Los últimos libertinos

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Hacía tiempo que un libro de historia no me encandilaba y absorbía tanto como la última obra de Benedetta Craveri, especialista italiana en los siglos XVII y XVIII franceses, Gli ultimi libertini, que he leído en la edición francesa de Flammarion publicada en 02016 (existe una traducción española que ha aparecido recientemente para quien no lea ni en francés ni en italiano). Supe de este magnífico libro por una emisión del programa Répliques de France Culture.

Imagen: portada de la edición francesa

Efectivamente, como indica la autora en su prefacio, “este libro traza la historia de siete aristócratas cuya juventud coincidió con el último momento de gracia de la monarquía francesa. Una élite entera creyó posible conciliar un arte de vivir fundado en el espíritu de casta y los privilegios con la exigencia de cambio inscrita en los ideales de justicia, tolerancia y ciudadanía que vehiculaba la filosofía de la Ilustración. “Es siempre una cosa bella tener veinte años”, escribió Saint-Beuve sobre ellos, pero era “cosa doblemente bella y feliz” tenerlos en 1774, cuando la llegada al trono de Luis XVI parecía ser preludio de una nueva época que permitía a estos “príncipes de la juventud”, como los llamaba Fontanes, “encontrarse de la misma edad que [su] tiempo, crecer con él, sentir armonía y concordia” con lo que los rodeaba.

Estos hijos de la nobleza francesa consideraban natural acceder a los primeros puestos en el ejército y a los más altos cargos en la corte y los ministerios, y vivir de rentas, pero parecían haber olvidado las razones históricas de tal prerrogativa. En todo caso, no se preguntaban hasta qué punto estas ventajas eran compatibles con las reformas de las que se hacían heraldos. “Risueños ridiculizadores de las modas antiguas, del orgullo feudal de nuestros padres y de sus graves etiquetas, todo lo que era antiguo nos parecía aburrido y ridículo”, escribirá a posteriori el conde de Ségur. “Libertad, realeza, aristocracia, democracia, prejuicios, razon, novedad, filosofía, todo se reunía para hacer nuestros días felices, y nunca un despertar más terrible fue precedido por un sueño más dulce y por ensoñaciones más seductoras” (op. cit. p. 9).

Todos ellos, el duque de Lauzun, el vizconde de Ségur, y su hermano uterino, el conde de Ségur, el conde de Narbonne, el caballero de Boufflers, el conde de Vaudreil, y el duque de Brissac, por otra parte, y eso explica el título del libro, se dieron al libertinaje que caracterizaba a una sociedad aristocrática donde el matrimonio de conveniencia era de rigor, y el adulterio era tolerado siempre que se atuviera a las reglas del galanteo elegante. Aunque ciertamente no del mismo modo; así podemos encontrarnos con el retrato de un auténtico don Juan sentimental y apasionado, como el duque de Lauzun, junto al de un frío y despiadado seductor como el vizconde de Ségur, que usaba de sus encantos para vengarse de sus rivales en sus esposas y amantes, y que fue modelo para el vizconde de Valmont de Chordelos de Laclos, pasando por otro señero seductor como el conde de Vaudreil, conocido como “el Encantador” que usó de los propios para medrar en el entorno de la reina, al lado de personajes que acabaron siendo modelos de fidelidad y entrega conyugal como el conde de Ségur y el caballero de Boufflers; sin olvidar al malhadado duque de Brissac: este miembro de la más rancia nobleza, al tiempo que francmasón y filántrofo, pensaba que el amor lo redime todo, y perdió el favor real por abandonar a su esposa y entregarse a su amor por la condesa du Barry, antigua prostituta y favorita del difunto Luis XV.

De hecho, las memorias de alguno de estos personajes, todos de pluma fácil salvo Brissac, no pudieron ser publicadas por su contenido libertino en la época de la Restauración, donde ya imperaba la nueva moral burguesa que no quería toparse con nada que cuestionase la imagen idealizada de la aristocracia víctima de la Revolución.

