Repúblicas (foto: historika) El orden histórico y el Estado democrático El orden social premoderno se fundamentaba en un más general orden cósmico. Este orden constituía algo ya dado, estaba dado (o creado) desde la eternidad. En él encontramos nuestro lugar no por elección personal sino por nacimiento. Otro aspecto característico del orden cósmico es que está anclado en un motivo transcendental (Dios a partir de la entrada del cristianismo, pero, salvo el caso de Demócrito y el epicureísmo, igualmente transcendente en el mundo pagano de los griegos –Platón y Aristóteles–). Por su parte, el orden moderno, una de cuyas catapultas principales, además de la ciencia, fue el liberalismo económico, parte del individualismo y su libertad. De acuerdo con uno de los grandes estudiosos del secularismo, Charles Taylor, la progresiva relevancia del individualismo y del humanismo, así como la correspondiente retracción del transcendentalismo, hay que ir a buscarla a amplios movimientos de reforma provenientes de la propia Iglesia allá por los siglos XII y XIII, que culminaron con la Reforma protestante. Tales movimientos tenían como objetivo “subir el listón”, es decir, demandar más a la persona común. Lentamente, esta subida fue dando lugar a profundos cambios sociales, políticos y económicos: preponderancia del individuo (ejemplos paradigmáticos son el subiectum cartesiano o el hombre mercantil smithiano), igualdad de oportunidades y derechos, y pretensión de objetividad en el discurso. La facilidad con que hoy a menudo se condena el primer orden y aprueba el segundo como definitivo oculta las tremendas sombras que se ciernen sobre la concepción moderna del hombre y la sociedad, así como cuánto cabe aprovecharse aún de la(s) concepción(es) antiguas. El discurso nacionalista, por ejemplo, no puede separarse de la concepción moderno-liberal de la auto-determinación. Mi propio análisis parte del axioma establecido por Leibniz para toda empresa filosófica: las corrientes de pensamiento “tienen razón en lo que afirman pero no tanto en lo que niegan” (Carta a Remond, 10 de enero de 1714). Podría decirse, así, que la modernidad ha sido decisiva en la extensión de los dominios de la libertad, pero también, en tanto que fue reduciéndose a un orden inmanente protagonizado por el sujeto individual cada vez más objetivado y cerrado sobre sí, en una falta de salidas tristemente evidenciada en las dos grandes guerras europeas. No pretendo en estos pocos párrafos lograr el acuerdo del lector con respecto a lo que constituye una larguísima y complicadísima historia, aún demasiado viva y problemática. Baste decir que, a mi juicio, ambos órdenes tienen algo que aportar a nuestro mundo. Incluso distintas corrientes dentro de un mismo orden (por ejemplo el liberalismo y el marxismo dentro del orden moderno, antropocéntrico) pueden ser valiosas en algunos de sus rasgos. Si la locura del marxismo consiste en cortar la libertad individual para conquistar un Estado necesariamente totalitario, así también la deconstrucción del concepto “sociedad” llevada a cabo por prominentes liberales, como Murray Rothbard, sin tocarle un pelo siquiera al también deconstruible “sujeto individual”, resulta, cuanto menos, chocante. En lo que resta de artículo me gustaría tan solo apuntar que la disyuntiva entre la visión cosmológica antigua (orden jerárquico-vertical, ya dado, y holístico) y la moderna (orden horizontal, mecánico, y atomístico) no es ya para nosotros solvente. Una alternativa tiene que ser creada allende estas dos, aunque partiendo, por así decir, de una recolección de aquellos elementos valiosos de cada una. Sugiero, a falta de una ocurrencia mejor por mi parte en estos momentos, llamar a este orden histórico. ¿Por qué histórico? Porque cualquier concepción actual del mundo ha de tener presente la dimensión histórica de todo lo dado. Contrapuesto al orden cósmico dado desde la eternidad y al orden mecánico moderno, cada vez más independiente de un Creador, que eran en un sentido esencial a-históricos, nuestro mundo ya no puede pasarse sin tener en cuenta su propia dimensión histórica. Es decir, sin estar obligados a considerar (pero tampoco a excluir) el saecula saeculorum (la era de las eras, o el ‘tiempo’ más allá del tiempo), el orden histórico mira simultáneamente hacia lo futuro, lo ideal (y en este sentido lo transcendente), así como por supuesto a todo lo precedente. Y lo hace además críticamente, a saber, sin caer en los extremos de lo dado ya para siempre (orden cósmico), o de lo arbitrario, como si todo fuese transformable a la medida del sujeto individual (orden moderno). Aunque desarrollar esta idea sería cuestión de muchas páginas, me gustaría señalar que, en el campo político, la estructura correspondiente al orden histórico es el Estado democrático, rigurosamente dibujada por Antonio García-Trevijano. Quisiera resaltar la importancia de uno de los lados imprescindibles de la dialéctica, el de la transcendencia, porque las teorías de la modernidad, casi siempre de corte exclusivamente inmanentista, han causado la impresión de que la transcendencia es del todo prescindible. Por otro lado, por