Gestos. Homenaje a Salvochea

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GREGORIO MORÁN.

Los cambios de fondo exigen tiempo, base social, indignación, partidos sin ideología Peter Pan

Quiero imaginármelo así. El alcalde recién electo de Podemos por Cádiz, Kichi –José María González en el padrón municipal–, se dirige a los ujieres veteranos, hechos a todo, y les dice con ese acento de Cádiz que te clava por brillante y por rotundo: “Háganme el favor de retirar ese retrato. Y traigan del almacén el de Fermín Salvochea”.

Así de sencillo, un gesto, el alcalde de aquella ciudad que para cualquier español bien nacido significa el comienzo de la democracia, Cádiz, sustituyó en su despacho el retrato del rey Juan Carlos de Borbón por el del hombre que dio su vida por una república de iguales y que pasó a la historia con el nombre, hoy oscurecido por la desmemoria, de Fermín Salvochea.

Salvochea fue alcalde de Cádiz durante la Primera República –unos meses, de marzo a agosto– pero su personalidad marcó una buena parte del anarquismo español en el periodo final del siglo XIX. Vivió 65 años, pero se puede precisar que de ellos pasó 19 recorriendo los penales y prisiones de España. Valle-Inclán le dedicó un texto memorable y Blasco Ibáñez lo convirtió en protagonista de una de sus novelas. En su época decir Fermín Salvochea era como referirse a la leyenda de un personaje de acción –escribió poco, tradujo bastante– pero no hubo tentativa revolucionaria en la que no participara. Hombre de cultura notable, al que sus padres, una familia bien establecida, enviaron a Inglaterra para convertirle en perfecto comerciante gaditano, viajó y no precisamente de turista por Londres, París, el sur de Italia y vivió lo suficiente para conocer a los grandes del movimiento anarquista español e internacional.

De Fermín Salvochea no se sabe si llegó a conocer mujer o acaso si lo hizo no le dio importancia. Su frase era “me casé con la idea”, expresión que hoy día nos deja estupefactos. La idea se llamaba “revolución social”. Un hombre de acción y sin miedo, capaz de trabajar la dinamita con la misma sencillez que las ideas. Su futuro de comerciante en la ciudad más comercial de España, Cádiz en el siglo XIX, se dio al traste porque descubrió la explotación, el mercado, el capital, los negocios… y se colocó al otro lado de la barricada. Entre los historiadores su figura se engrandece por insólita; el notario e historiador cordobés Juan Díaz del Moral le definió como prototipo de “revolucionario virtuoso”, otros como un santo laico. Abstemio, vegetariano, ajeno a querencia alguna que no fuera “la idea”, su esposa de por vida. Un personaje perdido en nuestra historia que el Kichi, José María González, nuevo alcalde de Cádiz ha sacado del almacén para que le vigile en su despacho. Un gesto audaz y digno.

Es posible que estemos viviendo un periodo de gestos, que no de trasformaciones. Ya es algo, pero los cambios de fondo exigen tiempo, base social, indignación, partidos sin ideología Peter Pan. En Asturias están metidos en una polémica digna de ser descrita por Jonathan Swift según la cual los ediles y diputados deben cobrar menos de dos mil euros. Los gestos. El problema de los ediles y los diputados es que no roben más de lo que cobran. La política de la izquierda en España se ha vuelto ideológicamente de Caritas. Marxistas radicales oriundos del seminario o las oenegés.

La alcaldesa de Madrid, a la que conozco de longa data, y que les dará unos disgustos dignos de la pijería madrileña cuando tenga que meter las manos hasta los codos en la basura que es gobernar, ella confirma que sigue el plan de la señora Aznar y los niños desnutridos. Una obviedad. En política el buenismo sólo es aceptable cuando ganas, no cuando aspiras a ganar.

Gestos. Ante los niños, ante los turistas barceloneses que han arrasado la ciudad con gran satisfacción del negocio y rechazo de las clases medias urbanas que viven de otra cosa. Imposible parar la marea sin que te cuelguen económicamente. Bisoñez política, porque no se puede pasar del imperio del negocio Rajoy-Mas al ecologismo financiero, algo imposible por principio. A estos audaces radicales nunca les han contado lo que es una reunión con tigres hambrientos y sin zoológico.

