La trampa de las listas abiertas (I)

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Que con buenas intenciones se han causado los mayores daños es una evidencia histórica difícilmente cuestionable. En el actual discurso político oficial, ante la hecatombe manifiesta de la ruindad institucional y “constitucional” típicamente defensiva de quienes apalancan este régimen de partidos, unos pocos se aferran a una reformista tabla de salvación que acabe con el déficit partidocrático que ya no se puede esconder: El cambio del sistema de listas cerradas y bloqueadas de partidos por otro de listas abiertas, también de partidos.

Se trata de una burda simplificación intelectual ajena al control ciudadano sobre el representante, ya que la adopción del sistema de listas abiertas de partido, no resuelve el problema de la representación y responsabilidad del elegido frente al elector, resultando que, en cualquier caso, para ser elegido, habría forzosamente que pertenecer a la lista de un partido concreto que lo incluya. Efectivamente, para poder ser elegido, el partido, verdadero y único sujeto de la acción política,  seguiría diseñando el “menú” de elegidos a incluir en dichas listas a través de sus cúpulas, por lo que la separación entre la sociedad civil y política se mantendría de igual forma que en el actual sistema de listas cerradas, ya que el poder último, la mal llamada “soberanía”, residiría en última instancia en el partido y no en el ciudadano. Exactamente igual que ahora.

Dar carta de validez al cambio de unas listas cerradas a otras abiertas como simple solución al problema representativo supone expreso reconocimiento de que el sujeto político sea el propio partido y no el ciudadano, que únicamente puede ejercer la acción política a través de aquel, quedando de nuevo a merced de una clase política generada por la oligarquía de partidos, donde la promoción dentro y fuera del grupo partitocrático se consigue con instrumentos tan característicos como el servilismo y el pactismo. Ello no viene a significar la maldad intrínseca de los partidos políticos, cuya utilidad vehicular de las ideas y aspiraciones ciudadanas es evidente y asumida por cualquier demócrata, sino que lo sancionable es su posición como titulares del monopolio de la política insertándose en el estado como verdaderos órganos administrativos gestores de la “cosa política”.

La oligarquía de partidos, ya sea con listas abiertas o cerradas, se caracteriza por la configuración del partido como tentáculo del estado que establece su relación con el ciudadano de arriba hacia abajo, saliendo del Estado hacia el ciudadano y no al revés como verdadera asociación ciudadana de orden político destinada a proponer una determinada acción de gobierno que es precisamente su función.

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Manuel García SesmaGonzalo Comentaristas mas recientes
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La corrupción del sistema político español es evitable.Tiene su origen en la Ley fundamental borbónica que establece como forma política del Estado español la Monarquía parlamentaria dentro de un Estado de partidos y de autonomías.La mayoría de los españoles que contribuyen a la cosa pública se conforman con admitir el defectuoso funcionamiento de las instituciones políticas y hasta el derrumbamiento de la conciencia de la unidad nacional,ha llegado el momento de repasar,sin recelos y temores,las bases jurídicas ,reales e idiológicas del ordenamiento jurídico en vigor desde 1978.Pasadas más de tres décadas desde el fin de la dictadura,hay que discutir la utilidad de conceptos políticos como el control del poder por los partidos del acuerdo de la transición,el sistema proporcional de listas,abiertas o cerradas,que dispone la ley electoral y,en suma,en el escepticismo de los actuales dirigentes en la aptitud de los contribuyentes al erario público para practicar la libertad política en que debe fundamentarse la democracia.Hay que obligar a un mordaz análisis las premisas ideológicas de esta oligarquía del Estado de los partidos.España exige una regeneración moral e institucional.

Manuel García Sesma
Manuel García Sesma

Claro, nítido y conciso. Enhorabuena por el artículo.

Un saludo.