que pasasen por científicamente avalados regímenes de poder o sistemas de pensamiento monolíticos. Pero este estadio pasajero no quita que sea posible determinar, con los parámetros que corresponda, la bondad o perjuicio de determinadas ideas y su aplicación práctica. En algo parecido consiste la tarea del conocer.   Ahora bien, comprender que la República Constitucional es una solución cabal a una abundante cantidad de problemas sociales, políticos, económicos, administrativos y legislativos hasta ahora (mal) entendidos como (relativamente) irresolubles, supone repetir el hito de la libertad de la razón con respecto al mito. Sin que ello signifique que renunciemos a contar historias, y sin que las historias mismas dejen de indicarnos dónde debemos aplicarla.

La vía chilena

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A través de sus peones de brega los EE.UU. y la URSS desarrollaron una estrategia de contención mutua en el tablero de la Guerra Fría. Así, Franco, un compañero de viaje del fascismo derrotado, al que los aliados hubieran podido derribar con un soplo militar, pasó a engrosar las filas de la lucha anticomunista. En los años setenta, Chile tampoco pudo zafarse de las consecuencias represivas que el miedo al comunismo generó. A Salvador Allende (un hombre digno hasta el último momento) y a sus seguidores, les hicieron pagar su ingenuidad e inconsciencia políticas. El “Gran Hermano” del Norte no iba a tolerar que se transitase por ninguna clase de camino hasta el socialismo.   Las torturas y asesinatos del pinochetismo restablecieron el “orden” político y la ortodoxia económica. A finales de los ochenta, confiando en el reconocimiento de sus compatriotas y en el temor que les inspiraba, el dictador apoya la convocatoria de un plebiscito, cuyo resultado en contra de su permanencia en la jefatura del Estado fue respetado. Pinochet, sin embargo, sigue durante los ocho años siguientes como comandante en jefe del Ejército, y tutela la “transición a la democracia”.   La oposición a la dictadura provocó la unión contra natura de la “Concertación” que ha dominado la escena política -dos presidentes democratacristianos (Alwin y Frei) y dos socialistas (Lagos y Bachelet)- hasta la irrupción de Sebastián Piñera, cuya victoria hubiera sido inimaginable sin su desligamiento de la figura de Pinochet, completamente desacreditada tras comprobarse que el “salvador” de Chile aprovechó su estancia en el Poder para enriquecerse: cosa natural entre jefes de Estado incontrolables e inviolables. Desgraciadamente, Chile sigue bajo el peso de algunas herencias: privilegios de un Ejército que se reserva una buena tajada de la exportación del cobre; un sistema electoral binominal; y la obligatoriedad del voto (con fuertes multas para los abstencionistas), provocando que tres millones de jóvenes no quieran inscribirse en el censo electoral.   Después de la impecable etapa presidencial de Bachelet, cuyo índice de aprobación entre la ciudadanía chilena ha superado el 80%, a Piñera le resultará difícil dar virajes. Aunque el multimillonario (excelentes relaciones con el poder y monopolios: fórmula del éxito) se desvinculará de sus negocios (suponemos que de su gestión directa pero no de su propiedad) y dice que ya ha ganado suficiente dinero, y que por lo tanto, solo le mueve “servir” a Chile, late la sospecha de que sus afanes políticos estén conectados con sus intereses económicos. En todo caso, no podrá estar más de cuatro años seguidos en el Palacio de la Moneda.

