¿Es España un país democrático?

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Confundir las palabras cuando no se conocen bien los significados es un defecto muy extendido por estos lares y de no tan lejana implantación, poco más o menos cuando la socialdemocracia alcanzó la hegemonía política y cultural en España para su condena a mediocridad, a obscenidad moral y a oscuridad intelectual.

No habría lugar para tal confusión si se discriminara entre la corrección en el uso del lenguaje y el perverso empleo que se hace de él en los medios y círculos de influencia social, responsables de todo tipo de confusiones y disparates que después normalizan para consumo popular.

Si se hiciera pedagogía del lenguaje, si se perfilaran con claridad las palabras y sus significados, es decir, la relación intrínseca entre los símbolos gráficos o los sonidos y la realidad que representan, sin que intervenga la opinión ni la interpretación, la certeza ganaría terreno a la par que la verdad, en una nación tan perdida como la nuestra.

Todos entendemos de lo banal, pues ningún esfuerzo requiere. Por ejemplo: un taburete es un objeto con patas que culmina en una superficie plana, de la forma y del material que fuere, que se utiliza habitualmente para sentarse; por otra parte, una silla es un objeto con patas que culmina en una superficie plana, de material y forma variada, que dispone de un añadido vertical sobre el que descansa la espalda, utilizado para sentarse; la popularidad de estos objetos. La familiaridad que trascienden a cualquier ser humano hace que resulte muy difícil que un español confunda los términos y los use llamando al uno con el término que es adecuado para el otro. Desgraciadamente, comprender lo fundamental requiere esfuerzo, no se adquiere el conocimiento verdadero si no es con preocupación y dedicación. Esta ha sido siempre la baza ganadora que ha garantizado el éxito a todo aquel que ha pretendido sacar ventaja de una disfunción intencionada del lenguaje, si ha disfrutado del altavoz adecuado.

La ignorancia política de los españoles en los años setenta del siglo pasado era tan grande que resultó sencillo a los confabulados en el liderazgo de la Transición –mejor sería llamarla «transmisión» del poder de la dictadura franquista al Régimen del 78– confundir a las masas y convencerlas de tomar por democracia lo que en realidad era una partidocracia. Quizás a algunos sorprenda leer que se pueda distinguir entre ambos conceptos y sea por eso que piensan que viven en democracia cuando no es así. Cuesta creer que no se den por enterados, pues al contrario que silla y taburete, democracia y partidocracia son palabras que designan realidades muy distintas y, sin embargo, la primera pareja no se presta a confusión mientras que la segunda la provoca de forma permanente.

La democracia es la forma de gobierno en la que el poder reside en el pueblo y tiene lugar cuando el Estado gobierna la nación respetando dos requisitos, tan claros como irrenunciables para que sea democracia esa forma de gobernar. El primero, que los poderes del Estado estén separados, es decir, que nada tengan que ver unos con otros y, por lo tanto, que estén enfrentados y vigilantes como consecuencia de la avidez de poder que todo poder imprime en quien lo desempeña. El segundo, que las personas que disfrutan de esos poderes sean representantes de la nación, es decir, que el poder que aceptan esos individuos, cedido temporalmente, lo usen en nombre de la nación y lógicamente en su beneficio, obligados en contrato no firmado, pues de no cumplir, en una sociedad sana, lo perderían en las siguientes elecciones. Tan natural como es que una persona ceda su representación a quien apodera, reservándose la posibilidad de retirarle su confianza cuando lo desee, sin más explicación que el hecho inopinable de haberla perdido. Remarco que esta cesión es temporal y solo puede ser así cuando la elección de la persona que lo disfrute sea directa, es decir, cuando no sea un ente quien previamente elije a los candidatos porque, de ser así, será dicho ente quien posea el poder en última instancia, al ser actor necesario en su administración y reparto. En otras palabras, existe representación si la nación elige a sus representantes y elije si vota directamente el nombre y apellidos de quien es investido con ese poder temporal, pero no habrá representación política si la nación se presta a hacer el «papelón» de ratificar a los individuos que eligen los partidos al confeccionar sus listas. En este caso, la nación pierde el poder, es decir, los ciudadanos pasan a ser meros legitimadores del uso que hagan de él los partidos, sus dueños y señores, ya que lo detenta quien pone y quita a quienes lo ejercen.

Oligarquía de partidos estatales es la forma de gobierno en la que el poder reside en un grupo de la sociedad organizado a su vez en partidos políticos que pertenecen al Estado en la medida en que reciben de él su manutención. Obviamente no hay separación de poderes, pues los gobernantes, los jefes de los partidos, poseen el poder y ¿quién en esa situación tan ventajosa tiene la deferencia de separarlo en partes enfrentadas, si nada ni nadie le obliga? Los partidos, al estar incrustados en el Estado –quien paga es el dueño de lo pagado– están a su servicio y nunca defenderán a la nación con sinceridad, pues ésta sólo ratifica «su» poder en un acto protocolario mal llamado elecciones, cuando el término adecuado sería votaciones al brillar por su ausencia la elección de nadie y, por el contrario matarían, si es necesario, por perpetuar el Estado al que pertenecen.

Es irrisorio calificar de elecciones generales lo que se cuece en las urnas. Pero el engaño resulta creíble hasta la fecha y se mantiene para apaciguar los ánimos de la nación para que sus ciudadanos no se hagan preguntas, para que parezca que es ella quien presta el poder cuando realmente sólo ratifica en las urnas la decisión tomada por los jefes de los partidos. No cabría otro escenario que la abstención mayoritaria, de descubrir la nación la falsedad que encierra toda votación, vendida como elección, en un régimen oligarca de partidos estatales. Evidentemente, la nación aún no ha caído en la cuenta, pues de haberse percatado, sólo la idiocia explicaría que continuara votando mayoritariamente convocatoria tras convocatoria y yo quiero pensar que la situación se puede revertir, que hay remedio para tanta carencia de cultura política.

Cuesta –de hecho arrastramos 40 años de mentira eficaz– que la mayoría de los españoles tome conciencia de la existencia de una forma de gobierno, la DEMOCRACIA, que difiere profundamente de la que soportamos. Cuesta asumir que es falso el uso que se ha hecho de la palabra democracia, que lo cierto es que estamos gobernados por una oligarquía de partidos estatales, que quienes parieron la «Transición» establecieron interesadamente esa confusión para vencer las escasas reservas que pudiera albergar un iluso pueblo español deseoso de creer que todo había acabado, deseoso de sentirse libre, de tragarse cualquier cosa sobre el concepto de libertad y de democracia con tal de dejar atrás 40 años de dictadura. Y es que es durísimo mirarse al espejo y advertir la cara que allí queda al descubrir que sólo se pasó de la dictadura de uno a la de varios. Los españoles aún prefieren protegerse de ese trauma, necesario para alcanzar su libertad, prefieren admitir, como siervos, que no es posible escapar de este régimen y, para conformarse y sentirse espiritualmente reconfortados, ¿qué cosa mejor que llamarlo democrático, si así se denomina en toda Europa? Es más, si Europa dice digo…. ¿quién es uno para decir Diego? Servidumbre voluntaria, y nada más.

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Ricardo Dolinski garrido

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