En virtud de la Ley de Memoria Histórica, el Presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, ha propuesto al Rey Juan Carlos no renovar los títulos nobiliarios concedidos por al anterior Jefe de Estado, Francisco Franco. En opinión de la Asociación para la recuperación de la memoria histórica (ARMH) es “incomprensible que una democracia siga renovando un reconocimiento creado en honor de quienes destruyeron y secuestraron la democracia en este país durante cuarenta años y cuyos méritos fueron su despiadado e inhumano ejercicio de la represión militar contra civiles”. La caja de Pandora se abrió a principios del pasado año, a raíz de que el anterior ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, firmara una Orden Ministerial concediendo Real Carta de sucesión en el título Duque de Mola, que al ser ducado pertenece a los Grandes de España. La ARMH solicitó al Gobierno la retirada del los títulos nobiliarios concedidos a la familia Mola y a la titular de otro ducado, el del general Dávila, así como una serie de ellos otorgados por el dictador a generales, empresarios, políticos incondicionales, altos cargos de la dictadura y amigos con los que había formado el General su propia corte aristocrática. Incluso, sintiéndose verdadero Monarca, concedió a su sucesor el título de Rey. Todos ellos con sus correspondientes beneficios. La ARMH no ha solicitado la retirada de este último título ni los otorgados a partir de 1975, como los concedidos a la viuda e hija del dictador, también Grandes de España. La nobleza o aristocracia fue abolida en la Constitución de la II República Española por ser algo caduco, proveniente del medievo o Antiguo Régimen. El general Franco la restauró al finalizar la guerra Civil en beneficio propio. La ARMH, baluarte del partido en el Poder que sustenta a la Monarquía, colabora con estos hechos para continuar confundiendo y mintiendo a los españoles haciéndoles creer que antes vivíamos en una dictadura y ahora vivimos en democracia, aunque lo cierto es que esta continúa secuestrada. Su participación es importante y está dirigida a la desmemoria, tergiversación, desaparición y ocultación de la verdadera Memoria Histórica. Hoy la Monarquía de partidos ya no necesita parte de la corte creada por el franquismo. Desde la ascensión al trono, por gracia de Franco, del Rey Juan Carlos I comenzó a crear su propia aristocracia siguiendo los mismos criterios que el dictador. El último título concedido, el del Marquesado de O´Shea a la esposa de D. Emilio Botín, convierte al banquero en marqués consorte. De este tipo de personas está compuesta la nueva corte de nobles del representativo Rey y, como consecuencia, de la Monarquía de partidos. La ARMH contribuirá a borrar de la memoria de los españoles la aristocracia auspiciada por la historia española de cuarenta años de dictadura pero mantendrá viva a la aristocracia ancestral, el propio Monarca ilegítimo, y, por supuesto, a esa nueva aristocracia que tan útil resulta para continuar excavando fosas. Quizá pronto no quede vestigio alguno, ni debajo de tierra, de la verdadera Historia reciente de España.
Revolucionarios
Thornhill man of war in Greenwich Revolucionarios El intelectual no puede ser el psicoanalista de la impotencia civil. Tampoco puede confundir la estética de la acción revolucionaria con su único fin, ni reprimir la espontaneidad de la libertad de acción en la sociedad civil por miedo a la traicionada elegancia de espíritu a lo Julien Benda. Tampoco puede ser un ente vacío de conocimientos revolucionarios, un esperpento tertuliano a la moda liberal, un progre bien avenido, un activista de altavoz hueco. Así como el resultado final de una obra de arte transciende la intención de su creador, la mera formulación de principios revolucionarios no pueden constituir por si mismos la revolución, por mucho que el pensamiento sea acción. En el arte, el revolucionario no puede ser artista si no es previamente un científico capaz de aplicar de forma particular la universalidad de la verdad descubierta (mero retratista de lo natural). En la política, el revolucionario no puede ser intelectual si no es capaz de subvertir la naturaleza del poder a través de su profundo conocimiento de las materias que lo incumben. Con su aplicación concreta en la fundación del Banco de Inglaterra, la invención de la deuda nacional fue revolucionaria, subvirtiendo la naturaleza del poder comercial marítimo. La física nuclear fue revolucionaria con la creación de la bomba atómica y el bombardeo a Japón, lo que determinó la relación con el poder durante toda la Guerra fría a través del terror de Estado (deterrence). El intelectual no puede ser un paleontólogo de la política. Debe ser a su vez un agente de la revolución a través de su habilidad social para hacer hegemónica su verdad, de lo contrario, su arte se queda encerrado en los almacenes ocultos de los museos como obra holocáustica.
