Pedro Sánchez echa de menos el voto popular como Proust el beso de buenas noches de su mamá, y esa carencia la compensa con palmadas en la espalda que recibe de quienes, al modo español, le van sacando cosas que, en cualquier caso, no son suyas.
A Sánchez le cantaron mucho el despliegue policial que hizo posible en Madrid un River-Boca sin que se oyera una mosca (“¡Que suelten la mosca!”, se oyó a Sánchez mandar en el palco del Bernabéu), y hoy, con el pretexto de un consejo de ministros, quiere repetir la gesta en Barcelona, donde Marlasca y su “Lenín” le han preparado un desembarco de Normandía (¡la normalidad!, que diría Eisenhower despidiendo la flota en el Canal) a imitación del que cada año, por septiembre, hace Carlos V en la playa de Tazones.
El de Sánchez en Barcelona representa el cuarto desembarco funesto para España (tras los de Tariq en Gibraltar, Colón en San Salvador y Carlos V en Villaviciosa que cita Albornoz). La Lonja de Mar sería a Sánchez lo que el Palacio de Ayete a Franco (¡los cuarenta de Ayete!), y su gótico parece lo más indicado para el “remake” de “The Comedy of Terrors” de Tourneur que es este gobierno que nadie ha votado, con dos ministros estrella, Marlasca, el Patton de la situación, y Guirao (“Guirado” para Carmen Cafranga), que viene de la industria del cine (el libro de los que no leen libros) de Pulpí y tiene mano para estas performances.
¡Perico Sánchez y la cuestión catalana!
En este folio tenemos dicho que el sanchismo es un pompeyismo pasado por los bares de Chueca.
–Nosotros preferimos decir “cuestión catalana” y no catalanismo –dice don Pompeyo Gener, el Ortega catalán, que nunca se repuso de la pena de que le cortaran la pierna a su ex amante Sarah Bernhardt (“yo, que en París fui el rey de la moda, he de resignarme a llevar este pardesú miserable”).
Para Pompeius, “Cuestión catalana” significa la cuestión de toda una raza, la suya, con otra, la nuestra, que “se va… acarnerando”.
¡Acarnerando!

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