La pregunta prohibida de 2018: ¿somos más libres hoy que hace diez años?

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Imagen: Matthew Wiebe

Predecir el futuro es imposible, sin embargo, sí podemos adelantar uno de los hitos que 2018 traerá consigo: en este año se cumplirá una década del crack financiero de 2008 y el inicio de la Gran Recesión. Diez años, que se dice pronto, han transcurrido desde el principio de la crisis. Y lo que es más relevante, tuvimos que esperar nueve para recuperar la cifra del PIB de antes del estallido de la burbuja, que en nuestro caso no fue sólo inmobiliaria, sino también política.

Estos durísimo años no sólo han evidenciado los excesos del ladrillo, sino que, sobre todo, han puesto de relieve el agotamiento de nuestro modelo político-económico. Y emparejo ambos con toda la intención, porque en España, en efecto, política y economía, es decir, lo público y lo privado, están entrelazadas de manera inextricable.

Nadie se atreve con las AAPP

La crisis puso de manifiesto esta realidad, pero también hizo aflorar las ineficiencias de unas Administraciones decimonónicas, en muchos casos sobredimensionadas; en otros tantos, manifiestamente derrochadoras e irresponsables; y en todos, politizadas, esto es, infiltradas por las omnívoras familias políticas.

Con todo, lo peor fue descubrir que, cuando más libertad y agilidad necesitábamos a la hora de emprender, de hacer, de crear, de reinventarnos, más conscientes fuimos de las enormes barreras que el modelo político y administrativo había ido generando, sin prisa, pero sin descanso, alrededor del ciudadano común. No era sólo la rigidez del mercado de trabajo, ya de por sí disparatada, era mucho demás.

No es la globalización, es el Estado

Crear una microempresa, establecerse como trabajador por cuenta propia, compatibilizar otras actividades para obtener ingresos añadidos más necesarios que nunca, invertir, donar, transferir bienes, incluso ejercer de mecenas, eran por definición acciones penalizadas por una burocracia loca y una Agencia Tributaria insaciable, siempre presta a apuntarse incluso a un bombardeo de mierda para llevarse su parte y, lo que es peor, para la que el contribuyente siempre es culpable hasta que, con la ayuda de Dios o, en su defecto, de un piadoso juez, demuestre lo contrario.

En los momentos más álgidos de la Gran Recesión, las promesas de cambiar este estado de cosas y emprender reformas ambiciosas se sucedieron. Nos prometieron que la Administración sería modernizada, generalizándose los procesos telemáticos (la famosa y, a lo que parece, utópica “ventanilla única”), que se simplificarían procedimientos, se establecerían numerosas exenciones y se eliminarían infinidad trabas.

En cuanto a los trabajadores autónomos, que la crisis por fuerza disparó en número, se les prometió un estatus mucho más benigno. Y respecto de la espinosa cuestión de racionalizar el aparato administrativo en general, se lanzaron numerosos globos sonda, promesas voluntaristas y declaraciones de intenciones que, como era de prever, no cristalizaron. A lo sumo, quienes trabajaban para las administraciones, sufrieron una pérdida de poder adquisitivo muy alejada de los enormes padecimientos del sector privado.

Visto con la perspectiva de estos años, el balance general en cuanto a la transformación del modelo burocrático español es simplemente desolador. Por más que se afirme lo contrario, hoy sigue siendo tan penoso como lo era en 2008 crear una empresa. Y lo que es todavía más denunciable, las trabas y barreras del día a día no sólo siguen estado donde solían, sino que se han incrementado. Si acaso, las modificaciones legislativas, así como el establecimiento de nuevas exenciones discrecionales sin ton ni son, promulgadas con un marcado carácter propagandístico, más que con un criterio racional, han venido a complicar el ya de por sí inescrutable marco legal.

Dos realidades muy distintas

Por si esto no fuera suficiente desdicha, en términos absolutos, la presión fiscal es hoy mucho mayor que en 2008. Por el contrario, las Administraciones, lejos de sufrir el necesario proceso de racionalización, tras un breve periodo de congelación salarial, han vuelto a elevar las retribuciones por encima del IPC, han engordado sus plantillas, han aumentado sus costes estructurales y han seguido vomitando a través de sus numerosos boletines oficiales más y más regulaciones.

