Discursos de colegio, normalidad y consensos transversales

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MADRID, 24/12/2018.- El Rey Felipe VI pronuncia el tradicional mensaje de Navidad, el quinto de su reinado, desde el Palacio de La Zarzuela. EFE/Ballesteros.

En su último discurso de Nochebuena el Jefe del Estado ha tenido a bien dirigirse principalmente a los jóvenes, empleando en varias ocasiones la palabra “convivencia”, a la que señala hacia el final como “el mayor patrimonio que tenemos los españoles”, en una breve alocución de 10 minutos. Mientras lo veía en el televisor, me sentía más bien delante del director de un colegio, que del rey de España. Ciertamente, ha de ser alguien cercano al gobierno socialista quien le ha escrito el discurso a nuestro ágrafo monarca, pues rezuma eufemismos de la pedagogía de la LOGSE socialista, como este de “convivencia”. Así, para no hablar de aula de castigo, donde se reúne a los alumnos díscolos que son expulsados de clase se habla de “aula de convivencia”; y la comisión de los Consejos Escolares de cada centro educativo que se cita para decidir sobre las sanciones a imponer a alumnos que no entienden, por su carácter “disruptivo”, ese sagrado y difuso -como todo eufemismo- concepto de “convivencia”, se llama, como ya habrán adivinado, “comisión de convivencia”.

Por tanto, la palabra “convivencia” que el Diccionario de la RAE define como “acción de convivir”, y que puede adjetivarse, en consecuencia, como “buena” o “mala” pasó a ser, para los malhadados fautores de la LOGSE, y para su inadvertido discípulo coronado, un concepto fluido, cargado de una vaga connotación positiva, que supone la “resolución pacífica de conflictos” -otro paratecnicismo pedagógico-, cómo no, a través del diálogo entre las partes -aunque sean agresor y agredido-, es decir, el consenso, si nos situamos en el terreno de lo político. Encuentra así nuestro rey, clave de bóveda de esta Monarquía de partidos enemiga de la nación, un término huero, un eufemismo que se usa con el fin de ocultar una dura realidad, para evitar hacer referencia a la crisis catalana, que se vive con “normalidad”, según decía una desalmada ministra momentos antes de la celebración del consejo de ministros en Barcelona, rodeada de unos 10.000 policías.

Todos marcharán, en fin, y el rey el primero, en busca de ese “consenso transversal” -otro término que, a estas alturas no hay que sorprenderse, procede también de la pedagogia logsiana, que introdujo los “contenidos transversales” de cariz mayormente ideológico a tratar en todas las asignaturas, perdón, materias-, que aparentará lograr algún cambio para que todo siga igual, según el principio lampedusiano, es decir, que las castas políticas regional y nacional perduren en sus privilegios y su secuestro de la representación y la democracia. Y todo eso en un discurso de 10 minutos, que es el tiempo que puede aguantar un auditorio de inquietos adolescentes el discurso de un director paternalista.

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