Espíritu de San Petersburgo

El rapto de Europa (XI)

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El tercer centenario de esta imposible ciudad francesa lo está celebrando todo el mundo industrializado como si la acabase de construir Pedro el Grande. La «intelligentzia» rusa ha sentido la necesidad de impulsar y actualizar el simbolismo cultural europeo y la voluntad política europea de la epopeya zarista de San Petersburgo. La inmensa Rusia, liberada del despotismo de sus invasores mongoles y tártaros, quiso hacer patente a comienzos del XVIII, como hizo el Reino de España después de la Reconquista, que el único destino de un pueblo cristiano estaba en Europa. San Petersburgo devuelve ahora a toda la nación rusa, una vez liberada del despotismo colectivista, el sueño europeo que la concibió y construyó.
El profundo mensaje de San Petersburgo lo sintió Dostoievsky al pisar suelo europeo en Dresde y contemplar el cuadro de Claude Loraine, «La edad de oro». Lo relata en «El Adolescente». Soñó que un sol cercano a su ocaso iluminaba todavía el primer día de humanidad europea. Un sueño sin el que los pueblos no quieren vivir ni pueden morir. Lo despertó un triste doblar de campanas por Europa. Sabía que el viejo mundo europeo pasaría, pero un representante del alto pensamiento ruso, como él, no lo podía admitir. Y se vio a sí mismo siendo el único europeo en Europa. Un francés puede servir la humanidad permaneciendo francés. Lo mismo le sucede a un alemán o un inglés. Pero solo un ruso ha recibido la facultad de ser más ruso cuanto más europeo llegue a ser. «Esa es la esencia de la distinción nacional que nos separa de los demás pueblos».
Se conocen las razones estratégicas (militares y comerciales) de la construcción de esa ciudad en terrenos pantanosos que separaban Rusia del mar Báltico, pero ni esas utilidades ni el capricho de un rudo zar, fascinado como Fausto por la marítima Holanda, explican que se la dotara de tanta grandiosidad urbana, belleza arquitectónica y boato palaciego. La razón de San Petersburgo, de orden más espiritual que político, responde a la necesidad de distinción europea que atormentaba, y sigue atormentando, a la complejidad del alma eslava y occidental de Rusia.
La conmemoración de aquel milagro de civilización técnica y estética, realizado con modos bárbaros, despierta ahora, con libertades ciudadanas, la conciencia occidental de que Rusia ya no es, para los rusos y los demás europeos, el problema que se suponía irresoluble en el equilibrio de los Estados nacionales, sino precisamente la solución cultural que puede resolver la difícil cuestión de la unidad de Europa. Lo decisivo no es la forma política de buscarla, sino el modo cultural de lograrla y asegurarla.
La llamada «edad de oro» de Brézhnev, alcanzada por los rusos con los groseros vicios del despotismo, no es desde luego la que vislumbró Dostoievsky, con las virtudes del humanismo europeo, en el paisaje dorado de Claude Loraine. Pero tampoco los alemanes y los italianos de hoy son la escoria moral de las tiranías que los degradaron. Y tan anacrónico sería esperar que la libertad de costumbres vuelva a generar la contradictoria psicología del pueblo ruso, la que nos dio a conocer su gran literatura, como identificar a los españoles actuales con los caracteres y comportamientos descritos por nuestro gran Pérez Galdós.
A pesa de la profunda mutación del modo tradicional de ser ruso, realizada durante sesenta y siete años de sovietismo, los sueños de grandeza espiritual que motivaron el triunfo de la locura sobre la naturaleza en San Petersburgo, continuaron en los proyectos tecnológicos de la arquitectonia y la ingeniería revolucionarias para hacer de Moscú la urbe futurista de la Tercera Roma, y de Novosibirsk la libre ciudad de los sabios. La esperanza de alcanzar algún día la independencia de los Estados Unidos de Europa, ante los de América, sólo podrá ser realizada cuando el espíritu de San Petersburgo se incorpore a la materia económica y burocrática de la UE.

La Razón. Jueves 5 de junio de 2003

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