Ilusionismo jurídico

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En la acción por la libertad política, la utilización de los cauces jurisdiccionales del Estado de poderes inseparados puede servir oportunamente para destapar sus vergüenzas e incongruencia interna. La razón jurídica se alía así con la razón de libertad y deja en evidencia la Razón de Estado de la Monarquía de Partidos. Promover la investigación de la actual clase reinante y gobernante hasta sus últimas consecuencias en las actuaciones garzónicas sobre la responsabilidad del asesinato franquista, la impugnación de nombramientos de los altos representantes de los partidos en la cúspide de la organización judicial, o la denuncia formal de la prevaricación institucional pacíficamente aceptada, son ejemplos de ello. Sin embargo se trata de un arma que debe ser utilizada con prudencia, muy meditadamente, para no incurrir en un inútil ilusionismo jurídico, en una candidez procesal insostenible que no soporte el primer envite, sin servir para mostrar las tripas de la maquinaria de la Justicia dominada.   El Tribunal Supremo (TS) ha rechazado la petición del abogado murciano D. José Luis Mazón de que se declarara judicialmente la nulidad de los resultados de las elecciones generales de 8 de Marzo de 2.008 al entender que estaban “viciados” por la “discriminación” de la opción del voto en blanco. El TS ha declarado inadmisible el recurso presentado por Mazón contra el Acuerdo de la Junta Electoral Central de 7 de Abril de 2.008, por el que se publicaban los resultados de las elecciones, por “falta de legitimación” activa del Letrado para impugnar dicho acto. Mazón pidió que se anularan los resultados electorales porque el voto en blanco había sido “discriminado” denunciando que no se había dado información sobre cómo ejercer esa opción en ningún colegio electoral de España. El Alto Tribunal recuerda que la Ley Electoral restringe la legitimación para impugnar esos resultados a los candidatos proclamados o no proclamados (siempre candidatos de partido), a los representantes de las candidaturas presentadas en cada circunscripción (es decir de los partidos) y a las entidades políticas que presenten candidatura (o sea y de nuevo, los partidos). Además –agrega el TS- el acuerdo que impugna el abogado se limita a ordenar la publicación del resumen de los resultados, lo que “nada tiene que ver” con la pretensión de Mazón de que se haga “una interpretación de lo que es el voto en blanco distinta de la que lleva a cabo la Junta Electoral Central” o que, en su caso, “se plantee cuestión de inconstitucionalidad de determinados preceptos de la Ley Electoral”.   Sólo hay algo más iluso que impugnar judicialmente la inanidad del voto en blanco, votar en blanco legitimando así el sistema institucional para hacer lo contrario con sus actores. Más le hubiera valido al noble abogado haberse abstenido (de votar también).

Catarsis paistriótica

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(Aprendiz de Amélie) Catarsis paistriótica El funcionamiento orgánico de la Partitocracia hace que los medios de comunicación “social” actúen en clave interna respecto al partido —o grupo de partidos— al que se deben, especialmente cuando se trata de resguardar el régimen de poder que sostiene a todos. Después de haber dado cobertura a Rajoy en la SER, así hay que interpretar la entrevista con el presidente del Gobierno que el diario EL PAÍS ha publicado este domingo. En ella, se hace llegar a Rodríguez Zapatero el hecho de que, tal y como las encuestas muestran, el apoyo popular del que había gozado ha menguado considerablemente, por lo que —y esto es lo esencial— el Partido Socialista podría decidir prescindir de su suprema candidatura para las próximas votaciones estatales. El bueno de José Luis no opone resistencia, dando a entender que tal cosa no le preocupa ahora, que ya llegará el momento. Se deshace en agradecimientos a los ciudadanos, que le han dado “muchísimo”; y a sus compañeros de partido, aunque respecto a éstos últimos añade que “porque he ganado” —en el sentido de les— “dos elecciones”, lo que convierte el reclamado debe en algo mutuo.   Pero la sigilosa reconvención de Zapatero a los auténticos gurús de la Monarquía de partidos se encuentra en su sentencia respecto a la superación de la crisis. El objetivo fundamental consiste en “recuperar la confianza ciudadana en el país”. Y “el país” —aparte de su periódico cabecero— es la forma de referirse al actual Estado desnacionalizado por el posfranquismo. No es él, ni siquiera el PSOE, quienes han sufrido tal merma. Es el propio Régimen en la parte visible de la clase política. Así, el Presidente se apoya en la lógica del mismo Estado de partidos —los resultados de la acción de gobierno no pueden ser tomados como la síntesis del sistema, siempre debe salvaguardarse una alternativa de partido que permita su replicación— para hacer llegar a los díscolos del PSOE que ni él, ni el partido, pueden atenuar el coste social y rebajar la seguridad laboral, tal y como una parte le solicitan (únicas alternativas para una España a la que su pertenencia a la hoy UE, decisión unánime del posfranquismo de varios partidos, impide cualquier política de reindustrialización, imprescindible para recuperar una economía nacional digna). Que sea el PP quien lo haga, viene a insinuar Zapatero, aun a costa de que con este programa llegue al poder, consciente de que, si lo ejecutaran ahora los socialistas, los trabajadores perderían definitivamente la esperanza en “el país”. Ello, asumiendo personalmente que, si las cosas no mejoran, todo lo que pueda oponer el PSOE sea un cambio de candidato.   José Luis Rodríguez Zapatero demuestra así ser un paístriota ejemplar.

