(Foto: Okinawa Soba) La España esclavizada La imbecilidad actual no elude el anacronismo al exhibir la esclavitud como cosa racial, siempre circunscrita a un trabajo penoso y continuamente basada en violencias y castigos. Se trata de echar tierra sobre una institución económica, forma ancestral de disponer la mano de obra mediante la fuerza física, presentándola como algo ya extinto y superado que no pueda relacionarse, de ninguna manera, con el tan racional como humanizado mercado laboral. La superioridad militar de los pueblos nómadas les dotó para convertirse en la casta guerrera de las sociedades agrícolas que sometieron. La competencia entre las ciudades-estado por el dominio de la tierra se ventilaba en la guerra. Con ello, durante la Antigüedad arraigó la costumbre de deportar a las poblaciones rebeldes o vencidas, obligándolas a trabajar en sus nuevos destinos a cambio de perdonarles la vida y de mantenerlos. Este fenómeno se acentuaría al crecer la organización estatal hasta el tamaño imperial. La compraventa de esclavos fue el medio de destinar contingentes humanos a las regiones donde había una demanda laboral efectiva. A pequeña escala, el tráfico también proporcionaba asistentes domésticos, guardaespaldas, e incluso escribas, maestros y filósofos. Así, el griego antiguo posee muchas palabras para referir lo que hoy aparece como una definición unívoca. La gran amplitud y versatilidad de la condición, tanto en la utilidad “profesional” como presumiblemente en el trato, pues existía la posibilidad legal de la liberación, convierte a la esclavitud de antaño en algo muy distinto que desborda la moderna concepción. Si buscamos una pista en la etimología del término, llama poderosísimamente la atención que la palabra latina más usual para designarles, servus, fundara la voz “siervo” de las lenguas romances. Hubo de recurrirse, popularizándose a partir del siglo XV, al griego bizantino sklávos, que también significa “eslavo”, para expresar un concepto necesariamente diferente, relacionado con el tráfico de individuos de esta etnia en el Oriente medieval. “Siervo” y “esclavo” no difieren en dignidad sino en movilidad: al primero se le “conserva” (servare) ligándole a la tierra; al segundo se le trasporta desde alguna parte lejana. No cambió el hecho en sí de que el poder disponga por la fuerza del factor trabajo, solamente se alteró su radio y oportunidad de acción. Así, en la Europa feudal, de baja y uniforme densidad de población y con la tierra, generalmente fértil, muy fragmentada en dominios señoriales, floreció la servidumbre; en los imperios coloniales, y anacrónicamente en los antiguos, con poder sobre inmensas superficies, calidad de suelo variable y densidades humanas discontinuas, lo hizo la esclavitud. Los motivos tradicionales de la esclavitud o de la servidumbre fueron la guerra, la sentencia penal y la compraventa. Todavía en 1698, en la prestigiosa Sorbona de París, estas tres circunstancias —iure belli, condemnatione et emptione— eran consideradas como legítimas para algo así. El mundo contemporáneo terminaría borrando las huellas de los servî cercanos, obviando que sería posible quedar en similar condición a causa de un débito impagable. La esclavitud por deudas, común en la Antigüedad, fue prohibida por los gobernantes y aquellas canceladas entre la ciudadanía. Pero, aunque cosa semejante pareciera haber terminado, ni siquiera contemplada en el lenguaje, ¿acaso habría mejor forma de someter definitivamente a alguien que obligándole a endeudarse de por vida? En España, desde el advenimiento del Estado de Partidos de 1977, oficialmente “La Democracia”, las nuevas generaciones han sido forzadas a ello cada vez con mayor intensidad. Y no para adquirir alguna joya, coche de lujo o caro capricho de consumo, sino para poder comprar algo tan fundamental como, en la mayoría de los casos, un sencillo piso donde poder vivir, emanciparse y fundar una familia. Con el paso de los años, el precio de venta de todas las casas se disparó hasta alcanzar el doble, o incluso el triple, de su valor real. A la par de que millones de españoles no tenían otro remedio que el de