Por qué Europa detesta a Trump

Trump

La visceral animadversión con la que que el aparato de propaganda del establecimiento y parte de la opinión pública recibieron a Donald Trump durante su reciente gira por Europa es algo sin precedentes. Con Reagan, hace más de tres décadas, la gente se echó a la calle. Pero aquellos conatos de protesta eran locales, estaban ligados a partidos políticos de extrema izquierda y circunscritos al contexto del enfrentamiento ideológico de la Guerra Fría. Y pese al antiamericanismo dominante, no toda Europa se mostraba hostil al inquilino del despacho oval. Tan solo hubo feos en Alemania Occidental –por la cuestión de los misiles Pershing– y en España –donde el vicepresidente del Gobierno se excluyó de modo ostensible de los actos de recepción–. Las restantes naciones optaron por recibir a Reagan con cortés indiferencia.

Como lo prueba el ejemplo histórico del imperio bizantino, cuando no hay mucho que ofrecer, la única alternativa viable consiste en cultivar el arte de la diplomacia. Teniendo en cuenta que eso es lo que falla, el caso europeo es grave. Más aún: supone un fracaso total de nuestros esquemas de valores y del sistema educativo en el que se han formado las actuales élites del viejo mundo, eso que despectivamente llamamos el establecimiento. Sin embargo, lo que aquí interesa no son las consideraciones relativas al protocolo o al saber estar, sino otros problemas subyacentes de mayor trascendencia.

La razón más importante de que Europa se haya puesto de uñas frente al amigo americano, es de índole económica y presupuestaria. Como se sabe, desde hace más de 70 años Europa aloja gran número de instalaciones militares estadounidenses –cuarteles, puntos de apoyo naval y bases aéreas en Alemania, España, Italia, Portugal, Noruega y otros países–, como parte de un sistema de defensa que en su día se estableció contra el bloque soviético y luego ha permanecido en pie como relé logístico para la guerra contra el terrorismo islámico y la persecución de intereses geopolíticos globales de la OTAN. Esta infraestructura, financiada por Estados Unidos y atendida por centenares de miles de soldados y técnicos estupendamente pagados, genera un impacto económico positivo considerable en los emplazamientos respectivos, que de manera inevitable se perderá tras la futura reestructuración del entramado militar de Estados Unidos.

Las exigencias de contribuir con más fondos a la OTAN empeoran el panorama. Las naciones de Europa, coordinadas por una burocracia tecnocrática que desde Bruselas se ve obligada a hacer encajes de bolillos con los fondos, y con unos estados del bienestar engordados por el gasto social durante las décadas en las que Washington les mantuvo liberadas del esfuerzo económico de la defensa, se ven ahora en la necesidad de hacer delicados ajustes en unos porcentajes presupuestarios que ya tienen comprometidos: con las pensiones, con el sistema sanitario, con los actores y sus aparatos de propaganda cultural y, sobre todo, con la inmensa legión de parásitos que se ganan la vida en el back-office de la socialdemocracia europea a costa del contribuyente.

Saber que Donald Trump no tiene este problema y que el capitalismo norteamericano es el único sistema capaz de producir portaaviones y mantequilla al mismo tiempo, ya es de por sí mismo razón suficiente para la inquina. Pero aún hay más y, aunque duela, lo tenemos que decir. El imprevisto y súbito mutis por el foro de Barack Obama y Hilary Clinton como apoyos confiables en Washington ha dejado al descubierto el desolador panorama del declive histórico de Europa, un fenómeno que se lleva intentando tapar desde el final de la Guerra Fría y que la frustrada inquilina de la Casa Blanca, en el caso de haber ganado las elecciones, confiaba en seguir disimulando durante los próximos años con la ayuda de sus influencers progresistas de la CNN y el New York Times.

¿Se acuerdan de aquellos mapamundis de los viejos libros escolares de Geografía e Historia? ¿Alguna vez se han preguntado por qué Europa aparece en mitad de la imagen, un poco elevada, como corresponde a una auténtica posición de dominio? Probablemente no. Nadie lo ha hecho en cinco siglos, y mucho menos Gerardus Mercator, el cartógrafo flamenco que diseñó la proyección del mismo nombre. Todos daban por supuesto que la posición privilegiada del viejo mundo era un hecho físico más, que el mapa no hacía otra cosa que reflejar con objetividad. Durante las épocas sucesivas de los grandes descubrimientos, la era de las luces, la Revolución Industrial, el imperialismo del siglo XIX y la aparición de los estados del bienestar durante el XX, a nadie se le habría ocurrido pensar que la forma en que uno figura en un mapa es el resultado del modelo de proyección matemática que elegimos para trazarlo y del meridiano en que hemos resuelto centrarlo. Hasta el día de hoy.

Con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca no sólo se produce el advenimiento del mundo multipolar que llevábamos tanto tiempo esperando. El ruido de las macetas destrozadas por el jabalí que se acaba de colar en el invernadero de nuestra quinta rural nos despierta con brusquedad de un secular y ombliguista letargo. La Unión Europea ya no es el centro autocomplaciente del mundo, sino un cómodo mirador desde el cual se entretienen contemplando las tribulaciones del resto del mundo unos cuantos funcionarios que viajan en coche oficial y dictan normativas en despachos climatizados. Los pueblos extraeuropeos –asiáticos, africanos, sudamericanos, árabes– ya no son el patio trasero ni el relleno antropológico de una historia centrada en Cristóbal Colón, Carlos Marx y el Tratado de Roma de 1957. Ahora son los que realmente hacen cosas. Ascienden a primer plano para ocupar el lugar que les corresponde en la Historia Universal. Y lo hacen como agentes activos, no como pupilos de un sistema burocrático de asesoramiento en materia de derechos humanos y gestión de ayudas al desarrollo.

La historia tendrá que ser reescrita. Sus protagonistas ya no serán Julio César, Napoleón, Bismarck o Barack Obama, ni siquiera Donald Trump, sino los emperadores de China, Saladino o Gengis Khan. Y será interesante ver cómo en el futuro se muestran en las escuelas otros mapamundis centrados en China, el continente Africano, la Meca o incluso la Antártida. Esta visión inquieta a la tecnocracia de Bruselas y Estrasburgo. Y también a las élites dirigentes de Europa, por la mengua de prestigio que trae consigo. Si Europa ya no es lo que era, entonces tampoco lo son quienes hacen como que la dirigen. Cuando nos damos cuenta de que los Juncker, los Tusk y los Draghi ya no son tan fáciles de señalar con el dedo, sino que hay que buscarlos en alguna zona del mapa que se escorza en los extremos hasta volverse irreconocible, como Groenlandia o la Tierra de la Reina Maud, entonces la pérdida de notoriedad deja de ser un concepto abstracto para hacerse dolorosamente visible.

Sobra decir que el proceso de declive europeo viene dado por causas históricas y económicas que se remontan muy atrás en el tiempo. Donald Trump no tiene la culpa. Pero lo ha hecho ver claro, y esto es lo que duele. Mucho más que los chistes machistas y los empujones a algún oscuro dignatario balcánico. Por ello, por habernos obligado a contemplar la triste realidad de nuestra decadencia, el presidente de Estados Unidos es hoy persona non grata en Europa. Como lo sería el doctor House tras cualquier diagnóstico de diabetes o cáncer de colon. Con su última pataleta antitrumpista el establecimiento manifiesta su deseo de ejecutar al mensajero, pero no por los malos modos de este, sino por el malestar que producen las noticias entregadas.

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