Tenemos que hablar del Spanexit

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MERRICK WELLS

Traducción de Carlos Yebra López

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En general, los españoles parecen estar más bien desconcertados ante la creciente ola de frustración política que está rompiendo ahora mismo contra las rocas de Europa. Se trata de un movimiento de desafección y frustración frente al malestar de la Unión Europea que está siendo tachado de “populismo”. Por más que los medios de comunicación “progresistas” estén acogiendo con satisfacción los recientes resultados electorales en Holanda, como una victoria contra el nacionalismo intolerante, lo que no están acertando a digerir es la tendencia reflejada por el movimiento político en cuestión. UKIP en Gran Bretaña nunca ha superado la cifra de un único asiento parlamentario, y actualmente solo dispone de un Consejo de Distrito. Sin embargo su voz ha influido en la política gubernamental de todos los cuadrantes políticos, y por supuesto, ha conseguido lo que nos habían dicho que era impensable, inimaginable, imposible…la revocación de la irrevocable unión.

Dado que vivimos en una Unión de países, es un craso error por parte de todos nosotros el no prestar atención a las tendencias o corrientes políticas de otras partes de la Unión, así como el no considerar cómo las mismas afectan al que puede ser nuestro decurso. La opinión española en general es que la Unión Europea es algo positivo para los habitantes del país, y hay pocas ganas de considerar alternativa alguna a este planteamiento. Las opciones que pueda tener Gran Bretaña son asunto de Gran Bretaña y no tienen influencia alguna sobre España, ¿no?

Bueno, obviamente no. Existe un primer nivel de impacto obvio: las respectivas (y notables) poblaciones que viven en uno y otro país. A pesar de toda la histeria, la incertidumbre y la manipulación política, la situación podría resolverse rápida y amistosamente si cualquiera de estos gobiernos llevase a cabo su mandato de proteger y proveer a sus ciudadanos. Todo lo que no sea esto servirá para recordarnos a todos el postureo del poder y del interés propio. Un sistema bilateral de visas y un tratado sensato de doble nacionalidad serviría para resolver las preocupaciones de los ciudadanos de ambos países, pero no beneficia a la narrativa de suicidio político-económico y perpetuas dificultades en la cual se ha querido enmarcar la salida de la Unión.

Muchos son capaces de reconocer un segundo estrato de maquinaciones, a la luz del intento, por parte de los nacionalistas escoceses, de explotar la incertidumbre del terreno inexplorado que ahora ocupamos[ los británicos]. Este movimiento toca la fibra sensible de Madrid, pues es una forma de recordarle la naturaleza soluble de los vínculos que unen España. Una vez más, el egoísmo político se impone al pragmatismo y resulta cada vez más obvio que España es ahora mismo víctima de una cierta hostilidad por parte de Bruselas, o sea, de Estrasburgo, o de dondequiera que [las elites políticas] se estén reuniendo esta semana. Antes del Brexit, España se encontraba cómoda en su desafiante posición frente a la idea de que parte de una parte de un miembro estado [e.g. Cataluña, Escocia] se escindiera para reclamar a continuación su membresía en virtud de que poseía una membresía estatal previa [en ingles “legacy state membership”], el coste último de mantener la viabilidad del experimento de la UE pueden ser las propias naciones-Estado, incluyendo España.

Esta es precisamente la tercera capa de una cebolla corrompida y en plena descomposición. En efecto, aunque ser parte de la UE es positivo para España, pues en última instancia es beneficiaria neta de esta membresía en términos financieros, y siempre lo ha sido (otro día hablaremos tal vez sobre la cuestión de a dónde va ese dinero…), ahora que los cimientos de la UE se están resquebrajando y que Gran Bretaña, contribuidor neto de la Unión, se marcha, dicho paisaje financiero comienza a cambiar. Imaginemos un paisaje con una Italia saliente, una Grecia malherida, una Escocia endeudada, una escéptica Alemania y una Francia cínica, por no nombrar las diferencias de opinión entre el Este y el Oeste, así como la intimidación proveniente de Turquía, y el hecho de que lo que necesita Europa es una liderazgo político fuerte y coherente, no una clase política que vive de gorra y solo se preocupa por sí misma, siendo su única razón de ser el cerciorarse de que el dinero llega al cabo a su Fondo de Gastos privado.

La mayor parte de quienes votaron a favor del Brexit no son enemigos de Europa, ni racistas, ni xenófobos ni intolerantes. Una gran parte de ellos simplemente se hartaron del persistente fracaso de la máquina unión-europeísta y empezaron a considerar la necesidad de llevar a cabo una reforma necesaria y pragmática. Dada la posibilidad de elegir entre los límites de un estricto binarismo, expresaron y expresan un rechazo absoluto a la Unión Europea, cuya actitud, desafortunadamente, ha sido la de redoblar su apuesta en torno a la misma absurda estrategia responsable del desconcierto político al que nos enfrentamos actualmente. España necesita iniciar un diálogo al respecto de qué es lo que sirve mejor sus intereses. Con relación a cuál es la naturaleza del club europeo, España debe estar preparada para anticiparse a sus movimientos y preparar planes de contingencia. Indistintamente de si la Unión Europea sobrevive a esta crisis de cabezonería egoísta y logra prosperar, o si por el contrario, fracasa en su intento de repeler los anhelos de pragmatismo de aquellos a quienes tilda de “extrema derecha” y de “vivir en el pasado” y se desmorona, ambos caminos apuntan actualmente hacia una creciente presión sobre España como Estado contiguo.

Jacob Rees-Mogg, diputado inglés por excelencia, hizo una astuta observación durante la noche del sísmico referéndum sobre el Brexit. Cuando le preguntaron por los abrumadores condicionantes que le serían impuestos a Gran Bretaña con el objetivo último de sentar precedente (es decir, para asegurarse de que al resto de países se les quitasen las ganas de seguir su ejemplo), contestó con aplomo que si cuando quieres salir de un club privado, los gestores del mismo, para impedirlo, te amenazan con romperte las piernas, quizás ese no sea el tipo de club del que deberías querer formar parte. España debería, como mínimo, debatir la posibilidad de pillar sus abrigos y largarse. Cuando el portero te saluda con un martillo y una sonrisa, las luchas políticas en otras instancias del continente resultan de pronto mucho más lúcidas.

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Juan

En comparación con los textos basura que suelen escribir ( y que por supuesto yo no leo) los estómagos calientes de los jefecillos de partidos de la partitocracia española, es un placer leer algo con sentido, con ciertas metáforas aplicables a la dignidad y a la realidad, un placer leer algo que contiene ética, precisión.

Obviamente no vamos a estar esperando que en España se produzca nada parecido en aquellas personas, en esos personajillos que solamente son la voz de su amo, la voz del corruptor de turno que les alimenta, la voz del pesebre del que comen (ahora vía endeudamiento público acrecentado), etc., etc., etc.

En España lo más seguro es que veamos una descomposición a pedazos, hasta que se caiga a cachos y nada más, mientras tanto seguirá la falsedad mórbida, etc.

Saludos, amigos repúblicos.

Legar a la descomposición a pedazos, lo entiendo como el supuesto mal peor, pero estoy seguro que con la calidad de personas que van tomando consciencia de las soluciones posibles y ello junto al instinto de supervivencia en libertad de la mayoría, nos sea posible conseguir por poco la representación real y consecuentemente la democracia.