Pensar distinto y otros peligrosos vicios del pasado

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Pensar distinto

Lo escuché hace algún tiempo en boca de un jefe: “aquí no pagamos por pensar”, dijo. En esa empresa todos los empleados habían acabado por asumir que pensar, lejos de suponerles algún beneficio, era un contratiempo o, peor, un peligro. Pensar, razonar, reflexionar, resultan actividades que no generan de forma inmediata resultados. Son actos silenciosos, intangibles, difíciles de asociar a los resultados. Además, al contrario que cualquier otra tarea, pensar no genera ruido alguno. Por ejemplo, teclear furiosamente en un ordenador es la constatación de que se está escribiendo un artículo, una noticia, algo con lo que alimentar las entrañas de un diario. Un teclado silencioso se asocia con la inactividad; y cada segundo sin ruido, con dinero perdido.

Pensar distinto

Sin embargo, no se puede producir algo realmente valioso si no se hace un esfuerzo intelectual. Trabajar como un autómata a lo sumo sirve para replicar lo que ya existe o producir unidades de un producto que en lo sustancial es muy semejante a otros. Obviamente, si se trabaja en una empresa dedicada al diseño y producción de teléfonos inteligentes, reflexionar sobre las religiones carece de utilidad. No obstante, tomar distancia de las exigencias inmediatas de la actividad, olvidando por un momento sus convenciones, puede suponer grandes hallazgos. Al fin y al cabo, los productos no son más que herramientas. Por eso, a la hora de definir un nuevo lanzamiento, las grandes marcas no piensan en “smartphones”, sino que antes reflexionan sobre las personas. Los mejores emprendedores saben que los grandes avances provienen de pensar distinto.

Pero fuera del entorno de las organizaciones que dependen de la innovación constante para enfrentar con éxito una competencia abrumadora, la sociedad parece cada vez más alérgica al pensamiento. Y la actividad intelectual ha quedado circunscrita a élites “acreditadas” que asumen como propia esta tarea. Cabría al menos esperar que se aplicaran con dedicación y honestidad para que sus conclusiones se sustanciaran en nuevos y valiosos hallazgos. Pero no sucede así. Muy al contrario, es precisamente en las élites donde la crisis del pensamiento es más acusada.

El gregarismo académico

Si cualquier individuo en general tiende al gregarismo, en círculos reducidos, donde unos pocos deciden a quien promocionar y a quien ignorar, la libertad de pensamiento se vuelve todavía más crítica, porque el reconocimiento queda supeditado a la bendición de los colegas. Alguien me decía con sorna que el principal baremo para establecer el valor de un académico es las veces que sus trabajos son citados por sus colegas. Y que, en consecuencia, tu valía se mide en citas. Si no te citan no existes.

Hoy, la figura del intelectual público, aquel que se dirigía al conjunto de la sociedad y abordaba para bien o para mal las grandes cuestiones desde una cierta disidencia, está prácticamente extinguida. En su lugar se erige la figura del experto que sólo sabe de una cosa o, en su defecto, por una intelectualidad menor que, lejos de desempeñar la crítica, actúa como correa de transmisión del nuevo orden establecido.

Cuando la crítica desaparece y la autocensura se convierte en un hábito predominante, las ideas con las que se rigen las sociedades dejan de ser valiosos hallazgos para convertirse en dogmas, a lo sumo maquillados con un cientificismo a medida con el que los expertos no buscan la verdad sino referenciarse a sí mismos y obtener el ansiado reconocimiento… y otros beneficios.

La amenaza para el mundo occidental, y muy especialmente, para Europa, no es tanto la globalización o el populismo como la ominosa erradicación del pensamiento disidente. Los expertos, con su milenarismo y su profecía del Apocalipsis, han sustituido el juicio racional por juicios morales que anulan el debate. Por ejemplo, si afirman que cada año en el mundo mueren por causas derivadas de la contaminación 1,7 millones de niños, y, sin embargo, sigues utilizando el automóvil, te vuelves cómplice de asesinato. Travestido el juicio moral de ciencia, cualquier intento de refutación acarrea la descalificación pública.

Pero no es sólo que determinados grupos tengan cada vez un mayor empeño por cambiar nuestro estilo de vida, porque, según dicen, vamos camino de arrasar el planeta, además pretenden imponer la forma en que la Tierra debe ser salvada. Aspiran a convertir la sociedad en un organismo pilotado. Pero ya advirtió Huxley que, por mucho que lo intenten, los hombres no pueden generar un organismo social; lo único que pueden crear es una organización. En el intento de generar un organismo, crearán únicamente un despotismo totalitario.

Expertos contra la sociedad abierta

Lo explicaba muy bien José Carlos Rodríguez, a propósito del manifiesto World Scientists’ Warning to Humanity: A Second Notice (Advertencia de los científicos del mundo a la humanidad: un segundo aviso), los expertos desprecian el ingenio del que hasta hoy han hecho gala las sociedades abiertas. No hablan a través de la ciencia sino de sus prejuicios ideológicos. Si fuera la ciencia la que hablara, nos diría que existen formas de reducir drásticamente la contaminación que no consisten en la erradicación del automóvil, proscribir la paternidad o censurar la mayoría de nuestros hábitos. Lo mismo cabría decir de otras muchas cuestiones con las que constantemente se genera alarma y que los medios difunden con entusiasmo.

En opinión del periodista Dan Gardner, hay innumerables organizaciones con un interés especial en exagerar riesgos, en generar miedo. Y la mayoría de los periodistas no solo no se entera, ni corrige las exageraciones, sino que añade las suyas propias. Para evitar esta deriva paranoica, su consejo es que seamos escépticos, reunamos información y obtengamos nuestras propias conclusiones. Dicho en otras palabras, que pensemos por nosotros mismos.

Enseñar a pensar

Está muy bien que a los niños se les enseñe más matemáticas, pero aún más beneficioso sería que se les enseñara a pensar por sí mismos. También que determinadas empresas y entornos profesionales, lejos de despreciar la inquietud intelectual, la fomentaran y aprendieran a aprovecharla en su propio beneficio. El mundo está cambiando, y los modelos fuertemente jerarquizados, donde la cantidad importa más que la calidad, o donde los intereses particulares priman sobre nuevos modelos, están perdiendo terreno. Escuchar a alguien teclear furiosamente como un autómata, como si con cada golpeteo generara ingresos, es cosa del pasado. Son los silencios del saber los que han elevado nuestro bienestar y nuestra esperanza de vida hasta cotas extraordinarias. Y es que las cosas más valiosas sólo se consiguen pensando diferente.

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JManuelMiguel Angel Diaz Escalona Comentaristas mas recientes
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Miguel Angel Diaz Escalona

Es una pena, pero la mediocridad y lo peor, la mala gestión que algunos hacen de sus Empresas es eso y no son conscientes que la critica positiva le ayudara a la consecución de sus objetivos y tener a su gente como equipo, no como esclavos.

JManuel

Hay un totalitarismo presente, aunque no se nota porque no es violento.