El consenso es el pulgón del oligarca.
Como el “diputado catalán” que describió aquí Fernández Flórez, el oligarca cuida al pulgón, lo saca por las mañanas, lo coloca en las plantas que son para él más sabrosas, le deja hacer allí lo que le da la gana: sorber el zumo, tomar el sol, pasearse, amarse… Luego lo recoge y lo vuelve a guardar en su galería. ¿Qué le exige a cambio de esto? Casi nada. El pulgón exuda un líquido azucarado del que el oligarca hormiguero es tan goloso que por conseguirlo y saborearlo descuida hasta el cuidado de sus propias larvas y deja extinguir la comunidad. ¡Y a ésas hemos llegado!
En el Régimen del 78, y a resultas de la corrupción moral, se solapan hoy dos consensos: el fundador, en el que ya sólo está Vox (y por eso ese partido es presentado por el sistema como antigualla de Recaredo), y el separatista, editorializado (“Pactar Cataluña”) en junio del 16 por el periódico global y bendecido por toda la partidocracia andante, aunque en la puntilla a la Nación (¡que es la Nación lo que estorba!) cada cabestro juega, de la Filosofía a la Academia, el papel asignado por los Floritos que nadie nombra.
–¿Naciones? ¡Huy, qué horror! ¡Qué fascismo más gordo!
Sólo el consenso separatista, que va ganando, hace “comprensible” a un adulto la existencia en la Constitución de ese “drógulus” metafísico del 155:
–Suponga, padre –dice el filósofo Ayer al cura Copleston en la BBC–, que digo “Hay un drógulus allí”, y usted dice “¿Qué?”, y yo replico “Drógulus”, y usted pregunta “¿Qué es un drógulus?” “Bueno, digo yo, no puedo describir lo que es un drógulus porque no es la clase de cosa que usted pueda ver ni tocar. Pero hay un drógulus justo detrás de usted, espiritualmente detrás de usted.” ¿Tiene eso sentido?
¿Tiene sentido la piñata Xavi-Casillas de la Concordia, si Xavi presume de “odiar al Real Madrid” como “te enseñan en Cataluña”? Sí, si hay Casillas que compran que el demonio del odio es… Mourinho, que pasaba por allí.
Pulgones
Concordia
Como sabemos por Almodóvar, Almodóvar, simplemente callando, privó a Franco de su “Dasein” heideggeriano (¡la existencia!), aunque en realidad de lo único que Almodóvar privó a Franco, buen aficionado al cine, fue de sus películas “douglassirk-escas”, gracias a lo cual el dictador murió tranquilamente en la cama, dejando expedito (“¡expedito!”) el camino a la reconciliación (¡la concordia!) que pedían… los comunistas.
Cuando un comunista siente que su final se acerca, manda a llamar a la Concordia.
–¿Qué es eso de derecha e izquierda reconciliadas? Falsa derecha y falsa izquierda.
La socialdemocracia, esa solución de las “mafias de guisadores” que la Europa cómplice del “Madurato” propone para Venezuela.
La “concordia” sustituye al “imperium” ya en los textos del período feudal, consagrándose a la muerte de Robespierre en el Directorio de Barras: “La pobreza es una idiotez; la virtud, una torpeza; y todo principio, un simple expediente”. En el lenguaje cuartelero de Napoleón: “El vicio (Talleyrand) apoyado en el brazo del crimen (Fouché)”.
–Siempre he pensado –escribirá un día el gran Tocqueville– que en las revoluciones democráticas los locos, no aquellos a quienes se da ese nombre por metáfora, sino los verdaderos, han desempeñado un papel político muy considerable. Y lo cierto es que una semilocura no viene mal en estos tiempos, y contribuye al éxito.
“Estos tiempos” son el 48, en cuyos “Recuerdos” incluye la fiesta de la Concordia: “Francia, Alemania e Italia dándose la mano. La Igualdad, la Libertad y la Fraternidad también…. La Asamblea, trasladada, en corporación, al Campo de Marte. Yo había metido unas pistolas en mis bolsillos, y mis colegas iban armados secretamente: un estoque, un puñal, una bola de plomo cosida a una pequeña correa de cuero… Era como la maza de la Asamblea Nacional… Y así acudimos a la fiesta de la Concordia…”
–Tenía la sensación de que aquello no era más que pasar revista a los dos ejércitos de la guerra civil.
