El sanchismo es un estado de ánimo, parodia del de aquel “Auto de las Cortes de Burgos, o triple llave al sepulcro del Cid o divino zancarrón”, obra de Azaña, sobre cuya tumba zapatea un Sánchez de España.
Ahora el divino zancarrón es el de Franco, con Sánchez, el ágrafo sin lecturas, fantaseándose Azaña, el escritor sin lectores (en el actual gobierno no hay ni uno), quien antes de conducirnos, flaneando, a la guerra civil acertó a satirizar la querencia española a la remoción de “zancarrones y calavernas”, dicho sea en el castellano de piedra de Bernal Díaz.
Recordemos (me los recuerda Alfredo Valenzuela) los célebres párrafos azañinos del 22, con motivo de la remoción de los huesos de Quintana: “No hay duda: desenterrar a los muertos es pasión nacional. ¿Qué incentivos secretos tienen para el español los horrores de ultratumba que no se satisface con ponderarlos a solas y ha de ir a escarbar en los cementerios a cada momento? ¿Vocación de sepultureros, realismo abyecto, necrofagia? De todo hay en esta manía.”
–Nadie está libre. Quien hasta ahora no se ha dejado desenterrar, como Cervantes, incurre en falta.
Del divino zancarrón de Cervantes quedaba en la calle de Huertas, colgado de un andamio, un cartón anunciador: “Arte único. Entren y vean. La tumba de Cervantes”. Eran los tiempos en que Villapalos, criado en la vega del Arroyo de Ripas, donde la necrópolis (entre Menasalbas y San Martín de Montalbán), excavaba el Madrid de Gallardón, que hacía de arzobispo de Trajanópolis, en busca del zancarrón de Velázquez, que no estaba.
–Tengo el tronco en Sevilla, / la diestra en Burgos, / la cabeza perdida, / y mis dos muslos, / deshechos en reliquias, / por esos mundos –pone Azaña a cantar a Fernando III en su animada fantasía, corolario de Martínez de la Rosa, o Rosita la Pastelera: “no hay una tierra en el mundo / sin una tumba española”.
El Villapalos de Sánchez sería Pérez de Armiñán.
–Yo ahí no me meto –dice Bergoglio, el Papa agnóstico.

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