Es gracioso ver a todos los granujas (joveznos y viejales) que uno ha conocido de Landas engorilados por esos bares de Dios despachando ahora monólogos morales sobre una “violencia machista” que, al hilar (hilo en Twitter) de una dama de acrisoladas virtudes centristas, “es estructural”.
Hombre, lo “estructural”, en España, son la corrupción y la ignorancia, que, mezcladas, no agitadas, como el famoso chispacín de Bond, nos dan la pócima representativa de esta socialdemocracia con el “chic” a lo Ian Fleming que patrocina Soros y a cuyo yugo deben doblegarse todas las cervices.
Con que haya un solo español capaz de relacionarse con una mujer sin cilicios ni bacinas, ese “agit prop” del “estructuralismo” está de más, y se pone uno colorado al tener que recordar a titulados en Derecho (cuyo origen está en la distinción entre individuo y colectividad) que fue un gran avance… “antropológico” que víctima y victimario tuvieran nombre y apellidos (individuación y especie, individualización y sociedad…), de modo que si un ruritano violaba a una ruritana el castigo ya no recaía en todos los ruritanos de Ruritania, razón por la cual la ley del talión que tanto repugna a nuestros centristas de pan “pringao” constituyó un avance moral a la altura, al menos, del cacareado reformismo de Rivera, el nadador, pues se pasó de castigar a toda la tribu por la fechoría de uno de sus miembros a castigar únicamente al malhechor.
–El cangrejo, señores, no anda para atrás –observó Camba en la barra de Viña P–; todo el mundo va hacia adelante, no siendo los liberales y los cordeleros.
Repárese en los milenios que nuestros frívolos liberalios buscan hacernos retroceder con la chapa que nos dan sus Landas devenidos Ozores sollozantes a los que hubieran arrebatado el sujetador de las manos.
–El camarada Vishinski llegó y lo puso todo en orden. No tengan miedo del derecho, dijo, nos llevaremos bien con él. Lo amputaremos sólo un poco. Y así lo hizo, con la satisfacción general.
Landas
Militaria
La nueva campaña de reclutamiento del mejor ejército del mundo, que todos sabemos que es el inglés (y bien hablado en los toros lo tengo yo esto con Poli Maza), se dirige a los “Snow Flakes”, a los “Phone Zombies”, a los “Selfie Addicts”, a los “Me Me Me Millennials”, a los “Class Clowns”, a los “Binge Gamers”… Me hace ilusión pensar que es la respuesta inglesa al cacareo de Macron de levantar un ejército europeo de maceros emplumados para hacer la guerra, según su propósito declarado, a los marines trumpianos, vista la incapacidad del pequeño Napoleón de enfrentar en casa a los “gilet jaunes” que le hacen peinetas en las rotondas.
El Brexit ha privado de la porra de goma a la UE (que los liberalios confunden con Europa), y sin ella el club de Juncker pinta menos (en el nuevo caos mundial) que la blanca doble en el dominó.
Aquella estructura sobre la que reposó unida nuestra civilización, dicho por Belloc, en sus primeros cinco siglos, el ejército romano, ha sido reemplazada por otra de chupatintas en Bruselas.
–The EU assembly (which is not a true parliament insofar as it cannot propose or repeal laws but only amend and/or reject some of the legislation initiated by the unelected European Commission) has circulated a guidebook to bureaucrats and politicians urging them to update their language… –arranca una noticia americana de ayer.
Ahora los ingleses tratan de meter en un uniforme militar a los “Snow Flakes” (“Tú no eres especial. Tú no eres un precioso y único copo de nieve”) dispuestos a recibir la instrucción necesaria para comprender una arenga como la del teniente coronel Tim Collins en la frontera iraquí en la primavera de 2003:
–Vamos a liberar, no a conquistar… Iraq es el emplazamiento del Jardín del Edén, del Diluvio Universal, y es el lugar de nacimiento de Abraham. Allí tenéis que andaros con pies de plomo… El enemigo no deberá abrigar duda alguna de que nosotros somos su némesis… Nuestro objetivo es ahora dirigirnos hacia el norte.
El proyecto
Los supremacistas morales de Ciudadanos (“hemos venido a regenerar España y no vamos a dejar esta etapa histórica a otros”) lideran la cruzada “Paremos al fascismo”, pero no se les cae de la boca “proyecto de país”, concepto fascista donde los haya. ¿Quién es un tal Zafra para proyectarme a mí la vida?