firmar elevadísimas hipotecas, que por cierto aceptaban los prestamistas, alargando el plazo de amortización; su trabajo asalariado, inicialmente estable y decentemente remunerado, se tornaba en algo veleidoso, escaso e insuficientemente pagado en relación al coste real de la vida. Los mismos partidos políticos —todos sin excepción— que permitieron y fomentaron esta situación desde su omnímodo poder —única salida para la actividad tras la entrega del sector industrial a la CEE en beneficio de la fusión financiera— se ponen ahora, una vez reventada la burbuja, del lado de los acreedores —acaso no queda claro que lo estuvieron siempre—, incluso inyectando a los bancos y cajas dinero de los propios contribuyentes sin el menor rubor. Millones de españoles son hoy solitarios esclavos, condenados a trabajar de por vida a cualquier precio y en cualquier lugar para pagar la descomunal hipoteca que les encadena. Desde la Antigüedad se sabe que, si se permite, la deuda crece muy por encima de la economía. Por ello, los gobernantes de antaño decretaban periódicamente “tabula rasa” para volver a la realidad. Los partidos políticos posfranquistas muestran la misma sensibilidad hacia la mayoría de los españoles que los dirigentes de antaño hacia los servî, esto es adoctrinarles para interiorizar su situación y evitar, a toda costa, que se den cuenta de su número y del poder que adquiriría su unión. {!jomcomment}
La verdad y lo probable
Durante el trayecto, Einstein le advertía de que no expresase sus opiniones ante el juez, por temor a que no le diesen la ansiada ciudadanía. A pesar de las advertencias del físico, cuando el juez preguntó a su genio acompañante si pensaba que la Constitución de los Estados Unidos de América contenía alguna contradicción, Kurt Gödel no pudo contenerse. “Así es”, debió de afirmar. “He descubierto que EE.UU. podría degenerar en una dictadura, porque el Presidente tiene el poder de nombrar miembros del Senado cuando éstos están suspendidos”. Se cuenta que el Philip Forman, un juez liberal que había también visto y aprobado el caso de la ciudadanía de Einstein años antes, pasó por alto la respuesta y formuló preguntas de distinta naturaleza para finalizar la vista cuanto antes. Antonio García-Trevijano, en su todavía inédita obra sobre la República Constitucional, ha llamado asimismo la atención sobre el hecho de que el Presidente de los EUA tiene el poder de interferir en materias legislativas más de lo que corresponde a sus funciones ejecutivas. Dadas ciertas premisas, la lógica de Gödel se imponía por sí misma, pero no era el momento ni el lugar para entrar en una discusión al respecto. Gödel obtuvo la ciudadanía estadounidense y el juez Forman dio muestras de gran sabiduría al pasar por alto la observación del matemático, sin que ello signifique que ésta carezca de verdad. Las últimas décadas de la vida de Gödel, como al parecer sucede con tantos otros matemáticos que formulan sus originales innovaciones durante su período de juventud, estuvo dedicada ante todo a la revisión de su trabajo pionero y, como atestiguan sus cuadernos de notas, también al argumento ontológico de San Anselmo (como Dios puede pensarse, Dios existe). Esto último no es sorprendente, puesto que lo decisivo de su propuesta radicaba en la tensión entre la verdad y lo probable (lo probable no entendido como lo que tal vez ocurra, lo plausible, sino como lo que se puede probar). Gödel mostró –no sé si aquí se puede hablar de demostrar– que la aritmética descansa sobre fundamentos no probables, aunque todavía verdaderos. Descubrimiento notable, que no afecta a los procesos matemáticos en cuanto tales, pero que los deja, por así decir, suspensos, sin poder recurrir a una causa prima (en su caso, de naturaleza matemática o aritmética). Aquí Gödel entroncó con una larga tradición de pensadores, que va desde Tomás de Aquino hasta Hume, que rechazó el argumento ontológico, sin por ello necesariamente rechazar la existencia de Dios. Como leía hoy mismo en La Vida de la Razón (vol. 5, cap. 1) de Santayana: “Los dioses son demostrables sólo como hipótesis, pero en tanto que hipótesis ya no son dioses”.
