Tras la victoria de Trump y su proclamación como presidente, nada volverá a ser lo que era. Ahora bien, ¿cuáles fueron las causas y cuáles serán las consecuencias? Lo cierto es que hasta la fecha, tenemos muchas sospechas y pocas certezas, pero merece la pena analizarlo con detenimiento.

En primer lugar, Žižek tenía razón: resulta que los verdaderos utopistas no eran, como se dijo en su día, los que apoyaban a Sanders (i.e., a la opción política que este último representaba) o a Trump (ídem), sino los que pensaban que cambiando pequeños detalles aquí y allá lograrían mantener su hegemonía política. Hablamos, claro está, de la izquierda liberal-demócrata como establishment político e ideológico. La primera conclusión que nos lega el triunfo del trumpismo es que para bien o para mal, el mundo está cambiando y la clase política dirigente, emancipada como está de una gran parte de la sociedad en no pocos países (entre ellos, España y Estados Unidos), no ha sabido o no ha querido interpretar dicha evolución, fingiendo que si se tapaba los ojos y se mantenía en su sitio, su enemigo político desaparecería. De ahí la harto conservadora y previsible campaña de Clinton y los pronósticos triunfalistas al respecto de la misma. Pues bien, nada más lejos de la realidad.

En segundo lugar, Ernest Laclau decía aquello de que “la política es posible porque la imposibilidad constitutiva de la sociedad sólo puede representarse a sí misma a través de la producción de significantes vacíos”. ¿Qué significa esto? En el fondo, algo muy sencillo. La política, sea a nivel planetario, nacional o regional, siempre delimita dos grandes grupos: una parte de la sociedad que gana (la clase política dominante) y otra que pierde (la clase política subalterna). Nunca existió una polis para todos. Para disfrazar este cruel (pero no por ello menos real) ejercicio de marginalización, los ideólogos políticos se ven obligados a recurrir constantemente a significantes vacíos, es decir, a sintagmas o constituyente sintácticos que actúan como portadores discursivos de legitimidad. Pues bien, el significante vacío de la clase política dominante actual es (o era hasta el 2016) “globalización”. Como todo significante vacío, la globalización tiene ganadores y perdedores, pero lo que es importante comprender es que la expresión misma “globalización” fue diseñada para ocultar este drama, naturalizando así el sufrimiento de los perdedores, es decir, de aquellos que perdieron su empleo o su forma de vida como resultado de este proceso. Por eso, si eres de los que piensan que antes del Brexit o de la victoria de Trump el mundo era un lugar mejor y más feliz para todos, ya sabes a qué clase política pertenecías hasta ahora y por qué la inmensa mayoría de los medios de masas, las universidades y el entorno social en el que te movías validaba con entusiasmo tu prejuicio clasista en contra de estos eventos.

Frente a ello, la victoria de Trump pone de manifiesto el despertar definitivo de una ingente masa social crítica excluida de la “fiesta de la globalización”, y ello sobre la base de motivos que poco o nada tienen que ver con las políticas de la identidad, mediante las cuales el partido liberal-demócrata (y todos aquellos que se han dejado colonizar por sus eslóganes pop) habían tratado de ocultar y cooptar el verdadero problema: los procesos de exclusión generados por el éxodo rural masivo, la deslocalización empresarial, las guerras imperialistas en Afganistán, Irak, Siria, Libia, Pakistán, Somalia, Yemen, amén de la rampante y la brecha social, cultural, política y económica motivada por dichos procesos  (maniobra esta denunciada por el propio Sanders, a quien pocos tomaron en serio cuando dijo que la elección de Hillary como candidata demócrata acabaría por facilitar la elección de Trump como presidente). Las que acabo de presentar, y no otras, son las claves que activan una lectura mínimamente solvente del mapa electoral estadounidense (así como parcialmente del triunfo del Brexit, al que, de nuevo, desde la izquierda liberal-demócrata nadie prestó atención en su calidad de aviso de incendio del trumpismo por venir). El debate político-económico internacional está llamado a pivotar en torno a estos mismos ejes en un futuro inminente. De hecho, ya lo está haciendo.