Catástrofe haitiana

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La aceleración de la revolución industrial y la expansión colonial forjan en el siglo XIX la división fundamental del mundo. La mecanización generó un considerable aumento de la productividad, o sea, una riada de manufacturas cuyo coste de producción disminuía permanentemente. Por otro lado, la dominación europea provoca la interrupción de una incipiente industrialización en la India y China, es decir, la casi completa desaparición de las manufacturas artesanales en la primera, y su importante disminución en la segunda. Los términos de intercambio global eran impuestos por las metrópolis coloniales. La competencia en los grandes mercados asiáticos se desarrollaba en el marco de un "libre cambio" que consistía en abrir las fronteras a los productos europeos, sin contrapartida.   El crítico más lúcido de las relaciones de producción decimonónicas proclamaba que, al igual que las máquinas y el crédito, la esclavitud era una categoría económica de la mayor importancia. Sin ella no se hubiera recolectado el algodón necesario ni puesto las bases de la industria moderna. Además, la esclavitud ha dado su valor a unas colonias sin las cuales no se hubiera creado el comercio universal. Los modernos, dictaminaba Marx, han sabido disfrazar la esclavitud en su propio país, pero la han impuesto sin disfraz al Nuevo Mundo.   Las ondas emancipadoras de la Revolución Francesa llegaron hasta las Antillas (como reflejó el cubano Alejo Carpentier en su novela "El siglo de las luces"). A la vista de su desarrollo histórico, el singular proceso de la abolición de la esclavitud y la temprana conquista de su independencia no han impulsado ni lo más mínimo a Haití, condenada al marasmo político, a la pobreza más atroz, y a la devastadora fuerza de la Naturaleza. A pesar de la sobreabundancia de informaciones e imágenes, resulta inconcebible la magnitud del horror y la desesperación que asolan ese territorio "maldito". Los efectos del terremoto, que motivan la urgencia del envío masivo de ayuda y la organización de su reparto, debería ocasionar también en los conmovidos ojos occidentales -en aras de la "reconstrucción"- una mirada reflexiva sobre las causas políticas y económicas de la permanente catástrofe en la que ha estado sumida Haití.     "A pure theory of democracy"     Publicada la traducción inglesa de "Frente a la gran mentira"

