La ilusión de la democracia interna

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El flautista de Hamelin. Copiado en 1592 de la vidriera de la Iglesia de San Nicolás. Hamelin. Baja Sajonia. Alemania

Michels enuncia que es imposible que cualquier organización de masas sea democrática, la ley de hierro de las oligarquías lo impide. Sin embargo, nuestra mal llamada Constitución, la de la traición del 78, donde todos traicionan a todos y se abrazan, asume que estas organizaciones de masas son democráticas, y en consecuencia las valida como únicos sujetos de la acción política en España.

De este modo, el mismo principio que por ciencia difusa convierte a los partidos de masas en organizaciones democráticas, se traslada por extensión a todos los rincones de la partidocracia, y nos lo encontramos, por ejemplo, en el artículo 2.5 de la Ley Orgánica 1/2002, de 22 de marzo, reguladora del Derecho de Asociación:

La organización interna y el funcionamiento de las asociaciones deben ser democráticos, con pleno respeto al pluralismo. Serán nulos de pleno derecho los pactos, disposiciones estatutarias y acuerdos que desconozcan cualquiera de los aspectos del derecho fundamental de asociación.  

El derecho de asociación regulado en esta Ley Orgánica es un derecho otorgado por la magnánima tutela de la oligarquía de partidos, que nos permite a los súbditos españoles el derecho de asociarnos y organizarnos en torno a aquellos fines que al Estado convenga no integrar en su seno, o considere que tiene el privilegio de ser único titular, y según la reglas que establecen aquellos que son los únicos sujetos de la acción política en España.

Pretendo demostrar cómo el mismo principio constitucional demagógico, que sostiene que los partidos son los únicos agentes de la libertad política de nuestra nación, es trasladado y subsume al derecho otorgado de asociación como una extensión, manteniéndose esa lógica de la apariencia, sin argumento probatorio, y solo encubre la pretensión vacía de legitimar el privilegio y la corrupción.

La ley de Michels ya demostró la imposibilidad de que la disciplina interna de las organizaciones de masas tuviera algún rasgo de democracia. En Pasiones de servidumbre nos dice García-Trevijano:

La exigencia constitucional de que el funcionamiento interno de los partidos sea democrático equivale a la confesión de que sin ese requisito la democracia, más que imposible, sería del todo inconcebible, tanto por no existir libertad política general, como por el carácter necesariamente oligárquico de los únicos agentes de ella.

De modo que la simple redacción de la Constitución convierte a organizaciones de masas, “los partidos”, en “organizaciones democráticas”, y en partes constitutivas del propio Estado, ignorando a Michels, y a Gramsci, que afirma:

No hay lucha por la hegemonía ni la libertad política cuando los partidos están consagrados y pagados por el Estado.

Así, las simples reglas de la Monarquía de partidos no sólo los presentan como únicos sujetos de la acción política, van mucho mas lejos, y quieren dar gato por liebre culminando su obra con la idea de que en España hay democracia, como consecuencia lógica de sus axiomas partidocráticos y la concordia colegiada del privilegio y la corrupción.

Y ello, aunque la lógica sólo tenga medios para detectar errores de forma, no de contenido; y los axiomas fueran redactados por el consenso político entre el partido único del franquismo y los partidos de la oposición que pasaron por la ventanilla franquista para instalarse en el Estado, y culminan la traición aprobando la Constitución de 1978. Se convirtió un Estado de partido único en un Estado de varios partidos.

La doctrina alemana asumió que en el Estado de Partidos no había representación política. Había integración de las masas en el Estado. E incluso argumentaron la superioridad de esta integración, aunque la República de Weimar y los muertos de la Segunda Guerra Mundial eran argumentos de peso que contravenían esa superioridad. Los defensores alemanes del Estado de Partidos lo reconocen, como vemos en Pasiones de servidumbre:

Si los partidos no son organizaciones internamente democráticas, la democracia no existe.