Silencios
Camino de los 60, una novelista gringa, distinguida con la piñata del Pulitzer, sostiene que las redes sociales nos quitan lecturas. Pero ella nació antes de las redes sociales, es decir, que tuvo tiempo de leer, no digo a Cicerón, siempre puñetero (“el mal es el precio del bien” era su explicación del poder tribunicio), sino a Aristóteles, y, sin embargo, este fin de semana la novelista sostenía aquí que “todo es un ‘constructo’, y que la idea de ser blanco o negro está cargada de conceptos como el bien y el mal que proceden… del cristianismo… y no son útiles para nosotros”. ¿Debió callarse?
Por un lado está el adagio canónico medieval que impregna nuestra cultura jurídica y según el cual quien calla otorga… si, y sólo si, podía y debía hablar, que no debe de ser el caso. Y por el otro está aquella observación gaditana del Séneca de que una de las cosas racionadas por Dios es la tontería.
–Todos tenemos un cupo bastante igual de tonterías para el curso de nuestra vida. Cada vez que nos callamos, nuestro amor propio nos hace creer que defraudamos a la Sabiduría. Pero no haga usted caso. Cada vez que nos callamos es la tontería lo único a que hemos estafado.
Es el caso de Almodóvar, que pasó por la corrala de los Goya para negar con su silencio la existencia (¡el “Dasein” heideggeriano!) a Vox. ¡El silencio elocuente de las actrices francesas!
–Nos une a todos el silencio del callar –dijo, en situación tremenda, el mayor jurista alemán.
No le suponíamos al cinero manchego semejantes lecturas, pero, por lo visto, las tiene. ¡Un cormorán de biblioteca! También tiene años, claro: 26 a la muerte de Franco, contra quien no profirió ni un suspiro en vida. Su silencio, diría allá por 2010, le parecía “la mayor de las protestas” contra el dictador.
–Mi venganza era no recordar su existencia.
Como las Sirenas, Almodóvar posee un arma más terrible aún que su canto, y es su silencio. ¡El hombre que con su silencio privó a Franco de su “Dasein”!
Contra el bien general
Ante la política suelen adoptarse posturas extremas: por un lado, un rechazo irracional de la política y de los políticos materializado en un nihilismo más o menos inoperante, o, por otro, una aceptación igualmente irracional -o interesada- del statu quo; sumisión de tintes hegelianos en el sentido de que todo lo establecido tiene en sí un valor por existir, y que habla de nuestros políticos excusando su corrupción pues ésta existe en otros estamentos sociales (como si no existieran vasos comunicantes, y la inmoralidad pública no afectara a la privada).
Sin embargo, el espectáculo de nuestra partitocracia no puede dejar indiferente a cualquier persona con un espíritu mínimamente crítico, pues vivimos en una pseudodemocracia donde no existe separación de poderes, ni representación. En efecto, los diputados no representan a los ciudadanos, sino al jefe del partido que los pone en la lista electoral convenientemente cerrada y bloqueada, y al que deben obediencia como se manifiesta en la vergonzosa “disciplina de voto”, y los partidos son, a su vez, órganos del estado, así consacrados por la Constitución del 78, que viven del Presupuesto, igual que los dos sindicatos mayoritarios, que actúan como órganos parasitarios y auténticas administraciones paralelas incrustadas en las demás. Es sintomática y reveladora en este aspecto la petición que se ha hecho en ocasiones de reducir el número de diputados, que revela una realidad más profunda: estos diputados sobran porque no representan realmente a los ciudadanos de su circunscripción; así, no escucharemos nunca en el congreso al diputado por Cádiz del partido X traer propuestas sobre su circunscripción electoral, que estén en contra, incluso, de las directivas de su partido, y dará igual que sea diputado por Cádiz o por Albacete pues es, básicamente, una máquina de votar, y de hacer caja a su partido, ya que éste recibirá más dinero por cada diputado elegido.