Tercero, estamos ante una victoria histórica en muchos frentes: política (triplete en Presidencia, Cámara de Representantes y Senado), económico-cultural (anti-globalización) y socio-mediática (medios de comunicación masivos). En efecto, el circo de la prensa pro-globalización, que hasta ahora trataba cada vez con más énfasis de subsumir la opinión pública bajo la opinión publicada a través de falaces artículos y una lluvia de encuestas pro-establishment, mediante los cuales intentaron a toda costa y durante meses calmar a sus sponsors al tiempo que engañar al electorado más crédulo (les animo a consultar la hemeroteca de, e.g., The New York Times, The Guardian o El País), ha quedado completa e irreversiblemente desacreditada. Trump se atrevió a decir que el emperador estaba desnudo y lo estaba. Eso sí, el colapso mediático del establishment no es casual: el décalage entre opinión pública y opinión publicada está creciendo gradualmente conforme el impacto de las redes sociales aumenta, y la inteligencia crítica colectiva causa cada día más estragos en los medios tradicionales. En este sentido, las razones que explican la impotencia del grueso mediático de la prensa anglosajona en el caso de Trump y el Brexit son las mismas que permiten dar cuenta del fracaso propagandístico de El País a propósito de Ciudadanos. Sería injusto, empero, cargar toda la culpa sobre los medios de comunicación. La casta universitaria (especialmente la estadounidense), salvo honrosas excepciones, también ha demostrado que hoy por hoy no está a la altura de la sociedad (por si le quedaban dudas a quienes como el abajo firmante, entendemos que la universidad debe ser un espacio de debate y crecimiento intelectual que contribuya a la sociedad desde un análisis lúcido de y en la misma [sobre virtualmente todo lo demás]). La razón es muy sencilla, pero no por ello menos sonrojante: sus miembros no han sido capaces de generar un discurso hegemónico que se haga cargo de las contradicciones sociopolíticas que estas elecciones han puesto sobre la mesa (i.e., la dialéctica de la globalización), y ayude a comprenderlas de manera más clara, optando en su lugar por cerrar filas en torno a think tanks partisanos disfrazados de faux intelectualismo (en su mayoría liberal-demócratas, pero también algún que otro republicano asociado a la alt-right). Unos y otros se han aferrado a su parcela de poder en un acto reflejo defensivo. Y es que a fin de cuentas, las fake news y el fake knowledge no dejan de ser dos caras de la misma moneda: el agresivo lobby de la (al menos hasta ahora) clase política dominante, la pro-globalización. Una vez que la misma ha sido desprovista de sus ropajes ideológicos más deslumbrantes, la clase política silenciada (no silenciosa, sino silenciada por la censura de lo políticamente correcto como totalitarismo social de la globalización) le ha ganado el pulso fair and square.

Cuarto, la lección política de la victoria de Trump es, pues, clara: ofrecer un sistema de contrapesos (check & balance) frente a la denominada globalización (a saber, el espíritu del Fin de la Historia, legitimado por su correspondiente clase cosmopolita, ligada a su vez al capital financiero). Ahora bien, si bien es cierto que la incombustible difamación de su persona (en el sentido etimológico del término, esto es, de su máscara pública, la cual muchos han querido confundir con o no han sabido distinguir del hábil estratega que hay detrás la misma) no ha tenido el efecto deseado (si acaso, lo contrario es cierto), sería ingenuo por parte de sus votantes pensar que la victoria de Trump es definitiva: se antoja ciertamente improbable que el establishment escatime en mociones de censura e incluso intentos de asesinato (que le pregunten a Kennedy por el precio de su osadía frente al mismo) contra quien tiene no solo la determinación, sino ahora también el poder, de aguarles la fiesta, su fiesta (a partir de hoy, en tanto que presidente de los EE.UU. Trump será nada menos que jefe de estado y jefe de gobierno, así como comandante en jefe de las fuerzas armadas, y jefe de la diplomacia).

Finalmente y llegados a este punto solo nos resta responder a una cuestión clave: ¿cuál será la lección política del gobierno de Trump (por oposición a la analizada hasta ahora, a saber, la de la victoria de Trump)? En otras palabras, ¿hasta qué punto su Make America Great Again se revelará como el nuevo significante vacío que después de haberse convertido en un portador discursivo de legitimidad electoral, le permita imponer la discriminación político-económica de su clase política rival? Dicho de otra manera, ¿hasta qué punto se confirmarán o quedarán desacreditados los temores y/o prejuicios del trumpescepticismo en términos de racismo, xenofobia, sexismo, aislamiento internacional, política anti-inmigratoria o complot rusófilo? A estas alturas, poco importa la música que suene en los altavoces del corporativismo mediático. La evidencia disponible conduce a una sola conclusión: nadie sabe nada acerca de cómo discurrirá la legislatura de Trump. Eso sí, dos cosas cabe garantizar: que lo sabremos más pronto que tarde y que en cualquier caso, y a pesar de todo el tweeting trumpista al respecto, no satisfará a todos.

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