Impositus
Enrique David Thoreau Impositus Dedicado a todos los miembros del MCRC A nadie le gusta que le impongan las cosas. Tener que hacer algo porque una fuerza mayor obliga a ello y sin convencimiento de que esa acción pueda tener un beneficio para uno mismo o los que le rodean no es agradable, y cualquiera en su sano juicio se rebela contra esa imposición en la medida de sus posibilidades. Hasta los niños pequeños cuestionan la autoridad paterna cuando no se les da una razón de peso para que hagan algo. Sin embargo, la servidumbre y mansedad de los ciudadanos frente a las tropelías del Estado de partidos no deja de ser sorprendente. El tema no es nuevo, pues ya fue planteado por Étienne de La Boétie en su “Discurso de la servidumbre voluntaria”. Resulta increíble observar cómo a pesar de que el sistema político actual (que no el gobierno) ha dejado patente su ineficiencia e incapacidad para gestionar la crisis que nos asola (entre otras muchas cosas), aún haya una cantidad considerable de gente que tiene sus esperanzas depositadas en un cambio de gobierno o elecciones anticipadas: manteniendo unas instituciones políticas corruptas en origen, y que por tanto imposibilitan castigar y acotar la corrupción personal de los políticos, algo indispensable para sanear la economía del país. Una corrupción impuesta por la propia constitución, que a su vez también nos fue impuesta a los ciudadanos, a través de la impostura de la transición-transacción. Escribía Henry David Thoreau, en su ensayo “Desobediencia civil”, que antes que súbditos tenemos que ser hombres, que no es deseable cultivar el respeto por la ley más de por lo que es correcto, ya que un indebido respeto por la ley puede convertir al hombre bien dispuesto en agente de la injusticia. Comentaba también cómo unos pocos hombres son capaces de servir al Estado a conciencia y para ello le oponen resistencia, por lo que son tratados casi siempre como enemigos. Que todos los hombres reconocen el derecho a la revolución, a negarse a la obediencia y oponer resistencia al gobierno cuando éste es tirano o su ineficiencia es mayor e insoportable. Que la autoridad del gobierno es impura, porque para ser estrictamente justa tiene que ser aprobada por el gobernado: no puede tener derecho absoluto sobre mi persona y propiedad sino en cuanto yo se lo conceda. Cualquier persona en su sano juicio no colaborará con un sistema impuesto e injusto. Cualquier persona con un mínimo de dignidad moral y de decencia no legitimará otro gobierno con instituciones corruptas por medio de su voto. La acción coherente de todos los miembros del MCRC en las actuales circunstancias es la abstención activa. Y cuando llegue el momento, siguiendo el ejemplo de Thoreau, la abstención fiscal, puesto que no es justo, aunque sea legal, contribuir al sostenimiento económico del Estado de partidos con nuestros impuestos.
Imposiciones
En sus expediciones de conquista de bienes ajenos, los príncipes exigían a los vencidos en el campo de batalla tributos a cambio de ciertos servicios, pero también aquéllos recibían de forma voluntaria contribuciones de sus vasallos y siervos a cambio de alguna protección o de la dispensa de privilegios. En los Parlamentos, originalmente, se hablaba de lo que podrían recabar los reyes para sus empresas. El aparato estatal proporcionó a los modernos señores la posibilidad de recaudar fabulosas cantidades de dinero, merced a los impuestos que recaen sobre los gobernados, al margen de sus mayores o menores deseos de contribuir al sostenimiento de las finanzas públicas. El misticismo, o para ser precisos, la mistificación de una soberanía popular bendecida por la revolución francesa, lejos de insinuar la abolición de las cargas fiscales, postuló la necesidad de que fuesen discutidas y finalmente aprobadas por los representantes de los ciudadanos, a los que ya no les cabía protestar, sino consentir, puesto que la decisión de gravar sus propiedades y rentas estaba tomada en su nombre. Los funcionarios de los partidos estatales que ocupan los escaños del Congreso, ajenos por completo a las demandas ciudadanas, obedecerán a sus respectivos jefes a la hora de crear o aumentar los impuestos, si ello resulta necesario o beneficioso para sus intereses, que radican fundamentalmente en financiar la clase de poder del que viven o en el que medran. Además, en los años dorados de la riqueza artificial, de los especuladores fraudulentos, del crédito ilimitado, sólo cabía prestar atención a los gastos, no a los ingresos: el déficit podía engordar sin peligro de explotar. La etimología de contemplación es “observación del cielo”. Con-templar implica formar un “templo” en el cielo, y observar, con recogimiento, dicha figura. “Templo”, entonces, ha de entenderse como un recorte, una delimitación. El contemplador tenía un nombre en la magistratura sacerdotal romana: el Augur, que de tanto mirar al cielo acababa por encontrar los signos portadores de augurios favorables. Zapatero, en el templo de la soberanía popular, y a despecho de sus vaticinios rebosantes de optimismo, no siendo precisamente un filósofo, ha tenido que contemplar la verdad para que no se le caiga encima el cielo de la economía real, procediendo a recortar gastos para implorar ayuda internacional. Y para acentuar el esperpento político, vemos a Duran i Lleida jactarse de su papel fundamental en el curso favorable del destino nacional. Mientras tanto, Rajoy -que no quiso complacer, por ahora, a Botín, que le pidió que no se opusiera a los ajustes gubernamentales-, prepara su entrada triunfal en la Moncloa, donde merced a su seriedad administrativa y gracias a la competencia de los esclarecidos tecnócratas que lo acompañarán, confía en ir solventado las dificultades económicas y reflotar el Estado de Partidos.