Todo esto constituye una corrupción moral de base consagrada en el llamado Estado de las Autonomías, creado en la malhadada Transición en la que se repartieron el pastel del poder los políticos del Franquismo presuntamente finiquitado y los aspirantes de la oposición hasta entonces clandestina con la anuencia del Rey, que se aseguraba así su estátus de travestido sucesor de Franco bajo un sistema en el que la corrupción es, por tanto, estructural, y se reviste a menudo del nombre de “consenso”, y que ha servido para crear un vasto sistema clientelar de administraciones duplicadas y triplicadas que supone un despilfarro insostenible. En España existen cuatro veces más políticos por habitante que en cualquier otro país de la UE, pero era necesario colocar a todos los barones políticos y sus prosélitos y para eso la administración central no era suficiente. Sólo tenía sentido restaurar las dos autonomías que ya estableció la Segunda República por cierto sentido de justicia histórica (aunque controlando los excesos de los nacionalismos, germen de todo fascismo); en cambio, los 17 miniestados derrochadores sin control fiscal que se adueñaron y arruinaron las Cajas de Ahorros antaño boyantes, son un pozo sin fondo al que la casta política (casta, sí, porque está alejada de los intereses de los ciudadanos por su misma organización en partidos estatales, donde la defensa de lo público se confunde con la de lo estatal) se resiste a tocar su propio poder y sus privilegios. Y prefieren, por tanto, exprimir aún más al ciudadano con nuevos impuestos, exacciones y recortes de sueldo, aunque éstos no servirán a la postre para nada pues la fuente del derroche seguirá existiendo. Ciudadano este que preferirá, empero, seguir engañándose a sí mismo, y, como un hincha de fútbol típico, vestir la camiseta de “derecha” o de “izquierda” que le ofrecen los partidos y sus medios de comunicación afines, para sentirse “diferente”, y mejor que su vecino “facha” o “progre”. Ciudadano que haría mejor, por ejemplo, mirando el ejemplo de nuestra vecina Francia, y sus circunscripciones electorales uninominales, donde se elige a un solo diputado a doble vuelta; diputado, que, a pesar de estar sostenido por un partido, sabe muy bien cuáles son sus obligaciones hacia sus electores. Ciudadanos, en fin, que deberían abstenerse de votar masivamente, para provocar una crisis de legitimidad en el sistema.
El infierno
El gran hallazgo de la filosofía política francesa es algo que ya estaba descubierto: el infierno son los otros, o sea los populistas, o aquellos que no presten atención a los sermones dominicos de Bernard-Henri Lévy, el Lecquio de la Sofía, que anda por España predicando a quienes no saben latín los latines de la mamandurria, como hacía fray Gerundio.
–¡Los populistas llevarán a la gente al infierno! –clama Lévy en el púlpito, y la gente se ve en un Infierno como el de Dante, dando saltos con Morante y Abascal desnudos en un horno de asar, lo cual da muchos votos a Abascal.¿No pudo decir Milton que reinar en el infierno vale más que servir en el cielo?
Con la cultura política que maneja Lévy el abate Sieyes no hubiera pasado de coadjutor en Fréjus, mas así son estos tiempos. Un día Lévy fue a Libia (ese “espectáculo de m…”, o sea, “Shit Show”, que dijo Obama) y, en vez de pedir el libro de reclamaciones cuando le sirvieron el té en un vaso con pintalabios, telefoneó a su amigo Sarkozy, otro de esos emperadores franceses con alzas, que inmediatamente arrasó el país de Gadafi… “por la democracia”. Ayer, mientras el infiernólogo Lévy iba en Madrid de entrevista en entrevista repartiendo majaderías, Acnur hacía un llamamiento en los siguientes términos: “Secuestros, torturas, trabajos forzosos, venta de esclavos y de esclavas sexuales… Libia es un infierno para los refugiados. Es urgente sacarlos de allí. Ayúdales”.
El infierno libio es una conquista antipopulista de Lévy, que venía de hacer la conquista intelectual de Francia como le enseñara Althuser (¡uxoricida!, por si Rivera) en las madrugadas parisinas en el patio del 45 de la rue Ulm:
–Yo, escuchándole, y él, las manos en los bolsillos de su bata, explicándome el lugar que me reservaba en su estrategia de conquista y de control… ¡del poder intelectual en Francia!
Para librarnos del infierno, Lévy nos propone a Macron, de cuya brutalidad policial, por cierto, se hacen cruces… en América.
Liberalio
En su nueva vida, Rivera, jefe del Centro, deja de ser el gallo de la veleta de Alfanhuí que cazaba lagartos separatistas y los colgaba al tresbolillo para convertirse en Liberalio.
–¿Se imaginan una huelga de propietarios de videoclubs para prohibir Netflix y YouTube? No tiene sentido ir contra la evolución, es ir contra el derecho a elegir de los ciudadanos –tuiteó el otro día contra los taxistas, a los que quiere liberalizar.
Hombre, preferimos imaginar una abstención del cincuenta y uno por ciento para deslegitimar el sistema electoral proporcional con listas de partido que impide la representación política, razón por la cual propone uno a Liberalio lo que el otro día Hughes proponía aquí a Casado: “liberalizar las listas” para dejar de ir “contra el derecho a elegir de los ciudadanos”. Porque si Liberalio pusiera en poder elegir representante el mismo empeño que pone en poder elegir taxi a lo mejor ya teníamos aquí una “representative democracy”. Pero Liberalio, que es nadador, nada mejor en el Consenso, que constituye, por definición, la negación de la “representative democracy”, cosa que ya veía Unamuno… ¡en 1905!, cuando escribía que “un Parlamento sólo es fecundo cuando luchan de veras entre sí los partidos que lo componen, y el nuestro es infecundo, porque en él no hay semejante lucha, sino que todos se entienden entre bastidores y salen a las tablas a representar la ridícula comedia de la oposición”.
