El factor polaco

Serie “El rapto de Europa” XLIV

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Aparte de Copérnico, Chopin, «Quo Vadis», Pacto de Varsovia, Papa y Polanski, la cultura española desconoce casi todo de Polonia. La identifica con su legendario catolicismo y no porque fuera mil veces violada por sus insaciables vecinos. Como le sucede con todo lo que ignora, España desprecia la aportación de Polonia al renacimiento del espíritu europeo cuando despertó su conciencia nacional. Considera humillante que las tropas españolas en Iraq estén bajo mando polaco y que Aznar, en su oposición al proyecto constitucional de la UE, busque apoyo en un desconocido colega polonés.

La universidad de Cracovia rivalizaba con la Sorbona cuando las de Salamanca y Alcalá de Henares no habían sido fundadas. En los dos siglos de oro de la Monarquía electiva, la Dieta polaco-lituana era el Parlamento más libre de Europa. La doctrina de que el rey reina pero no gobierna fue creada, contra Segismundo III, en un discurso del príncipe Zamoyski. Antes de que ningún pueblo tuviera una Constitución política, los patriotas polacos pidieron a Rousseau, durante la tregua de una guerra con Rusia (1772), el proyecto de «Gobierno de Polonia», de inspiración nacionalista y federal, donde el filósofo expresó ideas más modernas que las del «Contrato social». Ideas que no se aplicaron porque al año siguiente tuvo lugar la enésima perdición de Polonia.

Napoleón restauró la nación polaca, con el Gran Ducado de Varsovia, tras siglo y medio de repartos entre Rusia, Suecia, Prusia, Hungría y Austria, hasta que el Congreso de Viena la volvió a repartir. El pueblo polaco idealizó a Francia y ésta lo puso bajo su protectorado. El héroe de la insurrección armada, el dictador Kosciusko, unió su nombre, en los cantos de los poetas, al de los legendarios príncipes Jagellon y Sobieski. El tratado de Versalles de 1919 le dio paso al Báltico por el pasillo de Danzig, cuya ocupación por Hitler motivó la guerra mundial.

En «El Libro de los peregrinos poloneses» del gran Mickievicz, un clásico en la literatura europeísta de las revoluciones de 1848, la Libertad juzgó a las Naciones: «Cuando yo era atacada, te he gritado, nación, para tener un trozo de hierro por defensa y un puñado de pólvora, y tú me has dado un artículo de gaceta. Cuando estaba en la pena y la miseria te he pedido, nación, la protección de tus leyes y socorros, y tú me has dado ordenanzas. He venido a ti bajo el hábito de estos peregrinos y tú me has despreciado». «Hoy, ¿Occidente muere de sus doctrinas!». Leídos bajo el franquismo, estos versos secuestraron mi juvenil confianza en Europa.

El nombre de Rosa Luxemburgo estará siempre unido a la historia del socialismo humanista. Científicos y filósofos polacos ocupan posiciones de privilegio en la cultura europea. Arquitectos y escultores poloneses dieron personalidad occidental a las abstracciones geométricas del arte bolchevique. Y no es casualidad que la liberación de la dictadura la comenzara un sindicato católico nacido en Danzig con el nombre de Solidaridad. Pues la función victimaria de los gobiernos-títeres de Polonia tuvo la misma importancia, para la cristalización romántica de la solidaridad europea, que la de los otomanizados jerifaltes griegos. Aunque, todo hay que decirlo, la resistente Varsovia no es la Ciudad Santa que reclaman los católicos, a causa de su espantosa historia antisemita.
España y Polonia buscan protección más al Oeste de sus alianzas tradicionales. Desconfían de Francia no porque tengan motivos propios para ello, sino porque sus gobernantes han asumido los ajenos. Lo cual no deja de ser signo de propensión a una nueva servidumbre atlántica. Son fáciles de manipular los temores polacos, hoy injustificados, a Rusia. Pero resultará difícil desarraigar de sus tradiciones populares la lealtad a Francia. Su alianza con España en política exterior no crea una identidad de intereses económicos que pida extenderla a la política interior europea.

La razón. 13 de octubre de 2003

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