Los regímenes europeos están basados en ciertas reglas arbitrarias que nacen y resisten al principio solo con la voluntad de los fundadores. Gerhard Leibholz era consciente de que en el parlamento alemán nacido después de la Segunda Guerra Mundial no existía la representación política. Los fundadores del estado de partidos en España en el año 1978 también sabían que estaban eliminando la representación política. Pero tales abusos no pueden durar cuando se opone la inteligencia. Para evitar que las generaciones sucesivas practicaran el revisionismo, los fundadores emplearon una estrategia de sacralización y adiestraron a sus sucesores para que respetaran el culto a lo sagrado, porque donde reina lo sagrado no cabe la crítica. Un narrador debe ser inteligente para procurar la idiotez de sus personajes y el cuerpo de legisladores e ideólogos de las oligarquías construyeron un sólido evangelio de falsedades que reemplazaría la capacidad intelectual de la clase política.
Los creadores del sistema programaron así la muerte de la inteligencia y, efectivamente, muere al llegar a las puertas sagradas de los parlamentos de Europa continental. La estrategia es eficiente en cuanto puede sumar no solo a individuos cínicos o psicópatas. Gracias al procedimiento de sacralización, los cuatro o cinco oligarcas que dominan el estado se persuaden de que luchan por los intereses de la gente sustituyéndolos por los suyos. Sin posibilidad de crítica y sin necesidad de ella, la clase política procura engañar su conciencia para no perturbar su sueño.
Algunos bienintencionados defensores de la partitocracia piensan que son necesarios los partidos a sueldo del estado esclavizados por un jefe para construir un discurso unívoco y evitar que se «diluya la ideología». Si no fuera así, tal como supuestamente sucede en Gran Bretaña o Estados Unidos, la gente ya no sabría a quién votar porque no sabría con qué partido identificarse. Esta actitud me parece tan inteligente como si un preso en un campo de concentración agradeciera que los guardianes llevaran uniforme y pistola porque, si no, no sabría a quién obedecer. La identificación psicológica, sin embargo, es un mecanismo primitivo y acrítico que forma parte del proceso de la adicción a lo sagrado y conduce a la incapacidad para comprender o para aceptar las verdaderas causas de los fenómenos.
Muerte a la inteligencia
El pelo
Ilustración y Revolución (francesas, por supuesto) promete Girauta (“nosotros venimos a regenerar España”) desde el extremoso Centro.
De la Ilustración se ocupa el homeópata Toni Roldán (“Os inoculo la locura”, hace gritar Nietzsche a su Zaratustra), y la Revolución sigue pendiente, como la dejara Girón, si bien en el Estado de Partidos los españoles estamos ya como Luis XVI a las siete de la mañana del día final, que solicitó cortarse él mismo el pelo y le dijeron que no. El pelo, aquí, sólo lo toman ellos.
“Ellos” son todo lo que no sea populismo, o lo que los tertulianos llaman “soluciones simples para problemas complejos” (¡navajas de Ockham de Albacete!), como por ejemplo esa fórmula casposa de “un hombre, un voto”, que no hay manera de entrarla en una mollera ilustrada, pues ¿en qué cabeza cabe que el voto de un lector de Roncero en Burgos o Soria valga lo mismo que el de un lector de Pinker o Peterson en Madrid o Barcelona? Nadie puede tomarse la democracia tan al pie de la letra.
Rangel estudió las coincidencias y simpatías tácticas entre cristianos y comunistas allí donde se producían. El fracaso en el socialismo real de las promesas marxistas de abundancia material una vez liberada de la atadura del beneficio la economía hizo que los comunistas dejaran de prometer la abundancia para convertirse en apologistas de la pobreza ejemplar y compartida como alternativa al consumo capitalista, un colectivismo fraterno y desinteresado que los nuevos liberales han comprado. Ese paraíso solidario está al caer, siempre, claro, que no voten los pobres.
La solución simple al problema complejo del populismo es prohibir que voten los pobres, y los centristas están en un tris de proponerlo.