Política judicial

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La judicialización de la política se produce siempre que los partidos políticos tienden a resolver sus diferencias mediante la desviación a procesos judiciales de cuestiones cuya solución es política. La politización de la Justicia es el fenómeno inverso, desembocando en el imperio de la Razón de Estado. Si mediante la reflexión inteligente fácilmente se puede llegar a comprender que ambos fenómenos no son sino lógica consecuencia y caras distintas de la misma moneda de inseparación de poderes, por muy poco riguroso que se sea en la observancia de las sanas costumbres de toda sociedad que se reclame democrática, cualquiera los contemplaría como resultados no deseados de la actuación tanto política como judicial, es decir y en suma, como corrupción institucional.   Parece no ser así para la portavoz del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), Dña. Gabriela Bravo, quien afirmó sin rubor que la politización de la Justicia “no debe verse como algo peyorativo” y que la judicialización de la vida política “no se debe considerar un fracaso”. Con tales palabras se dirigió la representante del gobierno de lo judicial a una estupefacta audiencia en las IV Jornadas sobre Justicia como fuente informativa, organizadas por la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, durante la mesa redonda “Los Juicios como arma política: politizando la justicia y judicializando la política”. Para la Sra. Bravo, las expresiones “politización de la justicia” y “judicialización de la política” se utilizan “con cierta frivolidad” (sic.), otras veces de una manera “absolutamente injusta y negativa” (¡!), y “normalmente de forma equivocada y peyorativa” (¿?). En su opinión, si la actuación y las funciones del juez cobran una dimensión política importante en la vida de los ciudadanos “no es peyorativo ni tampoco significa que la Justicia de este país quede mermada, quede politizada, sea menos independiente, o parcial”.   Perdón al lector por las citas constantes, pero el espectacular ejercicio de cinismo de quien es voz y representante del supuesto gobierno de los jueces lo merece, ya que no contenta puso la guinda recordando que desde la promulgación de la constitución de 1.978 “nos encontramos con la irrupción de los jueces en la vida política del país, pero de una forma positiva porque el protagonismo, la relevancia o la presencia de la intervención judicial en el día a día no tiene mayor justificación ni mayor causa que el cumplimiento estricto de sus funciones constitucionales de tutelar los derechos de los ciudadanos y controlar a los gobernantes respecto a sus posibles responsabilidades penales”. Control a los gobernantes y clase política que precisamente la han elegido a ella y a sus compañeros del CGPJ   para  sus  puestos.   Nada  mejor   que dejarlos hablar al calor de sus amos, en este caso arropada en el mismo acto por el vocal de la Comisión de Justicia del Congreso, Manuel de la Rocha (PSOE) y del senador D. Luis Peral (PP) que acudía en sustitución de D. Federico Trillo, diputado y portavoz de su partido en la misma comisión. Vamos, dando doctrina y ejemplo al mismo al tiempo.

El desgaste

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Weather worn (foto: Monster) El desgaste Una de las tareas que se imponen a un movimiento ciudadano aspirante a conquistar la libertad política es la de introducir en la opinión pública la idea de que, en la partidocracia, los partidos ni representan los intereses de nadie en concreto ni los de todos en general. Sólo los suyos propios y sus afiliados. A pesar del evidente desgaste en credibilidad de los partidos (que, según una estadística, alcanza en Andalucía un porcentaje de la población al menos equivalente a los que apoyarán al PSOE), el ciudadano común sigue necesitando alguien que le represente. Y es aquí donde la libertad política debe meter una de sus cuñas: demostrar que, con el sistema actual, la representación a la que aspira será una y otra vez traicionada.   Que haya quien sigue confiando en los partidos indica no sólo servidumbre voluntaria. Apunta también a la necesidad de ser representado. Esta necesidad debe ser tomada como motor de una exposición diáfana de hasta qué punto aquélla se ve impedida por un sistema electoral no representativo como el actual. Una vez clarificado este punto, y ofrecida una alternativa sencilla y practicada en otros países (es decir, no utópica), la única dificultad reside en proponer un esquema de acción realizable para conquistar lo que no tenemos y deberíamos tener.   Aunque los partidos volverán a germinar de la sociedad con un sistema electoral representativo –pues, como decimos, responden a la necesidad del ciudadano de ser representado– y aunque siempre existirá un margen de incredulidad –benigna, deberíamos añadir– con respecto a la representación, la situación habrá cambiado por completo si, en lugar de las extraordinarias vaguedades ideológicas con las que nos azuzan  los partidos   –las  cuales,  repetimos, responden simplemente a una ambición de poder de partido incontrolada–, tenemos un método de representación sometido al mandato imperativo de un representante concreto, elegido por su mónada o distrito, y afiliado o no a un determinado partido. En estas circunstancias, todos los que, sin querer estar al frente de los asuntos políticos de su comunidad, estén al tanto de lo que más les afecta, podrán exigir a sus representantes que actúen como prometieron. Y además, como en el mercado, los diversos candidatos serán sometidos a las leyes de la competencia.

