Todo el mundo habla de democracia representativa, pero matan por las listas, como en los 80 todo el mundo hablaba de sexo, pero se casaban. Así está esto.
¿Por qué listas, si con reunirse los seis jefes de filas en un restaurante estaría la labor hecha? Pues por la representación, aunque no la política, sino la teatral.
Los dueños del Sistema, que los tiene, están por la solución Psoe-Ciudadanos que alargue la agonía socialdemócrata, y todo el tinglado, incluidos los vetos publicitarios, va en esa dirección. La agitación que vemos es producto de un fenómeno propio del Sistema: el solapamiento de consensos. El del 78, que no se acaba de ir, y el del separatismo, que no acaba de llegar. La espera la entretenemos con listas de nombres que los medios cantan como los niños de San Ildfefonso la lotería.
–Hay una frase francesa, “corriger la fortune”. Bueno, pues las listas permiten a los líderes “corriger la démocratie” –dice Robert Michels en su ley de hierro de la oligarquía.
Aquí, esa ley de hierro se fragua entre dos fórmulas infalibles: el “colócanos a todos” de Natalio Rivas y el “cantemos al Señor las alabanzas para llenar nuestras panzas” del canónigo de Santayana. Por eso el discurso único es el del voto útil, negación del ideal “un hombre, un voto”.
–Qué bonito es el poder cuando Dios nos lo concede.
Pues sí, señor. Igual de bonito que la venganza de José Alfredo Jiménez.
Sobre listas y votos útiles, recordemos los primeros resultados de la V República de De Gaulle por sistema mayoritario de dos vueltas: UNR, 189 escaños, por 10 de los comunistas. (Con sistema proporcional: comunistas, 88 escaños, por 82 de la UNR).
Tiempo perdido. En el gallo de Esculapio de Clarín, cuando los discípulos del maestro se disponen a cumplir el encargo, el animal les recuerda que en Sócrates todo es ironía, pero el lerdo de Critón pega una pedrada al gallo, que cae cantando:
–¡Quiquiriquí! Cúmplase el destino. Hágase en mí según la voluntad de los imbéciles.
Las listas
Sor Lucía
Los niños aparecieron en Europa junto con el reloj de bolsillo y los prestamistas cristianos del Renacimiento.
–La niñez –nos recuerda Ivan Illich– como algo diferente fue algo desconocido para la mayoría de los períodos históricos. Con siglos de cristianismo, los artistas pintaban al niño como un adulto en miniatura sentado en el brazo de su madre.
Illich, que ya en el 71 preconiza la desescolarización de la sociedad, denuncia que los niños, sometidos al impacto de una urbanización intensa, se convierten en un recurso natural que han de moldear las escuelas para luego alimentar la máquina industrial.
La industria más boyante del momento es, desde luego, el calentamiento global, que ha encontrado a su sor Lucía laica en la niña Greta, que llama a la huelga escolar (¡oh, justicia poética!) en el mundo y aspira al Nobel de la Paz de Chamberlain (“mi paz os dejo, mi paz os doy”), Arafat (“si mi pluma valiera tu pistola”), Annan (“petróleo por alimentos”) o Al Gore, papa Clemente de este Palmar.
Tras de emancipar a los obreros y a las mujeres, la izquierda profesional se propone emancipar a los niños, y ha confiado a Greta los tres secretos profanos de Fátima, que está en la Onu: el fin de la guerra de los negacionistas, la conversión de Rusia y… Trump, que es un loco, como repite la niña con arpegios psittacoideos, porque no firma el cheque con que Mrs. Claypool (Margaret Dumont) acaricia los bolsillos de Groucho en “Una noche en la ópera”. O sea, una locura, la de Trump, peligrosa para las economías de chiringuito, no como la de los parricidas de Godella, que tiene a todos los mugrillas mediáticos buscando atenuantes de alienista en los apuntes del doctor Esquerdo (el periódico global colocaba a esos padres muy por encima del modelo familiar de San Joaquín y Santa Ana).
Nosotros, en fin, dimos a los suecos el tabarrón de Pepito Arriola, el niño del piano (primo de Hildegart), y Suecia nos lo devuelve con Pipi Calzaslargas y la niña Greta.