El Estado de bienestar
La sustitución de la incertidumbre que suponía la protección de la familia, de las instituciones religiosas y de los ayuntamientos míseros por la certeza de la providencia pública realizada por el Estado transformó la beneficencia en seguridad social. Las experiencias llevadas a cabo en la Alemania de Bismark con los seguros sociales, las reformas de la seguridad social inglesa (“Informe Beveridge”), el “compromiso histórico” que tuvo lugar en Suecia entre el capital y el trabajo y las intervenciones sectoriales del Gobierno federal norteamericano para salir de la crisis (“New Deal”), fueron calando en la sociedad hasta llegar a la formulación de la “ecuación keynesiana” en la que confluían la preocupación liberal por el crecimiento económico y la socialista por asegurar la redistribución de la renta. La fórmula parecía mágica y ningún gobierno discutió durante mucho tiempo las recetas keynesianas. Todo el mundo aceptaba la economía mixta para corregir los fallos del mercado y aplicaba recetas socialdemócratas. Pero el crecimiento constante del gasto público movido por el incremento de las burocracias, por las demandas de toda clase de bienes y servicios propiciada por los mismos gobernantes y por la inercia del propio presupuesto que no refleja demandas actuales de los ciudadanos sino obligaciones arrastradas de gobiernos anteriores, han desembocado en una crisis de gobernabilidad (no se puede atender a una demanda ilimitada) y en una sobrecarga del Estado para los mismos ciudadanos (exceso de oferta de bienes y servicios con la única finalidad de captar votos). Los argumentos contra el Estado de Bienestar se difundieron como el fuego en un reguero de pólvora. El liberalismo sacó todas sus poderosas armas analíticas para diseccionar los fallos del Sector Público: la falta de incentivos para invertir o trabajar, la improductividad de las burocracias, la ineficacia y ineficiencia en la asignación de los recursos, los niveles confiscatorios de algunos tributos y la negación de la iniciativa individual. Los neo-marxistas esgrimieron que el crecimiento del capitalismo intensificaba la tendencia a la superproducción y ésta conducía necesariamente al paro; entonces el Estado intentaría disminuir los efectos de la crisis aumentando progresivamente sus gastos, sin aumentar los impuestos, y esto le llevaría a una crisis fiscal. Y si nuestra clase política nos advierte de un futuro incierto debido a la disminución de la población activa, el sostén de las finanzas del Estado, con el objetivo de inocular el miedo en los ciudadanos para que asuman la posibilidad de no recibir las prestaciones actuales, muchos se preguntan: ¿Qué legitimidad tiene el Estado?
Razón del poder
Rajoy y la cadena perpetua, Rodríguez y los etarras detenidos, la ciudadanía teñida con las alertas meteorológicas de infinitos colores y Aguirre en Telemadrid una vez, ciento, un millón. Los medios de comunicación emiten su letanía. ¿Es esta la gloria del Poder? Si Agamben está en lo cierto, sí. La gloria es alabanza y la alabanza es, a efectos políticos, aclamación. El gobierno se nutre de la aclamación como Dios lo hace de la oración; pero la oración es resignación institucionalizada, ¿debe serlo también la aclamación moderna? Aunque funcionó en poblaciones pequeñas, en la sociedad de masas la aclamación coherente es materialmente imposible, así que sigue alimentando al gobierno transformada en opinión pública (Carl Schmidt) que los medios de comunicación, con gusto, encarnan. Los telediarios crean el Gobierno en la sociedad del espectáculo. Desgraciadamente el pensador italiano deja en una imprecisa dialéctica anárquica (brillantísimamente inspirada en el dogma de la Santísima Trinidad) el funcionamiento intrínseco de “la máquina del gobierno”: poder Legislativo (Ser divino, Dios Padre, ordinatio) y Ejecutivo (Economía divina, El Cristo, executio). Pero ¿qué dialéctica circular puede existir si la potencia (el poder) reside en la naturaleza, de cuyo seno surge viva con el movimiento y, ya entre los humanos, aquella encaminada a la organización -una vez “estatalizada” para hacerse coherente- se racionaliza a través del arte de la Política para que todo continúe de la mejor forma posible? Aunque el poder siempre fuera tan inestable, dialéctico y espectacular como un juego de malabares, ¿no seguiría dependiendo del movimiento propio del malabarista? ¿Existiría el Estado sin la sociedad humana?; entonces, ¿en virtud de qué podría existir el Poder sin la sociedad civil? El Poder es tan potencial como cualquier categoría abstracta que podamos tomar, pero presenta una diferencia respecto del resto de abstracciones: la potencialidad del poder expresa su esencia, el poder es poder hacer, la potencia de la acción. El poder es “accionidad”. Y el Estado no es potencia de sí mismo, sino cauce instrumental de