Izquierda europea
Zapatero y Obama en Praga (foto: Partido Socialista) Izquierda europea Daniel Cohn-Bendit ha denunciado en el parlamento europeo lo que el salvamento griego supone: usura, sometimiento, condena. Mientras Alemania y Francia aprovechan la tensión entre Turquía y Grecia para vender a este último país destructores y armamento por valor de miles de millones de euros, se reducen los sueldos y pensiones de los trabajadores griegos. La izquierda de aquel país es mayoritariamente vertical, pertenece al Estado y se rige por los principios de usura que dan forma a su política. Una minoría se encuentra perdida en la llamada Democracia Inclusiva. Alemania promete sanciones para aquellos países que no puedan cumplir con el objetivo de déficit público, cuando este país apenas lo ha cumplido desde que se instaurara. La política europea se ha convertido en un proceso técnico financiero. No existen decisiones de política común al margen del BCE, la independencia nacional queda supeditada a la intervención de Alemania y los EE.UU. de la misma forma que durante la guerra fría. La política es usura. La izquierda española representada por Llamazares, opina que la reforma de Cajas de Ahorro es algo a evitar, ya que han favorecido "La democratización del crédito". Llamazares debe representar la cara oscura de la izquierda más lunática, aquella que tomando las palabras de Herzen "sin el estricto entrenamiento de la mente por los hechos, sin la cercanía de la vida que nos rodea, sin la humildad ante su independencia, la celda monástica permanece oculta en el alma, y en ella la gota de misticismo que inunda por completo el entendimiento con sus oscuras aguas". Pues para Llamazares que las familias españolas sean las más endeudadas y sometidas por una banca que ha provocado un fraude piramidal urbanístico y que a su vez esta dirigida por partidos políticos con mercenarios en todos los niveles de la administración dispuestos a recalificar y destruir el paisaje para seguir haciendo política financiera, le parece el colmo de la igualdad social. Tampoco ve problema en la quiebra total del sistema y la ausencia de responsables como en el caso de Caja Castilla La Mancha. De todas las mal llamadas izquierdas europeas, la peor sin duda es la del PSOE. El cándido presidente Zapatero, creía que podría sobreponerse a los dictados de Alemania y la misma EE.UU. y hasta cruzó el charco, pertrechado por una plaga pegajosa de asesores que le susurraban que podría ufanarse delante del Imperio gracias a nuestro sistema financiero, recuerden la instantánea de entonces, Zapatero y Botín en mangas de camisa arremangada, sonriendo, orgullo de partido obrero. A día de hoy, se excusa el presidente por el déficit público español endosando las culpas al sistema financiero, cuando responsabilidad suya es la quiebra del sistema productivo sin haber creado ninguna medida para la concesión de crédito a las empresas y autónomos, mientras estos eran estrangulados por la falta de solvencia financiera, intoxicada por sus propias pócimas y predicciones de obsidiana. Ahora, nuestro presidente, corre cual campeón etiope para imponer la reforma laboral exigida por el capital internacional. En este punto conviene recordar el origen del PSOE moderno. Nace financiado por la socialdemocracia alemana de Brandt a través de los EE.UU. para dejar sin apoyo social al partido comunista, utilizando a Felipe González y a Enrique Múgica. Conviene recordar como nacieron de forma oportunista, con la difamación como arma política y sus bandazos, tan semejantes al protagonizado por Zapatero, pero tan distintos, como en el caso de la OTAN. Múgica logró la apertura del secreto sobre los asuntos guineanos, tras dar debidamente cuenta al embajador estadounidense, en 1976, de sus planes: Difamar al presidente de la platajunta, Trevijano, quien