Montaigne y la muerte
Montaigne dedica los capítulos XIX y XX del primer libro de sus Essais a la muerte. En ellos se hace eco de la sabiduría antigua, sin apenas referencias al cristianismo, sobre todo de algunos postulados de corte estoico y epicureo; así, afirma que un hombre no puede llamarse feliz hasta que no ha llegado su último dia, y de que el pensamiento constante de la muerte hace perder el miedo a ésta y alcanzar la libertad. La novedad, como siempre, en Montaigne, que lo acerca a la modernidad, es que se coloca a él mismo como individuo en el centro de la discusión, junto a otros ejemplos sacados de la Antigüedad mezclados a otros coetáneos, lo que podria parecer, por otra parte, muy medieval en su acronicidad ejemplarizante. Montaigne refiere su propio método de entrenamiento constante en el pensamiento y visualización de la propia muerte, como si de un seguidor del código tradicional del Bushido se tratase, y del creciente y reconfortante sentimiento de desapego que en él se acrece. Este estado es ajeno al deseo de penitencia religioso, y hace postular al pensador la necesidad de la inmersión en la cotidianidad, pero sin el apego que sólo puede degenerar en angustia. Por otra parte, y en consonancia con lo expresado, afirma que la mejor manera de comprobar la coherencia de la vida de un ser humano es observar su manera de morir, y que sería una labor literariamente meritoria el repertoriar las muertes de las personas.
Es curioso que este proyecto de consignación de muertes ejemplares sea tan insólito, y, desde luego, tan extraño a nuestro mundo actual, en el que la muerte resulta aún más embarazosa e incomprensible que en tiempos de Montaigne, cuando aún se ponía en práctica las prescripciones de Licurgo de que los cementerios estuvieran cerca de los ciudadanos, para que no se olvidaran de esta realidad inevitable.
El pensar cada día en la muerte, imaginarla, y cifrar cada día como trasunto de la existencia completa, como propone el pensador francés, produce sentimientos encontrados en la persona reflexiva; resulta un alivio, por una lado, despertarse cada mañana dando gracias por el nuevo día (si hay Alguien cualificado que lo oiga), y cerrar los ojos cada noche imaginándose muerto, y recordando lo bueno y placentero que se haya hecho durante la jornada; por otro lado, se siente la sospecha de que uno se mete en un círculo de autosatisfacción por esa euforia de observador desapegado en cuanto desesperado de la ilusión de la falsa inmortalidad que arrastra a sus congéneres a vivir sus vidas en la ceguera de la soberbia y de la hipersensibilidad al fracaso y a la frustración.
El dolor recurrente y desconcertante en las articulaciones, el rostro de la madre, son vislumbres de la vejez, antesala cierta de la muerte; la vejez, que nuestro mundo pretotalitario relega frente a la exaltación de una juventud indefinida, y sus falsas virtudes, incompatibles con la certeza de la muerte. Muerte y dolor. Quizás éste nos asusta más, y esperamos de la vida y del Estado, en su doble posibilidad de totalitario o del Bienestar, la anestesia permanente. Recuerdo que C. S. Lewis, para resolver la ecuación del sentido del dolor, decía que Dios tal vez no queria que fuéramos felices sino conscientes. Sin embargo, la consciencia no supone necesariamente un alivio, y el conocimiento deviene, a menudo, en desesperación.
Verificacionismo
Hijo adulterino de la Revolución Francesa y la Marcha sobre Roma, el Estado de Partidos, en el que todo es mentira menos lo malo, decreta el verificacionismo digital o censura de redes, con Ana Pastor como Censora de Delacroix guiando al Pueblo.
El verificacionismo es un falsacionismo con Pastor en lugar de Popper. Desde los estoicos no se había subrayado tanto la importancia de los atributos “verdadero” y “falso”. Todo periodista como es debido (liberalio) trabaja con arreglo al principio popperiano de la falsación (el cerebro es una hipótesis que fabrica hipótesis: falsarlas es pasarlas por el chino de la refutación). El artículo ideal debe, pues, construirse de tal modo que desde el comienzo se destaque la tesis a demostrar, con el periodista insertando ordenadamente sus tentativas de falsarla. Así, por ejemplo, esta ola periodística en pro de lo que en “román liberalio” llaman “libertad reproductiva”.