si no ha quedado claro, no pienso que el orden moderno esté en las antípodas del histórico. Por el contrario, ninguna de sus conquistas en términos de derechos y libertades puede ser desechada. Existe desde luego una gran diferencia entre el orden social de la antigüedad, eternamente dado, y el históricamente dado, pero también existen similitudes entre ambos, al menos en tanto que ambos se oponen a esa compleja combinación de subjetivismo y objetividad del orden moderno (el inexpugnable átomo-individuo, o el átomo-nación) y en tanto que ambos conciben como central un elemento transcendente. El orden histórico propone, pues, una crítica tanto al orden cósmico como al moderno, y en diferentes sentidos. Y, por lo mismo, incorpora elementos todavía válidos de ambas macro-concepciones. Retomando el caso del nacionalismo, como decimos un producto típico moderno, se diría que uno de los escollos principales consiste en sacar a sus abogados de la sombría (no totalmente falsa) noción de la auto-determinación. Esto sólo puede hacerse mediante un examen ecuánime de la historia, en tanto que determinante de lo realmente existente en el presente. Históricamente hablando, Cataluña no sólo nunca fue un Estado, sino que además no puede comprenderse cabalmente sin el Estado español. En el orden histórico, las instituciones políticas (el Estado) se imponen no por una autoridad externa a la materia histórica (a la cual apelan tanto los españolistas como los catalanistas) sino por ser fruto de una relación de fuerzas históricamente determinada, y todavía efectiva. De este modo, esquivamos la aporía de los unos y de los otros, dando por sentado que, por un lado, la transformación de lo dado es posible (simplemente porque sucede en la historia), pero no la transformación arbitraria de lo que se le antoje al soñador romántico de turno. En otras palabras, de las que no puedo ocuparme aquí con el detalle que merecen, el orden histórico pasa de la peculiar –no la única posible– relación subjetividad-objetividad moderna a la intersubjetividad, que es un proceso arraigado en la historia de las interacciones entre sujetos. El Estado es el paradigma de lo común por antonomasia, y ni la romántica libertad del sin Estado ni la absolutización del mismo (extremos ambos en los que, por cierto, cae un rato sí otro no el sentimiento nacionalista) pueden ser las vías de nuestro futuro.
Confesos e impunes
Confesionario (foto: Marco Polo) Confesos e impunes Una interesada evolución tiende, desde la Contrarreforma, a centrar en la carne la matriz de todos los pecados y a desplazar hacia el deseo el momento decisivo del drama sexual. La influencia determinante de la Iglesia sobre la familia, que el naciente orden burgués fomentaba, reposaba en la penumbra del locutorio. Su institucionalización requería una ilimitada libertad de expresión, en la intimidad del confesonario, y una ilimitada represión de la palabra, fuera de él. Ninguna otra materia de pecado, como la del deseo, ofrecía tan fantástica posibilidad. Un movimiento emocional de liberación empuja al confesante, como al libertino, a vencer su pudor. El combate de la religión contra el libertinaje no está fundado en su degradación sexual, idéntica a la que perdona en el confesonario, sino en su impiedad. La necesidad de confesar los deseos turbadores a una autoridad institucional hace de su oreja el báculo de su poder. En una sociedad permisiva no tienen sentido las denuncias de libertinaje. El falso tópico de que la libertad conduce, en los pueblos latinos, al libertinaje es sólo una frase popular que carece, como toda contradicción absoluta, de fundamento intrínseco. El carácter libertino no puede brotar, por definición, más que en medios sociales intensamente represivos. Pero la óptica libertina no desaparece, como hábito de pensar, con la libertad de costumbres. Si separamos el placer y la mortificación sensual del modo de producirlos, sin nos atenemos a lo que Foucault llamaba “tecnología sexual” hay que reconocer a la Iglesia la paternidad del discurso sobre el sexo y de la manera libertina de explicitarlo por confesión. El Marqués de Sade y el autor victoriano de “My secret life” siguen al pie de la letra las directrices de la Iglesia a los directores espirituales. El redentorista Alfonso de Liguri señalaba que “hay que contarlo todo, hasta el menor detalle. No sólo los actos consumados, sino los tocamientos sensuales, las miradas impuras, las palabras obscenas, los pensamientos consentidos”. Entre el confesante y el libertino no hay más diferencia que la que impone la distinta dimensión del escenario. Ambos persiguen lo mismo. Rebelarse contra la represión sexual. Vencer, con piedad, el propio pudor o con impiedad, el de las instituciones. Pero el libertino se apropia, además, del poder del confesor, que es de liberación y de castigo. En esta época de degradación pública y de represión de la libertad colectiva, los poderosos, cuya concupiscencia no tiene frenos institucionales, necesitan un establecimiento (el parlamento es sólo un lugar de representación, y no precisamente política) donde puedan confesarse para gozar abiertamente de su impunidad.