Estamos en manos de la sensibilidad, que es una cosa de Rousseau, al que Aguado, uno que manda mucho en Madrid, confunde con Hobbes. Si el tal Zafra, por ejemplo, se siente regionalista al levantarse, hay que darle un “proyecto de región”.
–¡Madrid tiene que ser una región propia! –dice este fino jurista “segedano” cuyo partido aspira de repente a mandar en la capital con los socialistas.
El socialismo madrileño está con Franco (el de Puebla de Brollón, no el de Ferrol), que se levanta y siente que Madrid es una nación, y a ese “proyecto de nación” se pone, entre ración y ración de oreja a la plancha.
–No veamos en la patria la canción y la gaita; veamos un destino, una empresa –dice Primo de Rivera, citando a Ortega.
Así, pues, frente a “los genios de la disgregación, que se esconden bajo los hongos de cada aldea”, álzanse Zafras y Francos con sus destinillos y sus empresillas, con sus “proyectos” de país, de región, de nación…
Explíqueles usted a Zafra y a Franco, ahora que van a formar collera de consenso, que una nación constituye un hecho objetivo producto de la historia, salvo para el fascismo y sus tontos útiles (los del “proyecto sugestivo de vida en común”), que ven en ello un hecho subjetivo producto de la voluntad. Precisamente por tratarse de un hecho objetivo no hay “derecho a decidir” (ni por fas, votando una parte, ni por nefas, votando el todo): es una cuestión indecidible (al margen de la guerra).
Mas en el pequeño mundo que es el Estado de Partidos viven los cenobitas bajo la dirección de un abad, o padre del convento, y al dictado de una regla: el Consenso, “sancta sanctórum” de la soberanía, que es el mango de la sartén.
Tres minutos
A los pollos peras que exigen “respetito” por el Estado de las Autonomías hay que mostrarles que la guinda de ese descalzaperros jurídico es Madrid, nombre que designa, a la vez, capital, autonomía, provincia, región y, ya puestos, club de fútbol, el Real Madrid.
–No más de tres minutos, que se puede armar –ordenó Guerra a Alonso Puerta, que en la tribuna del Congreso defendía el artículo quinto de la Constitución, “La capital del Estado (que no de España, como quiso corregir Cela) es la villa de Madrid”, un “visto y no visto”, como dijo Puerta de su propia intervención.
Tras los chalaneos y madrugadas de Suárez, el del aeropuerto, y Tarradellas, el del aeropuerto, pitagorines y arbitristas se pusieron manos a la obra: lo esencial era desmochar Castilla (fuera Santander y fuera La Rioja), para evitar… ¡una Grande Prusia!, y dejar colgada Madrid, porque “la ‘descapitalización’ es una forma de ‘decapitación’ de la unidad nacional”, dicho por Aguinaga, 96 años, decano de los cronistas de la Villa, que el otro día pronunció una lujosa conferencia sobre el asunto, “Madrid, Región Capital”, con todas las gerundiadas que los personajes de la Santa Transición cogitaron contra Madrid, desde el demógrafo Leguina (“la Comunidad de Madrid es una región metropolitana”) hasta el jurista Gallardón (“Madrid es centro del Estado”) pasando por Tierno Galván, que odiaba Madrid (quiso hacerse pasar por labriego soriano) y que en Barcelona contaba que en el franquismo “las madres se iban a dar a luz en otros lugares, a fin de evitar la vergüenza de que sus hijos nacieran madrileños”.
–¡Madrid ha dejado de ser capital! –declaró en la TV catalana.
¿Qué era, pues? Según Leguina, “un invento”, y según el editorial del periódico global, “una realidad artificial, condenada a la existencia por la negativa de las comunidades limítrofes a integrarla”.
–Madrid Región Capital es nuestro proyecto –redondeó el gallardonismo por boca de Cortés.
Pero un proyecto es otra cosa.
La pera
La propaganda presenta el Estado Autonómico como una construcción jurídica extraída del Derecho romano, y algunos propagandistas hasta imitan al Von Ihering que explica la misión peculiar de Roma en la historia universal:
–La historia de Roma comienza por una victoria sobre su propia nacionalidad y cuando llega a su cima tiene a sus pies, rotos y pulverizados, los pueblos de su época.