–Es la raíz de las raíces de la triste crisis por que está pasando España, nuestra patria. Todo se quiere cimentar sobre la mentira; una cosa se dice entre bastidores y otra en el escenario.
El de Liberalio es un liberalismo en zapatos de “chupamelapunta”, y bien guipado lo tenía ya Santayana: él, Liberalio (o sus jefes), no desea en absoluto que los demás sean felices, salvo que puedan ser felices siguiendo la dieta (liberal) propia de él: estar limpio, hacer gimnasia sueca y aprender todo de las canciones de Sabina mientras pasea en cabifay.
Aborto
Un cinero inteligente, James Woods, ha tuiteado una crueldad a la vista:
–Kermit Gosnell, condenado por tres asesinatos de primer grado en una corte de Filadelfia, hoy recibiría una ovación de pie en la legislatura del estado de Nueva York.
En Nueva York ya se puede abortar hasta el instante del parto. “Y, sin embargo, los muertos no son, no pueden ser, / cadáveres de una vida que todavía no han vivido”, podría objetarnos el peruano César Vallejo, con réplica de Gerardo Diego (“Vallejo, tú vives rodeado de pájaros agachados / en un mundo que está muerto, requetemuerto y podrido”).
–Moriré en París / una tarde de aguacero que ya tengo en la memoria.
Hijo de un español que no pudo darle su nombre, hoy Vallejo hubiera “caído” en Nueva York antes de nacer, sólo con descubrir en la ecografía su parecido “equidistante entre Beethoven y Juan Belmonte“, rodeado de lectores pijos de Nietzsche, el loco que anticipó el gran logro (peor aún que las grandes guerras del XX) de la barbarie moderna en el siglo XXI: el eclipse total de todos los valores.
–No paso mucho tiempo con los niños de las escuelas católicas, pero no entiendo lo que los sacerdotes católicos ven en estos niños –fue la vileza que al comediante Bill Maher inspiró el video de los menores asaltados por el Indio del Bombo.
Aquí, mientras los veganos hacen vigilias ante el matadero por “el alma” de los cerdos, los liberalios permanecen suspendidos como en una “frase” de Vinteuil, que es Chomin Ciluaga: “En HB somos abortistas porque muchas mujeres abortan en condiciones tales que peligra no sólo la vida de la madre, sino también la de la criatura”.
Ese Ciluaga fue nuestro Stirner, el pensador del que robaba Nietzsche (“lo más audaz e inteligente que se ha pensado desde Hobbes“), que dice: “Si se reconoce a los recién nacidos el derecho a la existencia, ese derecho les pertenecerá; si no (como entre espartanos y romanos), no les pertenecerá”.
–El que tiene por él la fuerza, tiene por él el derecho.
Elecciones
El liberalismo castrosón (“mariconsón”, diría el Comandante) de la Unión Europea pide votaciones en Venezuela para dar aire (esa cuenta de protección de los árbitros corruptos en el cuadrilátero) a su compadre, el autobusero Maduro, muy tocado por una mano tonta de Trump.
En la UE, a cuyos jefes nadie vota, a las votaciones les dicen elecciones, pero elegir implica libertad, y la única libertad política que concibe un europeo es la de ir en bicicleta por la acera, y por la calzada, en uno de esos coches negros de Uber y Cabify que te hacen sentirte camino de la Lubianka.
–Si te proponen una reunión con Barzini será una trampa y quien te la proponga será el traidor –avisa Corleone a su hijo Michael en “El Padrino”.
Quien proponga la trampa de las votaciones en un país controlado por el hamponato castrista (“el medio millón de vagos del partido comunista cubano”, que dice Franceschi) será el traidor al pueblo venezolano, que ha pasado de Bolívar a Zapatero como pasan nuestros “mariantonietos” del peseto al cabifay.
–América es ingobernable para nosotros –avisó famosamente Bolívar–. Quien sirve una revolución ara en el mar. Lo único que se puede hacer aquí es emigrar. La Gran Colombia caerá en manos de tiranuelos de todos los colores. Devorados por todos los crímenes, los europeos no se dignarán conquistarnos.
Y Martí, con hermosura superior, remató:
–La incapacidad de gobernarnos está en los que quieren regir pueblos originales con leyes de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos: con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro de un llanero.