La sombra de Rubalcaba
El ascenso de Rubalcaba ha extendido un sentimiento de alivio entre la clientela psoísta, mientras en las filas peperas cunde la inquietud. La temible catadura de este insumergible hombre de partido estatal es uno de los lugares comunes de la actualidad. Más allá de su pregonada eficiencia, los “suyos” están entusiasmados con su habilidad propagandística para desviar la atención pública de los fracasos propios, y concentrarla en las miserias ajenas. Un oportunista nato, con una sobresaliente capacidad de tergiversación y un fino sentido de la demagogia, ducho en trocar la anécdota en categoría: de la zafiedad del alcalde de Valladolid al machismo congénito del Partido Popular o Antisocial, porque contra toda evidencia, el PSOE sigue enarbolando la agujereada bandera de las políticas sociales. A Zapatero, dadas la incompetencia de su acción y la vaguedad de su discurso, le urgía el apoyo de alguien que “supiera explicarse” y que fuese un consumado artista de la trapacería política. Para ello, ha tenido que encomendarse a Rubalcaba, quien no dejará de estar a cargo de las alcantarillas del Estado, pero ahora con la misión añadida de llevar la voz cantante del poder ejecutivo, tal como lo hizo en aquella etapa tan convulsa del GAL y de las corruptelas por doquier. Este regreso del “felipismo” ha incomodado especialmente a don Pedro J. Ramírez, que, como siempre, abrigaba ilusiones de regeneración creyendo que la etapa de “desfelipización” había concluido con éxito. Rubalcaba (foto: FSA) Don Alfredo es un adicto al poder, y difícilmente lo desengancharán del tren estatal. Aunque apostó por Almunia y Bono, continúo corriendo al lado de los vencedores, y su “sentido de Estado” le llevaría a ofrecer sus servicios al mismísimo Rajoy, si así lo insinuase Su Majestad (al respecto, Eduardo Serra es un precedente ejemplar). Tenía que ser recompensado un hombre que tuvo la decisiva ocurrencia preelectoral de proclamar que “los españoles se merecen un gobierno que no les mienta”. En realidad, se merecen un sistema que no esté basado en el engaño, pero para eso tendríamos que prescindir de los servicios públicos de personajes como Pérez Rubalcaba.
Crisis y libertad
¿Crisis?, ¿qué crisis? (foto: superpepelu) Crisis y libertad A los sesudos intelectuales y conspicuos analistas sociales –pues no vale la pena, siquiera, mencionar a los alienados agentes políticos– que operan bajo el amparo del sistema oligárquico de partidos les supone una dificultad y un esfuerzo intelectual prácticamente insuperables, reconocer, simplemente, las causas de la actual crisis económica y financiera que aflige a España. Educados en el acatamiento a las mentiras, imposturas y preceptos del Estado partitocrático, o amoldados a él, ciñen sus análisis, diagnósticos y recetas terapéuticas al campo de lo estrictamente «macroeconómico y financiero», ignorando las importantísimas y determinantes causas políticas del «desastre nacional», pues no de otro modo puede calificarse esta crisis integral que, teniendo su origen en la corrupción política de la Transición –registrada impudorosamente en el demostrativo y protervo texto «constitucional» de 1978–, produce sus consecuencias en el terreno de lo económico, a través de una crisis donde la inmoralidad de los poderes públicos es lo primero que salta a la vista. Ha tenido que sobrevenir la quiebra económica del Estado y la ruina inminente de la nación, para que la actitud hierática y pertinaz de tales filósofos y cronistas, semejantes a estatuas de sal, haga aún más evidente la profunda corrupción moral, jurídica, política y económica de esta Sodoma y Gomorra en que se ha convertido la España de los partidos políticos y de las autonomías. Bastaría un solo instante de lucidez en conciencias tan distraídas para identificar el pecado original de esta crisis, netamente española –por desgracia–, en el secuestro de la libertad colectiva y la concentración del poder político en unos entes irresponsables cuyas actividades, sometidas a la más somera investigación por parte de un poder judicial independiente, podrían ser, a mi juicio, declaradas por completo ilegales. Estos entes, políticamente ilegítimos, parasitan el Estado descaradamente, lesionan los valores e intereses de la sociedad al intervenirla y apropiarse de sus recursos más valiosos –las libertades políticas y económicas–, y conducen al Estado y a la nación misma al empobrecimiento más lamentable. Mientras, una desenfrenada clase política, sin control alguno, crece y vegeta al amparo de aquéllos y se enriquece de forma tan visible como escandalosa. La injustificable y constante elevación del gasto público hasta cotas inauditas, lindando con el surrealismo, y en exclusivo favor de la clase partitocrática, está arruinando irreversiblemente al tejido empresarial y empujando hacia el paro, de manera desbocada, a un número creciente de empleados, sacrificando a una sociedad