Nos venden que lo peculiar de España es “el autonomismo”. Pero el Estado Autonómico viene a tener el mismo origen chusco que el consejillo de subsecretarios previo al consejo de ministros.
En el primer gobierno de Suárez, el del aeropuerto, un empeño de Abril, ministro de agricultura, era subvencionar la pera limonera, contra la opinión de Lladó, ministro de comercio. Así un consejo y otro consejo, hasta que el vicepresidente del gobierno, general De Santiago, preguntó, con resolución castrense, si se iban a pasar los consejos discutiendo de la pera limonera, con la de cosas serias que había por discutirse. Y nació el consejillo de subsecretarios, a modo de cedazo para los asuntos del consejo de ministros.
En el 76 teníamos un Estado centralista de doscientos años y, con la cosa del pactismo, la idea era poner un piso a las “autonomías históricas” (?), Cataluña, Vasconia… y Galicia. Entonces un andaluz del Psoe propuso en la Junta Democrática un Estado Autonómico como agencia de colocación para la militancia de provincias.
–Coge un papel y mira a ver cuántas autonomías nos salen –diría luego Suárez a uno de sus arbitristas.
Aquí la pera limonera fue el “café para todos”, el reparto de la túnica de Cristo pasada por los sastres chinos que compiten con el Triángulo de la Moda de Tirso de Molina. Retales de una piel de toro que en realidad es de conejo (“Leporum generis sunt et quos Hispania cuniculos appellant”) y que ha exacerbado a los supremacistas catalanes.
Así que menos lobos autonomistas, queridos pollos peras, jurisperitos y demás peras limoneras de Ciudadanos.
Aniversario de la reconquista de Granada
527 años.
Y parece que fue ayer cuando los hombres del reino de Granada que fueran buenos tendrían acceso a un paraíso con ríos de leche y miel, y repleto de huríes vírgenes.
¡Hay que ver cómo pasa el tiempo!
He de reconocer que, en lo concerniente a los ríos, si la leche fuera de cabra payoya y la miel de Grazalema, el reinado moro de Granada me habría resultado atractivo, pero lo que no termino de entender es la dichosa manía de considerar a una mujer distinta o más apetecible dependiendo de si es virgen o no. Para mí está bien que sean huríes, pero como ya vamos sabiendo discriminar lo importante de lo accesorio, pues me quedo con que sean inteligentes y autónomas, o con voz propia, y, por supuesto, libres.
Aunque esto último las descarta definitivamente a la hora de ostentar el honor de ser premio paradisíaco para los hombres que sean buenos, el papel asignado a las huríes moras, o muy probablemente a las mujeres granaínas en general, huríes o no porque de toda habría, digo yo, de no haber reconquistado los nuestros Granada, no se compadece con nuestro objetivo de alcanzar la libertad política colectiva para la Nación española, y desearla para el mundo entero.
Al parecer, en esta ocasión no se han producido los incidentes de otros años en la plaza del Carmen. De un lado, cientos de personas con banderas de España, que representa a España, y a nada más, y de otro, un grupo de personas con banderas verdiblancas con estrella roja, muchas de ellas mujeres, huríes todas, aunque eso sí, sin velo y algunas con corte de pelo “al hacha”. En el centro de la plaza, una compañía de la Legión participa en la celebración y canta su himno. Los novios de la muerte morirán sin dudarlo en defensa de nuestra libertad e independencia, incluida la de las huríes de la estrella roja, pero hoy les dirigen una sonora indiferencia.
En el panorama partidocrático, cada uno a lo suyo. Algunos viejos, PSOE, en contra, viva la multiculturalidad, y otros, el PP, a favor, con el nuevo, VOX, haciendo un despliegue discursivo de acuerdo con sus intereses. Al resto se le supone con los de la estrella roja; el grupete de huríes y candidatos al paraíso de los dichosos ríos. Todo sea por los intereses de los caciques de la oligarquía partidocrática.
Viva Santa Ideología, patrona de todo lo visible y lo invisible. Protectora, sobre todo, del “otro”, es decir de los que no son españoles.
Desde Sevilla, la capital del estadito andaluz, una mayor indiferencia, y lejanía. Sobre todo, si se trata de ir a Granada, o a Almería, en tren. Aunque en este punto Extremadura casi que va ganando, pero se trata de un estadito distinto. Lo realmente importante para la sultana sevillana saliente es Ahmad Infante, inicialmente también conocido como Blas. A éste sí que hay que celebrarlo, y ensalzarlo, dado que es el padre de la cosa patriótica del estadito andaluz, y además se convirtió al Islam. Vaya por Dios. ¡No quiero pensar cuál sería su postura respecto a la celebración de la Toma de Granada!