En realidad, los supuestos intentos por facilitar el emprendimiento han devenido en una complicación mayor del ya imposible sudoku burocrático español, de tal suerte que, por ejemplo, adivinar las supuestas exenciones a las que hoy uno se puede aferrar, en función de si cumple o no determinadas condiciones, resulta más difícil que desentrañar las enrevesadas ofertas de los operadores móviles. Y eso sin mencionar las amplias zonas de indefinición legal, totalmente intencionadas, donde, salvo que se recurra a los tribunales (pleitos tengas y los ganes), la Administración aplica su criterio a voluntad.

La liquidación del espacio privado

Pero aún hay más. No sólo es que la burocracia y su larga mano recaudadora parezcan no tener la menor intención de enmendarse, es que, además, en los diez años transcurridos desde el inicio de la Gran Recesión, se ha acelerado la transferencia de competencias morales hacia el Estado; es decir, el marco de entendimiento común, cuyo núcleo troncal son los valores, ha dejado de pertenecer a la sociedad para pasar a ser administrado desde el Poder. Es la consecuencia lógica de un Estado que, para eludir el impacto de la crisis, recurrió a su papel de benefactor social, otorgándose así una prevalencia moral que ha ido en perjuicio de la libertad y la responsabilidad individual.

Hoy, desde el conjunto de administraciones, es decir, desde los ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas y Estado, y todo su entramado, no sólo se recaudan los tributos y se gestionan servicios básicos, -muchos no son en absoluto ni básicos ni pertinentes-, sino que se establecen regulaciones, normas, reglamentos y leyes con la orwelliana aspiración de que los políticos y expertos separen el bien del mal.

Los cada vez más prolíficos aparatos del Estado han sido capturados por pseudoideologías y grupos de interés que pretenden construir un “mundo nuevo”, supuestamente ecológico, diverso, sostenible, inclusivo, igualitario… Se trata en realidad de una corriente neopuritana, más intransigente y temible que el viejo y olvidado puritanismo del pasado, que, bajo su talante beatífico, oculta una violencia soterrada, además de numerosos intereses particulares y de grupo.

Quizá, de todas las amenazas, ésta sea la más inquietante, en tanto que combina la manipulación empírica con las motivaciones morales, engendrado un nuevo sistema de expropiación, tanto material como inmaterial, es decir, tanto de la riqueza como del pensamiento.

Así pues, la conclusión a la pregunta que planteo en el titular, en mi opinión, no puede ser más que negativa. No, no somos más libres que hace diez años, al contrario, somos mucho menos libres. Y esta indeseable deriva es lo que, desde esta modesta columna, he tratado de denunciar con más o menos lucidez y acierto. De hecho, la principal motivación para promover en su día la fundación de este diario fue poder hacer visibles los problemas de fondo, yendo, siempre que fuera posible, más allá de la noticia de corto plazo, de la confidencia del momento. No sé si en algún momento lo conseguí, pero esa ha sido la intención.

Hasta pronto, querido lector

Hoy, mi etapa como firma de Vozpópuli llega a su fin. Y la próxima semana abandonaré el resto de mis atribuciones. Quiero aprovechar el espacio de este post para agradecerle a usted, querido lector, haberme acompañado durante todos estos años y, también, por sus desinteresadas aportaciones en los siempre interesantes comentarios. Ha sido un honor contar con su atención. Le deseo la mejor de las dichas; lo mismo a los que han sido mis compañeros de trabajo, tanto a los que están como a los que ya no están en Vozpópuli; también le deseo lo mejor a Jesús Cacho, como no puede ser de otra manera. En definitiva, gracias a todos por haberme admitido como compañero de viaje durante estos años apasionantes.

No diré que me marcho satisfecho, porque eso nunca sucede con ningún proyecto, siempre queda demasiado por aprender, por lograr, por demostrar, por rectificar. Si acaso, me voy con un desencanto estimulante, porque el desencanto es una forma irónica, melancólica y aguerrida de la esperanza. Nada termina, todo empieza otra vez.

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