Mientras hablamos del Falcon y de Errejón (¡de Errejón!), el sanchismo, impasible, cumple lo que tiene mandado (y editorializado por el periódico global en junio del 16): un monstruo federal (¡la España proudhoniana!) de “hechos consumados” con la conchabanza de todos.
Patrañas
Decir lo contrario de lo que se piensa (o peor, de lo que se sabe) con intención de engañar, era en el Ripalda mentir. Y no hacen otra cosa los medios.
La penúltima patraña mediática, que hubiera avergonzado a Willi Münzenberg, es la de unos escolares católicos de Kentucky burlándose en el Lincoln Memorial de un activista indio después de una Marcha por la Vida en Washington, cuando la realidad era exactamente al revés.
–Si miras “Tiburón” marcha atrás, resulta que es una película en que un tiburón vomita gente hasta que abren una playa.
La justificación de la salvajada es que “algunos chicos llevaban gorras de Trump“, y ya se sabe que la misión de los filántropos de los media (Bezos, Slim, Soros…) consiste en “salvar la democracia”, pues a Trump lo hicieron presidente los “hackers” de Putin. Como “salvar la democracia” es, al parecer, la misión de algunos jerarcas de la iglesia, que, en franco repliegue mundial, se apresuraron a condenar las acciones de sus estudiantes (¡que no habían existido!), “y extendemos nuestras más sinceras disculpas al señor Phillips” (¡el activista agresor!).
Con estos periodistas y estos obispos abrazados a la mentira como arma revolucionaria, ¿qué necesidad hay de “hackers” de Putin?
Bertrand Russell no era un meapilas, y prefería ver el mundo convertido al cristianismo que al marxismo (“el credo marxista me parece más repelente que cualquier otro que haya sido adoptado por las naciones civilizadas, con excepción, quizá, de los aztecas”). Pero este “patrañeo” va más allá: se llama socialdemocracia, y no abreva en Marx (demasiada lectura), sino en Rousseau, cuyo “Contrato social” (libro IV, capítulo VIII) establece como ideal del jacobinismo la imposición por el Estado de un credo laico: una profesión de fe civil, de la que corresponde al Soberano, que son los medios, fijar las patrañas, no como dogmas de religión, sino como sentimientos de sociabilidad, sin los cuales es imposible ser buen ciudadano. Ni súbdito fiel.
Seducción
Una casa de apuestas serbia ha encerrado en un ascensor, para un anuncio, a Ronaldinho, famoso por su saldo bancario de seis euros, y a Angjelka Tomasevic, una “top model” digna de un emperador, y el resultado ha sido el redescubrimiento de la seducción, un fogonazo de magnesio en las tinieblas culturales que conspiran contra el milagro, el misterio y la autoridad.
–Las mujeres vamos a acojonar de tal manera a los hombres que no va a haber forma de ligar –avisa Carmen Maura, la actriz que españolizó con un zancarrón jamonero el boomerang primigenio de Kubrick en “2001”.
Aquí la última vez que se estudió la seducción fue en el 92 con Charo Pascual, que escribió un “Sedúceme otra vez” que parece el “Examen de ingenios” de Juan de Dios Huarte, por lo que el Santo Oficio mediático encerraría hoy a los dos.
Charo Pascual fue Mujer del Tiempo y tenía enamorados a Juan Cueto (como a todos los demás) por su forma de explicar las isobaras con las manos a la espalda. A mí me pasó con las manos de Charo Pascual lo que al Caballero Audaz con las orejas de Cleo de Merode. ¿Y si no tenía manos? Le pedí una entrevista, y la condición que me puso fue que ella se situaría a mi espalda.