A Isabel la Católica, que contempla desde su sepulcro en la Capilla Real a las huríes de la estrella roja con aún más indiferencia que los legionarios, nada de nada. No importa su testamento abogando por la consideración de personas libres de los indios americanos o el respeto a su lengua.
No importa su gesta, que condujo a la reunificación de España, ni tampoco importa que, de no haber sucedido, la realidad de España como hecho de existencia sería bien distinta hoy, desde Zahara de la Sierra hasta Almería, que cayó antes.
¡Qué sería de Trevélez o del almeriense Serón! Ojú, me erizo, nada más que de pensarlo. Prueben, prueben sus jamones y embutidos. En mi familia, en mi Totana natal, se celebraban sobre todo los de Serón, a los que se les atribuían chorreras.
Que las huríes de la estrella roja, y los hombres que las acompañan, digan lo que quieran, pero sí hay que celebrar la Toma de Granada, y mucho.
Yo seguiré celebrándola todos los años. Como también seguiré defendiendo la unidad de la Nación española y luchando para que alcance la libertad política colectiva.
Supremacismos
En esta España del 19 superviven dos supremacismos del XIX: el vasco, trágico en números redondos, y el catalán, final y tragicómico: trágico en sus efectos, pero cómico en sus causas.
Pompeyo Gener (“yo era rico y no encontraba a nadie que supiera más que yo”) es un supremacista atmosférico: cree que un oxígeno que él respira en Barcelona lo hace superior a los cretinos que respiramos en Madrid.
–El aire de Madrid es pobre en oxígeno, especialmente ozonizado. Así la raza decae, y hasta la estatura mengua al cabo de algunas generaciones.
Torra Pla, con su aire al Canijo de “Érase una vez el hombre”, es un supremacista racial: cree que el catalán es genéticamente superior a los demás españoles.
Y el Barça de Vázquez Montalbán es “més que un club” como Rivera y Valls (o como Girauta y Toni Roldán) son “més” que Abascal y Ortega Lara. ¿Por qué? Por el supremacismo moral que da Barcelona y no Burgos.
Aplicado a su idea de democracia, que es la orgánica, ese supremacismo moral se manifiesta en el establecimiento de “cordones sanitarios” contra quienes no piensen como ellos, un invento del señor padre de Proust para aislar de la peste a las ciudades. Los apestados, como los fascistas, o como el infierno sartreano, siempre son los otros, y a esto se reduce la quincallería cultural que nos trae de Francia el “galo” Valls, martillo de gitanos dálmatas como ministro de Hollande (¡de Hollande, no de De Gaulle!) y martillo de herejes socialdemócratas como alcaldable de Rivera. Ayuno de lo que es democracia y ahíto de lo que lo parece, su “regeneración democrática” pasa por… “pactos de Estado entre constitucionalistas”. La democracia sólo es una forma de gobierno, pero en Valls se convierte en una forma de Estado. ¿Qué Estado? Lo mismo da. Él juró por la República francesa y jurará por la Monarquía española, pues el objetivo es la “résistance”. Es un hércules macroní (de Macron) llamado a limpiar los establos de Augías de la corrompida política fascista.
La osadía y el desconocimiento, antología del desatino.
Casi todo hijo de vecino critica a los Estados Unidos de América por el hecho cierto de haber elegido a quien por donde vivo llamamos “sayón”. Me refiero a ese hombre de tufo raro que se apellida Trump. También clamaron al cielo cuando fueron agraciados los Bush o el actor metido a político, ¿se acuerdan de Reagan? De manera muy distinta fueron acogidas sendas elecciones, las de los deliciosos Jimmy Carter y Bill Clinton; y sin duda la que más aplausos cosechó fue la del elegante, distinguido y excepcional orador, Barack Obama.
La lógica española, capaz de desarrollar batallas ideológicas tan acaloradas como fútiles, cuando es la “no ideología” la que subyace en todas nuestras facciones políticas, empeñadas por ello en simular posiciones irreconciliables, afanadas en separar la harina del azúcar una vez mezcladas en el bol del consenso, alentadas por las crédulas hordas de correligionarios que juran ver lo que no existe, que creen en el milagro que no se produce, distingue entre buenos, si defiendan ideas que adulan a la dictadura de lo políticamente correcto, y malos si la agreden.
