manolo de la torre

MANUEL DE LA TORRE.

Es la crisis. La crisis económica. Es lo que se oye a cada paso en todos los sitios. Gente de toda condición nos atrevemos a hablar de inflación, deflación, balanza de pagos, desarrollo y hasta de cómo el capital nunca pierde aunque, como toda la vida, lo haga a costa de explotar a los que menos tienen.

Hay gentes que nunca hablaron más que de fútbol y ahora lo hacen de la prima de riesgo como papagayos. Y uno se queda admirado de que hayan aprendido en tan corto espacio de tiempo cuestiones sobre economía. Especialidad de la que me guardaré decir lo más mínimo, porque luego se me cabrean los economistas y mandan notas al periódico pidiendo mis rectificaciones. Así que chitón…

En realidad, el comienzo del 2000 olía ya a chamusquina. Y los más listos decían que la espada de Damocles de la economía pendía sobre nuestras cabezas. Debido a que la burbuja inmobiliaria de Aznar podría explotar en cualquier momento. Incluso uno oía a quienes decían saber de la cosa que el legado que nos dejaba Aznar era una España de mentiras económicas.

Pero uno, como no sabía ni papa de economía ni de burbuja inmobiliaria y aun pensaba que los que metían la mano en la caja eran nada más que tres o cuatro políticos de poca monta, se atrevía a decir que la venalidad en pequeñas dosis era necesaria porque lo había leído en vaya usted a saber dónde. Que ni me acuerdo en estos momentos.

De pronto, al comienzo de una tarde, donde la cerveza entra de lujo, le oí chamullar a un empresario que al ritmo que íbamos llegaría el momento en que habría que ponerlo todo en tela de juicio, idear otras salidas, otros métodos, otros comportamientos, otras relaciones. Y, desde luego, tras explicarse por encima, sentenció: “ya nada volverá a ser lo mismo cuando la política empleada por Aznar dé la cara. Y apostilló: ¡Pobre Zapatero, la que le espera…! Será el que pague todos los vidrios que han roto Rato y los suyos”.
Aquel empresario hablaba con tal desparpajo de cuestiones tan importantes que a los presentes nos daba por reírnos.

Incluso pusimos al hombre, con nuestra sorna descarada, al borde de la histeria. Me recuerdo que nuestra falta de respeto, por parecernos que farfullaba tonterías, logró que nunca más frecuentara nuestras reuniones. Menos mal que no era de Ceuta y mucho me temo que, como aquí no se le ha perdido nada, nunca más venga y aproveche la ocasión para sacarnos los colores a cuantos descreídos tomábamos sus predicciones a cachondeo.

En estos momentos, de incertidumbres funestas, vengo oyendo el siguiente comentario: “Hay una propaganda gubernamental bien orquestada para meternos el miedo en el cuerpo. Ya que cuanto más inquietas están las gentes más votan al poder establecido”. Pero también existe este otro: “Los socialistas pintan con tonos lúgubres la actualidad para socavar la moral de la nación y echar abajo al Gobierno del PP”. Ambos razonamientos me parecen, por lo menos, especiosos.

Aun así, me repito que ambos comentarios son majaderías de personas que quieren saber de todo con tal de opinar y sentirse importantes. Si bien, cuando menos lo espero, me acuerdo del empresario que nos hablaba del más que posible estallido de la burbuja inmobiliaria. Y de cómo nos reíamos de él. Quiero decir del empresario pronosticador. Y, entonces, medito sobre la mafia política. Y me echo a temblar.

 

vía El Pueblo de Ceuta.

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