Históricamente, la idea liberal del “Leviatán” (contrato social de renuncia a la libertad política a cambio de protección del derecho a vivir) no conduce al liberalismo político, sino al absolutismo. De hecho, la idea de “libertad reproductiva” que circula por ahí sería una especie de “Cocktail 25 Años de Paz” de Perico Chicote con un cuarto de Gentile (copita de Jerez), otro cuarto de Mengele (copita de Solera) y unas gotas de crema de lima como lágrimas de Richard Dawkins que harían gritar de nuevo, ahora en su tumba, a Gustavo Bueno:
–¡Un cretino! ¡Un cretino!
Y se decía socialista la ministra Bibiana Aído al decir que abortar es como ponerse “teeeta” (“teeta” ¿para qué, si vas a abortar?, sería la objeción leninista), cuando apenas llegaba, la pobre, a liberal, de este liberalismo hijo adulterino de Chomin Ziluaga (partidario del aborto porque “se hace en condiciones tales que peligra no sólo la vida de la madre, sino también la de la criatura”) y Gloria Steinem, para quien la causa del cambio climático es que las mujeres abortan poco.
Finlandia
Un Foxá de Finlandia (artículos, poemas y cartas desde Finlandia, 1941-1942) nos llega de la mano pródiga de Renacimiento, en edición de Cristóbal Villalobos, autor del prólogo.
¿Qué hace Foxá en Finlandia, el país que Bakunin había intentado insurreccionar, sin éxito?
Literatura para la leyenda.
–A propósito… ¿tiene usted una leyenda? –preguntó a Ruano un literato esteticista, Vargas Vila, como si eso de tener una leyenda fuera como tener cerillas o llevar pañuelo–. Pues cuide mucho de tener una leyenda.
El lector de ABC conoce muchos artículos del libro, pero están las cartas, que también valen para la leyenda, redondeada con su relación con Curzio Malaparte, que lo convierte en personaje de “Kaputt”.
Finlandia, para Foxá, es una inmensa Vinuesa (¡camino Soria!), con hongos, helechos, alces en vez de ciervos, lagos (sesenta mil), musgo y ríos espumeantes. Echa de menos el sol y los toros y escribe a su familia pidiendo noticias y su medicina para los nervios.
–El ciclista es la mosca del Norte.
Foxá viaja, en comitiva con Malaparte, al frente de Leningrado. Un general les cuenta el caso de unos paracaidistas soviéticos que, perdidos en el bosque, se atacan por hambre: “Uno devoró al otro; me enseñan las fotografías del cadáver”.
–El verano nórdico es el más hermoso del mundo… En un “parturi” (peluquería) me afeitaron unas bellas carelianas (en el Norte todas las peluquerías son servidas por muchachas, y de una de ellas, en Estocolmo, salió Greta Garbo antes de entrar en el Olimpo de Hollywood). Hay también en Finlandia mujeres albañiles que suben al andamio. Las mujeres lo invaden todo. Ellas conducen el tranvía y arreglan la chimenea.
Con motivo del 8 de Marzo, un especialista citaba el otro día una encuesta de la UE según la cual el porcentaje de mujeres víctimas de violencia doméstica es de un treinta en Finlandia, por el trece en España.
–Los nórdicos –anota Foxá– tienen por la sangre el mismo pudor que nosotros los españoles por lo amoroso.
Listas electorales
Don Antonio García-Trevijano (1927-2018) denunciaba permanentemente la ausencia de democracia en España. Todo su saber enciclopédico (basado en las miles de lecturas de filosofía, política, derecho, historia, economía, arte…) fue uno de los pilares en la construcción de su pensamiento, de su obra… Y de su acción.
Otro pilar fue la comprobación de la realidad del tiempo que le tocó vivir: Desde la II República (siendo aún un niño), al franquismo inicial (en su adolescencia ya realizó acciones políticas en defensa de la democracia) y su evolución hasta el régimen actual de 1978.
Desde el mismo momento de la muerte de Franco y del inicio de la Transición, no se cansó jamás de censurar los consensos –siempre oscuros y traidores a la sociedad civil- y la deriva antidemocrática del nuevo régimen post-franquista. No sólo denunciaba lo que estaba pasando, sino que advertía de lo que iba a pasar. No se equivocó nunca en los hechos que sucederían. Baste releer los muchos artículos en medios de comunicación o sus libros para poder corroborar lo que redacto.