Gestos. Lamento no saber nada del alcalde de Zamora, el más temerario de los alcaldes recientes. Ganó y solo, desde la izquierda que constituía su señora y una impresora. Lo cual dice mucho de la inclinación informativa hacia los grandes. ¿Qué dicen los grandes? Ellos no tienen gestos, fuera de invitarte a comer y saludarte efusivamente. Toman decisiones y te crujen.

¿Hay alguien que tenga una idea de lo que va a hacer dentro de tres meses? Una sociedad que les exige mucho porque ha sido tan cobarde durante tanto tiempo, que ahora les pide a sus delegados electos que les saque del marasmo y les dé seguridad. Y resulta que la palabra seguridad ha sido retirada hasta de las agencias de seguros. Fíjense cómo han ido encontrando metáforas para evitar lo que ni ellos mismos podrían garantizar. Porque vivimos en una sociedad de mafiosos legales donde cualquier seguridad exige pactar con los que mandan. Por eso los gestos son valiosos.

Los que vivimos en Catalunya somos unos privilegiados porque llevamos semanas, meses diría yo, discutiendo sobre algo de lo que nadie es capaz de aclararse. Ni siquiera los protagonistas. Un momento único de la historia de Catalunya porque nunca como ahora ha habido un distanciamiento tan abismal entre la realidad del común y unos señores que discuten sobre no sé qué carajo de listas de personalidades “no políticas” (aunque cobren del erario) que ocuparían luego los políticos cuando los idiotas se hayan creído el embeleco de unas elecciones normales, es decir, autonómicas, pero que son trascendentales para el futuro de no se sabe quién, pero muy especialmente de esa misma casta política que de tan deteriorada como está desea poner de escudo a la inteligencia que pasta de los fondos públicos. Jamás se había alcanzado tamaña golfería desde que tengo noticia. Es como si el inefable Francesc Pujols, el supuesto filósofo catalán cuya idea nodal era la de viajar gratis por el mundo “de morro”, se hubiera propuesto ordenar el país y asesorar al ganado militante.¡ Vaya putada! Después de haber sido la reserva reflexiva y económica de la España puntera. La castración intelectual de Catalunya, al lado de la empresarial, es como pasar de capar pollos a capar reses.

Gestos. La improvisación tiene límites. Está bien en el teatro, es la base del jazz, puede tener efectos felices en el periodismo literario, pero en la política y en la economía bordea el barranco de la catástrofe. Mientras todo lo que hayamos elaborado en los meses próximos sean gestos, llegará el registrador de la Propiedad, ese personaje que la gente y muy especialmente en Catalunya ha despreciado con una soberbia que pagará a precio de mercado, les va a crujir. Nos va a crujir. Porque debemos meternos en la cabeza que no somos la sal de la tierra, ni el pueblo elegido ¿elegido para qué?, sino una sociedad desmembrada, bordeando la ruina, con unos niveles de miseria y de conflictos que los medios de comunicación nos afanamos en tapar.

Quedan los gestos. Pero carecen de sentido, son de una frivolidad digna de gente estable, que vive bien, que se conserva, que adora la dieta mediterránea que no consume, que añora un pasado inexistente. Hoy por hoy, no digo mañana, está todo perdido. ¿Acaso alguien ha convocado un réquiem radical por la muerte de la esperanza griega que acabó siendo una chulada de chicos bien nacidos formados en las mejores universidades de los Estados Unidos? Retengamos un dato y con eso no quiero hendir el dedo en la llaga: se han dado cuenta que nuestra izquierda radical figura entre los funcionarios de la universidad que tienen garantizado un sueldo saneado y multitud de viajes de intercambio que les hacen cosmopolitas.

Gestos, sólo gestos. Hemos sido derrotados por el enemigo más incompetente y corrupto de los últimos cincuenta años.

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La creencia en la superchería de los gestos es otra manifestación del cada vez más imperante de pensamiento mágico o religioso, al que se se llega de una u otra forma cuando devalúas en la sociedad el principio de la honradez intelectual y con él la búsqueda de la verdad a favor de la sumisión al poder.