Vieja y nueva Europa

Serie “El rapto de Europa” (XXXV)

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Bush llama a Francia, Alemania y Bélgica «Vieja Europa». En un país que adora la juventud y la innovación no hay peor calificativo. Viejo es lo que ya no sirve. Lo joven y nuevo de Europa está en el Reino Unido, España y Polonia. Para Bush no es viejo lo que se le opone en todo, sino lo que sólo coincide al 50 por ciento con su política belicista. Lo moderno está en la incondicional adhesión a la guerra preventiva contra regímenes sospechosos de albergar terroristas o armas de destrucción masiva. Que el peligro sea real o imaginario es de orden secundario. La imaginación del mal aterroriza más que el mal mismo. La guerra anticipada contra amenazas imaginarias se justifica en la necesidad de una seguridad absoluta que incluye, en primer término, la tranquilidad de la imaginación.

Lo moderno no es ir al combate por un «casus belli» evidente. Eso era lo antiguo y está al alcance de los idiotas que, como dijo Homero, necesitan instruirse por el acontecimiento. Lo meritorio está en el aborto de peligros indefinidos, es decir, en matar y morir anticipadamente a un daño temido. Si temes la calvicie, lo inteligente es raparse siempre al cero para no quedar nunca calvo. El patriotismo encuentra en el temor a enemigos invisibles, alcanzables en hogares ilimitados, el motivo de su restauración emotiva en una época racional de globalización cosmopolita.

Cuando los estados insultan o alaban, el modo de hacerlo traduce el grado de inteligencia y sensibilidad de sus elites, con mayor precisión que la estadística de intelectuales o artistas de mérito. EE UU está a la cabeza del mundo en ciencia, tecnología y ciertos sectores de las humanidades, pero también en vulgaridad, incultura y estupidez de sus gobiernos republicanos. Salvo en cuestiones de dinero y mercado, éstos ignoran hasta el sentido de las palabras. No saben, por ejemplo, que lo viejo se opone a lo joven antes que a lo nuevo, porque la experiencia de la vida antecede a la de las instituciones. Que lo antiguo se opone a lo moderno no porque haya perdido vitalidad, sino porque no contiene novedad. Que lo tradicional se opone a la innovación porque la inercia es refractaria al pensamiento. Y que lo clásico no se opone a lo revolucionario porque no hay verdadera revolución sin clasicismo.

«Vieja Europa», «Nueva Europa», «Joven Europa» son expresiones acuñadas por estadistas, historiadores y filósofos para designar el equilibrio entre las potencias europeas, bajo el «Ancien Régime», bajo la Revolución francesa o la napoleónica, y bajo la irrupción de los nacionalismos en las revoluciones de 1848 o en las reacciones totalitarias del siglo XX.

La «Nueva Europa de los pueblos», promovida por la Revolución y adulterada por Napoleón con nepotismo de tronos familiares, fue derogada en el Congreso de Viena (1815) mediante la Restauración de la «Vieja Europa de los Reyes legítimos». La «Joven Europa de las Naciones» nació de la unificación de Italia y Alemania, después de que Mazzini transformara el romanticismo filosófico y literario alemán en movimiento político nacionalista, fundando el «Pacto de la Joven Europa» (1834), entre la «Joven Alemania», la «Joven Polonia», la «Joven Italia», la «Joven Suiza», la «Joven Francia» y la «Joven Austria».

La «Nueva Europa de los Estados», donde aparece por primera vez Checoslovaquia y reaparece Polonia tras 123 años de eclipse total, junto con los pequeños Estados Bálticos, fue patrocinada en Versalles (1919) por el presidente Wilson con la garantía de la Sociedad de Naciones. Bush ignora que las expresiones «Joven Europa y Nueva Europa» han llegado frescas a nuestra memoria por ser las consagradas en el III Reich y el Estado Total Fascista. Y la UE, al no ser unión de pueblos ni de naciones, reconoce a sus estados miembro la misma modernidad. Llamar «Vieja Europa» al eje franco-alemán, origen de la UE, sólo tiene el valor de una vejación gratuita.

La razón. Lunes 8 de septiempre de 2003 

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