poseía el apoyo mayoritario en la misma, en detrimento del socialista. A los EE.UU. les pareció estupendo, ya que "no se podía perdonar a quien había jugado la carta comunista". Se abrió el secreto para la difamación. Preguntado Múgica por el embajador de EE.UU. acerca de la posición del PSOE contra de la OTAN, Múgica responde que es una cuestión meramente académica y que espera que el gobierno ganador tras las primeras elecciones, que no seria del PSOE, hiciera el camino de entrada, al cual el PSOE no se opondría cuando este llegara al poder. Preguntado por si la ausencia de ruptura con el régimen franquista no haría parecer que el PSOE había sido "cooptado” por el régimen, Múgica respondió que no, que ese no era un elemento de preocupación para el PSOE. Contrasta todo este oportunismo con la postura mantenida por Vidal Beneyto y Calvo Serer, representando a la Junta democrática en Washington. Para la Junta democrática, la OTAN era una cuestión del pasado, lo que contrarió sobremanera a los EE.UU., quienes aumentaron su hostilidad hacia la oposición democrática agrupada entorno a esta Junta. Llegados a este punto, tras treinta y tantos años, reflotados por la UE y el FMI, no esperen piedad, el ajuste será salvaje, basado en la usura y la aniquilación de la clase media, con los sindicatos Zubatov alargando la mano de la subvención y teatralizando su falsaria lealtad de clase. {!jomcomment}
Megaenanos
A nadie se le oculta que el verdadero poder en el Estado de Partidos reside en los partidos nacionalistas. Tal cosa se adivina bien en el papel aparentemente secundario que tienen durante épocas de relativa tranquilidad, y el papel decisivo que cobran en momentos de crisis como el actual. Ya pueda Rajoy desgañitarse pidiendo un adelanto de las elecciones, que tal cosa no supondrá un verdadero ataque al gobierno hasta que los partidos nacionalistas, en pacto con el gobierno o no, se unan al coro. Entonces tiemblan los mismos fundamentos de la gobernabilidad. Lo mismo sucede con el Tribunal Constitucional. No importa cuánto trafiquen los principales partidos con la asignación de puestos a ideologías pretendidamente diferentes entre sí. Lo que decide verdaderamente cambios en la formación de este Tribunal inane y vergonzoso es que cualquier jefecillo nacionalista ponga el grito en el cielo porque sus peticiones no están siendo no ya escuchadas sino simplemente obedecidas. Naturalmente no cabe más remedio que recurrir a la Constitución del 78 para descubrir el papel que se otorga a los partidos nacionalistas. Este texto-réplica de pasadas insensateces como la que produjo el Tercer Reich puso un peso descabellado en unos intereses-crápulas pensando que, de este modo, se compensarían las injusticias del nacionalismo español durante la dictadura de Franco. Asumiendo la buena intención de sus redactores, debería notarse que ya es hora de revisar tales supuestos, así como las fórmulas para llevarlos a cabo. El poder factual de los partidos nacional-regionalistas no es representativo de la sociedad civil. Además, cabe cuestionar que tales partidos sean esencialmente capaces de lealtad. La lealtad presupone una visión de conjunto que falta en los exclusivos intereses nacionalistas. El nacionalismo tiende a escapar de la política en tanto que sus programas no se basan en la razón sino en un vago sentimentalismo, cuna de ominosa arbitrariedad. Y, cuando no está controlada, del totalitarismo. Nada más irónico que la abusiva desproporción del peso que tienen los partidos nacionalistas en ese sistema electivo nuestro llamado proporcional. Otra prueba más de que el régimen de poder actual no es capaz ni siquiera de cumplir con sus propias premisas. Y tanto o más que su inconsecuencia inherente, percibida desde fuera, será su propia inconsecuencia interna la que acabará por derrumbarlo.