Y es obvio, sin libertad política colectiva, no puede haber democracia. ¿Por qué entonces en España tienen los partidos atribuido el oligopolio de la acción política como privilegio constitucional?. Y ¿encima pretenden con propaganda llamarlo democracia? Nuestra homologación al Estado de partidos europeo es tardía, no estuvimos en el final del desastre de la Segunda Guerra Mundial y los muertos de la guerra civil quedaban muy lejos. Aquí el Estado total o autoritario había triunfado, y el ruido de sables fue un ingrediente para el atrezo que iba a fabricar el mito de la transición. ¿Cuánto tiempo más tenemos que disimular y hablar el neolenguaje que fabrica la Monarquía de partidos?

En definitiva, la misma Ley que nos exige ser organizaciones democráticas se subsume a la hipocresía constitucional que por ciencia difusa convierte a los partidos en organizaciones democráticas. Algo imposible, una entelequia que solo existe en la imaginación de los que practican la servidumbre voluntaria a esta Monarquía de partidos, que ni siquiera en España tienen valor de poner nombre propio. Nos encontramos frente a otro aparente abismo, aunque fácil de desenredar: ¿Puede el MCRC ser una organización democrática?

Las asociaciones de ciudadanos, por su propia naturaleza libre, no pueden ser democráticas sólo porque estén dotadas de un órgano representativo – designado de abajo hacia arriba – por los propios asociados, y de unas reglas que regulan su vida interna. Ni cuando son asociaciones de pequeñas dimensiones, y aún menos cuando estás adquieren dimensiones de masas. Reducir la palabra democracia a estos mecanismos garantistas regulados en los estatutos de las asociaciones es asumir el lenguaje de la partidocracia y legitimar su dominación.

Solo el establecimiento de reglas del juego externas a los partidos – separación en origen de los poderes del Estado, el legislativo del ejecutivo, el Parlamento del Gobierno – define la democracia. Y dice Trevijano:

Aunque dentro de los partidos fuese posible que su organización y vida interna fuesen democráticas – que no es posible – daría igual, pues su comportamiento hacia fuera no mejoraría la condición democrática del país, pues eso (su vida interna) solo interesa a los que militan en esas organizaciones.

La Teoría Pura de la República trata de la forma republicana del Estado y del modo de constituirla con libertad política, delimita y define la materia que contiene, las relaciones de poder político y burocrático en una nación estatal. Carecería de rigor, o de inteligencia, que esto se pudiese aplicar en una asociación cultural, que no persigue el poder, o en un partido, cuya organización interna poco cuenta para la vida democrática de la nación.

Solo aquellos que pretendan transformar el MCRC en una organización estatal – aceptando los dogmas de fe de la partidocracia, que convierten a asociaciones de la sociedad civil o a partidos estatales en democráticos – exigirán una organización democrática en el MCRC, algo que es imposible. Estarían reconociendo el principal argumento del Estado de partidos que, a través de la Constitución, y por necesidad, convierten a organizaciones de masas en democráticas para erigirse en sujetos únicos de la acción política.

El MCRC no puede ser una asociación democrática. Quien pida esto, o bien pretende convertir una asociación cultural en un partido del Estado, o bien justifica el principio constitucional fundamental que convierte a los partidos políticos en secuestradores de la libertad política colectiva, que no es principio, no es fin, ni es constitucional.

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Eduardo Nebreda González Comentaristas mas recientes
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Eduardo Nebreda González

Suscribo este artículo en su totalidad.
Es claro, va al punto crucial del asunto tratado.
Aporto una reflexión: esta asociación no puede acabar como el ejército de Pancho Villa, donde la sola voluntad y el compadreo nombraba generales, aquella necesaria aventura acabó en un dislate macabro donde daban órdenes hasta los gatos.
¿Hay quien pueda imaginar reuniones interminables e inútiles para decidir si votar o deliberar o qué, para tomar la menor de las decisiones? ¿Sí? Pues quienes lo crean que formen una asociación y pasen por la misma ventanilla, como muy bien señala el artículo, por la que han pasado todos los partidos políticos.