Pompa, fanfarria y contradicciones en el 60 aniversario del Tratado de Roma

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Con pompa y fanfarria la élite de la Unión Europea se ha dado recientemente un paseo por Roma. Un paseo que ha incluido la firma de una declaración de 935 palabras y que fue precedido unas semanas antes por la publicación de un Libro Blanco sobre el Futuro de Europa auspiciado por el Presidente de la Comisión Europea, el luxemburgués Jean-Claude Juncker.

El Libro Blanco del mejor amigo de las multinacionales del capitalismo de amiguetes proponía cinco escenarios posibles para la Unión Europea del año 2025. En resumen: seguir como hasta ahora, no cooperar más que en el mantenimiento del un mercado único, permitir avanzar más a los países que así lo deseen, hacer menos pero de un modo más eficiente y, por último, hacer mucho más juntos.

Dejando a un lado las obvias deficiencias del Libro Blanco (como por ejemplo no incluir un diagnóstico profundo de por qué se ha llegado a la actual situación de crisis en la UE antes de proponer los correspondientes remedios), el documento promovido por Juncker parecía aspirar a abrir un diálogo entre los Estados Miembros con el objeto de que la Unión pudiera reformarse desde dentro. Y es que por primera vez desde 1957 se planteaba la posibilidad de que la Unión devolviera competencias a los Estados con el objeto de volver a lo que fue la clave de su éxito en sus primeros 30 años de existencia: el mercado común.

Sorpresa, sorpresa. 26 días después de publicarse los distintos escenarios, la declaración firmada en Roma ya ha amortizado al Libro Blanco. Así, la declaración a la que se han comprometido los líderes de la UE (salvo el Reino Unido) reza literalmente que trabajaremos juntos “por diferentes caminos y con intensidades distintas según sea necesario”, eso sí “caminando en la misma dirección”, y permitiendo “como ya hemos hecho en el pasado” que “la puerta quede abierta a aquellos que se quieran unir más tarde”. A continuación se afirma que “nuestra Unión es indivisa e indivisible”. Algo más abajo en el texto los firmantes también se confabulan a “completar la Unión Económica y Monetaria” y a que la Unión “haga converger las economías”.

Enterrado el debate, la declaración deja a las claras quién manda en la Unión Europea.  Y a quien no siga al país abanderado (el cual defiende una Unión más profunda), le esperan multas de la Comisión Europea, cierres del grifo del endeudamiento infinito promovido por el Banco Central Europeo, y desgracias aún peores.

Y aún hay alguno que piensa que la Unión Europea se curará con diálogo y reforma. Parafraseando al economista británico Roger Bootle, “la reforma radical necesita una presión irresistible”. A ver si las próximas citas electorales en Europa contribuyen a que la presión suba hasta límites irresistibles.

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