GAYS EN EL EJÉRCITO ESPAÑOL: LAS EXPERIENCIAS DE C. A. BIENDICHO (II)

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ILLY NES.

Cada tres meses se iba un reemplazo y venía otro, precisamente por tratarse de la Compañía de Policía Militar tú tenías el privilegio de escoger primero. Yo tenía chófer entonces, era la época de los Mundiales del 82 y teníamos que vigilar la central nuclear del Almaraz. De repente, el que era mi chófer, Eduardo, me dice:

 

— ¿No se acuerda usted de mí? (me quedé perplejo). Usted me ha tenido en sus brazos… Soy hermano de Jordi, su compañero de Veterinaria. Usted ha estado en mi casa en Vilassar de Mar.

 

¡No podía creerlo! El hermano de Jordi… Yo elegía a mis chóferes por la camiseta blanca que llevaban debajo. Era la época del cambio de región y venían todos mezclados, pero el hecho de ver una camiseta de un blanco nuclear demostraba cierta higiene. Incluso, en la mayoría de los casos, al hablar con la persona notabas cierto nivel cultural. Y yo indudablemente prefería tener un chófer de esos antes que a un pastor de cabras que se dedicaba a contar como se tiraba a las ovejas. Esta situación la he vivido, de modo que hablo con total propiedad.

 

Eduardo y yo íbamos juntos porque mi Compañía tenía que vigilar la central nuclear de Almaraz. Y puesto que Eduardo era hermano de Jordi, en público me trataba como “mi teniente” mientras que en privado era simplemente “Carlos”. Su padre era odontólogo, de una familia con posibilidades económicas. Y un día sin más me dice: “¿Por qué no cogemos una habitación en el hostal que hay en la carretera y todos los días después de comer nos vamos a dormir la siesta, nos duchamos…? Porque claro, un mes con duchas de campaña… Podemos dejar la ropa para lavar y tenemos dos o tres horas para tumbarnos en una cama en condiciones y no en un saco de dormir tirado en el suelo.”

 

— Ah… Pues vale, respondí.

 

Cogimos el hostal y bajábamos todos los días. Era un hostal entre Almaraz y Navalmoral de la Mata.

 

Dejábamos la ropa para lavar, nos servían dos cubatas y nos subíamos para la habitación. Yo no sabía que Eduardo era homosexual, y aunque le veía rasgos delicados, no me atrevía a confirmarlo. Un día venía un general de Inspección a vernos y como teníamos muy poco tiempo, mientras me duchaba, Eduardo me dice:

 

—¿Te importa que si mientras tú te duchas, yo me afeito y así ganamos tiempo?

 

Le dije que no me importaba, y ni corto ni perezoso entró en el baño completamente desnudo a afeitarse. Noté que estaba medio excitado, cosa que a mí me animó también bastante, pero bueno, salimos disparados, mantuvimos la visita oficial con el general de manera cordial y al día siguiente bajamos como hacíamos cada día. Pedimos los dos cubatas y subimos a la habitación.

 

Y la situación vuelve a repetirse. Mientras me estoy duchando, Eduardo entra nuevamente en el baño completamente desnudo, pero en esta ocasión con el pene en absoluta erección. Me entretuve más de lo necesario disfrutando de aquella morbosa situación. Sin embargo, para mi sorpresa, Eduardo abre la cortina y se mete conmigo en la bañera. No hubo palabras, sólo sexo, gozamos como posesos y fuimos amantes todo el tiempo mientras Eduardo fue mi chófer.

 

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