Una de sus críticas más conocidas eran las relativas al sistema electoral, un verdadero cáncer democrático. Sus argumentos, no por sencillos dejan de ser menos ciertos. Más bien al contrario: Las listas electorales las confeccionan (eligen) las cúpulas de los partidos, por lo cual los diputados que están en esas listas no van a representar en realidad a los votantes, sino a los líderes que los han puesto en dichas listas. Y da igual que fueran listas cerradas o abiertas. Por lo tanto, los que están en esas listas no obedecen a los votantes, sino a los verdaderos electores (que no son otros que los Secretarios generales y presidentes de los partidos).
Los medios de comunicación están publicando noticias de parte de lo que está sucediendo (el todo no lo conocen y hay mucho que a buen seguro nos ocultan) en las sedes centrales de los partidos. Así puedo destacar, vía hemeroteca:
1º) Candidatos-estrella que acaban estrellados por 81 votos en unas primarias tan vergonzantes como escandalosas. Cuidadanos de Castilla y León.
2º) Elaboración de listas tomando, presuntamente, como “criterios democráticos” aspectos geográficos, territoriales, étnicos, etc… Parece que ahora empieza la lucha por el voto de los gitanos; de hecho, me llamó mucho la atención cómo los candidatos a la alcaldía de Oviedo y a la Presidencia del Principado de Asturias por el Partido Popular participaban en un congreso de evangelistas (casi todos de dicha etnia romaní) y cómo Albert Rivera ya fantaseaba con una ministra en su futuro Gobierno.
3º) Laminación de sectores críticos en las listas. Si no fuera bochornoso, recomendaría vivamente escuchar el comentario del periodista Fernando Ónega, realizado el día 15 de marzo de 2019 en el programa de Carlos Alsina en Onda Cero, sobre las 07:18 horas, en el cual justificaba la eliminación de críticos en las listas, para mayor gloria y serenidad del líder. O deportaciones doradas de los críticos con peso; por ejemplo, los destinos al Senado, cámara vegetativa por excelencia.
4º) Colocación en las listas provinciales según criterios de oportunismo o de necesidad de asegurar la presencia de fieles (al líder, por supuesto). ¿Cómo se explica, si no, que Luis Bárcenas fuera Senador por Cantabria (que no sabía situarla en el mapa)? ¿O que Pedro Sánchez haya dado la instrucción de que los Ministros actuales ocupen posiciones de cabecera en las listas provinciales? Salvo en Asturias, donde Adriana Lastra ocupará el cartel.
Está en nuestra libertad seguir oyendo tertulias o participando en corrillos de café de media mañana, hablando de estos temas; en el fondo, son puramente prosaicos y equiparables a los resultados de los partidos de la liga de fútbol escolar de nuestros hijos, ya que la realidad, por mucho que nos la quieran disfrazar, es la que es: En España no hay democracia, ente otras causas, porque los ciudadanos carecemos de representatividad en el Poder Legislativo, secuestrado por las cúpulas de los partidos políticos, que ponen marionetas ideologizadas en los escaños del Parlamento Europeo, del Congreso, del Senado, de las Asambleas Legislativas de las Comunidades Autónomas y en los salones de Pleno de los Ayuntamientos. De esas miles de personas que millones de españoles van a votar el 28 de abril y el 26 de mayo de 2019, sólo unos cientos habrán podido elegir de verdad. Y esos no van a ser otros que los jefes de los partidos y sus acólitos de los comités electorales. Debe ser la “democracia representativa 2.0”.
Don Antonio abogaba por un sistema electoral mayoritario uninominal a doble vuelta, en circunscripciones de no más de 100.000 habitantes, donde elector y elegido tuvieran vinculación cierta y donde el elector pudiera revocar la representación del elegido si se aparta de lo que le obliga su circunscripción electoral. Otra historia sería este sistema. ¿Se imagina que usted conociera a su representante y pudiera ir a verle a la oficina de distrito y contarle sus problemas y que él le tuviera informado de lo que hace y que, si se aparta de lo que le ordena, pudiera ser revocado? ¿Se imagina que el Diputado del distrito centro de Oviedo votara lo que le dicen los vecinos del distrito centro de Oviedo y no lo que le mande el jefe del grupo parlamentario de turno?
Pues esa es la realidad que tenemos en España y así es como debemos exponerla.