Bajo este prisma la visión política de los españoles no puede escapar de la infancia, y no es de extrañar que quienes defienden sin ambages, a las claras, los beneficios yanquis – si no es que en esa tierra los persiguen todos con el mismo vigor – despierten más antipatías en una sociedad como la nuestra, que se apasiona con lo insustancial de lo público, porque desconoce que la política es ciencia y por ello llena de racionalidad. A diferencia de lo que nos ocurre, los presidentes que se han ido sucediendo en sus ya más de 200 años de democracia, si algo han tenido claro es que la libertad política de su pueblo les exige buscar la grandeza de su país, en detrimento de quien sea que se cruce con sus intereses, que ni la patria ni la nación son moneda de cambio, que no hay paños calientes que poner en las decisiones que verdaderamente importan en el seno de una sociedad que es y se siente realmente libre, por dolorosas que resulten a otros. Considerar que un país democrático, el único con democracia formal real en el mundo, el único que ha alcanzado su libertad política colectiva, deba ser criticado en mayor o menor medida según a quien haya elegido para guiar sus designios, cuando posee la facultad de desdecirse de lo dicho y deponer a quien ha puesto tras cuatro años, si no es que la situación aconseja hacerlo antes, según prevé su Constitución, es propio de niños incapaces de rascar más que en la superficie de las cosas.
Aplaudir, si es demócrata el elegido, y arremeter contra el sistema americano, si es republicano el presidente, no deja de ser una estupidez, y al contrario diría que también, si es que al contrario también ocurriera, cosa que no ocurre, al menos con la fuerza que se necesita para que trascienda. Los estadounidenses no piensan en el bien o en el mal del mundo cuando votan. Quizás sea esa la hipócrita manera de entender el fundamento del voto que nos es propia. Quién sabe de las causas que remuerden las conciencias que dan la confianza – quien lo haga, que yo no, porque yo no voto – a quien defiende tus intereses a sabiendas de que perjudican los de otros, y del motivador consuelo que sienten los que otorgan su voto a quien defiende lo ajeno, incluso si perjudica lo propio. Tal es la confusión en la que nos tiene sumido el estado de partidos, confusión que alumbró la socialdemocracia que impera en todas sus facciones, que una acto privado nuestro subconsciente lo convierte en público. Complejos y prejuicios llenan el alma de los siervos españoles, mientras que el pensamiento de una nación libre, libre porque consiguió su libertad por sí misma, sin que nadie se la otorgara, libre porque el colectivo así se sintió al decidir la forma de organización estatal que quería y la de gobernarse que más le placía, no tiene tan torticeros y enredados modos de conducirse. Los votantes norteamericanos no piensan más que en sus intereses personales, ni siquiera colectivos como nación, es que no pierden el tiempo en intentar entender entelequias como el bien común. ¿Por qué digo esto? Porque conocen su sistema electoral, conocen el sistema democrático que en Filadelfia se dio a si mismo tras el periodo de libertad política colectiva que sucedió a la Guerra de Independencia. Lo digo porque saben muy bien que si el 51% de los votos va a parar a un nombre, el resto de los votos no sirven de nada, y será la personalidad que responda a ese nombre quien gobierne por un periodo de 4 años, teniendo enfrente, vigilantes, a los jueces y al Senado. Lo digo porque sabe que los votos sólo dan fuerza, no tienen inteligencia, ni poseen cualidad ni grados de moralidad, dignidad u honestidad según a favor de quién se emitan. Quien en democracia vive conoce su naturaleza, el gobierno de las mayorías frente a las minorías, y que la suma de más votos, todos iguales sin cualidad alguna, no hacen más que dar “directamente” el poder a quien alcanza la mayoría absoluta. Sencilla regla aritmética que fundamenta la mejor forma de gobernarse una nación hasta la fecha descubierta por la humanidad, y creo que algunos años de historia son los transcurridos.
