En Defensa de la Radicalización

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La radicalización es la fuente de todos los males, especialmente del yihadista. O al menos eso se deduce de la narrativa predominante, particularmente tras la publicación en 2007 de un informe llamado Radicalización en Occidente (Departamento de Policía de Nueva York). Dicha idea, la cual ha llegado a ser hegemónica en nuestros días, es falsa tanto en el plano conceptual como en el empírico. Pero además es profundamente engañosa, amén de regresiva.

En el ámbito conceptual, cualquier investigación que se precie debe comenzar con la inspección del significado original del étimo. La etimología de “radical” (del Latín radix, radic-, es decir, “raíz”) deja claro que el término en cuestión denota meramente la idea de que algo “pertenece o torna a la raíz”. Así pues, existe un flagrante non-sequitur ideológico entre la citada definición y la negativa connotación que el término <<radicalización>> ha adquirido en el discurso público. Además, hay también una confusión interesada entre <<radicalización y <<extremismo>>. Por último, es común la argucia consistente en reducir <<radicalización>> a <<terrorismo>>.

Deconstruir esta triple estratagema no debiera ser particularmente difícil. En primer lugar, demonizar a aquellos interesados en acudir a la raíz última de un determinado asunto etiquetándolos de <<radicales>> evidencia el anti-intelectualismo de los poderes fácticos. Asimismo, revela su inconfesable fobia frente a cualquier cambio estructural que afecte al statu quo del cual se benefician. Lo cierto, empero, es que todo ejercicio genuino de libre pensamiento presupone la capacidad de re-evaluar las premisas sobre las que se erige el Establecimiento. Ello representa una sana práctica democrática en ausencia de la cual toda sociedad está condenada a degenerar en dogmatismo. Así pues, no solo se debe permitir la radicalización en cuanto posibilidad, sino que se debe abrazar con entusiasmo, en la medida en que es necesaria para el funcionamiento democrático. En segundo lugar, la equiparación entre <<radicalización>> y <<extremismo>> se basa en la falsa premisa de que existe algo así como el centro post-ideológico, y de que es desde este punto de vista privilegiado desde el que deviene posible en primera instancia, identificar los extremos, y en última, condenarlos como tales. En la práctica, sucede más bien al contrario: la así llamada posición de <<centro>> no es menos ideológica que ninguna otra dentro del espectro político al que supuestamente arbitra. Así,  la acusación  de <<extremismo>> no es más que la estrategia favorita del autoproclamado <<centrismo>> a la hora de prevalecer sobre sus competidores ideológicos. Tal y como ha señalado Slavoj Žižek “la ideología es, por definición, autorreferencial, se consolida asumiendo una distancia con respecto a (aquello que denuncia como) mera ideología” (1997: 167). Tercero, en la medida en que el terrorismo constituye, por definición, una amenaza para el Estado, tachar un ataque al poder estatal de <<terrorista>> para acto seguido asociarlo con una interpretación peyorativa de la <<radicalización>> sirve para renegar de la culpa de Estado al tiempo que se criminaliza cualquier crítica respecto al mismo. Esta maniobra es regresiva, porque como ha observado Jamie Bartlett1, contradice el principio liberal consagrado en la primera enmienda a la Constitución de los Estados Unidos (la libertad de expresión): “ser radical significa rechazar [cuestionar, sería tal vez más acertado] el statu quo, lo cual en algunos casos ayuda a la sociedad a avanzar (…) equiparar el radicalismo con el terrorismo socava la libertad de expresión, ya sea a través del gobierno o de la auto-censura”2.

Además de en el terreno lógico-conceptual, el ataque público a la <<radicalización>> es también errado desde el punto de vista empírico. Así, tal y como subraya John Horgan3, por un lado la mayoría de quienes profesan creencias radicales no necesariamente cometen actos violentos. Tomemos por caso la desobediencia civil en los Estados Unidos o la abstención tal y como esta es concebida por García Trevijano en el caso de España (si lo prefiere, puede revisitar el cuento Bartleby, de Melville). Por otro lado, aquellos que cometen actos <<terroristas>> no necesariamente profesan creencias radicales, especialmente de tipo religioso. En este sentido, la crítica que dedicara Hannah Arendt  al paradigma del <<mal radical>> no es menos cierta en el caso del actual terrorismo yihadista: “He descubierto -enfatiza Bartlett- que muchos terroristas autóctonos de al-Qaeda no se sienten atraídos exclusivamente por motivos religiosos o ideológicos (con frecuencia, su conocimiento de la teología islámica es endeble y superficial)” (ídem).

En definitiva, el problema real no es tanto la radicalización cuanto el terrorismo. Sin embargo, dado el hecho de que el terrorismo es una categoría de sanción estatal, en lugar de descargar la responsabilidad de las actividades terroristas en la radicalización, sería más lúcido tomar distancia crítica con esta tesis y analizar el modo en que opera el Estado. Particularmente interesante debiera resultar el estudio del rol desempeñado por los crímenes y las irregularidades del Estado (especialmente en lo que se refiere a su culpa colonial) a la hora de condicionar el tipo de terrorismo del que ahora reniega con cinismo, disfrazándolo de una amenaza externa e irracional que se cerniría cruelmente sobre su inocente funcionamiento democrático. Me pregunto si, acaso llevada a sus últimas consecuencias, esta radical búsqueda no desenterraría el tabú de que las causas últimas del yihadismo están tan profundamente imbuidas en el funcionamiento diario de los Estados de España y EE.UU. que ninguno de los dos puede aspirar a deshacerse de la yihad sin alterar radicalmente su propio modus operandi en cuanto entidades políticas. Tal vez esta es la razón por la que a pesar de ser tan importante para nuestra libertad política, la radicalización sigue siendo criminalizada por los manufacturadores del consenso que pontifican indistintamente desde el funcionariado, los medios masivos de (des)información y el ámbito universitario.

 

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1 Líder sobre Violencia y Extremismo en el Think Tank Demos

2 Comentarios

  1. Sólo quiero decir (no he tenido tiempo de leer todavía este artículo al completo) que no entiendo por qué lo que dice la “Policía” ha de ser elevado a categoría de “PALABRA DIVINA, O IDEA EXACTA O CIENCIA PURA, ETC., ETC., ETC.”; para eso que desmantelen ya todas las Universidades, centros de filosofía, cátedras, etc., etc., etc.

    En fin, saludos amigos repúblicos.

    • Estimado Juan,

      La Policia y las FCSE desempenan un rol prominente en la lucha antiyihadista, y como tal, dentro del discurso publico (donde se incluyen hasta cierto punto “universidades, centros de filosofía, cátedras”) su eco mediatico es significativo, de ahi que convenga estar alerta a los usos del lenguaje que estas fuerzas de seguridad ponen en juego, pues impregnan la practica totalidad del tejido social.