El testigo
El primer momento interesante del juicio en el Supremo surgió cuando la acusación popular preguntó a Rajoy, jefe del poder ejecutivo español durante la proclamación de la república catalana, por qué, ante una situación excepcional, decidió aplicar el 155 en vez del 116, cosa que en público nadie había planteado hasta ahora, aunque en privado todo el mundo lo daba por sentado: “estado de excepción” suena a franquismo, y… ¡antes muertos que sencillos!
La soberanía para los políticos es como la verdad para Pilato, una discusión escolástica. Aceptamos, para entendernos, que soberano es quien decide el estado de excepción, pero en el Estado de Partidos esa soberanía se la reparten los jefes de los partidos, al poste totémico del Consenso atados.
Sin perder de vista al tótem, el testigo Rajoy respondió que “España es una democracia avanzada”, invento treintañón del comunista venezolano Pío Tamayo, “Pollito Pío” para el pueblo, fundador del partido comunista cubano, que puso en la cárcel una escuela de “idealidad avanzada del comunismo”, luego de volverse loco con Hegel como Don Quijote con el Amadís.
No hay democracia política avanzada ni retrasada; hay democracia o no hay democracia (sólo con que falte uno de sus tres principios: representativo, electivo y divisorio).
–España es una democracia avanzada –dijo el testigo–, y entre suspender derechos individuales (el 116) y destituir (“cesar”, dijo él) a un gobierno (¿el 155?), decidimos lo segundo.
No vamos a entrar en la redacción del 155, pero esa apelación a los “derechos individuales” (metafísica, decía Comte) era como escuchar al mismísimo Robespierre en las constituyentes del 91 (le faltó el chaleco blanco con solapas). ¡La socialdemocracia!
El mundo nuevo que hace un siglo anunciaban los optimistas (un mundo que rechazaría tanto la noción de un derecho social para mandar en el individuo como la noción de un derecho del individuo para imponer su personalidad a la sociedad) no acaba de llegar.
Chirino
Ha muerto el Señor de la Espiral: ahora vemos que era verdad que aquello que abandonamos al principio nos espera, transfigurado, al final. Los movimientos del espíritu son, en efecto, una espiral.
Muerte espiriforme (lo espiritual resuelto en geometría), la de Martín Chirino, “desangelao” por la muerte, como el Julio Romero de Ruano, con una muerte casi cordobesa, perezosa y lánguida, elástica y tibia como una de las espirales de su fragua, entre las velas funerales de los cipreses y los sustos ojipláticos de los conejos que, como en la magia, salen de las chispas ferrizas y, jugando, huyen de “Dora” y “Esteban”, los perros que le daban las horas.
Si Julio Romero vio Italia a través de una cierta Inglaterra, Chirino vio Italia a través de un cierto Nueva York (tuvo en Rockefeller su mecenas) que reprodujo, de retirada, en un desierto de Chinchón que es Morata, su Toscana de herrero, nombre del único oficio, recuerda Chesterton, que hasta los reyes respetaban.
–Julio Antonio Rodríguez Hernández, servidor y picapedrero –se presentaba el excelso Julio Antonio, víctima de la “peste blanca” (tuberculosis) en la vida, y en el arte, de la “peste repostera” (“esos energúmenos que no saben hacer más que tartas”).
Herrero: nombre hecho de hierro y de llama.
–Hasta los niños sienten oscuramente que el herrero es poético cuando se deleitan entre las chispas danzantes y los golpes ensordecedores en la caverna de esa violencia creativa.
Al herrero, el poema. No el artículo. Al herrero, el poema.
Chirino fue el señorío fino de una raza final. “¡Un gran señor capaz de plantar con sus manos cipreses!” El domingo, al insinuarse el apagón, aún preguntaba por “la política”, y se planteaba, en esta España destemplada, la abstención. En el jardín, sobre la lápida de “Dora”, hacía caminillo un caracol (triunfo de la espiral sobre la muerte). Sin Chirino, que hizo del “menos es más” su canon estético, todo vuelve a ser (más) feo.
–¡Silencio, pues! El herrero duerme.
