No huyamos de lo español

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Reeditamos el artículo publicado el martes 29 de noviembre de 2016 y añadimos una breve introducción aportada por el autor con motivo del simposio El consenso político degenera el idioma:

Sólo la ignorancia de la lengua española, el complejo histórico y el papanatismo político pueden explicar el uso de otro idioma para explicar realidades universales.


 

El Sr. Alcalde de Valdepeñas me corrigió en el último Pleno por hablar yo de la lengua española, que tiene vocablos magníficos para expresar realidades que hoy los políticos las expresan, quizás por pura pereza mental, con anglicismos: sexting, stalking, grooming, etc. ( ¿Se imaginan ustedes a la madre angustiada que vaya a la Comisaría de Policía para expresar sus fundados temores de madre, diciendo “creo que según mira lascivo a mi niño Don Fulanito puede haber grooming?” ).

  • Aunque estamos de acuerdo con su propuesta, no debe hablar, Sr. Martín, de español, sino de castellano.

Y el Sr. Alcalde tiene razón. Lo políticamente correcto hoy es decir lengua castellana, aunque eso me entristezca como español, por el complejo morboso que tal cosa pueda suponer. Pero el Alcalde debe exigir que el debate se establezca en los términos que la ley exige. Y, efectivamente, el primer punto del Artículo 3 de nuestra Constitución nos señala paladina y taxativamente que el castellano – y no el español – es nuestra lengua oficial.  Ahora bien, las Academias americanas consideran hoy al “castellano” un “arcaísmo” en el eje diacrónico de nuestra lengua oficial por antonomasia. Por lo demás el español asume como parastratos las otras lenguas de la Península ibérica, resultados – salvo el euskera – de la fragmentación románica peninsular. Es por ello que con el arcaísmo de “castellano” ( o paleoespañol ) perdemos la multiforme vitalidad de nuestra lengua oficial más importante. Además, no es verdad que haya verdadero bilingüismo en las regiones con doble lengua oficial, sino diglosia, que no es lo mismo. Además, ¿por qué extremo tan raro los alemanes llaman a su lengua oficial alemán y no franconio, dialecto sobre el que se fundó el alemán? ¿Por qué razón peregrina los italianos a llaman a su lengua oficial italiano y no toscano, lengua florentina sobre la que se basó el italiano? ¿Por qué extraño motivo los franceses llaman a su lengua “francés” y no la langue d´île-France o langue d´oil, sobre la que se construye el francés? ¿Por qué insólita causa los rumanos llamarán a su lengua “rumano” y no daco-istro, dialectos sobre los que se fundamenta su lengua oficial? ¿A partir de qué estrambótico argumento los siempre sensatos ingleses llaman a su idioma inglés y no anglosajón, que es la base del inglés con algunas isoglosas del juto? ¿Qué chocante pensamiento habrá hecho que los rusos llamen a su lengua ruso y no moscovita, lengua sobre la que se formó el “gran ruso”? ¿Qué extrañeza ha hecho que los lituanos llamen a su milenario idioma oficial lituano y no zemaíta? ¿Por qué diablos los irlandeses llaman a su lengua oficial irlandés y no gaélico? ¿Qué stirge, en fin, habrá embrujado a los griegos para llamar a su lengua griego, cuando en realidad se fundamenta básicamente en el jónico-ático, a través de la koiné con la que se escribió los Evangelios? En fin, para qué continuar. Bien se ve que todos los Estados nacionales están locos, salvo nosotros. Y de llegar a adverarse esta sospecha, deberíamos como obra de misericordia ( la primera del orden espiritual ), enseñar al que no sabe y salvar de la ignorancia política a tantas y tantas naciones. Los albaneses llaman crípticamente a su lengua oficial albanés, cuando debían llamarlo “güego”. Misterios de la mayor parte de las naciones. Pero, sin duda, “omnes hae nationes delirant!”, que dirías Astérix.

Es verdad que durante cuarenta años España vivió una hipertrofia de lo español frente a las realidades lingüísticas de algunas regiones, un centripetismo desaforado que volvía una espalda ridículamente imperial a realidades culturales diferenciales que, bien aceptadas, hubieran siempre supuesto un enriquecimiento de la cultura común española. La ceguera isomorfa del franquismo respondía a un ente de lo español que no respondía a una realidad objetiva sino a una ideología. Pero frente a esto la Democracia española, ya con cuarenta años de recorrido, debía atemperar su inmadura respuesta centrifuguista y ver en lo español un paraguas bajo el que se puede cobijar toda la plural expresión que ha sido España. Por lo que respecta al español o castellano ( para la Real Academia de la Lengua Española estos términos son sinónimos ), tenemos que reconocer que si las otras lenguas también son oficiales e igualmente españolas ( gallego, euskera, catalán, valenciano, balear ) no se emplean en todo el territorio de España, en tanto que el castellano sí se conoce, se habla y se entiende, en todo el territorio español. Es por ello que como sencillo político local respetaré las leyes, me enmendaré y hablaré de castellano en futuros debates, pero como ciudadano seguiré hablando del español, sin jamás por ello sentir la más mínima hostilidad hacia las magníficas lenguas regionales de que goza España, tras las cuales, al menos en dos de ellas, hay una Literatura muy superior a la de muchos países del mundo. Por otro lado, y, finalmente, tanto el español como las otras lenguas regionales de España están de hecho ya casi desapareciendo ante la barbarie galopante de nuestra sociedad. Todos los jóvenes españoles hablan hoy sus “lenguas” con un “corpus de urgencia”, cuyo número de vocablos no sobrepasa el minúsculo breviario que usan los extranjeros que nos visitan, un inventario de “palabros” que casi cabe en una hoja de perejil. ¿Para qué más?

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Este trabajo de Martín-Miguel Rubio Esteban está protegido bajo licencia Atribución Creative Commons-NonCommercial-NoDerivs 4.0 Internacional Los permisos mas allá del ámbito de esta licencia pueden estar disponibles en https://www.diariorc.com/aviso-legal/

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