Desde mi pedestre punto de vista, las decisiones que todo individuo toma libremente y en plena posesión de facultades son siempre cuestiones de honor. Valga cualquiera de las acepciones del término, sea lo que nos insta a proteger a nuestros seres queridos, lo que nos impulsa a cumplir un compromiso no legislado o lo que nos disuade de pasearnos por la calle en calzoncillos.

Llámese vergüenza o dignidad, la primera definición de honor que encontramos en el diccionario de la RAE se ajusta como un guante a “eso” que nos hace decantarnos por actuar de uno u otro modo, en circunstancias tan dispares como las que arriba enumero. «Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo», dice la Real Academia. Más allá de lo agradable (añádase el prefijo des- según el caso) que resulte la visión de alguien transitando en cueros por la vía pública, está claro que al paseante le resulta grato hacerlo y, además, piensa que la contemplación de su estampa “gallumbil”/ “braguil” por parte de terceros es, en esencia, positiva, sea cual sea la razón y con independencia del fin que persiga. Coincidirán conmigo en que el porqué del descoco es irrelevante, siempre que se cumplan las dos premisas a las que me refiero en la primera frase de este artículo. Las cito, con su permiso: libremente y en plena posesión de facultades.

Bien, antes de que duden si estoy en pleno uso de las mías, quisiera aclarar que toda esta farfolla se debe a modificaciones que, a última hora, ha sufrido el texto presente. En realidad, la introducción (porque es la introducción ¿eh?; todavía están a tiempo de dejar de leer) se basaba en argumentos más profundos que los provenientes de la RAE o de mi humilde coleto. Por suerte, una reciente (y lamentable) exhibición de necedad por parte de los señores Pablo Iglesias y Albert Rivera me ha hecho desistir del riesgo que supone meterme a lo loco en jardines que apenas conozco. Dicho lo cual y con la venia que corresponda, voy a limitarme a citar, que es el modo elegante de decir copiar/pegar:

«El ser humano, considerado como persona, está situado por encima de cualquier precio, porque, como tal, no puede valorarse solo como medio para fines ajenos, incluso para sus propios fines, sino como fin en sí mismo; es decir, posee una dignidad (un valor interno absoluto), gracias a la cual infunde respeto a todos los demás seres racionales del mundo, puede medirse con cualquier otro de esta clase y valorarse en pie de igualdad.»  

La reflexión es de Kant, pero no voy a adentrarme más de la cuenta en terrenos deontológicos porque me pasaría lo que a un pulpo vulgar en un garaje cualquiera. Lo cito para dejar patente que esa falacia tan repetida del «no hay nada escrito» que se aplica a los gustos, no puede usarse de ningún modo al referirse al honor, concepto del que, con manifiesta torpeza, estoy tratando de hablarles.

Una cuestión de honor, reza el título de mi desbarre. Bueno, espero que me permitan rectificarlo a estas alturas, porque en realidad no se trata de una sino de dos.

La primera se refiere a la iniciativa del MCRC de convocar el día 19 de diciembre en Barcelona, en la Plaça de Sant Jaume y a las 12:00 h del mediodía, a todos aquellos que comulguen con la idea de que Cataluña es España. Al respecto, nótese que me refiero como «idea» a lo que no es sino un hecho empírico, irrebatible desde la perspectiva racional; por desgracia, la degeneración intelectual (y moral) de la sociedad española pone a diario sobre la mesa argumentos  que arrinconan por número a la razón, niegan la evidencia y obligan a tener en consideración tesis del tipo «un adoquín es un mamífero», a riesgo de resultar irrespetuoso con el mamífero o adoquín en cuestión.

Entiéndanme, el único motivo de que trate de ser diplomático al abordar este asunto es porque la asistencia a la convocatoria, más allá de la razón que la motiva, es una pura y dura cuestión de honor. Lo es por la persona que está detrás de la iniciativa. Asumo que si usted está leyendo este artículo no es por el boniato cuya foto ilustra la cabecera, sino porque, en mayor o menor medida, coincide con el pensamiento de don Antonio García-Trevijano. Porque sabe quién es, porque conoce su historia o, mejor me lo pone, porque lo conoce personalmente. Porque don Antonio es un hombre de honor, que lleva más de medio siglo arriesgando prestigio, fortuna y salud por un fin tan noble como es traer la libertad a España; la verdadera libertad, la de todos, la que los constitucionalistas norteamericanos relacionaron de un modo indivisible con la búsqueda de la felicidad, cuyo camino despeja de obstáculos. Porque, en definitiva, se lo merece y, permítanme la broma, todos ustedes lo saben.

En fin. Dicho esto, afirmo con total rotundidad que acompañar a don Antonio en Barcelona el día 19 es una cuestión de honor. Y luego, si quieren, vayan el día 20 a votar; esta es la segunda cuestión a la que pretendía referirme, pero finalmente no voy a hacerlo. Eso es cosa suya.

 

PD: Hace unos días apareció en el diario una reflexión mía sobre la inconveniencia de celebrar el acto de Barcelona. Es evidente que me precipité en mis conclusiones, pero les garantizo que no es el caso en lo que se refiere a este artículo. Aprovecho para matizar un comentario que hice al respecto (pueden leer el affaire aquí), porque no quiero que se me malinterprete. Donde digo «Como asociado, no considero ético ni leal manifestar públicamente mis posibles discrepancias con el MCRC y al final ha sido así, para mi disgusto», me estoy refiriendo a mí. A que considero desleal y falto de ética exponer públicamente mis desencuentros sin antes ponerlos en conocimiento del MCRC. En ningún caso hablo de la publicación de mi carta, que no me fue notificada por la lógica falta de coordinación que todo proyecto tiene en sus inicios.

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