¿Realmente se había terminado la historia?

Eso mismo es lo que Francis Fukuyama, un alto asesor del presidente George Bush (padre), se preguntaba hace más de un cuarto de siglo. Desde una universidad europea inspirada por el marxismo banal de los años 60 y 70 no tardó en llegar la respuesta, en términos furibundos que no se diferencian mucho de la reacción popular de nuestros días ante los comentarios de Donald Trump en twitter. Para facilitar la tarea de la máquina editorialista del establecimiento, entonces se hacía lo mismo que hoy: ceñirse al plano literal del lenguaje, lo cual permite manipular los conceptos con más facilidad. De este modo se lograba el aflujo de la mayor cantidad posible de indignados a unos paraninfos preparados a todo correr para los eventos antifukuyama.

Evidentemente nadie, ni Fukuyama ni sus detractores, pensó que la historia hubiese llegado a su fin, ni en un sentido apocalíptico ni de redención. Más bien lo que se quería decir era que las cuestiones ideológicas de la Guerra Fría habían dejado de estar en candelero. En lo sucesivo el mundo iba a vivir una larga época preocupada por los problemas vulgares del desarrollo económico, la tecnología, el comercio y los procesos de democratización, con manuales de instrucciones políticamente correctos editados en Washington y Bruselas. Esto era lo que molestaba: no la autosuficiencia cortesana y bien retribuida de Fukuyama, sino que se hubiesen acabado Jean-Paul Sartre, las camisetas del Ché Guevara y las canciones de Violeta Parra.

Con el tiempo nos hemos dado cuenta de que Fukuyama tenía razón, o que al menos la tuvo durante algún tiempo, frente a su abucheante turbamulta de bolcheviques de decanato. Pero también es cierto que la historia continúa. La agenda establecida tras el derrumbe de la Unión Soviética y el final de la Guerra Fría se ha quedado obsoleta. No nos habíamos dado cuenta hasta hace pocas semanas, cuando se produjo el relevo en la Casa Blanca. Lo que ahora llega es algo nuevo. No sabemos qué. Tan solo podemos hacer conjeturas.

Echemos un vistazo al stand de novedades de cualquier librería. Hallaremos títulos que reflejan el afán editorialista de los medios del mainstream: Trump jugando al trile por aquí, por allá Obama en olor de santidad laica, y en la esquina un Noam Chomsky intentando meter baza, incluso alguna que otra reimpresión de “Las venas abiertas de América latina”, de Eduardo Galeano. Sin embargo, el único título que no podrán encontrar es precisamente el que más conviene releer para volver a orientarnos en el cambiante mundo de hoy: “Auge y caída de las grandes potencias”, del historiador británico Paul Kennedy. Esta ausencia es imperdonable, puesto que se trata de uno de los tratados de geopolítica más meritorios de los últimos tiempos, a más de una obra que efectivamente ayuda a explicar no pocas cosas sobre lo que llevamos visto del siglo XXI.

Concedamos que el libro de Kennedy abarca un ámbito temporal y geográfico demasiado extenso, y que más de un especialista en las diversas temáticas sobre las que trata -el Japón Tokugawa, la Rusia de los zares, la Europa del siglo XVIII- podría encontrar aventuradas o simplistas algunas de las afirmaciones que hace el autor. Pero el argumento principal de Paul Kennedy parece razonable: existe una correlación entre las fuerzas económicas de los imperios y la forma en que los mismos triunfan y fracasan en sus aventuras hegemónicas. Déficits crónicos en la balanza de pagos, pérdida de productividad, sobresolicitación de recursos y una extensión excesiva de compromisos militares y estratégicos (“overstretch“) son fenómenos que se aprecian en la historia de Estados Unidos desde los años 60 del pasado siglo XX hasta la actualidad.

Surge un orden mundial multipolar. Y esto hará que la historia continúe. No en las condiciones controladas bajo asesoramiento y tutela occidentales predichas por Fukuyama, sino a la manera imprevista de siempre, con su carga de drama e incertidumbre. ¿Es Donald Trump el comienzo de una retirada aislacionista de Estados Unidos al estilo de la China Ming? ¿O por el contrario se trata de un intento consciente de lograr un reajuste entre las potencialidades económicas y la capacidad militar de Norteamérica, con el propósito de escapar a la mecánica del declive descrita por Paul Kennedy? ¿Quiere Trump demostrar que la decadencia de las grandes potencias no es un fenómeno irreversible? La respuesta se hará esperar.

Constituye un mérito indiscutible de Antonio García-Trevijano haber sido el primero en haberse dado cuenta de cuál es el verdadero significado histórico que tiene la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. No se trata de una simple anomalía. Estamos presenciando el verdadero final de la Guerra Fría y de un siglo XX “largo”. El relevo en la Casa Blanca marca un hito decisivo en la conformación de ese orden multipolar resultante de unas fuerzas históricas que, sin darnos cuenta, han estado dando forma al mundo desde 1945.

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