Un día Carretero preguntó a Cleo si su peinado, que impuso como una moda mundial, era una forma de cubrir su falta de orejas, y ella, “con un ademán enérgico, se alza las dos masas de cabellos de endrinas y me muestra sus orejas: dos conchas diminutas, blanquísimas, como cinceladas prodigiosamente en nácar vivo…”
Otro día Charo Pascual, que era física teórica, marchó a Londres no de camarera, como los licenciados de hoy, sino de monja, marcándose así un Mondeño que nos dejó ojipláticos. Menos ostras y más gachas, fue su consigna mística, pero ya no estaba el cotilla de los místicos, Sainz Rodríguez, para explicárnoslo.
–La cultura inglesa es la más sensata y en Londres no me conoce nadie.
Si se sabe leer en los posos del té, Charo Pascual fue el primer anunció del bendito Brexit.
Bad Men
La sociedad, decía Emerson, que era bostoniano, como las “gillettes”, conspira por doquier contra la hombría de cada uno de sus miembros, y para un hombre el drama comienza hoy muy de mañana, al afeitarse, razón por la cual todos prefieren dejarse una barba de Carpanta, tal que el carrilero Carvajal o el político Maroto.
No es fácil dejarse barba una vez cincuentón, pues, como diría un nihilista ruso, la segunda mitad de la vida de un hombre se compone por lo común sólo de aquellos hábitos que ha ido adquiriendo durante la primera mitad. Claro que para el nihilismo ruso uno debe estar siempre de pie como “un ejemplo y un reproche”…
–Mais, entre nous soit dit, ¿qué puede hacer un hombre predestinado a estar de pie como “un reproche” sino sentarse?
Los machos son malos por naturaleza, ha dicho “Jean-Jacques” Maroto, el hombre-reproche de nuestra derecha mitopoética, en esa convención para la actualización española del “Iron John”, aquel manifiesto de la masculinidad ochentera del poeta Robert Bly, luego estirado por “La nueva masculinidad” de Moore y, oh, justicia poética, Gillette, que contestaban la pregunta a Bly de un joven en TV: “¿Dónde están hoy los verdaderos hombres?” Corría 1990.
Que la mayoría de los hombres, en efecto, no son buenos ya lo dice Maquiavelo, el Maroto florentino, por lo que “aquél que desee conservar su personalidad” ha de aprender a no ser bueno en algunas ocasiones. Vamos, que es mejor ser un príncipe malvado que dejar de ser príncipe, como bien ha aprendido, por ejemplo, Sánchez, que anuncia un Plan de Lucha contra los Delitos de Odio que suena a Laica Congregación de la Progre y Universal Inquisición que en España da un juego increíble.
En apoyo mitopoético de Maroto está lo de Madison en “El Federalista”:
–Si los hombres fueran ángeles, no sería necesario ningún gobierno. Si los ángeles gobernasen a los hombres, no sería necesario ningún control del gobierno.
Maroto, ese vasco castellanizado. Como Zuloaga. Como Unamuno.
Recuerdo de Francia
Francia es un país que no deja nunca de sorprender. Siendo de una cultura predominantemente de izquierda en su tradición ilustrada, los franceses muestran un gran apego a la tierra y a sus tradiciones. Eso explica, por ejemplo, esa pasión tan gala por el bricolaje, y que lleva a que haya gente que se compre un terreno, y se construya su propia casa con la ayuda de amigos; en este sentido, pude asistir en el pueblo de Moulès (cerca de Arles) a una fiesta de la transhumancia con motivo de la primavera, en la que el ganado atraviesa el pueblo acompañado de gente vestida con los trajes tradicionales, y se realiza una bendición de los corderos, al tiempo que la gente hace un mercadillo de carácter anual para vender cosas viejas con fines benéficos (Es de ese mundo periurbano de donde surge el movimiento de los gilets jaunes, las clases medias olvidadas por la izquierda socialdemócrata, cuyo harto elevado pago de impuestos no se corresponde con los servicios sociales recibidos, y que han adquirido conciencia de que el trabajo duro y el ahorro ya no es una garantía de prosperidad para ellos, por lo que han usado del ya medieval derecho a la resistencia al soberano, como afirma Dalmacio Negro).
