El convento

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             Tom Wolfe

En el tabarrón catalán la propaganda está ya como aquel fraile que decía que todo era bueno para el convento, llevando lo que llevaba al hombro. Así, uno de nuestros novelistas de cuota cultural cuenta en “Libération” que los males del mundo son la vuelta de los nacionalismos, y pone de muestra “Trump, Brexit y Puigdemont”.

 

La idea española de “populismo” viene del franquismo: “El pueblo no sabe de política”.

Pero la idea española de nacionalismo está confundida con la de estatismo (y sus dos ismos degenerados: fascismo y comunismo).

 

Los americanos pueden ser lo nacionalistas que quieran (y Trump no es más nacionalista que Jefferson y sus metáforas de leones y corderos) porque son el único país con separación entre Nación y Estado, lo que impide la toma de tierra allí de los dos aterradores ismos. El nacionalismo de Trump consiste en reducir trabas del gobierno al movimiento económico y en no pagar todas las “fantas” de los tetones europeos.

 

Inglaterra, la del Brexit, no tiene separación de poderes, pero, a cambio, tampoco tiene Estado (por qué la concepción hobessiana del Estado no se realizó en Inglaterra lo explica amenísimamente Schmitt en sus páginas sobre el Leviatán), gracias a lo cual ni comunismo ni fascismo arraigaron nunca allí, donde el fino derecho consuetudinario no encajó en la dictadura burocrática de Bruselas, cuyo “acquis communautaire” suma ¡más de Ciento Setenta Mil folios!

 

Así que, como diría Tom Wolfe, la tenebrosa noche del fascismo se cierne siempre sobre Anglosajonia, pero toma tierra únicamente en Europa. Ahora mismo, en Cataluña, donde los separatistas (¡estatistas impacientes!) aspiran, como funcionarios confusionistas, a la supremacía de un Estado:

–Queremos y pedimos la subordinación de todo individuo a los supremos intereses del Estado, de la colectividad política.

Es “La Conquista del Estado” de Ledesma, con Forcadell de Trotaconventos, según pudimos ver en la proclamación de la Republiqueta. ¡El convento!