Una fábula precristiana

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Aunque sea verdad que la fábula en general refleja con crudeza y duro realismo la verdad de un mundo desapacible, desnudo por completo de compasión y de solidaridad, y que por ello Rousseau rechazaba en su Emilio que los niños lean fábulas, dado que los corrompen al mostrarles sin ningún tapujo moral que los más fuertes y astutos son los que vencen siempre en la vida, sin embargo, hay algunas fábulas que nos emocionan por su belleza moral, en cuanto que el autor (Esopo, Babrio, versiones de Fedro, “usus vetusto genere, sed rebus novis”) sí pone una intensa humanidad con algún precepto moral, casi filantrópico, sobre todo en el “epifônêma” o “epimythyon” de las mismas. Así se dulcifica la lógica implacable de la vida y lo que podría ser una cruel conclusión de lo descrito y relatado.

Una de esta fábulas que vemos cargada de humanidad, prácticamente un hápax, es la que en la mayor parte de las colecciones se titula “El niño bañista”. Hagamos el esfuerzo de traducirla en su literalidad:

“Un niño que se bañaba en un río corría peligro de ahogarse. Y tras haber visto a un caminante que pasaba al lado lo llamaba a grandes gritos: “Socórreme un poco”. Pero éste le reprochaba al niño su atrevimiento. Y el jovencito le dijo: “Pero ahora socórreme, y después, ya salvado, regáñame”. La fábula muestra que no debemos censurar, sino compadecernos. Pues de lo contrario ponemos en segundo lugar al afligido.”

Claramente percibimos aquí la idea de la compasión (“eleêtýs”) y de la piedad hacia el hombre sufriente por encima de su propia responsabilidad, que supuestamente le haya llevado a su estado de aflicción. La ayuda es anterior y muy superior a la mera corrección (“mémpsis”), que debería ser otra ayuda de solidaridad. Más aún, se pierde la autoridad moral de corregir si no se ayuda antes al corrigendus. En un mundo lleno de monsergas y de buenismo farisaico, muchos hombres necesitan de nuestra ayuda rápida y generosa, y muy poco o nada de sermones odiosos.

Lo mejor de nuestra civilización occidental, desde el punto de vista moral, se asienta sobre la prelación que tiene la compasión (“eleêtýs”) con respecto a la corrección (“mempsis”), por muy fraterna que ésta sea. Las decenas de organizaciones no gubernamentales que se fundan en la compasión (Cáritas, Manos Unidas, Cruz Roja, etc.) son las mejores cartas credenciales de Occidente. La compasión (“eleêtýs”) se ejerce de forma espontánea en el hombre que no está enturbiado por prejuicios paradójicamente morales o culturales, o por el odio y el miedo. Todos llevamos en el alma la huella de la compasión, con la que, mediante un prodigioso mecanismo de identificación, somos capaces de ponernos en el lugar de otros hombres, y acompañarles en su sufrimiento sin ningún tipo de reproche. La razón moral de la compasión (“eleêtýs”) no puede ser contrarrestada jamás por razones de otro orden. Pocos autores han sido tan sensibles como Kant al carácter innegociable del deber moral de la compasión.

Cinco siglos después del travieso Esopo, Jesús de Nazareth hará de la compasión (“eleêtýs”) el centro de su mensaje divino, el material sobre el que construirá el Reino de Dios. Su primer milagro en Caná fue un milagro de compasión, y el preludio de su mensaje eterno. ¿Y cuál era su mensaje? ¿A qué vino Jesús al mundo? Jesús vino a traer el Reino de Dios, “la pasión que animó toda su vida”, como escribiera el inolvidable padre Pagola, en los años en que vivió en la hermosa Zamora, en aquel precioso colegio claretiano “Corazón de María”, edificio devorado por la especulación de la época. El Reino de Dios no es otra cosa que la salvación de los pobres, sufrientes y pecadores.

No es la de Jesús una moral aristocrática para los “nobles”, separados de la gente común, como quiere Confucio. Ni una moral elitista conventual para los “inteligentes”, únicos que pueden formar parte de una comunidad monástica, como quiere Buda. Y mucho menos, naturalmente, una moral para las “castas” superiores al estilo del hinduismo que, entre sus múltiples discriminaciones, también soporta la existencia de parias en la sociedad. La compasión (“eleetýs”) de Jesús es previa a toda moral. Como muy bien diría Brecht, “primero viene el comer, luego la moral” (La ópera de tres peniques). La provocativa simpatía compasiva de Jesús hacia los pecadores y su solidaridad con los descreídos, inmorales, depravados y proscritos señala que es la “situación” del hombre real lo que le preocupaba, y no sus errores, que habrá que corregir después. Y es innegable, según las propias noticias evangélicas, que Jesús frente a todos los prejuicios y barreras sociales, rechaza toda descalificación social o moral de grupos determinados y minorías desgraciadas. ¿Acaso en el cristianismo de la compasión (“eleêtýs”) los manchados de culpa van a estar más cerca de Dios que los observantes de la justicia? Pues con Jesús el pecador, merecedor de toda suerte de castigos, está amnistiado: basta que reconozca el hecho de la amnistía. Le es regalado el perdón: basta que acepte el regalo y se convierta.

El Buen Samaritano es el habitante perfecto, el verdadero príncipe del Reino de Dios. La metafísica del esclavo Esopo y el Dios Jesús nos enseña, frente al racionalismo cartesiano de la modernidad egoísta, que “ayudo, luego soy”, que el ser empieza siendo en el momento de la ayuda o de la compañía, que sólo el ser cuaja como tal en el servicio a los demás. La compasión (“eleêtýs”) se hace necesaria en una creación de criaturas finitas, limitadas, en la que el error y, por tanto, el mal son inherentes a su finitud y limitación. Es así que la compasión es un rasgo metafísico del ser como creación divina. Sólo la compasión redime la finitud de las criaturas. Lejos de sermones y monsergas cuaresmales de moral anticristiana por parte de “los buenos” el imperativo fundamental del humano ser es la compasión redentora, expresada en ayuda, solidaridad y compañía, como única forma que tenemos de completar la creación de Dios y de armonizar nuestra finitud de criaturas con la infinitud de nuestro Creador, a la que ansiamos llegar con la muerte.

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