Economía sumergida

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Durante la presentación de los resultados de 2009 que arroja la lucha contra el fraude en materia laboral, el Ministro de Trabajo cifró el “trabajo en negro” de la economía española entre el 16 y el 20% del PIB, y reconoció que “las actividades irregulares suelen incrementarse en tiempos de crisis”. Inmediatamente el Secretario de Estado de Economía y después la Ministra salieron a la palestra para descalificar esas afirmaciones y decir que esas cifras "no son datos", no tienen ninguna base científica ni hay estimaciones sobre las dimensión de la economía sumergida en España ni en los países de nuestro entorno. La Vicepresidenta del Gobierno terció en el combate y manifestó, con un voluntarismo bobalicón, que “el dinero negro y sus usos tienen los días contados”. Niegan la realidad, confunden lo oficial con lo real y así no tienen que dar explicaciones.   Pero las estimaciones de ese fenómeno social se realizan por instituciones internacionales (OCDE, OIT, Banco Mundial), Universidades y Centros estadísticos, que en muchos casos sitúan esa realidad por encima de aquella dimensión. Y la Unión Europea, cuyo presupuesto depende de las recaudaciones nacionales del IVA y de un porcentaje del PIB, está muy interesada en conocerla. Hace más de un año el presidente de la Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos (ATA) manifestó que "en España había cerca de un millón y medio de “trabajadores fantasmas” sin tributar impuestos o cotizar a la Seguridad Social. Quizás sea el precio que esta sociedad hipócrita debe pagar para evitar el ruido de cacerolas.   Esta economía sumergida, como conjunto de transacciones realizadas al margen de las regulaciones del Estado, se manifiesta en: prestación de servicios sin contrato, ventas sin licencia, remuneraciones opacas, trueques, pagos en negro, pagos en gris (una parte en factura o contrato y otra en dinero en negro), remuneraciones en especie, apuntes de doble contabilidad y otras muchas formas. A todas ellas hay que añadir las actividades relacionadas con el narcotráfico, la prostitución, el trafico de armas y las finanzas escondidas en paraísos fiscales.   En vez de negar la realidad y demonizar toda actividad no controlada por ellos, los dirigentes políticos deberían reflexionar sobre las causas del alejamiento de una parte de la sociedad civil de los poderes del Estado y sobre las grandes dimensiones que está adquiriendo en nuestro país. ¿No serán los poderes públicos con sus excesivas cargas fiscales y reglamentaciones (cuotas de la Seguridad Social y tributos del Estado y de los Municipios; permisos, licencias y concesiones administrativas; y otras rigideces) los causantes de su auge?