Mantener la tesis que yo niego, la que defiende la dignidad del voto, la nobleza del voto, la altura moral del voto de este o de aquel sector, de ideario tal o cual, sería tanto como afirmar que en un sociedad libre, verdaderamente libre, dueña de su futuro, la mayoría de la ciudadanía es digna hoy e indigna mañana, siendo la misma y teniendo la misma libertad de decisión. Semejante “melonada” se puede afirmar sin ser tomado por iluso o bobo en un lugar que aparenta ser libre, que aparenta tener criterio, se puede afirmar en el mundo de “matrix”, en el fingido mundo el español, al que se hace tan cuesta arriba aceptar lo que el velo esconde que prefiere actuar <> fuera de otro modo.
En Europa no llegamos a entender, pero menos en España, que allí se elige y se depone, que allí se gobierna a pesar de los otros poderes – casi nunca con su beneplácito- que allí se hace política – que no consenso – que allí se defiende a quien te vota, guste o no guste, si se aspira a permanecer en las esferas del poder político tras las siguientes elecciones.
Criticar a la única democracia formal del mundo por sus vicios y perdonar los propios, pasando de puntillas sobre la cuestión de fondo, que no es otra que nuestras reglas de juego son las de una oligarquía de partidos barnizada de democracia, obviar que es allí donde hay representación política de los ciudadanos y separación de poderes, para mayor tranquilidad de la nación americana y prosperidad si hay acierto en las jugadas de los gobernantes, mientras que acá tenemos representación política de los partidos – que no de los ciudadanos – e inseparabilidad de poderes, sustituida de manera grosera por una mera separación de funciones, para mayor desgracia de los ciudadanos que se dejen engañar y mayor intranquilidad de los que sí son conscientes del engaño, no demuestra sino torpeza y falta de perspectiva. Y sin embargo son multitud quienes se entregan al vicio de vilipendiar las decisiones propias del pueblo norteamericano, sin mirarse a sí mismos, sin sentir vergüenza de las carencias propias, claro que en innumerables casos ni conscientes de ellas son.
A veces pienso si no será imposible que la nación española se logre librar alguna vez de la servidumbre a la que voluntariamente se somete, si aborrecerá de su gusto por creer en el régimen de partidos. Partidos que no hacen sino maltratarla, que se han apropiado del poder mientras presumen de lo que no son garantes, de un sistema democrático, pues no hay democracia donde el pueblo no es dueño del poder, donde no es quien lo otorga en préstamo, donde le ha sido robado, donde gracias a la usurpación del poder consumada por los partidos estatales, y mientras funcione el engaño, pueden someter a sus caprichos a la nación.
Pero tenemos otra fórmula para gobernar, la democracia. ¿Trump? ¿Qué le dice el pueblo estadounidense a Trump? Algo que ni en sueños podremos decir al gobernante de turno en España hasta no sean los partidos estatales los dueños del poder, mientras mantengan a las masas integradas en el estado, mientras anulen la conciencia de nación, dividan, encizañen y confundan a la sociedad civil. Le dice algo muy sencillo: “Mientras usted sirva a los intereses mayoritarios de los EE. UU, será respaldado, incluso reelegido, importando poco que su política sea más o menos correcta a los ojos del resto del mundo. Si empeñado en continuar no cumple, o es otro quien entiende mejor las preocupaciones y ocupaciones de nuestra nación, será despedido con cortesía en las urnas, y el pueblo norteamericano seguirá adelante con quien se haya hecho merecedor de su confianza, pues es un pueblo libre y soberano, siendo usted solo su empleado”.
Si alguna vez el pueblo español lograra enfrentar desde un plano superior a los suplicantes de poder que acuden a él, estatus que sólo otorgaría una Constitución verdadera…. si ese día llegara … solo los mejores conseguirían su gracia. ¿Acaso alguien en su sano juicio, teniendo todos los recursos para elegir, se rodea de lo peor? Y si un mediocre consiguiera engañarlo, ¿qué preocupación le acarrearía? Ninguna, ¿acaso preocupa a un empresario contratar a un inepto cuando lo puede despedir a la menor muestra de traición, de incompetencia o de incumplimiento del contrato?, ¿acaso ha de conformarse y aceptar servilmente la situación? No, ¿verdad? Notable diferencia con la situación que atraviesa España.
Deseable sería la prudencia al enjuiciar a una nación democrática, pero más deseable, si cabe, profundizar en el autoconocimiento y en las enseñanzas de quien ya hizo ese camino. Solo así seremos persuadidos de la distancia abismal que separa al gobierno oligarca que sufrimos de llegar a ser democrático.