la acción social, a la cual articula políticamente; en él todas las pasiones que intervienen a la hora de la organización se agolpan y confunden en una sola entidad como las reses ante un paso estrecho. Hablando en términos históricos, sociológicos y, si se desea, antropológicos, pero no biológicos, el Estado apareció en el cuerpo social como la mente lo hizo en el cuerpo individual, inexorable pero laxo, tan necesitado de forma como la mente lo está de educación. ¿Y qué es el Gobierno sin Estado? Resulta insoportable para la voluntad natural la idea teológica de un poder autogenético, autonómico y autosuficiente. La fuerza política del Gobierno proviene del Estado. Su lugar, el del gobierno, está entre el Estado y la sociedad civil, en sentido descendente -acción proveniente del Estado. Pero en sentido ascendente -acción de la sociedad civil- no existe imperativo instrumental que obligue a mantener este intermediario. A la hora de modelar el Estado el Gobierno no le es necesario, sino molesto, a la sociedad civil. En todo caso, domada la insurrección, será el turno del poder legislativo, de la representación, de la voz transmitida. Y es aquí donde los medios de comunicación deberían ser herramientas para facilitar la racionalización del Estado y no, como ahora ocurre, pantallas en las que el gobierno fabrica su propia acclamatio. A partir de entonces el Estado debería glorificar a la sociedad civil, como cualquier obra del arte humano habla no sólo de su autor sino del país, la época y la naturaleza misma que la vieron nacer. Mientras el Estado fue ocupado por Dios o los Reyes divinos (para “reinar sin gobernar”) sólo hubo etérea voluntad interpretable por mundanales privilegiados y la acción de los hombres nada pudo allí. Pero el Renacimiento y la Revolución Francesa cambiaron la situación: desde entonces la sociedad civil es dueña de constituir el Estado, para reconocer en él el ideal de su voluntad. ¿Qué sino la libertad política puede alentar esa tarea? ¿No es la acción libre aquello que permite cualquier arte en la vida social? El arte de modelar el Estado y determinar la forma de gobierno es la Política: ya nada impide que cada generación sea responsable del cuidado de su propia libertad.
Creación revolucionaria
Creación revolucionaria Celebro que el irreverente propósito de situar a Rohmer en el panteón de los enemigos de lo natural haya dado lugar a la certera reflexión de Óscar (los poetas son legisladores no reconocidos del mundo, decía Shelley) acerca del conservadurismo; respecto al suyo, el director de La inglesa y el duque (su visión de la Revolución Francesa) no deja lugar a dudas. Óscar ve la conexión entre el cine de Rohmer y la fenomenología pero considera que aquél se refugia en “los aspectos superficialmente estéticos” de esta corriente filosófica. Husserl quería hacer de ella una “ciencia rigurosa” para obtener una visión justa del mundo, yendo a las cosas mismas; algo que había sido ignorado tanto por el psicologismo relativista como por el materialismo de cualquier clase. Este enfoque profundo supone lo que los antiguos llamaban una metanoia, es decir, un cambio esencial o revolución interior. La enseñanza husserliana consistía en aprehender el fenómeno, su autenticidad, uniéndose a él –no existe el amor en sí sin un objeto al que dedicarlo, ni un objeto separado de nuestra intención de conocerlo- en un gesto eidético (esencial) mediante la epojé o reducción fenomenológica, poniendo entre paréntesis todo lo que sabemos, toda la experiencia que hemos atesorado, con el fin de encontrar la intensidad originaria del mundo de la vida. Aprecio la mirada cinematográfica (sin artificios técnicos) de Rohmer porque me permite acercarme o no estar tan lejos de la comprensión del fenómeno humano, y me muestra cómo la palabra, que sólo señala de los objetos su función más común o sus aspectos más triviales, se sitúa entre la cosa y nosotros, enmascarando su forma; y quien consigue que nos desprendamos de los prejuicios que se interponen entre nuestra vista y la realidad, realiza uno de los empeños más ambiciosos del arte, que es el de revelarnos la naturaleza. Adorno señalaba que las obras de arte constituyen síntomas éticos y estéticos de la miseria social y el espanto de la barbarie, mientras Benjamin sostenía que deben ser afirmaciones alegóricas de un mundo carente de significado. Nietzsche sentenciaba que era el único medio de aceptar dignamente nuestro sinsentido: “el arte y nada más que el arte, tenemos el arte para no morir de la verdad”. Aristóteles definió lo libre como lo espontáneo (que se da cuando el principio de acción está en el agente) con posibilidad de elección. Pues bien, si “las ganas de actuar, la necesidad de hacerlo y la posibilidad de elegir, es decir, de crear” son eminentemente naturales, la verdadera creación es, a su manera, revolucionaria.
