El tema de nuestro tiempo

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DALMACIO NEGRO.

La crisis presente es una crisis radical del êthos de la civilización occidental, que parece predispuesta a suicidarse.

El título orteguiano insinúa que en cada momento histórico hay un tema fundamental. La realidad y la verdad son lo mismo. La verdad es la forma lingüística que describe los hechos y acontecimientos en que se hace patente la realidad que hay detrás de su apariencia o manifestación. Y la realidad de la política son los conflictos que en cierto momento alcanzan una determinada intensidad.

1.- En el orden de las importancias, el problema políticomás intenso y más real en este momento es la cuestión antropológica. Una cuestión que, a diferencia de la “cuestión social” resucitada por la crisis actual, excede a la misma política, pues su materia es la naturaleza de la civilización. El objetivo del socialismo en sus diversas variantes, que no son sólo “izquierdistas” -el izquierdismo es una enfermedad infantil del socialismo, decía Lenin- ha consistido siempre en cambiar la civilización mediante el cambio social, que afecta a las estructuras, para lograr la producción de un hombre nuevo. Suscitada la cuestión antropológica por la revolución culturalista de mayo del 68, el socialismo en decadencia desde la implosión del soviético -el “real”- y que ya no es más que estatismo de derechas o de izquierdas, muy próximo en esto al fascismo, ha visto en esa cuestión -que Marx, un hombre civilizado y muy culto, hubiera calificado de máscara de los intereses del capitalismo burgués-, su tabla de salvación.

2.- Saint Simon y Comte dividieron las épocas de la historia universal en orgánicas y críticas. Con la implosión de la Unión Soviética comenzó seguramente una nueva época. Interim fit aliquid, algo se preparó en el interregno en que Fukuyama, un norteamericano japonés (dato importante para entenderle) confundió ese breve descanso de Clío con el fin de la historia, y la época está resultando intensamente crítica, lo que equivale a decir intensamente histórica. Debido a la cuestión antropológica, planteada ya tímidamente en la revolución francesa, es más intensamente histórica o crítica que la que describieron así Saint-Simon y Augusto Comte después de ese gran acontecimiento, que dio pié a la difusión de las filosofías teleológicas de la historia. La realidad histórica ha devenido materialmente más intensa con los acontecimientos de las Torres Gemelas, el tren de Madrid y el gran atentado en Londres, que certificaron que sólo existe ya una constelación política en todo el mundo y que la civilización occidental, sobre todo Europa, ha dejado de ser el sujeto central en la historia universal y puede pasar a ser su objeto. Para el islam militante es ya en conjuntodar-al-harb, tierra de guerra a conquistar, aunque algunas partes como Al-Andalus son tierra a recuperar,dar-al-chahada.

3.- La crisis económica, en realidad financiera y laboral -la combinación de la falta de libertad económica y la falta de libertad de trabajo a causa del estatismo-, es secundaria. Ha sido y está alimentada por las caducas oligarquías socialdemócratas de derechas e izquierdas para conservar su privilegios, lo que vela la realidad política. La economía colectiva es siempre economía política y la crisis de la política -“la piel de todo lo demás” como decía Ortega- es decisiva cuando es total, pues remite a la moral. El hombre es velis nolis un ser moral, dependiendo de ella todas las actividades humanas de las que se ocupan la economía, la política, el arte y la literatura, las ciencias sociales, las ciencias del hombre, hasta el Derecho, la lógica del orden social, y la misma ciencia junto con las aplicaciones de la técnica. La moral natural se concreta en la ética que caracteriza a las civilizaciones, a los imperios, a las naciones, a los pueblos, a los grupos, a las familias: es la ciencia de las virtudes que hacen posibles las agrupaciones humanas, siendo el êthos, palabra griega que designa el carácter colectivo, la forma en que las religiones trasforman en convivencia la mera coexistencia adaptando la ley moral natural universal a la vida humana colectiva en espacios, momentos y circunstancias concretos.