El bufón

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El último sondeo realizado por Metroscopia y publicado en el diario “El País” sobre la valoración de candidatos para las elecciones de 2012 ha dado como resultado que un 68% de los electores no confían en el Presidente del Gobierno y un 66% de los españoles considera que Rodríguez Zapatero no debería presentarse a las próximas elecciones generales. Aunque Mariano Rajoy tampoco sale bien parado -un 82% de los encuestados dicen no confiar en él- el sondeo, además, otorga al PP una ventaja sobre el PSOE de 3,5 puntos en intención de voto.   Estas estadísticas han conseguido que salten las alarmas dentro del partido que detenta el Poder. Su vicesecretario general y Ministro de Fomento del Gobierno, José Blanco, se ha apresurado a declarar: “el Partido Socialista no contempla otra hipótesis, ni contempla otro candidato”. La secretaria de organización del PSOE, Leire Pajín, puntualiza que lo hace como “portavoz” y afirma que dicho partido “no contempla otra posibilidad que la de que Zapatero sea candidato en 2012. El supuesto debate sobre su sucesión no existe”. La vicepresidenta primera, Mª Teresa Fernández de la Vega, ha defendido al Presidente del Ejecutivo como “el mejor candidato”. Otros dirigentes del PSOE no opinan lo mismo: “si ya ha decidido que no será candidato sería una grave irresponsabilidad hacerlo público en este momento porque las especulaciones sobre quién sería su sucesor eclipsarían cualquier otro debate político”. La lucha por el Poder ha comenzado en el seno del partido privilegiado de la partidocracia. El grupo Prisa ha prendido la llama. Los primeros en responder y negarlo, cómo no, han sido los que con endogamia, sin méritos propios ni escrúpulos han medrado y serían relegados si Zapatero no se mantuviese en el poder.   Pero en el corrupto Reino de España D. Emilio Botín decidirá qué hacer para el 2012 con su bufón ZP. Hasta ahora le ha divertido y, aunque Zapatero tiene seis meses por delante para divertir también a Europa, Botín ha puesto en marcha a sus cortesanos para cuando llegue el momento que considere oportuno prescindir de él. El bufón está feliz estrenando su nuevo juguete, la Presidencia de la UE, y, a pesar de que no sabe idiomas, ya ha dicho a los europeos que va a solucionarles la crisis económica. Es único. El juguete europeo ha sido adornado con un despacho de muebles y corbatas de diseño valorados en 6 millones de Euros que hemos pagado los españoles. Y al ser preguntado por su candidatura a las próximas elecciones generales ha contestado: “mi única obsesión es la recuperación económica y la creación de empleo”. Esto hace feliz a Botín y ríe aún más ante las bufonadas. Al resto de españoles nos ofende, entristece y avergüenza. Sólo la libertad política nos podrá salvar de los bufones destinados a enriquecer a los nuevos “Reyes Midas”.

La naturalidad de Rohmer

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Cuento de otoño (foto: mueredecine) La naturalidad de Rohmer En medio de las más profundas confidencias sigue habiendo restricciones, ya sea por delicadeza, falso pudor o mera piedad. No podemos desprendernos enteramente del miedo de descubrir en los otros o en nosotros mismos barrancos en los que precipitarnos o barrizales en los que enfangarnos; por otro lado, es muy difícil expresar con exactitud lo que se quiere decir, y a pesar de sentir la voluptuosidad de trasladar a alguien nuestras preocupaciones, la certeza de no ser comprendido del todo, hace que las uniones completas sean escasas. Los personajes de las películas de Eric Rohmer hablan profusamente, por lo común de trivialidades, y diciendo lo contrario de lo que piensan, pero detrás de esa pantalla de verbosidad reconocemos su fragilidad emotiva y su conmovedora proximidad.   Las vacaciones veraniegas, junto al mar, un lago o una montaña, propician en la obra de este director, la irrupción del amor y el desencadenamiento de sus tempestades sentimentales: Paulina en la playa, La coleccionista, Cuento de verano. Después del estío hay, para los que se han descubierto el uno en el otro, más posibilidades de no poder encontrarse durante largo tiempo que de gozar contemplándose e intercambiando miradas de amor. Cuando por fin, se produce el reencuentro, triunfa un feliz sentimiento de tranquilidad, que no es otra cosa que el apaciguamiento de un largo sufrimiento.   Desde sus inicios críticos, el autor de Mi noche con Maud describía el cine como arte del espacio. Pues bien, las calles, jardines, apartamentos, etc., son esenciales en su cinematografía, pero al mismo tiempo su presencia apenas se nota, armonizando de manera natural con las criaturas que los pueblan. Sin embargo, aunque tenga la tentación de serlo, el arte nunca puede ser verdaderamente realista, puesto que tendría que condenarse a una interminable descripción de una minuciosidad imposible. Delacroix lo expresaba así: “Para que el realismo no fuera una palabra vacía de sentido, sería preciso que todos los hombres tuviesen el mismo espíritu, la misma manera de concebir las cosas”. Sea cual sea su perspectiva, todo creador aporta una estilización. Y la puesta en escena de Rohmer es de una transparencia y espontaneidad incomparables, sin dar lugar, con su cámara invisible, a que se detecte el menor artificio técnico.

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