Desgaste gubernamental
La actividad política, entendida como conquista y conservación del poder, se ha convertido en razón de vida del grupo de personas (Zapatero, Blanco, Chacón, Rubalcaba, etc.) que manejan los hilos del partido gobernante, y por eso conviene rastrear, en el seno del PSOE, el estado en que se encuentra la razón vital de su grupo dirigente en comparación con la que tuvo para conquistar el poder. Para alumbrar la situación política a través del estado de la razón vital del poder, conviene señalar que cuanto más se acentúa, como único criterio de verdad, la valoración pragmática del éxito, más se va agrandando la parte de realidad que ignoramos y que valoramos sólo como una abstracción. Y las épocas (como ha quedado patente en las últimas décadas) de menor idealismo moral coinciden con las de mayor idealismo intelectual. Se comienza siendo pragmático, pero al lograr algún éxito en la procuración metódica de los intereses inmediatos, se encierra el sentido común en los estrechos confines del método triunfante, incurriendo, frente al resto de la realidad, en un ciego idealismo. Cuanto más grande sea el éxito, y mejor la manera de obtenerlo, mayor será la estrechez de miras, la incapacidad de ver toda evidencia que se sitúe al margen de ese eficaz modo de enfrentarse al medio circundante y dominarlo. El talante de Zapatero y sus evanescentes “políticas sociales” (frente a la hosca soberbia de Aznar y su oscuro heredero, con su “rigor” de tecnócratas) ya no bastan para disimular y afrontar los dramáticos efectos de la crisis económica. El llamado “desgaste del poder” se interpreta como el descrédito que merecen las personas que ocupan altos cargos en el Gobierno por el simple hecho de durar en los mismos. Así entendido, este concepto es un puro dislate, pero conserva la utilidad ideológica de hacer creer a los gobernados que el poder es un aparato que gasta a las personas o grupos que lo usan con razón o sin ella. Lo que de verdad significa tal expresión es la disminución paulatina (o en algunos casos, súbita) de la reputación de los gobernantes que ejercen sin razón el poder, sin causa final que lo justifique, puesto que una buena razón de gobierno se fortalece con el ejercicio del poder. Las insinuaciones de retirada de los personajes que simbolizan la ambición de poder del partido gobernante no son simples “jugadas” para afianzar su poder personal, ni manifestaciones de una vanidad que no acepta verse humillada en las urnas, sino auténticas confesiones de un poder que ha de imponerse sin asistencia de razón democrática. En estas condiciones, la aparición de la fatiga es ley inexorable.
