Esto es lo que pasa

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ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO.

La conferencia de prensa del Presidente de Gobierno solo pudo decepcionar a los que se empeñan en no comprender lo que está pasando. Estuvieron pendientes de sus vacuas palabras, en medio del bronco murmullo de la mutación política que se avecina; esperaban que sus gestos domesticadores harían retornar las furias desencadenadas a sus habituales ataduras, marchándose él a su casa, como le rogaba la piadosa oposición, o aparentando firmeza gubernamental, como le exigía su socio catalán. Son actitudes tan supersticiosas como las de querer salvar al velero metido en el ojo del huracán por un piloto maníaco, cambiándolo por otro que rece mejor o echando por la borda un litro de aceite impuro. Que ha sido la medida adoptada. Aunque sea el primer obstáculo a la remoción de las causas de la crisis, el jefe del gobierno está a remolque de los acontecimientos, prisionero de sombras innombrables que lo tienen atado al palo mayor. Mientras que los demás factores de la crisis siguen cooperando ciegamente a su desenlace. Lo corrupto no es reprimible por lo corruptor, los remedios al paro no pueden provenir de los desempleadores, los electores arrepentidos saben ya que en las listas de partido está el germen de la irresponsabilidad política gobernante y de la corrupción institucional.

No se puede aceptar esta visión sin estar de acuerdo en la extrema gravedad de la situación española. Para no entrar en cálculos discutibles sobre la extensión del mal, es preferible calibrar el grado de su importancia mirando la naturaleza de la crisis política. Y no basta con decir que se trata de una crisis de gobierno, como pretende la oposición leal a S.M., ni de una crisis de Estado, como afirmo yo desde la oposición al régimen, o de una crisis ministerial como dice el gobierno. Se podría negar con facilidad esta tesis de la crisis ministerial, si no fuera porque en la sociedad política no hay crisis parlamentaria y, por ello, tampoco la hay de gobierno. Esta conclusión, que no piensa en las crisis gubernamentales de la sociedad civil, habría sido pertinente cuando los ministerios de Gobernación y Justicia concentraban casi toda la acción del Gobierno parlamentario. Pero esa conclusión se convierte hoy en el principio sustanciador de las modernas crisis políticas y económicas. Que cuando no son parlamentarias y se combinan entre sí, provocan auténticas crisis de Estado. Es lo que ha pasado en Italia. ¿Por qué los signos alarmantes de crisis política en la sociedad civil española no se ven acompañados por una crisis parlamentaria y de gobierno? Esa es la secreta institucionalidad de nuestra crisis.

Los creyentes en una simple crisis de gobierno contestan a tan crucial cuestión con respuestas insatisfactorias: perversa soberbia del piloto, decidido a hundirse con las manos puestas en un timón sin gobernalle; egoísmo miope de su armador catalán, dispuesto a llevarse los restos del naufragio; falta de confianza en la pericia del piloto sustituto; disciplina ciega de los tripulantes a babor y estribor; ausencia de mapa alternativo al que fija el rumbo de la derrota; complicidad del sobrecargo en la carga metida de matute en la bodega; falta de juez en ejercicio a bordo; puesta en sordina de los altavoces oficiales y sirenas de alarma. Esas razones parciales, y otras que podrían añadirse, reclaman una razón explicativa de todas ellas. Razón que debe buscarse en la disparidad lacerante entre las ambiciones de honradez y empleo, en la sociedad civil, y la propensión a la corrupción y al paro en la sociedad política de la Monarquía parlamentaria. Todos lo saben. Pero se aferran al «felipismo», para no reconocer que la causa de la corrupción jamás ha estado en las personas, buenas o malas en función de las circunstancias, sino en las instituciones políticas que niegan la representación parlamentaria a las ambiciones del cuerpo electoral, para dársela a las de los jefes y aparatos de partido. Esto es lo que pasa.

EL MUNDO. LUNES 9 DE MAYO DE 1994

 


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Lo que pasa es que esta Monarquía borbónica dentro de un Estado de partidos y de autonomías no tiene influencia para asegurar la uniformidad de la conciencia de España y es origen de corrupción,por lo que debe de ser reemplazada por un Sistema de Poder Presidencialista,que separe los poderes del Estado,implique a la sociedad civil y consolide el genuino patriotismo en la forma presidencial de Gobierno.

Gonzalo
Gonzalo

Lo que pasa es que esta Monarquía borbónica dentro de un Estado de partidos y de autonomías no tiene influencia para asegurar la uniformidad de la conciencia de España,y es origen de corrupción,por lo que debe ser reemplazada por un Sistema de poder Presidencialista,que separe los poderes del Estado,implique a la sociedad civil y fundamente el genuino patriotismo en la forma presidencial de Gobierno.El sistema electoral proporcional de diputados de listas de partido es un engañabobos,porque sólo representa a los jefecillos de partido y tiene que ser sustituido por el sistema mayoritario de diputados de distrito a doble vuelta.