La falacia de la democracia directa

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Dictadura perfecta

Iván Ábalos y Gregorio Aranda

Cuando al pueblo judío se le preguntó a quién querían liberar, si a Barrabás o a Jesús el Nazareno, el pueblo gritó `Barrabás, liberad a Barrabás´.

Son tantos los argumentos que podríamos decir contra esa llamada democracia directa tan apreciada por las nuevas élites políticas que sería difícil elegir cuál sería el más acertado. Donde ellos ven la glorificación de un sistema perfecto, yo no puedo más que ver una dictadura de masas. La dictadura del hombre masa, la dictadura de las hordas populares, las cuales tampoco quiero demonizar, pero que es sin duda la dictadura de una mayoría que por regla general se comporta de una forma irracional, de una forma pasional y que se deja manipular con extraordinaria facilidad por cualquier jefecillo de partido que obtenga popularidad.

Por lo tanto, podemos entender por qué los padres de la patria estadounidense repudiaban la palabra democracia, pues ellos entendieron que acumular todos los poderes en una masa de individuos era una dictadura igual o peor que la dictadura de un solo hombre. Ellos comprendieron que no era la capacidad de elegir, de tomar todas las decisiones por el pueblo lo que le daba su libertad política, que era la capacidad de controlar a los gobernantes, de desconfiar del poder lo que garantizaba la libertad de todos los individuos.

Aunque diéramos por válido como un buen régimen de poder la democracia directa, sería imposible en los tiempos que vivimos, pues haría falta una estructura social como la tenían los atenienses, donde la sociedad política era la sociedad civil. Pero para que eso ocurra de verdad es necesario que la sociedad civil no sea sociedad productora. En Atenas, los ciudadanos no eran los que trabajaban sus tierras, había una desigualdad social que es inaceptable en los tiempos actuales. La sociedad productora, que no era la sociedad civil, la componían las mujeres, los esclavos y los metecos o extranjeros. Los considerados ciudadanos en aquella época no tenían la ocupación de trabajar, sino que sus ocupaciones eran políticas y religiosas.

Hoy, los ciudadanos trabajadores no tienen tiempo para ser la clase política. Una democracia directa hoy en día crearía desigualdad, ya que habría ciudadanos que tendrían más dedicación a la política que otros e impondrían su criterio político sobre los otros. Eso crearía una ley de hierro de la oligarquía en una única facción estatal. Esta ley de hierro sería similar a la que se produce en un partido político, pero ampliada a toda la población integrada en el Estado. Eso es totalitarismo.

La legislación tiene que ser conocida y estudiada por el legislador. La mayor parte de las leyes son complejas, necesitan de una dedicación y una vocación política previa por parte del legislador que la gran parte de la población no tiene. Ante este panorama, se crea una élite política sin control que impone su criterio político al resto.

En caso de hacer más participativo un sistema político, tiene que haber una redacción y una gestión técnica antes de hacer el referéndum. ¿Quiénes son esos técnicos? ¿Dónde está la igualdad política si esos técnicos no están controlados y no obedecen, por lo tanto, a un mandato imperativo de la sociedad? Sin ese control, sin una representación de la clase política de los ciudadanos, se produce la demagogia, en la que esa clase política es una oligarquía que se dedica a convencer o seducir a las masas para que voten lo que la clase política ya decidió. La decisión es cuestión del poder, y el poder es ocupado siempre por unos pocos frente al resto. El poder no se puede extender a la totalidad de la población, o como dicen ahora, empoderar a la población, consigna que recuerda al totalitarismo.

Incluso aceptando el uso de las nuevas tecnologías para poder votar casi cualquier ley por todo el pueblo, el hecho de votar algo no te da el poder. Para elaborar una ley, es requisito indispensable el debate y la deliberación. Si en un parlamento es difícil en ocasiones mantener un debate ordenado y válido sobre las leyes, la simple idea de que millones de personas que integran una nación debatan todas las leyes a través de Internet es una ridiculez inaplicable.

La igualdad política la produce el representante de distrito que obedece a un mandato imperativo de sus electores. Al igual que un procurador como figura jurídica, o un representante de futbolistas, o muchos tipos de representantes que se dan en la sociedad, donde los representados tienen el mandato sobre sus representantes y en cualquier momento lo pueden destituir, se puede hacer en la política separando el legislativo del ejecutivo, donde los legisladores serían auténticos representantes de los electores de su distrito mediante mandato imperativo y revocable. Todos los legisladores tendrían el mismo peso político en la asamblea nacional. La igualdad política es la libertad.

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Eumenio

Chicos, permitidme una matización. La ley de hierro de la oligarquía no se crea sino que describe una realidad inmutable que se expresa siempre, con independencia de la voluntad de los individuos, dado que se trata de un concepto sociológico. Dalmacio Negro la describe así: “Es una ley metapolítica inmanente a todas las formas de gobierno, y de régimen al ser inherente a la naturaleza humana: los gobierno son siempre oligárquicos con independencia de las circunstancias , el talante, los deseos, las intenciones, la voluntad, las pasiones, los sentimientos, y las ilusiones de los escritores políticos, de lo que digan los políticos autoengañándose o para engañar a los demás, y de lo que esperan o tal vez temen los gobernados sean o no electores”.