Ocurrencias económicas
Nubes tormentosas cubren la selva (foto: lapidim) Ocurrencias económicas En la siguiente sesión de la biopsia de nuestra querida España nos encontramos con las células cancerígenas que impiden adoptar de forma ordenada las medidas de política económica estatal necesarias en una situación como la actual. Cada poco el equipo médico alivia el dolor y prolonga la vida del paciente: las medidas del pacto de Zurbano, la ayuda a los parados de larga duración, el Fondo de inversión local, la aceleración en la aplicación los recursos del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB), la normalidad de las transferencias a las administraciones territoriales como si fuesen ajenas a la crisis y otras muchas medidas que incrementan el agujero financiero estatal de forma brutal. La enfermedad sigue avanzando a pesar de la morfina suministrada. Ante esta situación el médico jefe consulta a los oráculos de la patronal bancaria, de la socialdemocracia instalada en cátedras bien remuneradas y de los “think tank” de alta cuna y de baja cama, sobre el siguiente paso a dar, ya que las pócimas keynesianas no han dado los frutos esperados. Ni el efecto multiplicador del gasto público, en varios casos negativo, ni la financiación de su expansión mediante endeudamiento saltando las reglas elementales del retorno financiero de una inversión, han sido suficientes. No saben si ha sido por no tener en cuenta que esas fórmulas magistrales fueron pensadas para otra época, para Estados en los que su política económica tenía efectos en los comportamientos de los agentes nacionales o para naciones poco zaheridas por la globalización y por una descentralización esquizoide. Cada quince días las autoridades estatales han ido poniendo en marcha una ocurrencia económica, sin saber si forman parte de un programa económico coherente y comprometido con la sociedad civil para salir de la crisis económica que nos asfixia. El vademécum intervencionista sólo ha dado frutos a corto plazo y ya han comenzado a aplicar medidas de cirugía, cortar por la sano: bajar el sueldo a los funcionarios estatales, congelar las pensiones públicas de competencia estatal y aprobar un bajo techo de gasto de la Administración Central (la mitad será para pagar los intereses de la deuda y los subsidios de desempleo) en vez de raspar los órganos enfermos de la nación (gastos suntuarios y subvenciones nominales que sirven para proporcionar más gastos suntuarios) que la desangran día a día. ¿Tendrá autoridad el Estado para que los miles de agentes públicos no dependientes de él sigan sus pasos? “Cuando se actúa sin un plan global y a base de ocurrencias es imposible acertar. Cuando crees haber resuelto un problema realmente puedes haber creado otro” (José García Montalvo, profesor de economía de la Universidad Pompeu Fabra). Una sociedad nacional sin un Presidente que tenga competencias en todo el territorio y haya sido elegido por ella, y sin unos representantes que transmitan sus preocupaciones y transformen sus anhelos en normas, es como una aldea instalada en una selva plagada de depredadores.
Desorden contencioso-administrativo
La triplicidad administrativa del estado autonómico subraya la necesidad del control judicial de una burocracia que inunda las parcelas más importantes de la acción humana, desde la económica, hasta la familiar. La garantía de ese control no sólo debe alcanzar a la ciudadanía, sino también las relaciones recíprocas de las distintas administraciones en los conflictos que entre ellas surjan, lo que por su multiplicidad eleva exponencialmente la posibilidad de litigio, sobre todo de orden competencial. García-Trevijano descubre y demuestra en su obra “Teoría Pura de la República”, de próxima aparición, como sin separación de poderes en origen, el control jurisdiccional de la actuación administrativa resulta imposible. Mientras la organización de la autoridad estatal de juzgar y hacer cumplir lo juzgado dependa económica y funcionalmente del Ministerio de Justicia o de las Consejerías de Justicia en los casos de competencia transferida, la propia administración será juez y parte en todos y cada uno de los asuntos que se solventen en vía contencioso-administrativa. Entretanto un Consejo General del Poder Judicial elegido por la sociedad política designe el escalafón y destino de los jueces y magistrados de este orden jurisdiccional, como ocurre en los restantes, nos seguiremos moviendo en el terreno del “como si” existiera una independencia judicial imposible donde sólo hay división de funciones de un único poder. Motivos de interés y orden público guían así las resoluciones contencioso-administrativas con consideraciones de oportunidad, alcance económico o político del asunto a resolver como premisas para decidir sobre la juridicidad de actos administrativos y normas emanadas de las distintas administraciones públicas. La Razón de Estado elevada al estrado, con toga, chapa y puñetas. La independencia judicial del orden contencioso es idéntica al de las antiguas Magistraturas de Trabajo franquistas, que fuera de la jurisdicción y sin ser verdaderos tribunales, se encargaban de aplicar la normativa laboral del régimen en los conflictos surgidos en las relaciones de trabajo entre patronos y obreros mediante una actuación administrativa paternalista, que se declaraba así misma protectora de los importantes intereses en juego.
LEY UNIVERSAL DE LA MENDACIDAD
Todo el mundo puede mentir. El mérito no es demasiado grande. Pero sólo el poderoso puede hacerlo con impunidad. El poeta legitima la mentira por su belleza, como por su utilidad el amo la consagra ante el esclavo, el padre frente al hijo, o el gobernante respecto a los gobernados. La estética y la moral utilitarias legitiman la falta a la verdad si, y sólo si, el mentiroso ocupa una posición de poder artístico o social frente al mentido. La mentira del inferior al superior, peligrosa para la relación de dominio, debe ser castigada.