La última
Comer y beber. Cenamos en Nochebuena como si fuera la última cena y trasegamos en Nochevieja como si fuera el último trasnoche. Vivimos como los bonobos del Congo, consagrados al tedio del amor libre por sobra de comida… y por falta de macho protector (los bonobos lo despidieron ante la ausencia de enemigos exteriores).
–Comemos, dormimos como animales en una granja próspera y bien surtida: comer y dormir, sexo: ¡la granja de Occidente! –lo resumió Jean Clair–. No hay ninguna emoción en las vidas de la mayoría de los ciudadanos del mundo próspero, y eso se refleja en el arte de hoy: a lo máximo que aspira es a ser divertido. Y lo que teme todo creador hoy es ser aburrido… ¡Qué ambición! ¡Qué gran misión para el artista!
Entramos al 19, un año muy divertido, al decir de Dalmacio Negro, un español que piensa en alemán, como mandaba Ortega (“pensar es una erección y yo todavía pienso”), y así se lo dijo a Octavio Paz en el “Hôtel du Rhône” en Ginebra:
–Aprenda el alemán y póngase a pensar. Olvide lo demás.
A Negro, que se explica en “Disidentia”, el movimiento de los “gilets jaunes” le recuerda el de la plebe romana contra los senadores retirándose al Aventino para conquistar la libertad política colectiva y las de la bourgeoisie contra las Monarquías despóticas.
–Por primera vez en la historia de Francia, Macron, adoptando una actitud monárquica, ha cerrado París, el centro de irradiación del Estado, al pueblo francés.
Buen propósito de Año Nuevo, aprender el alemán, hasta que lees en un periódico que “los fantasmas del nazismo vuelven a la Filarmónica de Viena” porque Christian Thielemann, enemigo de la corrección socialdemócrata, dirige por primera vez el concierto del Musikverein. ¿Cómo reaccionarían estos gandumbas, si vieran a Thomas Bernhard definir la socialdemocracia al decir que “se ha creado, insistiendo en los más absurdos derechos, una sociedad de estúpidos de todos los colores que, escudándose en miles de blasfemias democráticas, decide sobre el derecho y la legalidad”? Bernhard cree que no hay un sucedáneo para nada. Ni siquiera para los tontos.
–Podría montar en bicicleta, pero ¿cree que eso puede sustituir algo?
Haraquiris
En la socialdemocracia todo es mentira, menos lo malo, y cuando se abre un costurón (“la extrema derecha”, ahora) la culpa nunca es del consenso, sino del chachachá.
–La culpa fue del cha-cha-chá. / Sí, fue del cha-cha-chá / que me volvió un caradura / por la más pura casualidad.
En Andalucía los alipendes de Ciudadanos piden al socialismo que se haga el haraquiri de abstenerse a fin de que el picarón Juan Marín pueda desmontar un régimen de cuarenta años, con el sorayo Moreno de Verde Luna a su lado, sosteniendo un solo de corneta de la “Madrugá” para darle marcha a la “regeneración democrática”.
El haraquiri es un ritual japonés de suicidio por desentrañamiento sacado del bushido, el código samurái traducido por Millán Astray para su reglamento legionario. Pero los haraquiris políticos no existen: sólo son mitos propagandísticos. Así, el mayor hecho revolucionario de la Revolución francesa, que no son los crímenes de la Bastilla, sino la abolición formal del feudalismo mediante los juegos de manos (“de la ley a la ley”) del marqués de Noailles y del duque de Aiguillon (Armand Désiré, que invadiera Versalles disfrazado de verdulera): lo que se presentaba como una generosa renuncia aristocrática (¡el haraquiri de la nobleza!), con muchos “mueras” al Antiguo Régimen, sólo era una operación financiera para convertir en capital circulante el inmovilizado feudal, asunto esclarecido por Lefebvre, historiador marxista y, sin embargo, genial, que acuñó el decisivo concepto historiográfico de “mentalidad colectiva”.
Otro falso haraquiri político es el de las Cortes franquistas de la Reforma de Miguel Primo, pacto en pro de una “democracia gobernada” entre el miedo de los que estaban y la codicia de los que llegaban, base del terror que aún inspira en la derecha la posibilidad de parecer facha.
En C’s, cuya cultura de la Transición son las citas de Sabina que hace Rivera, creen que Sánchez es su Aiguillon o su Primo, y Susana Díaz, Mishima de Triana.