Inapelable disparate
El atropello al sentido común cometido por el Tribunal Supremo de EEUU tendrá unas consecuencias incalculablemente nefastas. Sin necesidad de ardides ni disimulos, la plutocracia tomará cuerpo institucional, con la ilimitada capacidad de influencia política que se otorga al “big business” y a sus voceros mediáticos y correas de trasmisión publicitarias. La honorable tradición garantista de la Corte Suprema estadounidense (que tuvo un papel decisivo en la lucha contra la segregación) queda mancillada, no sólo por la carta blanca al poder corruptor del dinero en las campañas electorales, sino también, por su oprobiosa fundamentación jurídica. Es un verdadero escarnio apelar a la defensa del derecho a la libertad de expresión de unas corporaciones que se han enseñoreado de los medios de comunicación. No se trata de una nueva disposición de las cosas, que favorezca a los candidatos republicanos (o demócratas) inclinados a resguardar los intereses especiales de los que serán sus más importantes patrocinadores, sino de un golpe demoledor –como ha señalado Obama- a la democracia norteamericana. Frente a la deriva de allí y contra la partidocracia (y su banca condonante) de aquí, cobra toda su relevancia y pertinencia la necesidad del desmantelamiento de las actuales campañas electorales, para instituir en un sistema democrático el acceso gratuito y en igualdad de condiciones a los canales de información y opinión, de los candidatos presidenciales y de los aspirantes a la representación de sus distritos. En España, la estabilidad reaccionaria del régimen se reviste de apoyatura institucional (financiación pública reservada a los que disponen de funcionarios parlamentarios) a las organizaciones que encauzan y realizan los “soberanos deseos del pueblo”, de tal manera que éstos sean siempre conducidos por la limitada senda de los partidos encajados en el Estado. Este apadrinamiento sistemático de los “ganadores” del Poder nos condena de forma irrecusable al círculo del despotismo. Monopoly (foto: Quite Adept) No sería censurable que los partidos políticos, conforme a su sentido de la estética, abusaran del autobombo y organizasen sus verbenas, si lo hicieran con el dinero de sus afiliados; pero que todos corramos con sus gastos para que nos opriman desde el Estado revela la pusilanimidad e indiferencia de la sociedad civil que consiente semejante aberración.
Energía reaccionaria
Caja vacía (foto: h.koppdelaney) Energía reaccionaria En su continuidad histórica, todo nuevo orden político es reaccionario —en el significado literal de reacción a lo anterior, no referido al tradicionalismo— o, al menos, debe parecerlo. En la cosa humana, la Tercera ley de la Dinámica se cumple así con exactitud en el sentido contrario de la fuerza, aunque las intensidades sean difíciles de determinar. Antaño, los poderosos dedicaban tiempo y recursos en reprimir, y llegado el caso hasta en eliminar, a sus opositores. Estas pugnas solían decantarse a favor de los primeros, de tal manera que los segundos tuvieron que traspasar la mera querella personal para apelar a un cambio en el sistema de gobierno. Al final, de manera más ficticia que real, se erigió la barrera de la mayoría como razón legitimadora de aquel. Sin embargo, y aunque sea tosca desde un punto de vista intelectual, por abundante y barata, resulta un despilfarro obviar las acumulaciones de energía reaccionaria. ¿Acaso no habría alguna manera de engendrarla y canalizarla a voluntad? Hoy en día, aun extinta la Guerra Fría que lo engendró, en la época del reciclaje y la sostenibilidad, la maquinaria del Estado de Partidos, obra de ingeniería de la sumisión, se alza impertérrita nutriéndose de su propio fracaso. El secreto está en lograr, por unanimidad en la controlada construcción social de la realidad política, que la energía reaccionaria se disipe realimentando el sistema. No debe permitirse que aparezca públicamente una alternativa capaz de condensar el desencanto. En España, la actual Monarquía se vistió con el aparente traje de la reacción: varios partidos frente a partido único, variedad de expresión frente a discurso unitario, destape frente a censura… Luego, durante todos estos años, el poder ha sido de los mismos y la política sustancialmente una; y casi nadie se ha dado cuenta. La energía reaccionaria ha sido polarizada contra el otro partido y absorbida por el Régimen mediante el voto. Si usted está disconforme con lo que hay, o si su ruina material le permite ahora contemplar el vacío moral que envuelve nuestra existencia colectiva, ya sabe lo que debe de hacer.
