combinacionesVale, la horda de Pablemos carece de ética. Pero ¿y los demás? ¿Cuál es la ética de la “pandi” de Rivera, el kantólogo (de Kant)? ¿Y la recua de Sánchez? ¿Y la tribu de Mariano, con su “Marca” y su “Pontevedra é boa vila, dá de beber a quen pasa, / a fonte da Ferrería, San Bartolomé na praza…”?

La ética es invención griega: una visión viril, militar y orgánica de la vida humana, aclara Santayana, para quien los griegos sabían lo que era tener una patria, una religión y una noble y hermosa manera de vivir que había que defender hasta la muerte, pues reconocían que la fuerza de la naturaleza acaba por destruir la de cada una de sus partes.

Los griegos se libraron por eso de la arrogancia sin condenarse a la nimiedad.

(La nimiedad de contentarse con cualquier cosa y la arrogancia de proclamar que, en su nimiedad, eran los favoritos del cielo.)

Para Bertrand Russell, que da muchas vueltas al asunto, la ética es reductible a la política, y coincide con Santayana en que no hay “conocimiento” ético.

La ética deriva de la pasión, y no existe método válido de trasladarse desde la pasión hasta lo que ha de hacerse.

Para aproximarse a conclusiones éticas, Russell crea la doctrina de la “combinabilidad”. ¿Cómo combinar, dice, que uno es del Partido Demócrata, pero odia a su candidato presidencial?

El arte de la política consiste en encontrar el mayor número de personas “combinables” posible.

¿Recuerdan a Napoleón dando puñetazos en su palco de la ópera porque piensa en cómo combinar tres Cuerpos de Ejército en Fráncfort con dos Cuerpos de Ejército en Colonia?

La naturaleza dota al hombre de pasiones de difícil combinación (esto se ve bien en los entrenadores de fútbol), y el arte necesario para ello es el arte de la política: un hombre desprovisto de este arte sería, según Russell, un salvaje, incapaz de vivir en una sociedad civilizada.

A Pablemos, como a sus socios de partidocracia, lo que les falla no es la ética, sino la política.

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