Esta realidad podría arrancar, quizás, la sonrisa de algún pseudointelectual urbanita con el codo hecho a la barra de los pubs, lo que sería ejemplificador de lo que he vivido en España desde mi infancia, en la que recuerdo que se hacía burla de la figura del “cateto” (era uno de los disfraces de carnaval favoritos, y un tipo parodiado en canciones humorísticas), como representante del mundo rural que no sé por qué, parecía asociarse indisolublemente al Franquismo en esos primeros años de la llamada Transición, en los que se ensalzaba a un homo nouus urbano, ligado al frívolo brillo de candilejas culturales de los primeros años 80, y en trance de volverse “progresista”. Otro, sin duda, de los falsos dilemas impuestos por el camelo de la Transición; en Francia, al menos, la gente puede elegir directamente al Jefe del Estado en elecciones a dos vueltas (y no como aquí, donde hemos tragado con la forma de Estado sin haber podido decidir sobre ella por separado en el pack podrido que nos vendieron), y la libertad política no se encuentra secuestrada por el sistema electoral proporcional de listas y sus partidos, consagrados por la Constitución del 78 como órganos de un Estado sin separación de poderes, y, por tanto, sin auténtica democracia.
Inseparable de ese amor por el campo, me parece la enorme afición a los toros que existe en el sur de Francia: carteles, grafitis, “ferias”, corridas (maravilloso el coso existente en el anfiteatro romano de Arles), las llamadas courses camarguaises, secciones en las librerías dedicadas a temas taurinos… Allí pude hojear un libro extremadamente interesante, Nous n’irons plus à Barcelone, “No iremos más a Barcelona”, que recogía las aportaciones de diversos profesores universitarios franceses en un coloquio celebrado en Arles poco después de la prohibición de las corridas promulgada por la Generalitat catalana (que atribuían a “la fiebre nacionalista, la anti-España, las circunstancias políticas, etc. Para imaginarse un futuro sin España, Barcelona debía reinventarse un pasado sin toros”), que pretendía refutar los argumentos del movimiento anti-taurino, y su base ideológica, el animalismo, entendido como “la doctrina que sitúa al Animal en general en el centro de las preocupaciones morales. El animalismo contemporáneo consiste, en efecto, no en tener una conducta respetuosa hacia las especies animales, sino a confundirlas a todas con inofensivos animales de compañía transformados en puros objetos fetiche. Por eso se ha podido decir que cuánto más se ama a los animales, menos conocidos y reconocidos son en su propia naturaleza. Se puede decir también que el animalismo, lejos de ser la prolongación del humanismo, es, en muchos aspectos, su negación”.
De Churchill al Brexit: Dos garrafales errores históricos
En 1925, siendo Winston Churchill Ministro de Hacienda, el gobierno de la Gran Bretaña decretó el retorno al Patrón Oro. Motivo para esta decisión era la idea de un ilusorio restablecimiento de la normalidad tras las perturbaciones financieras de la Primera Guerra Mundial, así como la voluntad de cumplir compromisos con acreedores y clientes de la City. Por detrás de estas consideraciones de buena práctica mercantil se hallaba la ambición patriotera de que Britannia volviese a ser alguien en el mundo. Hablar con voz propia, restaurar las doctrinas económicas que le habían permitido convertirse en líder de la Revolución Industrial y edificar el mayor imperio ultramarino del planeta: ese era el destino manifiesto de la Union Jack, y había que seguir la hoja de ruta. Sin embargo, ni Winston Churchill ni los financieros de la City se daban cuenta de lo mucho que había cambiado el mundo como resultado de la guerra de 1914-1918. En una Europa débil y desbordante de divisas devaluadas con las que los especuladores hacían su agosto, la brutal política de revaluación de la libra esterlina desencadenó la peor crisis económica de toda la historia de la Gran Bretaña. Sus industrias de exportación, antaño pujantes, sufrieron un daño del cual jamás llegarían a recuperarse.