digna y capaz, al obturar su horizonte de prosperidad y cegar su porvenir. La fagocitosis de un Estado hiperplásico e hipertrófico –ahíto de organismos públicos de viejo y de nuevo cuño y de pseudoinstituciones oligárquicas que actúan como alocadas agencias de colocación–, y la general colonización de la sociedad civil, por obra de la desatentada voracidad y el chusco proceder de los partidos políticos, dirigen al país hacia la quiebra generalizada y el marasmo social. El cáncer de los partidos en el corazón del Estado, las metástasis en las administraciones autonómicas y su diseminación por todo el territorio hasta alcanzar los más recónditos municipios -donde todo el censo de habitantes está integrado a veces por concejales de gobierno o concejales de la oposición- ha llevado al cuerpo de la nación a una situación consuntiva próxima al fracaso multiorgánico y al Estado a la inviabilidad política cercana a su disolución. Pero he aquí que la primera y más importante consecuencia que advertimos en tan lamentable y calamitoso desorden es la disminución o la pérdida de libertad individual y económica -libertad ésta que tiene carácter social-, de una cuarta parte de los ciudadanos –verdaderos súbditos y reos del Estado de partidos–, que quedando privados de medios de subsistencia, se convierten en auténticos parias de la sociedad y en una situación incompatible con las libertades más básicas. Pues sin libertad económica no puede haber libertad social, ni resulta concebible la libertad política, confiscada de hecho por los partidos políticos en su propio beneficio y en forma fraudulenta. Si la propiedad era el derecho básico sobre el que se sustentaba la libertad burguesa en el Estado liberal, y las libertades de trabajo, industria, comercio y profesión, se consideraban determinantes para garantizar todo el sistema de libertades, -pues tales libertades, individuales, sociales y políticas, se hallan conectadas formando un entramado indisociable-, la apropiación de la economía y las propiedades pertenecientes a los ciudadanos de la sociedad civil, por parte del Estado y de la clase política que lo invade y fagocita, despoja a éstos de la más elemental dignidad como personas. De todo lo que acabo de exponer, fácilmente se deduce la necesidad imperiosa de instituir en España una nueva, justa y digna organización de la libertad -pues en esto consiste precisamente el cometido de la política-, tal como venimos proponiendo desde el Movimiento Ciudadano hacia la República Constitucional, pues una moderna sociedad como la nuestra no se merece otra solución peor o diferente.
Saturnal garzonita
“El Tribunal Supremo (TS) ve indicios fundados de que el Juez de la Audiencia Nacional Don Baltasar Garzón cometiera delitos de prevaricación mediante el uso de instrumentos de grabación y escucha con violación de garantías procesales al intervenir conversaciones mantenidas por los presuntos cabecillas de la trama “Gürtel” con sus abogados durante su estancia en prisión. El instructor del Alto Tribunal D. Alberto Jorge Barreiro dictó el pasado veinte de octubre Auto de transformación de diligencias previas en procedimiento abreviado, finalizando así la instrucción de la causa. “Así, rechaza la solicitud de sobreseimiento formulada por el Letrado del Magistrado, Don Francisco Baena, y otorga el plazo de diez días al Ministerio Público y a las acusaciones particulares para calificar los hechos e interesar la apertura de juicio oral. El Auto es demoledor contra la estrella judicial estrellada. La resolución refiere que Garzón, al permitir las escuchas, lesionó “uno de los principios básicos del sistema penal, retrotrayéndonos a un estatus procesal anterior al estado de derecho”. Seguidamente indica que el juez, cautelarmente suspendido en estos momentos, aplicó la medida de intervención de comunicaciones “en unos términos tan categóricos y omnímodos que vacían de contenido el derecho a la defensa y otros derechos fundamentales de unos imputados que se hallan en prisión preventiva”. “La resolución judicial habla de “amputación” consciente de derechos fundamentales en una iniciativa instructora que califica como “insólita” traducida en decisiones judiciales que “afectan también a las estructuras más básicas del proceso penal” al punto de utilizar a los abogados de los encausados como instrumentos de autoinculpación, agregando que si Garzón hubiera decidido incomunicar a los tres presos su defensa hubiera tenido mayor eficacia ya que “al menos no se autoincriminarían ni aportarían fuentes de prueba en contra de sus propios intereses procesales”. La conducta prevaricadora se consumaría así por la propia condición de Juez del acusado ya que “el querellado sabía que estaba cercenando de forma excepcionalmente gravosa importantes derechos fundamentales de los tres imputados y pese a ello, ordenó la observación y grabación de las conversaciones”. Saturno devora a su hijo favorito.
