Del nuevo utopismo praxagórico

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Lisístrata quería terminar con la Guerra del Peloponeso con una implacable huelga de sexo que obligaba a las mujeres de Atenas a no hacer el amor con sus parejas hasta que pactaran la paz con sus terribles enemigos espartanos. Por su parte, las espartanas, dirigidas por Lampitó, utilizaron la misma ascética estrategia para terminar con la locura de aquella guerra. Al final consiguieron la paz, aprendiendo ellas que aquella huelga les había hecho sufrir tanto como a ellos. Pero mereció la pena; el vino y el amor hacen amigos incluso a los adversarios. Pero desgraciadamente la realidad cómica sólo se encontraba en la portentosa mente del poeta. Y las mujeres atenienses reales no pudieron impedir que la guerra prosiguiera letígera y acabase terminando muy mal para sus hermanos, maridos e hijos. Nunca esta estrategia, fuera de la mitología, la han usado las mujeres en la Historia, si bien el mito y la poesía suelen captar más verdad sobre el misterio de la naturaleza y del hombre que la misma verdad histórica. Se trata de una “utopía”, como todas las demás utopías geniales con las que Aristófanes construía sus comedias políticas.

En el año 392 a. C., bajo el arcontado de Demóstrato, se representa en Atenas la comedia de Aristófanes titulada Las Asambleístas (Haí Ekklesiasousai). Su argumento lo podemos resumir así: las mujeres de Atenas se han confabulado para asistir, suplantando a sus maridos, a la Asamblea del Pueblo (Ekklêsía), con el fin de adueñarse del poder político y dirigir los asuntos del Estado mediante leyes justas, y así alcanzar la “sôtería”, o la salvación y redención final de la especie humana. A punto de rayar el alba, acuden a la Asamblea disfrazadas de varones con la ropa de sus propios cónyuges. Mientras, los hombres yacen en sus camas sumidos en los sueños o retenidos en casa al no encontrar ropa apropiada para salir a la calle. Sólo unos pocos hombres acuden a aquella Asamblea que subvertirá por completo ya no sólo el Estado sino la cosmovisión humana hasta entonces. Praxágora, la lideresa de aquel movimiento feminista, toma la palabra y propone que la dirección de la política de la ciudad recaiga en manos femeninas, propuesta que aclamada por la mayoría se convierte en decreto (no probouleumático). Praxágora posteriormente explicará a su marido Blépiro las reformas que las mujeres implantarán en la ciudad: comunidad de bienes, educación de los ciudadanos a cargo del Estado y comunidad de los actos sexuales según una norma de discriminación positiva: las mujeres viejas y feas gozarán de absoluta prioridad a la hora de elegir a sus compañeros de cama. Los jóvenes lindos sólo podrán acostarse con las más jóvenes y guapas si antes lo han hecho con viejas y feas. Los servicios sexuales deben ayudar al bien común en vez de a los particulares apetitos.

Esta utopía, como la de Lisístrata, demuestra la consanguineidad de lo cómico y lo utópico. Lo uno y lo otro suponen un escape de la realidad, un contraste respecto a los esquemas normales y previsibles, una ruptura de la cosmovisión común, que a veces sin duda nos ahoga. Si la tragedia, por los efectos de la compasión, produce la purificación (catharsis) de nuestro espíritu, la comedia nos embriaga con la ilusión momentánea que nos produce contemplar la distorsión de la vida real, una deformación conscientemente apetecida por nuestras ansias de evasión y sueños imposibles y prohibidos. También la utopía responde al mismo propósito escapista de un mundo que no satisface suficientemente –más a nuestros deseos que a nuestra razón-.

Pues bien, la huelga convocada para el día 8 de marzo, Día de la Mujer, parece ideada por la misma Praxágora, nuevamente reencarnada o gozando de una resucitación por explícito deseo de los más grandes comediógrafos que hayan existido. Tan estrafalaria huelga de pretensiones ecuménicas no reivindica mejoras salariales, mejoras en las condiciones de trabajo, ni siquiera es una huelga política para derribar el gobierno, sino que es una huelga filosófica, antropológica o pseudorreligiosa para cambiar la cosmovisión mayoritaria que tiene la especie humana. Efectivamente, la convocatoria de la huelga del 8 de marzo parece que la ha concebido Praxágora, cuando sostiene que “tenemos el propósito de subvertir el orden del mundo y el discurso heteropatriarcal”. ¿Heteropatriarcal? La graciosa y sensitiva heroína de Aristófanes hubiera dicho “antipatriarcal”, algo más comprensible, menos equívoco y más exacto. “Nos convocamos todas para quebrantar los privilegios de una sociedad heteronormativa”. ¿Reivindican una sociedad compuesta sólo por seres de moral autónoma que jamás aceptan la heteronomía? Hermosa y angelical utopía, sin duda. Dulce sueño placentero, pero también frágil quimera. “Sin nosotras no se produce, y sin nosotras no se reproduce”. Poesía casi religiosa, casi sectaria con su jerga ininteligible para iniciados -“jerga de la autenticidad”, que diría Adorno-, eclosión de utopía milenaria no enmarcada en una comedia.

Y la izquierda, esto es, el PSOE, y todos aquellos que pretenden fagocitarlo, se embarcan en esta aventura redentorista y van a apoyar una huelga que apuesta por una cosmovisión nueva y un hombre nuevo, por una subversión total del orden social, por un cambio de paradigma que se transmite en un lenguaje hermético, propio de las sectas, pero que ya se extiende en los vocabularios de todos los partidos políticos (empoderamiento, visibilizar, monomarental, etc.–también Adorno habló de la jerga de la no autenticidad-), y que ofrece una mundivisión tan cerrada y dogmática como el androcentrismo milenario, un ginecocentrismo totalitario, un culto mistérico con artículos de fe y dogmas. En esto, lo de menos son las mujeres, que se convierten en un mero instrumento de revolución totalitaria para llegar a una sociedad cerrada dominada por una secta impenetrable (mistagogos o gurús), más cercana al orden religioso que político. Pero lo peor es eso: la causa ya no son los derechos sagrados y justos de las mujeres, como defendía el galante personaje ateniense de Praxágora, sino que las mujeres y sus derechos son instrumento y pretexto para una sociedad totalitaria.

Quienes van a la huelga se negaban ayer a conceder el voto a las mujeres que proponía el centro-derecha en el Parlamento de la IIª República y que se consiguió gracias sólo a que el centro-derecha era mayoría. Quienes van a la huelga se oponían antesdeayer ridiculizando a los girondinos –el centro-derecha de la Revolución Francesa– cuando Condorcet planteaba la necesidad imperiosa de que todas las francesas mayores de edad participasen en las elecciones para la Asamblea Nacional. Quienes van a la huelga pretenden servirse de las mujeres para tomar el poder, nada más, y así conseguir quizás el último desiderátum de Carlos Marx: “El retorno del hombre a sí mismo”. Como muy bien dice mi admirada Cospedal: “En realidad la huelga no defiende a las mujeres, sino posicionamientos ideológicos”.

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