Autonomías regionales, la sangría sentimental

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   Al colosal, negro sumidero económico y moral a que nos ha abocado el troceamiento o descuartizamiento de nuestro país en diecisiete comunidades autónomas, con su pantagruélica y ruinosa multiplicación de organismos públicos fotocopiados, con su prescindible muchedumbre de políticos mediocres, con la apestosa corrupción institucional ligada directamente a la Administración autonómica en buena parte de los casos más sonados…, a toda esta sangría monetaria y ética, se suma una tercera tan grave como las anteriores: la sangría sentimental.

Curiosamente hoy, año 2017, podemos llegar desde una punta a la otra de España en una hora de avión, o dos desde las más alejadas islas; en cinco o seis si tomamos el tren de alta velocidad, y en diez o doce si viajamos en automóvil. Un paseo. Cualquiera que hubiere “andado muchos caminos y abierto muchas veredas” por las sendas españolas, habrase dado cuenta de inmediato -si no está obnubilado por la interesada propaganda política, condicionado por el mecánico prejuicio o cegado por el inconsistente tópico-, que las tan cacareadas diferencias territoriales entre españoles se circunscriben básicamente a aspectos más o menos folclóricos; al modo mejor o peor matizado de pronunciar el común idioma, y a la mayor o menor sequedad o extroversión del carácter de los individuos, aspectos todos ellos superficiales que en absoluto diferencian de manera radical ni desgastan ni socavan la honda esencia ibérica, hispana, mediterránea y española que nos hermana y nos une. E histórica.

Es por ello, entre otras razones, que resultó un sinsentido, a partir de la Constitución de 1978, la alocada conversión de las regiones en remedos de estaditos o estadetes. Conversión que nunca estuvo basada en el sentido común ni en los intereses del conjunto, sino en los egoísmos personalistas de una serie de políticos aspirantes, medradores en realidad, que ambicionaban quedarse con una suculenta porción del poder descuartizado. Los cuales se vieron favorecidos en sus aspiraciones por los tejemanejes territoriales de Clavero Arévalo, aquel ministro de cuando la Transición, así como en un pueril y tramposo espejismo colectivo en que, escenificado y blablableado por ellos, cayó buena parte de la población de aquellos entonces.

Y, una vez más, al socaire de las eternas e impertinentes exigencias de catalanes y vascos, embaucaron y lanzaron al pueblo a las calles a reivindicar artificiales o inventados regionalismos, vendiéndole las autonomías territoriales como la panacea que iba a solucionar todos sus problemas sociales e individuales, “ay qué bonita verla en el aire, quitando penas, quitando hambres”. Aunque, como siempre ocurre, los problemas que principalmente solucionaron, con muy enjundiosos resultados por cierto, fueron los suyos propios y los de sus allegados y correligionarios.

Charlatanearon que las autonomías regionales iban a ser la varita mágica que resolviera de una vez por todas, hocus pocus, no sólo los separatismos, pero también la pobreza, el paro, la educación, la sanidad y todo lo resolvible. Una ganga, a cambio de algo tan “trivial” y “secundario” como descuartizar España y triturar gran parte del Presupuesto (que podría emplearse en otros menesteres bastante más provechosos para los ciudadanos) en el mero sostenimiento estructural de los nuevos entes territoriales, jaleados entusiásticamente, cómo no, por los prebendados del sistema.

Ahora, a la vuelta de cuatro décadas, encontramos que este dislocado Estado autonómico no sólo no ha resuelto el eterno e incordiante problema de los separatismos, sino que les ha dado alas y los ha exacerbado hasta límites de alta o extrema tensión, como estamos viendo estos tristes días otoñales; ha socavado la cohesión social de nuestro país, deshilachando sus lazos; ha creado intolerables e inconstitucionales agravios comparativos entre las  regiones; ha fragmentado el sistema educativo común hasta límites de caricatura; ha lastrado la superación de la última crisis económica, y frenado la  mejora general del nivel de vida de las gentes, debido al monumental despilfarro y derroche del dinero de todos que supone el mantenimiento de tantísimos organismos oficiales espurios y de tantísimas autoridades superfluas, y alrededores; ha ahondado las diferencias entre regiones ricas y regiones pobres, ensanchándolas, en lugar de estrecharlas, y ha debilitado sobremanera los andamiajes sentimentales de la nación, que son el fundamento y la base para que funcione razonablemente bien cualquier sociedad humana.

Finalmente, durante ese tiempo, hemos sufrido y soportado la chulería, los insultos, los agravios, los menosprecios y desprecios de la turba nacionalista de las dos regiones más arriba aludidas, con sus flecos también en alguna que otra. Y encima, por si no fuera poco, nos hemos visto constantemente sometidos a los eternos, insaciables chantajes, victimismos, caprichos y suficiencias de los susodichos nacionalistas vascos y catalanes. Y es de perogrullo que el articulista no se refiere a todos los vascos ni a todos los catalanes, ¡por favor!, pueblos admirables, queridos y hermanos, sino exclusivamente a la horda separatista.

Y ello frente a una España acomplejada y timorata, acobardada, permanentemente extorsionada los últimos cuarenta años por esos periféricos politicastros chulescos, primados hasta el absurdo por una descabalada ley electoral, y algunos de ellos, encima, pringados hasta las cejas en los más putrefactos casos de corrupción que se hayan dado en el conjunto del país.

A esto se añade un abultado número de “compatriotas” (en realidad cuesta gran trabajo llamarlos así): líderes y militantes políticos, intelectuales y artistas, particulares, catedráticos y hasta sueltos y un tanto patéticos jueces y magistrados, que, sin que nadie los reconvenga penal ni socialmente, ha venido chapoteando de continuo, y chapotea, en las aguas ribereñas al negro lago de la traición.

Nos resulta especialmente detestable este espécimen del español antiespañol que, por desgracia, tanto abunda en nuestro país y que tanto daño hace a la colectividad. Al cual, el troceamiento de la patria en estadículos sirve de acicate. Tipos incapaces de comprender que una sociedad sin estructuras sentimentales que la cohesionen, lleva directamente a la selva. Y que si no tienes un país, no tienes nada.

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Mi percepción sobre la cuestión es la misma. Creo que parte de la solución de España, es que desaparezcan las comunidades autónomas. Es más, creo que es urgente que desaparezcan ya. Yo creo que es la Nación la que ha de tener el control sobre el estado, pero eso no creo que sea viable en el régimen que padecemos. Muchas gracias por su artículo.