Los chicos de la fiesta
Evento de espuma (foto: Tiacolulaere) Los chicos de la fiesta Los chicos de la fiesta son solidarios y alegres. Conocen el arte de irse de fiesta tras pronunciar un par de bellos apotegmas. Los chicos de la fiesta han leído literatura: a Vargas Llosa, también a García Márquez, y sin duda a Omar Jayyam o Li Po, a quienes emulan. Por descontado, a Kerouac y Bukowski. Los chicos de la fiesta discuten de política, antes de irse de fiesta. Se conocen bien entre ellos o pronto se conocerán, las ideologías apenas importan: éstas son la sal y la pimienta, una razón más para celebrar la diversidad. Los chicos de la fiesta trabajan en lo que sea porque no les queda más remedio, “así son las cosas”. La sociedad no ve con buenos ojos que sus papis paguen sus vicios más allá de los treinta, y por eso se ven obligados a evacuar. No obstante, a los chicos de la fiesta sus papis les pusieron un piso. Los chicos de la fiesta son liberales, es decir, no condenan nada. Salvo a la Iglesia. También, claro, a Telefónica, la burocracia estatal, o el político de turno. Los chicos de la fiesta saben que donde España se juega verdaderamente su futuro es en el fútbol… y en el abastecimiento de cocaína. Los chicos de la fiesta viajan, conocen países, van a sus museos y se cultivan (sin maestros, son muy independientes), y están al tanto de las nuevas tecnologías. Los chicos de la fiesta son muy críticos, pero saben olvidar — para eso se van de fiesta. Los chicos de la fiesta saben mucho de pobreza y opresión, la han visto en la tele y experimentado con sus padres o sus profesores. Pero al cabo nace otra vez la alegría: pronto se irán de fiesta. El ideal de los chicos de la fiesta es la eterna vegetación en los paraísos artificiales, aunque también son muy prácticos, y saben hacerlo entre los resquicios que les permite el mercado de trabajo. Los chicos de la fiesta demoran una relación estable, con la ilusa pretensión de que así, entre cópula y cópula esporádica, aprenderán más de la vida. Mas todo es compatible con la fiesta, siempre y cuando conste en acta que son celebradores de la vida hasta el final: trabajo doce horas al día, matrimonio e hijos, hipoteca y coche… todo es posible para los chicos de la fiesta. Sus valores son impecables. Sus esperanzas nada menos que… todo. Todo han visto sus ojos experimentados, nada se les escapa, porque son chicos abiertos y han hablado con todo tipo de gente. El mundo está jodido: moralmente hacen lo que pueden, intachables. Los chicos de la fiesta se hacen mayores, pero no importa, porque todavía quedan los recuerdos… y la fiesta. Los chicos de la fiesta saben lo que hacen. Preparan nada menos que la revolución de las conciencias. Revolución silenciosa, inevitable. Revolución llena de sensibilidad, revolución un poco de todo, revolución sin instituciones, revolución de la magia. Sí, los chicos de la fiesta tienen el poder en sus manos. En una palabra, los chicos de la fiesta son los verdaderos demócratas en España. El auténtico futuro.