Es sorprendente que los filósofos que han tratado la mendacidad política, desde Platón y San Agustín, hasta Popper, pasando por Maquiavelo, no se hayan percatado de la existencia de esta regla social. La mentira por razones de Estado (mentira “oficiosa”), la mentira colectiva de la clase política (presentar como rapto la huida de Luis XVI) y la mentira individual de un político (Nixon) están sujetas a esta misma ley universal que no conoce excepción que la invalide.
En cumplimiento riguroso de esta ley histórica que premia, como habilidad, la mentira del señor y castiga como inmoralidad, la del esclavo, los vicepresidentes, ministros y barones autonómicos, etc., al mentir como “esclavos”, deben ser castigados por inmorales, mientras que el Jefe del Ejecutivo, o de Partido Estatal, al hacerlo como “señores” que hablan a sus gobernados y tutelados, deben mantenerse en el poder por habilidosos.
El hallazgo de esta ley, criterio de mendacidad para príncipes y deleite intelectual para maquiavelistas, priva de fundamento a la hipótesis del juego que explica, en la mala suerte de ser descubierto, la eventualidad del castigo político de la mentira.
Normalización
Es felicidad (foto: aftab.) Normalización La partidocracia ha logrado una proeza inaudita: la normalización. Algo extraordinario, porque los regímenes totalitarios lo desearon y nunca lo consiguieron. Proeza sin par, porque no ha utilizado la violencia física para imponerse. De no ser mentira, se trataría de una creación casi perfecta, pues ha conseguido que la suscripción del régimen sea por convicción, y no por miedo. ¿Quién lo hubiese dicho? Ha logrado también abrumar la historia de un modo sin paralelos. Todo está en tinieblas: es la mejor forma de absorber la cuestión de su origen, hasta hacerla desaparecer. Sí, se habla de una Transición, pero no es de mucha monta. Lo justo para injertar en las conciencias lo ideal de aquel movimiento quieto y razonable, calculado y sopesado, cabal. Ahora vámonos de juerga. Con qué asombrosa anonimidad (nadie), con qué falta tan absoluta de originalidad, puro conformismo, se ha creado la ficción, hoy más fatua que nunca, de que nada nuevo puede surgir en el horizonte. Como mucho, la esperanza de un “gran estadista”. Toda la martingala acerca del fin de la historia viene de aquí, de este enquistamiento, en todos los dominios de la vida, en la impresión de que lo que tenemos es, en realidad, inmejorable. La normalidad realizada. Extraordinario, repito: la partidocracia ha logrado establecer la noción de que la innegable felicidad que todos disfrutamos –si descontamos factores inalterables de la existencia tales como la enfermedad o la muerte, o factores de la vida social, como la ocasional falta de empleo o no tener dos casas y dos coches– era un destino colectivo que no requería más que cuatro conversaciones clandestinas con un régimen dictatorial en decadencia llevadas a cabo por unos héroes-garrulos que han conquistado para nosotros (¡oh afortunados!) un estado de bienestar sin parangón. “Piénsalo”, nos incita el convertido, tras lo cual nos llama la atención sobre la opresión del pasado. “No hay comparación”, concluye. Otra juerga. Para la partidocracia es importante mantener la apariencia de una tensión, como si existiese la política. Es también necesario no pretender ocultar demasiadas cosas, como en las dictaduras, pues una perfección excesiva podría empezar a levantar sospechas. No, no. Todo es normal. Lo verdaderamente importante es que somos felices, y no sólo eso, sino que además somos solidarios y ayudamos a los demás. La exportación de estos valores máximos se produce con la misma convencida inocencia con que aquellos quinceañeros saludaban al Führer. Una de las ventajas de sufrimiento es que abre, o permite la apertura cuando no te aplasta. La sociedad del bienestar no sufre, vive alegremente. Por supuesto que la normalización ni existe ni puede lograrse jamás, por la sencilla razón de que su simulación no puede escapar de que tiene una historia. Una historia y un futuro. Un futuro, un transcedens que permite contemplar su verdadera anormalidad congénita. Caerá esta Unión Europea, caerá la partidocracia. Y caerá aun cuando muchos no se enteren, embebidos en su particular cueva de Montesinos.