4.- La crisis presente es una crisis radical del êthos de la civilización occidental, que parece predispuesta a suicidarse, o, más bien, cuyas inverecundas clases dirigentes llevan al suicidio; no sería el primer caso. La cuestión llamada antropológica, que presupone, dice Rémi Brague, la ilegitimidad de lo humano (planteada desde antiguo pero sin mayores consecuencias), no sólo destruye su êthos sino que persigue el control y la destrucción de la misma ley moral natural -de manera parecida a como el ecologismo ideológico pretende controlar y cambiar las leyes naturales del cambio climático- para sustituirlo por un êthos cientificista antinatural utilizando el poder político. Tras la labor de zapa, sus partidarios no ocultan ya su intención de sustituir la civilización por otra imaginaria a su gusto. Los gobiernos occidentales que hacen suya la cuestión antropológica o ceden a las pretensiones de los lobbies multiculturalistas, actúan como enemigos de la civilización a que pertenecen y de sus pueblos. Los gobiernos de Francia, Suecia, España, Inglaterra, Holanda, etc., participan decididamente en esta inversión de la política, que destruye las naciones y facilita la perpetuación de la servidumbre voluntaria de sus súbditos.

5.- Al hacer suya la cuestión antropológica, la política posterga el êthos tradicional. De momento, su mayor enemigo es el cristianismo por ser la religión de Europa y Occidente en general. Pero está necesariamente en conflicto con las religiones, pues la implantación del nuevoêthos cientificista ligado a esa cuestión, hace superflua la función social de la religión. Decía Niklas Luhmann: «La necesidad [social] de la religión no puede ser demostrada con fundamentos antropológicos, sino sólo sociológicos. Para los hombres individuales es prescindible, no lo es, sin embargo, para el sistema de comunicación llamado sociedad». Sociológicamente, «la religión no soluciona problemas específicos del individuo sino que cumple una función social», y «cualquiera que sea el modo en que se determine esa función y pueda derivarse de ella la posibilidad o incluso la problemática del proceso de diferenciación funcional, no existe otra prueba científica de la imprescindibilidad de la religión».

No es extraño que el islam teocrático, que une le religión y la política, le haga frente decididamente a la cuestión antropológica que se presenta como fundamento de la sociedad perfecta. No obstante, sin distinguir con precisión el enemigo, pues pretende aprovecharse de la crisis religiosa y moral de Occidente para dominar su espacio, sobre todo el europeo, muy debilitado demográficamente, y restaurar el Califato.

6.- Apenas son sensibles a ambos aspectos gobiernos como el ruso o el húngaro, objeto este último de los reproches de la Unión Europea socialdemócrata -democracia cristiana y liberalismo incluidos- por su actitud inequívoca frente a la cuestión antropológica. Los Estados Unidos de Obama se presentan como sus adalides con la colaboración de poderosas Ongs, que la exportan como un american way of life modernizado, y son relativamente indiferentes ante los progresos políticos del islam. Sin embargo, es inevitable el conflicto entre la cuestión antropológica del progresismo político e intelectual y todas religiones salvo que éstas acaben cediendo a la presión política. Esto está sucediendo en diversas religiones protestantes, siendo la anglicana un caso notorio.

En realidad, sólo se oponen: el Papado, aunque las Iglesias particulares son muy tibias y hay demasiados clérigos y católicos confesos promotores del progresismo antropológico; los Patriarcados de la Iglesia ortodoxa; algunas confesiones protestantes, principalmente evangélicas; y judíos ortodoxos. Llama la atención que ateos y no creyentes cultos se pronuncien más militantemente que la mayoría de los creyentes en defensa de la civilización occidental. A este respecto es significativo el caso del pagano Dominique Venner en Francia, donde se está gestando un movimiento expresamente contrarrevolucionario de consecuencias por ahora inciertas, enfrentado a la revolución antropológica de sus gobiernos.

7.- El hipotético éxito de la política al eliminar la tensión dialéctica natural entre ella y la religión, mediante la reducción de esta última a la esfera íntima hasta su extinción, significaría paradójicamente su final al convertirse ella misma en una religión, la única permitida o, en su jerga, correcta. Pues, el objeto formal de la política, lo que la justifica, tal como se ha entendido en Occidente desde sus orígenes griegos, no es la dominación de la naturaleza ni siquiera la igualdad, sino el koinon agathón, el bien común o, por lo menos, la utilidad o interés común. De ahí que la política carezca de un objeto material concreto: su materia depende de la intensidad que pueda alcanzar cualquier aspecto conflictivo de la vida colectiva que sean incapaces de resolver las normas de la Cortesía y, si ésta no basta, el Derecho. Es entonces cuando irrumpe la política para conservar el equilibrio del orden social, como enseñaba Maquiavelo.