El hábito de la tortura
“La batalla de Argel” mostró cómo la tortura no era considerada por los militares franceses un problema moral sino un arma de combate, imprescindible, ante un feroz enemigo que no reparaba en atentar de manera indiscriminada contra la población civil. Hubo una estrecha relación entre los antiguos torturadores franceses –legionarios y paracaidistas- y los sicarios de las dictaduras sudamericanas, a cuyas fuerzas armadas formaron en la llamada “guerra subversiva”. Adiestramiento que arranca en 1961 con la organización del Primer Curso Interamericano de Guerra Contrarrevolucionaria, en el que participaron, además de los de Estados Unidos, militares de catorce países del Cono Sur. La amenaza global que el terrorismo islámico está representando durante este siglo, y que ha desencadenado las guerras de Afganistán e Irak, ha vuelto a poner en primer plano el uso sistemático de la tortura como medio eficaz para sonsacar información y prevenir atentados. En Guantánamo y en “cárceles secretas” distribuidas por todo el mundo se han puesto en práctica las llamadas, con un eufemismo muy poco tranquilizador, técnicas de interrogatorio. Los informes desvelados por WikiLeaks trazan horrores añadidos a los propios de toda guerra: arbitrarias matanzas de civiles y torturas de un refinado sadismo (mutilaciones, quemaduras con ácido y agua hirviendo, electroshocks y sevicias sexuales). Ahora que es de dominio público, este siniestro asesoramiento estadounidense a las fuerzas de seguridad del Estado iraquí (que como tales velan por dicha seguridad y no por la integridad de los civiles) no constituye la mayor preocupación del Pentágono: lo es la capacidad de difusión de las filtraciones que recibe la incontrolable WikiLeaks. Sade creía que “Matar a un hombre en el paroxismo de una pasión, se comprende. Hacerlo matar por otro en la calma de una meditación seria, y bajo el pretexto de un ministerio honorable, es incomprensible”. Pero la moralidad del Divino Marqués es una reliquia. El crimen, como delicioso y extraordinario fruto del vicio ilimitado (posesión/destrucción de los otros), ha devenido costumbre de una virtud policiaca (crimen avalado por el poder supremo del Imperio). Y es que, como diría el arcangélico Saint-Just, el ejercicio del terror (de Estado) insensibiliza el crimen como los licores fuertes lo hacen con el paladar.
Selección artificiosa
El origen de la especie Selección artificiosa A mi hijo Héctor, recién nacido Es innato al hombre buscar la propia esencia que le resulta obligado encontrar. Por ello hay que masticar el plato de nuestro origen. Pero la conmoción intelectual de la continuidad evolutiva darviniana, que liga todo lo vivo, no termina de digerirse en nosotros sin recurrir a los jugos que han de romper las cadenas comunes en átomos individualistas. Tal vez porque no fueron exclusivamente los neutrales factores astrogeoclimáticos los que compusieron nuestro linaje, sino la peculiar organización social de Homo, que realimentaba el desarrollo de la inteligencia operativa y cooperativa. Resulta imposible conciliar las dos adaptaciones básicas del proceso de hominización. El bipedalismo y la encefalización entran en sonado conflicto. Añadiendo la solución de un relativo adelanto del alumbramiento con una infancia prolongada, es imprescindible transitar por una capacidad social in crescendo. Los sistemas sociales de los primates pueden clasificarse en grupos de un único macho, casi unánimemente exclusivo procreador y dominante del harén de hembras, que mantiene a los demás en la periferia; o de varios machos, que cooperan con una relación de jerarquía cambiante en el mantenimiento del territorio, en el que se encuentran adscritas las hembras; presentando ambos tipos matrilinajes relativamente estables organizados por rangos. Los chimpancés suponen una excepción, al ser las hembras las que se intercambian entre los grupos. Así se prima la estabilidad (territorial) de los clanes de machos emparentados. Los sistemas humanos de parentesco constituyen métodos simbólicos que tratan de establecer reglas para sincronizar la adjudicación de la “alianza” (quién puede reproducirse con quién) con la de la “descendencia” (quién pertenece a qué grupo) [Fox, 1975]. La pérdida del estro en las hembras humanas debió de seleccionarse para reducir el nivel de conflicto entre los machos, fomentando la alianza reproductiva hombre-mujer para el cuidado de los infantes y dando consistencia a los matrilinajes. Fue la red de relaciones lo que forjó la inteligencia social, y ésta la que posibilitó la transmisión de conocimientos de generación en generación [Humphrey, 1976], retroalimentando la inteligencia técnica [Dennett, 1987]. Los arreglos sociales humanos y sus consecuencias no previstas se convirtieron en la fuerza selectiva [Carrithers, 1992]. Esto significa que los individuos humanos llegaron a un punto en el que fueron, y seguimos siendo, dependientes de una característica de su medio: sus compañeros configurados como grupo. El teórico social Robert Axelrod y el biólogo William Hamilton se han unido para demostrar cómo, incluso partiendo de sujetos egoístas, la cooperación podía crecer, persistir y extenderse en una población que careciera de un control centralizado. El “dilema del prisionero iterado” permite castigar a quienes no contribuyen al bien de la colectividad, siempre y cuando la noción de éste pueda ser reflejada desde la libre conjunción de los participantes, reservándose la posibilidad de prever represalias como grupo. Mas con la aparición del poder, el monopolio de la fuerza dejó de pertenecer a la colectividad, como tal, para caer en manos de caciques usurpadores. Cando la vuelta al argumento, la persistencia de unas instituciones políticas ajenas a la res publica, sin división del poder y en todo momento fuera del control de los gobernados, tal y como es fácil de demostrar que sucede en España con el actual Estado de partidos; y antes con el Franquismo; y antes con la II República; y antes con la dictadura de Primo de Rivera; y antes con la Restauración; y antes…: no solamente traen una nutrida serie de desastres a los comunes, sino que terminan por convertirles en súbditos adictos al estoicismo, de una soberbia irracional personalista, en los que el individualismo egoísta y oportunista fluye por doquier, eliminando así su aptitud para concebir como algo propio los designios colectivos, refuerzo ineluctable de la secular imposibilidad institucional para hacerlo.