Suena actual, ¿verdad? El Brexit, con sus disrupciones en el entramado de normativas y acuerdos que conforma el orden económico europeo, tiene potencial para producir unos efectos igual de perniciosos que el restablecimiento del Patrón Oro hace casi un siglo. De repente, vuelve a haber una frontera en Irlanda del Norte y otra en el Paso de Calais; la gente tiene que formar en fila y pasar por ventanillas para exhibir pasaportes y visados, firmar manifiestos de embarque, impresos aduaneros, declaraciones, documentos y el resto de toda esa parafernalia burocrática típica del tránsito transfronterizo. Las empresas industriales de los países limítrofes (Francia, Bélgica, Alemania) llevan décadas funcionando con sus partners británicas en régimen de just-in-time, perfectamente cronometradas para la entrega de suministros y el transporte de productos. Imagínense lo que representa para ellas el nuevo estado de cosas. Algunas cámaras de comercio han hecho estudios en los que se demuestra que un retraso de solo dos minutos en la frontera -para trámites de rutina- supondría la formación de colas de camiones de hasta 35 o 40 kilómetros. Por no hablar de los acuerdos comerciales, los aranceles, el cumplimiento de normativas de producto y, finalmente, el apartado más gravoso de todos, la operativa de cambios de divisa y transacciones financieras internacionales.
¿A dónde lleva todo esto a la Gran Bretaña? Nadie lo sabe. En cualquier caso, no al añorado escenario de grandezas pretéritas, seguridad interior, prosperidad y libertad que ambicionan los partidarios del leave. El resultado será una situación tan caótica y deprimente como las consecuencias económicas de Mr. Churchill con su decretazo financiero de 1925, expuestas en el inmortal ensayo escrito con el mismo título por el pragmático y sagaz John Maynard Keynes. Interesa decir que al cabo de poco tiempo, durante la recesión de los años 30, a la Gran Bretaña no le quedó otro remedio que dar marcha atrás, devaluando la libra y abandonando definitivamente el Patrón Oro.
Churchill supo pagar la deuda histórica contraída por su metedura de pata con el Patrón Oro -así como otra anterior por el desastre de Galípoli- con inapreciables servicios de liderazgo durante la Segunda Guerra Mundial. En la Gran Bretaña de nuestros días se aprecia un vacío de talento político que ya de entrada invalida cualquier pretensión de apoyar el Brexit para escapar de una corrupta e incompetente tecnocracia de Bruselas. La verdad es que lo que tienen en casa no vale mucho más: una camarilla de políticos de medio pelo que anteponen sus carreras personales al interés de la nación. Para sostenerse un día más en el poder enredan la madeja todo lo que pueden: negociaciones con la UE, planes B, mociones de censura, salvaguardias fronterizas, nuevos referéndums… Los únicos beneficiarios de esta frenética actividad son, como podemos suponer, los medios de comunicación.
El Brexit es una de esas cosas que parece enormemente compleja pero que en el fondo no lo es tanto. El error de la clase política británica consiste en no darse cuenta de que la voluntad popular -expresada en el referéndum del 23 de junio de 2016-, por prioritaria que sea en cualquier sistema democrático, también tiene sus limitaciones. No es capaz de ir más allá de la historia y de la razón de estado. Si una cosa no se puede hacer, da igual que votemos a favor o en contra. Las fuerzas de la economía y la geografía son perentorias. La voz de los muertos y las necesidades del presente siempre acaban imponiéndose de un modo u otro. En tal sentido, los ciudadanos británicos que se manifestaron a favor de la salida del Reino Unido de la Unión Europea vendrían a ser como los vecinos de aquella aldea brasileña que exigieron a la Cámara de Representantes de su país que se reuniese para derogar la Ley de la Gravedad, y así poder construir un pozo artesiano en la plaza del Ayuntamiento. No es fake news: lo leí en mi libro de Física del bachiller.
