El coro del canto gregoriano

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MARTÍN-MIGUEL RUBIO.

“El Coro de Canto Gregoriano”, dirigido por el sensible y cultísimo Académico de Número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Ismael Fernández de la Cuesta, antiguo Abad del Monasterio de Silos, te transporta al Empíreo con sus voces de latín exquisito y bellísimos poemas, casi siempre sequentiae y pocas veces prosequentiae, como el “Adoro te devote”, para el modo gregoriano, en los que se expresan las eternas súplicas del hombre a Dios. ¿Y cómo no va a escuchar Dios con atención tales sublimes expresiones de belleza audible? Esta música, como salida de órganos fonatorios angélicos, de perfecto empaste, nos lleva a creyentes y no creyentes a un mundo venturoso del más allá, en donde lo imaginario se hace vívidamente real gracias a una liturgia solemne ( y bárbaramente marginada por la Iglesia en la actualidad ) cantada que, musicalmente, traslada casi realmente el Cielo a la tierra.

El Canto Gregoriano es la columna que vertebra el gigantesco edificio histórico de toda la música occidental en los últimos once siglos. Y paladear con las caverniculadas orejas los sensitivos discantos que adornan el texto inmutable de una liturgia milenaria en el Concierto celebrado el 25 de mayo en el interior del Museo de la Fundación Gregorio Prieto, en Valdepeñas, constituye un delicadísimo masaje para el espíritu, tan envilecido cotidianamente por la basura cultural de esta España en patente decadencia.

Verdaderamente feliz la ocurrencia de Concepción García-Noblejas Santa-Olalla, Presidenta de la Fundación Gregorio Prieto, en traer este magnífico concierto al Sanctum Sanctorum del mejor dibujante español del siglo XX. El gerente de la Fundación, nuestro amigo Vicente Nello, supo adornar el escenario con distintas tallas del septiforme Espíritu Santo, en su versión de Paloma mirífica, que había recogido por toda la Península y en algunos casos restaurado el inmortal pintor manchego Gregorio Prieto, egregio epónimo de la Fundación. Pues es el caso que en este Concierto se interpretaban los cantos del Propio y del Ordinario de la Misa de Pentecostés, en la que el Espíritu Santo, la Tercera Persona, es el gran protagonista. “Veni, Sancte Spiritus,/ reple tuorum corda/ fidelium et tui amoris/ in eis ignem accende”. Vemos en esta archiconocida sequentia un perfecto compas de 3 por 8, aunque se ha de evitar toda rigidez al cantarlo, para que no pierda su nota de religiosidad y de libertad absoluta, propia del canto gregoriano.

Nuestro corazón, lleno de memoria sentimental, religiosa y, sobre todo, vergüenza moral ante la Divinidad, presente en la evanescencia del sonido prodigioso, llora saladas lágrimas de sangre pura. Las voces de estos sensibles y consumados cantores vascos, de oficios muy distintos cada uno de ellos en la vida real, pero aunados todos en una única fe en la Belleza, nos reconcilian y unen con la liturgia católica más completa y depurada que nunca, y su adolescencia virtuosa de antiguos miembros de inspirados orfeones resuena ahora como un merecido salario bien ganado, pagado por Dios, a su sencilla perseverancia indesmayable y a su inexpugnable buen gusto en pugna heroica con la ordinariez chata de los cantos que padece el interior de las Iglesias hodiernas, pobladas de “músicos mudos” que diría el oximoronte Góngora.

¿Cómo no acordarse oyendo los cantos de estos vascos formidables, con personalidad de basalto que se licúa en sus corazones, de la Oda III, “A Francisco Salinas”, del sin par Fray Luis de León? “Traspasa el aire todo/ hasta llegar a la más alta esfera,/ y oye allí otro modo/ de no perecedera/ música, que es la fuente y la primera.” Esta música vocalizada nos llena de esperanza de Cielo y de los orígenes puros de la Humanidad, como aquel Canto de San Juan de la Cruz, “Super flumina Babylonis”.

El Canto gregoriano era llamado en la Edad Media canto llano o canto firme para distinguirlo de la música “mensurata” y “ficta”, que tanto auge fue tomando en las Iglesias de Occidente. El calificativo de “llano”, “cantus planus”, le cuadra bien, pues nada tiene de atormentado, antes todo en él es holgura, naturalidad y optimismo metafísico. El Papa Pío X lo declaró “supremo modelo de toda música religiosa”, por cuanto en él concurren como en ningún otro las tres cualidades que debe reunir toda música para que se vea verdaderamente religiosa; a saber: santidad ( fue compuesto por hombres santos y no evoca aires profanos ), bondad de formas y universalidad ( se canta en latín ).
El ritmo gregoriano no es métrico, propio del verso, sino libre, propio de la prosa, que es el ritmo oratorio por excelencia. La prosa – de prosequentia – es la secuencia que en ciertas solemnidades se canta después del aleluya o del tracto. Y es precisamente en el acento o ictus del propio texto de donde dimana la música. Es así que Santo Tomás o San Buenaventura o San Bernardo son también implícitamente los compositores de sus propios textos inmortales y “totales”, como diría Richard Wagner.

En resumen, la Fundación Museo “Gregorio Prieto”, perfectamente pilotada por Conchita García-Noblejas, asesorada también por su culto hijo Jesús, experto en música provenzal, quizás la institución cultural más importante de Castilla-La Mancha en la actualidad, sigue rociando los fecundos campos de la planicie manchega de exquisita belleza; de eso que los alemanes del XIX denominaban Alta Cultura, como trasunto de la gran Cultura Clásica.

Curiosamente por estos mismos días, en el marco del Programa de Órgano que organiza todos los años el Párroco de Torre de Juan Abad, señorío que fuera del retorcido Quevedo, Don Urbano Patón Villarreal, se presentó en dicha parroquia de esa localidad cercana a Valdepeñas la Schola Gregoriana Henricus Beauvarlet, dirigida por Jan Vermeire, e interpretó de forma celestial “prosas” como la del Introitus “Cibavit eos ex adipe frumenti” y su Sequentia “Lauda Sion Salvatorem”, o el conocido Offertorium “Portas caeli aperuit Dominus”, y su Communio “Qui manducat carnem meam”, así como el archiconocido “Pange lingua”, que nos humedeció los ojos a muchos de la presentes por el gozo inesperado de tanta belleza acústica venida de Bélgica y también, claro está, del Cielo.

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