De mérito y consenso
La portavoz del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), Dña. Gabriela Bravo Sanestanislao, ha asegurado que en el órgano de gobierno de los jueces se está “trabajando diariamente” ante su próximo pleno para buscar “el consenso necesario y conseguir el nombramiento” de los Presidentes de los Tribunales Superiores de Justicia de Castilla León, Castilla La Mancha, Andalucía, Cataluña y de la Comunidad Valenciana. “Hay que acercar posiciones e intentar que, por encima de todo, primen los méritos y la capacidad a la hora de la elección” ha dicho. La vocera del CGPJ no ha explicado sin embargo cómo se consensúa el mérito y capacidad de un profesional del derecho. Ni de ninguna otra disciplina o profesión. Porque si el consenso en política es el aborto de la libertad de pensamiento y su frustración por mor de la Razón de Estado, su traslado a la organización jerárquica de la vida judicial por los delegados electos de los partidos en el CGPJ se convierte en auténtica politización de la Justicia, y el reconocimiento de su función primordial en confesión pública. En el próximo pleno que se celebrará la última semana de Octubre, volverá a someterse a votación la elección de estos cargos y la exigencia de mayorías cualificadas precisa del intercambio de cromos para la provisión de plazas. Mientras el CGPJ no sea más que una extensión de los partidos, la simetría institucional de los intereses políticos en lo judicial será norma y guía insalvable por mucho que se apelen a valores como el mérito y la capacidad, que como el de la propia Justicia resultan innegociables. El consenso sobre la materia no transaccionable se llama corrupción, y cuando afecta a las instituciones del Estado, corrupción institucional. Claro que quienes negocian sobre lo justo y sobre quienes son más capaces para su determinación científica o doctrinal, también han sido consensuados en sus puestos. Sin olvidar que quienes a su vez transaron en grado jerárquico superior basan su legitimidad en el supremo consenso constitucional. Reino de Consenso, que alcanza en este punto la mayúscula. No es de extrañar así el grado de ineptitud de la clase política y la bobalicona simpatía de la Superioridad del Consenso también acordada entre, por, y para la tranquilidad de sus protagonistas, ya que entre ellos mismos consensuaron que eran lo mejor que nos pudo suceder en un momento histórico crucial.