La UE (“Europa en llamas”, dice Lévy, el Lecquio de la Sofía) aspira a pararle la pechada al bicharraco de Caracas, o sea, al perraje de La Habana, con un chupito de Juncker, el meñique tieso de Macron y las consabidas moscardas españolas “de la ley a la ley”. ¡Transición! De la Constitución de Chávez a la Constitución de Hamilton, Madison y Jay.
–Weh dir, dass du ein Enkel bist!
Cortés
En nombre de un gobierno que nadie ha votado, el ministro de Cultura, Guirao, a quien su valedora en el Monte, una señora bien, Cafranga, decía Guirado, y el ministro del Exterior, Borrell, para quien toda la historia de los Estados Unidos de América se reduce a “matar a cuatro indios”, han decidido no asignar un solo euro al quinto centenario de la entrada de Cortés en México-Tenochtitlan.
–Es un tema complicado –fue la justificación de Guirao, o Guirado.
Se ve que al entrar en deliberación sobre Cortés el consejo de ministros, Montero, la de Hacienda, creía estar hablando de Joaquín Cortés; Calviño, la de Economía, de Juan José Cortés; a Celáa, la de Educación, todo se le hacía Cortes de Cádiz; Marlasca, el de Gobernanza, pensaba en los cortes de tráfico de los taxistas; Sánchez, el presidente, pidió que no lo distrajeran de contar los días del ultimátum; y Guirao, o Guirado, el de Cultura, juzgaba “complicado” destinar dinero a Miguel Ángel Cortés.
De mindundis, mindundeo, y el mindundeo sanchista hace suya la versión priísta de la conquista cortesiana según la cual, resumida por Rangel, Cortés es un invasor contra quien la “nación mexicana” (pre-colombina) reacciona exitosamente trescientos años más tarde, expulsando a los españoles y recuperando el hilo histórico “autóctono” sólo transitoriamente interrumpido.
–La cosmovisión leninista ha codificado fobias y mitos, más un arsenal de argumentos deliberadamente vinculados con las necesidades de satisfacción, equilibrio psíquico y autojustificación de la cultura americana.
El sanchismo es un narcisismo de charco cuyos ministros creen que un tal Cortés quiere hacerse famoso a cuenta de ellos.
–¿Quién barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo? –pregunta Don Quijote en su dichosa cavilación sobre la fama, viendo en Cortés su par.
Pero ¿qué ministro del gobierno ha llegado nunca a la segunda parte del Quijote?
El Precursor
Para salvar, con Venezuela, la vergüenza íntima de ser español, hay que mirar a Miranda; no a Miranda Rijnsburger, la modelo holandesa de Julio Iglesias, como propone Google, sino a Francisco de Miranda, un español sin medida, y en América, El Precursor, con lo cual salvamos también la vergüenza pública de pertenecer políticamente a la UE, esa “unión especuladora”, que diría García, y que, entre la ciática de Juncker y el piano de Donald Tusk, un cargador de pianos que hubiera perdido el piano, “se bebe el agua de los floreros” a la salud de Maduro, su Santa Claus.
Miranda es un nacionalista liberal, para pasmo de liberalios, si lo conocieran. Liberal, filantrópico-humanitario, romántico, moldeado por el nacionalismo norteamericano de Jefferson (ya presidente) y Madison (ya secretario de Estado), a cuyo lado el nacionalismo de Trump sería internacionalismo chomskiano, y eso que el primer padre fundador tratado por Miranda para promover la independencia hispanoamericana es Hamilton, a quien no se le puede decir nacionalista.
–En Nueva York –dice Miranda por carta– se formó el proyecto actual de independencia y libertad de todo el continente americano.
Ocurre en su primer viaje a los Estados Unidos, donde, español al fin y al cabo, Miranda se queda sin aire ante “el espíritu de republicanismo” de la nueva nación, “que es tal que el mozo de mulas y todos los demás nos sentábamos juntos a la mesa, y no fue con poca pena que hube de conseguir el que a mi criado le diesen de comer separadamente”. John Adams, futuro presidente, reconoce que Miranda llega a “saber más de la vida social y política del país” que los fundadores. Pudo ser nuestro Tocqueville, un pintor en el sentido de la concepción francesa de la “peinture”, pero le pierde su romanticismo. Claro que también Tocqueville es un vencido: como aristócrata (guerra civil), como liberal (terror del 48) y como cristiano (sin fe a los 16 años).
–C’est un vaincu qui accepte sa défaite –dirá Guizot.