Durante los dos últimos años David Cameron, Theresa May, Jeremy Corbyn y otros prominentes miembros de la clase política británica han mantenido sus carreras políticas en torno a un nudo gordiano tan inextricable como la incompetencia de quienes intentan desmenuzarlo torpemente entre sus dedos. En otras palabras: estaban estafando al pueblo del Reino Unido, haciendo creer a la gente que un mandato popular tan simple como el del Brexit, pero con unas consecuencias tan complejas, puede ser implementado a base de los tejemanejes habituales del acuerdo consensual. Pero la realidad es tan simple como dura, y todos los escenarios se reducen a uno: si al final resulta que el Brexit es algo imposible, o tiene unas consecuencias tan desastrosas para la economía de Europa y del Reino Unido, entonces la única conclusión válida es que no debería hacerse, y ya está. No hay más vuelta de hoja. Puede cabildearse durante años sobre consultas populares, democracia, estrategias alternativas y protocolos de negociación con la UE. Todo eso no lleva a ningún lado. Lo que el Reino Unido precisaría no son intrigantes hábiles en el manejo de los tiempos, sino un líder honesto, da igual de qué partido, si conservador o laborista, con sentido de estado y valor para dar carpetazo al asunto aunque ello suponga renunciar a sus intereses personales y a su propia carrera política. Algo en esa línea sí que valdría la pena ver.
Romper el círculo vicioso
En una sociedad como la española, en la que cualquier referencia histórica es cutre, casposa y hasta fascista, defender la verdad (también histórica) es de intolerantes. Sostener la libertad colectiva -nada que ver con los disparates, desenvolturas u holganzas, que toleran el Gobierno, la judicatura y el legislativo- sino la verdadera libertad de nadie contra alguien y uno frente a todos; eso es falta de progresía y generosidad. Defender la individuación frente a la colección, eso es incivismo, insolidaridad y conservadurismo.
Proponer la verdadera democracia frente al teatrillo de las Cortes actuales, es plantear mitos y quimeras. ¿Democracia, para qué?, parafraseando a Lenin. ¡Esto ya es democracia! Insisten. No se puede pedir armonía y conciliación de derechos iguales para todos, hay que imponer la diversidad y especificidad de las minorías frente a las mayorías. ¡Eso es democracia! Insisten.
La convivencia es el valor en alza; lo ha señalado Felipe Borbón hace unos días. La compañía es más fuerte que la Libertad y la Democracia. Pero qué compañía o convivencia es posible, cuando las minorías no quieren; y las actuales minorías piden un respeto, que no guardan a la mayoría. El gran problema es resolver la cuadratura del círculo con “consenso”. El consenso es dar igual valor al cinco que al noventa y cinco por ciento.
El dominó no se cerrará con fichas mal colocadas. La libertad es el fundamento de cualquier sociedad decente, coherente y justa. NO puede haber convivencia donde no hay libertad y en España no la hay. Si las personas con poder confunden –interesadamente- a la ciudadanía, nunca corregiremos nuestros conflictos. Mientras sigan los politicastros, no saldremos de la ignominia y de la servidumbre. Por eso yo no voto. Y cuando conquistemos la Libertad, todo arrancará desde el principio, nada es intocable. La soberanía no se somete a barreras, o no es soberana.
Nuevas caras o nombres de quienes quieren vivir de la política, es otra trampa; nuevas ideas y planes de reforma, es otro ardid; nuevas consignas y lemas, es otro fraude. No caigamos en la complacencia y tolerancia; las ocurrencias no combaten los abusos previos, los enmascaran y nos distraen del verdadero propósito: alcanzar la libertad colectiva. ¡A por ella, ahora y siempre!
Tamara
Primero fue que Rivera, de Ciudadanos, dejaba a su novia, y ahora es que Tamara, hija de Isabel Preysler, parece enamorada de ese jefe liberal.
Con C’s, nuestro liberalismo deja de ser empírico y británico para hacerse alemán y trascendental: el desarrollo de un espíritu único a través de una serie de etapas necesarias, cada cual más elevada que la anterior. Llegamos al tatami liberal de Puerta de Hierro.