La organización de la libertad
Rousseau (foto: Allen N) La organización de la libertad Así como la libertad de los antiguos griegos y romanos era fundamentalmente libertad política dentro de una comunidad de pequeñas dimensiones, la libertad moderna es, sobre todo, libertad para la vida privada, y se realiza, por lo general, en el seno de comunidades de gran tamaño, tanto por su extensión como por el número de sus habitantes, pues el rasgo decisivo de este nuevo modo de concebir la libertad es la protección de la libertad personal frente al poder público, sea cual sea la estructura política de su gobierno. Podemos decir que en la democracia antigua el ciudadano lo era a tiempo completo y de ello procedía el principal de sus males, el de la hipertrofia política, que va acompañada de una atrofia de la economía. Giovanni Sartori recuerda a quienes hoy reclaman aquella democracia participativa, que en la ciudad antigua eran los esclavos quienes trabajaban y que la polis se hundió arrastrada por un torbellino de exceso de política. (Elementos de teoría política) En el terreno de la organización, así como a aquella libertad predominantemente política correspondió la institución de la democracia directa o participativa, a la nueva libertad de la época moderna corresponde el estatuto de la democracia indirecta o representativa, que significa, no sólo una atenuación de la democracia directa, sino también una rectificación de la misma. La obligatoria participación de los ciudadanos en los asuntos públicos no sólo produjo un exceso de política, unos abusos que finalizaron en la lucha de clases, sino también una enorme reducción de la libertad individual de aquéllos, que ni siquiera era tenida en cuenta por considerar que se debían por entero a la polis. La merma de la libertad del individuo bajo la coacción del orden social es un hecho paradójico, tan lamentable y amargo como necesario e inevitable, y, por ello, en el núcleo de los sistemas normativos modernos se encuentra alojada la libertad como supuesto básico que ha de salvaguardarse. Son los derechos individuales, recogidos y amparados en dichos sistemas, adaptados a las condiciones cambiantes de la sociedad, los que garantizan, en primer término, la irrenunciable libertad personal. Más he aquí que nuevas medidas o procedimientos organizativos, de inspiración democrática, vienen a reforzar esta garantía: la libertad política colectiva que permite limitar y controlar el Poder. La elección y revocación de los representantes y del jefe del Gobierno, periódicamente, por medio de elecciones generales separadas, y también durante la legislatura si los ciudadanos lo juzgan necesario, constituye y expresa la potestad de dicha libertad. La división del poder en el Estado y la delimitación de respectivos ámbitos o espacios de competencia -legislativo, ejecutivo y judicial- y la corrección inmediata de cualquier extralimitación o intromisión de los mismos por parte de los otros poderes, deja un amplio campo a la libertad de los particulares. La base doctrinal de la teoría del Estado liberal supone el reconocimiento de una esfera autónoma de libertad personal del individuo -no otorgada ni concedida- que ha de ser garantizada mediante el sistema jurídico-político constitucional. Se trata de garantizar, precisamente, unos derechos «naturales» -innatos, inalienables e irrenunciables-, anteriores incluso al derecho positivo, tal como, en parte, ocurre con el llamado «derecho de resistencia a la opresión», no susceptible de cobertura jurídica positiva. En principio, son derechos del hombre en general y no sólo del ciudadano. Una de las paradojas más llamativas en el terreno de la historia política y de la filosofía de la libertad lo constituye el pensamiento de Rousseau. La protección de la libertad por medio de una legislación fraguada de una pieza, obra de la «pura e inalterable voluntad general», realizada justo en el momento inicial del nacimiento y constitución del Estado, termina cuando dicha voluntad general abstracta, presunta e inexistente, acaba en manos de una minoría que sustituye a la verdadera y concreta voluntad popular. Rousseau, preocupado por la libertad, pero, sobre todo, por el «bien público», cree encontrarlo garantizado merced a unas leyes inmutables, obra de un ente racional objetivo, la voluntad general, puesta, finalmente, al arbitrio de una minoría tiránica. Y esto es así a causa de la fe racionalista que anima toda su construcción teórica, según la cual la voluntad general suministra a la ley un contenido objetivo de razón que debe prevalecer rigurosa e implacablemente, y frente al cual no puede hacerse valer derecho alguno. Pero esto no es admisible para la organización de la libertad en el Estado actual. Hoy no nos parece permisible el arbitrio de la libertad de parte exclusiva de los legisladores, sean estos muchos o pocos, sin freno alguno que se les oponga, sin otros poderes contrapuestos a los excesos de su acción legisladora, ejecutiva y jurisdiccional inseparada, como sucede en el perverso Estado de Partidos vigente en España. La primacía del criterio de legalidad, al que deben atenerse en sus actuaciones concretas sobre los particulares los poderes ejecutivo y judicial, impide que éstos las lleven a cabo fuera de los ámbitos determinados por las leyes. Y el poder legislativo, creador del derecho de manera independiente, no puede, por su parte, ejecutar actos concretos, sino sólo producir normas que son generales por principio. De tal manera que el obligado sometimiento a la Ley impide el arbitrio de los poderes ejecutivo y judicial; y la forzada generalidad de sus prescripciones evita la arbitrariedad del poder legislador. La fórmula legítima del Estado en la actualidad, como ha explicado Francisco Ayala, es bien clara y precisa: «Por la libertad esencial, el hombre, en cuanto persona, es libre ante el Estado; por la política, el hombre como ciudadano, es libre en el Estado. Así se preserva la convivencia política del doble riesgo del individualismo y del colectivismo.» (Hoy ya es ayer) Aún nos quedaría por presentar la fórmula detallada y puesta al día de esta imprescindible organización de la libertad, que seguro ya está en estos momentos en la imaginación de todos ustedes: la República Constitucional. Mas esta tarea, producto de la inteligencia y de la atenta investigación de un verdadero precursor político, está reservada a nuestro maestro Antonio García-Trevijano.