8.- Ahora bien, toda política descansa en la visión del hombre que comparte con las religiones, cuyas diferencias en este aspecto no son excesivas, por lo que pueden convivir bajo el mismo régimen político mientras no se politicen las diferencias. Desde tiempos ancestrales era una creencia común -salvo casos aislados como los detectados por Brague- que la naturaleza-humana es una, permanente y universal aunque en sí misma sea un misterio, que no resuelve ni la distinción entre el cuerpo y el alma o el espíritu, ni el materialismo ni el idealismo ni el espiritualismo. De ahí que el pensamiento político y la política práctica no se habían planteado jamás la cuestión antropológica, dejándola a las religiones. En la civilización occidental, dando por hecho que el hombre es un zoon politikón, un animal político, que es como lo veían los griegos, como su conducta es variable, puesto que vive en la Historia, no en la Naturaleza se circunscriben a lo sumo a considerar la condición humana desde el punto de vista moral: el hombre es malo, es bueno pero pecador, es falible, es un ángel u otras concepciones parecidas.

9.- En contraste, lo esencial de la cuestión antropológica consiste en la negación de la realidad de la naturaleza-humana. Reduciéndola a sus manifestaciones sensibles, externas -los deseos, las actitudes, las capacidades, las aptitudes, las pautas de conducta-, afirma que la naturaleza humana es histórica, un producto de la historia que hacen los hombres -los hombres no hacen la historia; la hacen los historiadores al dar cuenta de cómo viven en ella-, por lo que constituye el resultado de la cultura en lugar de ser su causa y fundamento. Una típica petición de principio al hacer de la cultura el deus ex machina de lo humano, cuando en realidad es su morada, el mundo del hombre.

10.- En efecto, siempre se ha dicho que la cultura -del latín, cultivar la tierra-, es una segunda naturaleza. Pues, como humano, el hombre vive en la Historia aunque apoye los pies en la Naturaleza. La cultura es la morada en la que habita para protegerse de aquella, hostil como tal a lo humano, que por su parte la humaniza “cultivándola” para ponerla a su servicio (a lo que se opone el ecologismo partidario de la Naturaleza). La habitud, el modo de habitar en la cultura, el modo de morar, configura las virtudes, que son hábitos cuya síntesis o espíritu es elêthos que hace posible la vida colectiva, regida espontáneamente por él, de las familias, los grupos, los pueblos, las ciudades, las naciones, los reinos, los imperios y las civilizaciones. Pero el culturalismo, la cultura cuantitativa de la tecno-ciencia, invierte la cuestión: la cultura morfotécnica aspira a controlar y cambiar la naturaleza-humana y, utilizando ideológicamente la política, intenta crear una nueva humanidad artificiosa sometida a las leyes de esa cultura artificial creada por la voluntad de poder.

11.- Max Scheler y Martín Heidegger entre otros, advirtieron hace casi un siglo, que, debido a la ciencia y la técnica, sobre todo a la técnica, el hombre no ha sido nunca tan problemático en ninguna época como en la actual. La guerra de 1914-18 lo había dejado traslucir, pero la siguiente guerra mundial y los desmanes del comunismo y el nacionalsocialismo, ambos en busca del hombre nuevo, sobre todo este último, una ideología biologicista con pretensiones de ser una religión, corroboraron que la civilización occidental había llegado a un punto en que lo humano estaba en cuestión. Estos antecedentes, unidos a factores posteriores, entre ellos el poder religioso del igualitarismo pseudodemocrático, el enorme desarrollo tecnológico, el espíritu de bienestar y la voluntad de poder han hecho definitivamente de la cuestión antropológica un problema universal fomentado por los organismos internacionales y capitaneado ahora descaradamente por los Estados Unidos de Obama.

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La oposición entre la visión tradicional de la naturaleza humana fundada en la experiencia y la nueva antropología cientificista, que la reduce a mera biología -a la “nuda vida”, decía Michel Foucault-, es el tema de nuestro tiempo, que alimenta el creciente conflicto entre las religiones y la política.

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