Jose Maria Alonso

JOSE MARÍA ALONSO.

Vemos estos días cómo los dos principales partidos del Régimen, PP y PSOE se unen buscando el consenso. Tenemos noticia de la celebración de reuniones individuales de los expresidentes del Gobierno con el Jefe del Estado en las que se les anima a ¨aunar consensos¨.

Muy mal deben estar las cosas en esas altas esferas y mucho miedo deben tener los oligarcas a que se les caiga el chiringuito cuando la palabra consenso no para de repetirse por doquier en intervenciones de tertulianos, desde portavocías gubernamentales, en comisiones parlamentarias…¨consenso, consenso, hay que buscar consenso¨, dicen juntos el portavoz del Gobierno y la portavoz de la oposición, compartiendo estrado y micrófono.

En la Repúblicas y Monarquías europeas, todas ellas oligarquías de partidos, se identifica la voluntad general del pueblo con la voluntad de la mayoría de partidos, por supuesto sin intervención de elementos de representación. De esa manera, la responsabilidad de toda la corrupción y desmanes de esos partidos estatales recae sobre el pueblo que los vota, no porque el pueblo se considere representado por los partidos, sino porque tiene el sentimiento identitario de identificarse con ellos. Son ¨los nuestros¨y ¨los vuestros¨, ¨nosotros¨y ¨vosotros¨, PP y PSOE de día con sus supuestas ideologías, y la misma bestia consensualista socialdemócrata de noche, que toma decisiones a espaldas de sus electores y en contra de su voluntad. Todos juntos, partidos y masas integrados en el Estado. Totalitarismo de manual.

Mucho miedo, digo, deben tener, cuando han de pactar voluntariamente sobre materias sustraidas al conocimiento de los gobernados y de sus inexistentes representantes. Queda abolido con ese consenso cualquier rastro de regla de la mayoría, en la que se basa la democracia , para que los partidos puedan pactar y realizar sus transacciones a espaldas de los gobernados.

Es claro que la debacle social y económica que sufre España necesita de un abandono del sobado consenso y sus pactos, que sólo benefician a los partidos para permanecer en el poder. Su incompetencia para solucionar los problemas de la nación les hace diluir en ese consenso colectivo cualquier asomo de principio de responsabilidad política. Asimismo, quién les vota es cómplice por su miedo a la libertad democrática y por su ambición de seguridad del ¨más vale lo malo conocido¨ que le aferra a una supuesta razón práctica del interés general. Eso no es democracia, es totalitarismo anquilosado en forma de oligarquía de partidos, y cuanto antes nos libremos de ello, antes se saldrá de la crisis.

 

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