Crisis “bancaria” y fracaso de la clase política
En marzo de 1930, el Presidente de la República de Weimar Paul von Hindenburg firmó la orden de disolución del Reichstag que, a golpe de decreto presidencial, conduciría a un período de dos años de gobierno del Canciller Brüning y a la crisis terminal del sistema parlamentario en Alemania. Fue el preludio trágico de unos sucesos que resultarían desastrosos para Europa y para el mundo. El borrador del decreto de disolución, escrito a máquina por un funcionario del gobierno y rematado por la firma del decrépito mariscal, aun se conserva en los archivos de la República Federal de Alemania. En él llama la atención una última frase, tachada por la estilográfica del propio Hindenburg, y que después no aparecería en la versión oficial del documento: el Presidente del Reich decide disolver la Cámara… “por la imposibilidad de alcanzar acuerdos en la cuestión del déficit público”. Su augusta tachadura en el original, que aun deja leer el texto perfectamente, constituye el reconocimiento de que las cosas no sucedieron del modo en que la narrativa oficial las cuenta. No fueron únicamente la crisis del 29 ni la agitación de comunistas y nazis en las calles de Berlín lo que provocó el hundimiento de la República de Weimar. El fracaso se fraguó también desde dentro, en forma de un gasto público descontrolado, estratosféricos sueldos de funcionarios y altos cargos y una dependencia excesiva del crédito exterior para la ejecución de proyectos urbanísticos desorbitados para las posibilidades efectivas de la época: teatros, piscinas, aeropuertos… El sistema estaba condenado al colapso por causas debidas a la irresponsable gestión de las finanzas públicas. Fue preciso falsear la historia para darle un aire más vendible en el ámbito académico alemán y dejar a salvo la reputación de unos cuantos personajes influyentes.
¿Verdad que todo esto suena muy actual a comienzos del siglo XXI, en la España del ladrillo, del Plan “E” de Zapatero, los coches oficiales y la corrupción? Con solo abrir el periódico tenemos ejemplos de varias manipulaciones informativas en curso, que no pasan desapercibidas al que sepa leer entre líneas. Una de ellas es el juego de prestidigitación conceptual en torno al “rescate bancario”, por importe de 23.000, 40.000 o hasta 60.000 millones de euros, según quién haga las cuentas. Es preciso mencionar que estas cifras colosales, extraídas del bolsillo del contribuyente español, jamás fueron a parar a los bancos sino a las cajas de ahorros. La maniobra de desorientación coló por tres razones: primero, porque antes de su desguace, diversas entidades quebradas (Caja Madrid, Bancaja, Cajas de Avila, Canarias, Laietana, etc.) fueron convertidas en un banco (BFA/Bankia); en segundo lugar, por la incultura financiera del pueblo español, incapaz de distinguir entre un bono, una acción y un depósito a plazo; y, finalmente, la mala prensa que la banca -para ser justos no del todo inmerecida- tiene en este país.
Durante los años que siguieron al descalabro de Lehman Brothers en 2008, las entidades privadas capearon el temporal del modo en que lo hacen siempre, con su experiencia profesional y dotando provisiones. Ciertamente sufrieron el impacto de las subprime y los activos tóxicos, se acogieron a las ayudas públicas y la política del BCE y hubo más de un chanchullo, como el del Banco Popular. Sin embargo, lo substancial del drama tuvo lugar en el ámbito de las cajas de ahorro. Casi todas han desaparecido a día de hoy. De ellas solo queda la de Ontinyent, pequeña entidad situada en mitad del agro valenciano, la cual pudo sobrevivir precisamente por hacer lo que no hicieron todas las demás y mantenerse fiel al planteamiento tradicional de las cajas de ahorros: utilidad social, prudencia financiera y nada de aventuras inmobiliarias.
Las cajas de ahorros llegaron a concentrar el 50 por ciento de todo el volumen de ahorro español y eran, como se sabe, de una titularidad pública no demasiado bien definida. Y como no pertenecían a nadie, ya mucho antes de la democracia se habían convertido en objeto predilecto del mangoneo político. Durante la Transición hubo un intento de profesionalizarlas y democratizarlas mediante la equiparación de su actividad con la de los bancos privados y una famosa ley promulgada por el gobierno de Felipe González en el año 1985 (LORCA). El resto es esa historia, mal conocida y confusa, de la entrada a saco en Asambleas y Consejos de politicastros incompetentes y sin experiencia financiera, crecimiento incontrolado de los balances, desvirtuación de la obra social y construcción de palacios de congresos y aeropuertos sin aviones, y que terminó abruptamente con el desplome del mercado inmobiliario en 2007-2008.