–¿Qué decir sobre el liberalismo en el amor? –pregunta Santayana–. Si hay una criatura ingenua entre los dioses inmortales, ésa es Eros: cuanto más libre e inocente sea el amor, más revoloteará y más alto subirá.
Las dos alegrías postreras de Trevijano, creador en el 74 de la Junta Democrática, fueron el toro que le brindó Morante en Las Ventas y la cena liberal que Preysler le ofreció en Puerta de Hierro, con velas a lo Kubrick (uno de los presentes le iluminaba el plato con el móvil), mientras pasaban páginas de la Revolución francesa hasta que Tamara, perdida, detuvo la escena para decir al invitado que se saltaba las fechas.
–Señorita, salto sobre las fechas porque este señor (y señalaba al Nobel Vargas) salta sobre los hechos.
Y entonces Preysler salvó elegantemente la cena (¡y el liberalismo!) con un beso de supremo afecto en la mejilla del viejo demoleón cuya única afición final fue la fisiognomía de lo nuevo: Iglesias, “que aplaude como un bebé en la cuna al ver a su madre”; Tania, “que se pone la bufanda como un pobre (los pobres no tenían abrigo)”; Rivera, “que es naíf”…
Rivera, en efecto, está contra la Nación (lo suyo es el Estado, como en Gentile), y en cuestión de fe, frente a la religiosidad de Tamara, que aportaría al centrismo la clase que le falta, él se dice… agnóstico, ¡como Huxley!, que inventó el término para no decirse ateo (“¿Que qué es un agnóstico? Lo contrario de un gnóstico”).
Si Cabarrús, una dama de Carabanchel, acabó con el robespierrismo, ¿por qué Tamara, dama de Puerta de Hierro, no podría acabar con el sanchismo?
Afeitarse
En plena conmoción por el anuncio de las hojas de afeitar contra sus clientes blancos, sale el New York Post con que en Hollywood la nueva tendencia para los hombres es… el pelo rubio platino.
¡El mundo en vilo a la espera de las represalias de Sarah Jeong, coreana del New York Times que una vez tuiteó “White men are bullshit”!
Vaya por delante que el primer hombre fue de barba y cabello rubios, pues por esta señal, según San Jerónimo, le pusieron de nombre Adán, que quiere decir “hombre rubio”. Pero Adán, además de esclavo del pecado, es esclavo de la moda, y si por moda no se afeita, obliga a los fabricantes a colocarle sus cuchillas a Eva, y lo hacen con ese anuncio de acosadores blancos que han de ser reconvenidos por hombres de otras razas, si se puede emplear el término, visto el Galileo que le han montado al “viejo loco” del ADN, el Nobel Watson. Tampoco a Galileo, repetía Gustavo Bueno, la Iglesia lo degradó por el geocentrismo, sino por el atomismo, que ponía en solfa el dogma de la transustanciación, esencia del catolicismo.
–Pero un día el ministro Ordóñez retiró la festividad del Corpus. “Esto es la revolución”, pensé. ¡Y no se han dado ni cuenta!
Esta América no es la de los “Founding Fathers” que conoció Francisco de Miranda, el español que participó en las tres revoluciones (por eso su nombre figura en el Arco de París) y que en su Diario de Viajes pondera, por cierto, entre otras cosas del doctor Franklin, “el javon famoso para afeitarse que se vende en Boston con el nombre suio”.
¿Tienen algo que ver esta batalla cultural de la rasura con los hombres que este miércoles animaban a los galgos en el corredero de Medina del Campo?
Mi abuelo hablaba de un barbero de su pueblo que escupía en la brocha para espumar el jabón, y a un perplejo le dijo:
–A usted, porque es forastero, que a los de aquí, como hay confianza, se lo hago en la cara.
Y se la dejaba que parecía “un cuadrilongo de papel fino de Génova, alisado con diente de elefante”.