Tras trazar la semblanza de estos personajes y de su época crepuscular, la autora dedica un capítulo titulado “1789” al cambio radical que la Revolución -tan profusa y profundamente estudiada en España por D. Antonio García-Trevijano– supuso para estos aristócratas como inapelable punto final no sólo de una época histórica sino de un modo de vida. Unos como Lauzun, que había participado en la Guerra de Independencia norteamericana, se unieron a la revolución para acabar ingratamente guillotinado en el Terror, otros como Vaudreil y Boufflers, del bando realista, partieron rápidamente para el exilio, al que también marcharon para salvar la vida monárquicos constitucionalistas como Narbonne. Entre los que se quedaron, unos, como el conde de Ségur, lo hicieron por falta de recursos, su hermano el frívolo vizconde lo hizo porque pensaba que los acontecimientos políticos no le afectarían, aunque acabó compartiendo prisión con el posteriormente guillotinado André Chénier, y Brissac, por su parte, se sintió atado a su juramento de fidelidad al rey, convencido, asimismo, de que las reformas políticas necesarias conllevarían irremediablemente desórdenes. Este último, contra el carácter dócil a la vez que estoico con el que compañeros de casta afrontaban el cadalso, vendió cara su vida a la turba asesina que asaltó el carro en que iba preso. En este sentido, la posterior muerte patética de su amante, la condesa du Barry, que pidió piedad hasta el último momento -al fin y al cabo, como dice Craveri, una hija del pueblo humilde que se había visto obligada a prostituirse-, conmovió al público asistente, y contribuyó a cambiar la actitud popular ante las ejecuciones sumarias.

Nos hallamos, pues, ante un libro extraordinario, en el que la autora, nieta de Benedetto Croce, sabe aunar a la perfección el rigor del erudito con la perspicacia psicológica del literato que sabe dar la palabra justa a sus personajes. Es incomparable, en este aspecto, la descripción que hace de las razones de la amistad surgida hacia 01785 entre el intrigante cortesano conde de Vaudreil, al tiempo que generoso y sensible mecenas, y el moralista revolucionario Chamfort, hijo no reconocido de una alta dama criado por padres adoptivos humildes, y que no me resisto a traducir como ejemplo del tenor de toda una obra:

“Nacida de una fascinación recíproca, la amistad entre Chamfort y el Encantador fue el espejo donde cada uno intentó resolver sus propias contradicciones buscándose de manera narcisista en la imagen sublimada del otro. A pesar de sus divergencias de carácter, de ideas y de status social, los valores que compartían -orgullo, sentido del honor, espíritu de independencia, generosidad- los empujaron a una emulación constante que selló su entendimiento” […] [A Vaudreil] Paris le permitía quitarse la máscara del cortesano, marcar distancias con las intrigas, las bajezas, los compromisos, e imponerse la admiración de un público exigente por sus solas cualidades: el gusto, la elegancia, el ingenio, el encanto de la palabra. El interés que tenía en la vida artística y la posibilidad de hacer al cabo un homenaje desinteresado al mérito lo reconciliaban con su amor propio. Para este Vaudreil hombre de bien la conquista de la estima de Chamfort constituía una confirmación de su propio valor […] A ojos de Chamfort, Vaudreil encarnaba la quintaesencia del estilo aristocrático en su dimensión mítica, fuera del alcance del juicio de la historia. Bello a pesar de las marcas dejadas por la viruela, representaba por su elegancia, su brío, su desprecio del dinero y su reputación de libertino todo lo que Chamfort habría querido ser a los veinte años, cuando había ganado el sobrenombre de Hércules Adonis. Ahora que había llegado a los cuarenta, no podía dejar de admirar su mecenazgo ilustrado, su búsqueda de la perfección estética, y la cortesía exquisita de sus maneras. Concediéndole su amistad, Vaudreil realizó su encantamiento más poderoso. Ofreciéndole a Chamfort una imagen idealizada en la que reflejarse, permitió a su amigo exorcizar el abandono materno y levantar acta sin rencor de lo que podría haber sido, si el destino no hubiera decidido de otra manera” (op. cit. pp. 379-384).

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