Por lo tanto, cuando oigamos hablar de rescates a bancos, y veamos a todas esas turbas de gente indignada dirigidas por agitadores profesionales que hacen como si les importaran los estafados por las preferentes, pero que realmente están a otra cosa, hay algo que debemos tener bien claro: en realidad no hubo jamás en España un rescate bancario. Lo que ha habido es un enjuague chapucero del desastre de las cajas de ahorros. La responsabilidad de la debacle recae sobre la clase política, que dispone de los resortes necesarios para distraer la atención del público de situaciones graves que comprometen la reputación del Establishment para conducirla hacia diversas bagatelas informativas.
Toda la vida se lleva lanzando balones fuera. Se ha hecho con Rumasa, con el terrorismo de estado durante los años 80, el 11-M, la corrupción del sistema de partidos y otros temas. Cuando la clase política fracasa, se ponen en marcha mecanismos mediáticos y de propaganda encaminados a disimular las causas del patinazo y poner a salvo la reputación de los beneficiarios del régimen del 78. No hay en ello nada conspiranoico ni misterioso. Es un puro proceso administrativo que tiene lugar a plena luz del día. Los únicos incentivos que intervienen son la necesidad de mantener audiencias, el interés económico de la publicidad institucional y el instinto de supervivencia del político de partido. A este, al final, los periodistas le cuentan lo que quiere, los bancos le perdonan las deudas y el votante lo eleva al altar, viendo virtud en el pecado de propios y perversidad en la picaresca del adversario.
Y ciertamente hay que reconocer su mérito a toda esta casta de cantamañanas y parásitos. Si le ha ido tan bien disimulando sus propias meteduras de pata, o haciendo que que la ciudadanía acepte la noción de que democratizar una cosa consiste en someterla al control de los partidos políticos, ¿qué no podrá conseguir con su pico de oro desde un plató de televisión? De aquí a pocos años será necesario reciclar dos nuevos fracasos de la clase política española, no pequeños por cierto: la crisis de deuda y la quiebra del sistema de pensiones de la Seguridad Social. Ahí sí que va a ser difícil convencer a la ciudadanía de que la culpa la tienen Franco, o los bancos, o Angela Merkel. Sin embargo, tal y como están las cosas, y teniendo en cuenta lo idiota que se ha vuelto la gente, después de las reformas educativas del período democrático y cuatro décadas de adoctrinamiento neomarxista, no sería arriesgado apostar a que esto también se logra.
Derechos
Este andancio occidental de buenismo que padecemos es burda caricatura de la religión de la humanidad de Augusto Comte, y por eso conviene repasar la literatura de los derechos.
–Los derechos son intereses (¡intereses!) jurídicamente protegidos –escribe en “El espíritu del Derecho romano” Von Ihering, tan fanático del Estado (“¿el Estado está obligado a respetar la ley que ha hecho”?) como nuestros liberales, que lo cuidan como la hormiga al pulgón, al extremo de exonerarlo del deber de socorrer al discapacitado psíquico.
Derecho subjetivo implica siempre dos voluntades enfrentadas: una voluntad que se impone a otra voluntad, porque es superior a ella, lo que supone una jerarquía de voluntades. “Derechos” no son más que el poder que tiene una persona de imponer a otras, incluso por la fuerza, su voluntad.
El derecho subjetivo es, pues, una noción de orden teológico-metafísico (los derechos son inconcebibles sin una divinidad que los otorgue), por lo cual Comte se muestra partidario de apartar la palabra “derecho” del verdadero lenguaje político así como la palabra “causa” del verdadero lenguaje filosófico.
–La noción de derecho es inmoral y anárquica, y la de causa, irracional y sofística. En el Estado positivo, la idea de derecho desaparece irrevocablemente: cada uno tiene deberes con todos, pero nadie tiene ningún derecho propiamente dicho. En otros términos, nadie posee otros derechos que el de cumplir siempre su deber.
El Estado positivo no es, desde luego, el Estado de Partidos, una de cuyas eminencias metafísicas, María Soraya, pasa a “desarrollar y liderar la práctica de corporate governance y compliance” (sic) de una firma de abogados, al modo como Carmen Chacón cayó en otra firma de abogados “en calidad de socia of counsel” (sic).
–La metafísica del clero –avisó Saint-Simon antes de Comte– puso en marcha la metafísica de los legistas. “Soberanía por la voluntad del pueblo” no significa nada sino en oposición a “soberanía por la gracia de Dios”.