Policía emplumada
Sin contrapesos entre los poderes del Estado que garanticen el control de los poderosos, el monopolio estatal de la violencia se utiliza, o para los fines propios de quienes ostentan su mando bajo la excusa última de la Razón de Estado, o directamente para la brutalidad arbitraria. Para que el control judicial de la actividad criminosa del poder político sea real y no mero papel mojado o simple declaración de buenas intenciones, se hace indispensable la existencia de una auténtica Policía Judicial dependiente tan sólo de Jueces y Magistrados para la investigación judicial del delito, sufragada por el presupuesto de un Órgano de Gobierno de los Jueces separado del resto de poderes del Estado tanto económica, como organizativa y funcionalmente. Sin auténtica Policía Judicial la investigación de los delitos de la clase gobernante, está condenada a una irremisible solución de impunidad. Nadie en su sano juicio puede considerar si quiera la posibilidad de que los mandos policiales nombrados por el Ministerio del Interior (Poder Ejecutivo) y adscritos sólo formalmente a las mal llamadas unidades de policía judicial, investiguen los crímenes de sus superiores jerárquicos o de quienes nombraron a su vez a éstos. Por otro lado, y no menos importante, los datos objetivos que el instructor judicial obtiene de una policía gubernamental como instrumento de la investigación penal son fácilmente cercenados o dirigidos a orientar las decisiones judiciales en el sentido que interese y ordene la cadena de mando policial, con una visión parcial de los hechos que provoca irremisiblemente el error judicial en el sentido deseado. La inexistencia de separación de poderes distingue sólo nominalmente por su adscripción formal la labor de prevención, represión y persecución del delito, de típica atribución al ejecutivo (Ministerio del Interior), de la de su investigación una vez llegada la “notitia criminis” a sede judicial. Ésta última, de valor meramente auxiliar de la labor instructora del Juez y con su estricto límite, precisa de funcionarios estatales que con la referida dependencia del Poder Judicial actúen en inmediación jerárquica y económica del mismo. De paso, se alcanza la mejora en la eficacia de su funcionamiento por cuanto la directa trasmisión de órdenes e información reducirían al mínimo errores lamentables derivados de la pluralidad actual de mandos, ficheros y protocolos, y así la consiguiente descoordinación entre la autoridad administrativa y la judicial. Una Policía Judicial en suma, que ajena a la razón de Estado no fuera brazo ejecutor ni represor, sino linterna de su actuación investigadora en cuanto la autoridad judicial sospeche la existencia de delito, independientemente de razones coyunturales de política criminal que por criterios de orden público manden mirar a otro lado, o aún peor convertir al policía en cómplice del delincuente.
El conservadurismo y Rohmer
Macro water drop (foto: Hyperqurl – Tanya Ann) El conservadurismo y Rohmer No estoy de acuerdo con mi amigo Rafael Serrano (“La naturalidad de Rohmer”) en que Eric Rohmer sea natural, sino un decepcionado idealista refugiado en los aspectos superficialmente estéticos de la fenomenología. El conservadurismo -y el cine de Rohmer es conservador (lo cual hace más meritoria y paradójica su capacidad de fascinar a la izquierda tradicional)- es sabio, quizá primitivamente sabio, a la hora de reconocer lo suyo a la naturaleza que nos acoge: el devenir, el ímpetu, el interés primordial, cierto ritmo, las armonías y asperezas ineludibles, el estar, el espacio. El director francés comprendió que, entre la resignación y la ambición, el habla crea su propia realidad y decidió filmarla para presentar la mentira como dato. Pero, a la vez, el cineasta muestra sus vergüenzas cuando se niega a enfrentar los hechos que presuponen los ideales o el deber de tomar las riendas de la propia vida, aunque esto pueda significar terminar en el arroyo. La cámara del pesimista documenta la condición humana como si de un accidente se tratara, con ojo bovino. Por desgracia, el tiempo se detiene y la cultura se seca si nuestra voluntad de acción no se superpone a la inercia colosal de la naturaleza. Nuestro arte, en el sentido más amplio que puede darse a este término, tiende a marcar una dirección racional donde no la hay, a centrar la mente en aquellas cosas que benefician al mundo si se disfrutan por sí mismas, a tomar cariño, a no falsear el optimismo. Rohmer, por su parte -como tantos conservadores, catastrofistas y conspiranoicos-, falsea no ya el optimismo, sino el pesimismo y la propia sensación de absurdo o vacío, porque lo refiere a la fuerza de la naturaleza, a las instituciones, a la historia, al poder en la sombra, et cétera, presumiendo que las ganas de actuar, la necesidad de hacerlo y la posibilidad de elegir el cómo -es decir, el crear- no son tan naturales como ese transcurrir de la vida encharcadamente locuaz (y quizá esta sea una buena descripción de la exhuberancia natural), que narra. El conservadurismo se aleja del arte porque cuando encuentra satisfacción a sus deseos pierde el estímulo necesario para recrear una vida -que no admite sino ser disfrutada- y, cuando no los ve cumplidos, se ve obligado a convertirse en la mayor negación de la realidad, es decir, tiende a mitificar la idiosincrasia perdida (Hitler en la eugenesia y Aznar en Irak). Rohmer y el conservadurismo no son ni prudentemente resignados ni voluntariosamente revolucionarios.

