“Krym nash” (Crimea es nuestra)

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La península de Crimea ha vuelto al lugar que le corresponde, que es la Federación Rusa. Crimea era una parte más de Rusia, un territorio querido por todos los rusos, adonde muchos iban de vacaciones y que tiene una historia muy interesante, con Sebastopol (pronunciado [Sivastópal]) como Ciudad Héroe, título que adquirió esta localidad en las batallas de la Segunda Guerra mundial, conocida en Rusia como Gran Guerra Patria.

El problema surgió en 1954, cuando el sucesor de Kobá (Stalin), Nikita Jrushov, decidió de manera unilateral regalar esta península rusa a la República Socialista Soviética de Ucrania. No olvidemos que Jrushov era ucraniano, casualmente. Al convertirse el señor Jrushov en jefe supremo de la Unión Soviética, no halló oposición de ningún tipo, aunque los soviéticos rusos jamás entendieron aquel extraño gesto. La constitución de la URSS no preveía esta contingencia en ninguno de sus artículos. Lo máximo que se podía hacer, en teoría, era convocar un referéndum para consultar a la población sobre la cesión de un territorio de una república a otra, acción que jamás se llevó a cabo. Nikita no necesitaba ni artículos ni constitución alguna. Jrushov se hizo con el poder absoluto en la Unión Soviética. Para demostrar al Partido Comunista de Ucrania quién mandaba de manera total, quién era el amo del Estado soviético, obsequió a su país de nacimiento, Ucrania, con la joya rusa, una península muy soleada, con montañas y paisajes bellísimos, con una población rusa en su mayoría y con una importante minoría tártara. Esta es una tesis que sostienen historiadores rusos como Nikolái Starikov o Dmitry Beliáyev. Estando de acuerdo en que la soberbia asociada al cargo pudo influir -a mí me convence más pensar que quiso congraciarse con el pueblo ucraniano- al que ayudó a destruir y torturar bajo órdenes de Stalin, como al resto de ciudadanos soviéticos. Nada se hacía en el Partido Comunista de Ucrania sin el visto bueno de don Nikita. Después, para quitarse responsabilidades, culpas y otras cargas molestas, en el XX Congreso del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética), en 1956, Jrushov decidió reprobar y condenar la figura de Stalin y culpabilizarlo de todos los horrores de tantas décadas. Teniendo en cuenta que los esbirros, matones, aduladores y demás adláteres son imprescindibles para mantener durante mucho tiempo el estado de terror en la población, no parece valiente la actitud de este hombre que espera a que Stalin muera para decir, a toro pasado, que era muy malo y que ellos no tuvieron más remedio que… Regalando injusta y arbitrariamente un territorio no se lavan las culpas pasadas.

Que Crimea haya vuelto a Rusia alegra a muchos rusos, les es indiferente a unos pocos y disgusta a una considerable minoría, que está calculando los elevados costes económicos que supone. La frase “Crimea es nuestra” se usa ahora con ironía, cada vez que alguien se queja de la bajada del rublo, de las sanciones de los países occidentales o de cualquiera de los muchos problemas que aquejan a este gran país. La frase unida a una entonación de burla se ha convertido en algo similar a la palabra “fascista” en España, que se utiliza solo como arma arrojadiza cuando no hay argumentos o no se sabe rebatir bien a alguien. Rusia tiene, sí, problemas, como cualquier nación; pero de ahí a decir que todo lo que pasa es por culpa de Crimea revela una actitud infantil y que no conduce a un buen análisis de la situación.

Y para concluir, añado que no se puede regalar un territorio como quien regala un anillo, una casa o un deportivo. El regalo supuso el cambio de nacionalidad de rusos que llevaban mucho tiempo siendo rusos, no ucranianos. La irresponsabilidad de ese hombre, Nikita Jrushov, está costando muy cara a Rusia y sirve como excusa perfecta para acusar a Putin de invasor cruel. El regalo supuso que, durante décadas, más de un millón y medio de rusos étnicos tuvieron que cambiar de pasaporte de la noche a la mañana, sin entender nada, pero confiando en que las autoridades soviéticas hacían lo correcto para todos. Cuando ambas repúblicas soviéticas (Rusia y Ucrania) formaban parte del mismo estado, la URSS, la situación era incómoda, molesta, pero no constituía un problema. En cambio, en cuanto cayó la Unión Soviética, Ucrania se aprovechó de la desastrosa situación política y económica rusa para quedarse ilegalmente el territorio. Rusia ha devuelto ahora la moneda y, aprovechando el golpe de estado de la plaza de Maidán en Kiev, cuando la constitución ucraniana dejó de estar en vigor, debido a que huyó el presidente y desapareció el gobierno al completo, recuperó un territorio ruso que le fue arrebatado por un dirigente ucraniano de la Unión Soviética.

Utilizar la frase “Crimea es nuestra” con sarcasmo parece una extraña paradoja, ya que Crimea era vuestra, y vuestros abuelos y bisabuelos lucharon como titanes para defenderla de los nazis y mantenerla en Rusia; y no se perdió en una batalla. Fue regalada de manera ilegal e ilegítima, de forma caprichosa. Pero lo más importante es escuchar qué opinan de todo esto los propios habitantes de Crimea. Vayan y pregunten, a ver cuántos están felices con el cambio y cuántos añoran la Crimea ucraniana.

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Gonzalo Alvarez

Después de la bestialidad tremenda de Stalin,hubo un ablandamiento definitivo en la presión interna de la Unión Soviética bajo Jruschov,donde su imagen todavía era la del individuo basto y soez que se había quitado el zapato para golpear la mesa en la Organización de las Naciones Unidas.

Raúl Cejudo González
Raúl Cejudo González

Gonzalo, es que después de Stalin, cualquier cosa iba a parecer blandita, claro. Lo que pasa es que Jrushov era eso, un paleto basto y soez, sin cultura y sin ideas propias, muy lejos de Lenin y mucho menos inteligente que Stalin. Pero aprendió bien, como dirigente del Partido Comunista de Ucrania, cómo adquirir y mantener el poder. En eso, los comunistas son maestros. Y lo malo de Jrushov, en mi opinión, es que esperó a que Stalin muriera para hacerle culpable de todas las barbaridades de los años 30 y de después de la Guerra Patria. Es cierto que Stalin fue el jefe, pero él solo jamás habría podido detener, matar ni mandar al exilio a nadie. En la Unión Soviética había, simple y llanamente, miedo, terror pánico.