Un mal ejemplo italiano

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ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO.

Se suele decir que a los italianos les falta el valor en la guerra y les sobra el talento en la política. Pero ese tipo de creencias no tienen más fundamento que el de las literaturas donde se forjan. Es cierto que la cultura italiana, a diferencia de la española, ha creado ideas políticas tan importantes como las de la cultura anglosajona, francesa o alemana. Bastarían las obras de Machiavelo, Vico, Mosca, Pareto y Gramsci, para medir la profundidad del abismo intelectual que nos separa del pensamiento político italiano. Aparte de la escolástica de derecho natural, sólo la «Rebelión de las masas» sobresale de la mediocridad y falta de originalidad de la reflexión española sobre el poder, incluida la del propio Ortega.

También parece cierto que algunas comunas del norte de Italia se dieron formas políticas, antes del Renacimiento, de una rara perfección democrática, donde la mayoría vencedora legislaba y la minoría perdedora gobernaba. Pero desde que lograron su unidad nacional, nada bueno tienen que enseñarnos los italianos en materia de acción política. Y sin embargo, los hemos imitado dos veces en sus malos ejemplos. Primero con el fascismo y luego con la partitocracia. De la que ahora intentan salir, quedándonos nosotros en la estacada.

La imagen que nos llega estos días de Italia puede darnos la impresión de que allí se está llevando a cabo una revolución ejemplar para salir de la corrupta partitocracia y entrar en una sana democracia. Pero la verdad, como veremos, es bien distinta. Sería una incongruencia que llamáramos revolución política a unos hechos programados para que no rocen ni de lejos el sistema de poder. Lo único que esos hechos han revolucionado hasta ahora ha sido el sistema electoral y, por tanto, la clase política. Pero no la forma de gobierno, ni el control del poder. Que siguen tan poco o nada democráticos como antes.

Para pasar del Estado de partidos a un Estado democrático, la reforma de la ley electoral -introduciendo el principio básico de la representación de electores (sistema mayoritario) en lugar de la plebiscitación de listas de partido (sistema proporcional) era un paso indispensable, aunque no suficiente, que se ha dado con poca decisión. Es decir, con mucha imprudencia. Como todo lo que idea la democracia cristiana, el referéndum sobre la nueva ley electoral, que entusiasmó a una población tan indocta como la nuestra, fue un medio paso, pensado en beneficio del centro político, que la simple presentación de caras nuevas convirtió en un fusil que disparaba por la culata.

La reserva del veinticinco por ciento de los escaños para listas de partido, y la no celebración de una segunda vuelta entre los dos candidatos mejor colocados en la primera, forzaron a la derecha y a la izquierda a desnaturalizarse en alianzas previas con grupos extremistas, que han impedido extraer de la sociedad civil todo el jugo representativo que permite el sistema mayoritario. Esto explica la importancia significativa alcanzada por la abstención en un pueblo habituado a votar en masa.

El triunfo de Berlusconi demuestra además que cuando, entre el elector y el elegido, se interpone un instrumento de promoción con vida propia, sea un partido manejado por una camarilla o una televisión pública o privada sin control de imparcialidad, es el instrumento quién decide, teledirigiendo al elector desde su casa a la urna. Para obtener una representación auténtica es necesario que la ley garantice la libertad de candidaturas, algo imposible en el sistema de listas, y la igualdad de oportunidades, lo que no sucede cuando alguna cuenta con medios de financiación o de comunicación no sometidos a control de la autoridad electoral. Tanto en Italia como en España no existe garantía de libertad ni de igualdad en las candidaturas. El resultado de las urnas, o sea, la sociedad política, nunca podrá de este modo llegar a ser representativa de las ideas e intereses presentes en la sociedad civil. Por ello se extiende por Italia una extraña sensación de provisionalidad, a pesar de que una fuerza política ha obtenido la mayoría absoluta.

No era necesario ser adivino para saber que Berlusconi, el empresario del regimen «craxiandreottista», se iba a encontrar en una situación política de tensión parecida a la de Suarez. La Liga Norte, a pesar del impulsivo Bossi, jugará el papel catalán. El movimiento posfascista tendrá, con Fini, el rol de respetabilidad que tuvieron los comunistas con Carrillo. El Partido Popular de los naúfragos democristianos ocupará el lugar sospechoso de la Alianza de Fraga. Occhetto hará perentoria la oposición, como hizo González, para hacer olvidar su complicidad en la reforma liberal que ha entregado el poder a una criatura de la derecha del régimen anterior. O sea, a un craxista. Y el programa de Berlusconi, una versión a la milanesa de «reganismo” económico, impulsará el «apoliticismo» en materia de justicia y prensa. Es decir, las mismas ideas de Craxi para acabar con la independencia de fiscales, jueces y periodistas. Verdaderos antagonistas, junto con la Liga Norte, del viejo régimen. Que lo serán también de su heredero natural, el gobierno Berlusconi.

Hace más de diez años que los magistrados creyentes de su independencia, que no está en modo alguno garantizada en la organización judicial de los paises mediterráneos, comenzaron a descubrir lo que luego se llamó «Tangentópolis». Pero fueron intimidados y bloqueados por los poderes económicos, editoriales y políticos del «consociativismo». Y en especial, por sus propios compañeros en posición de jerarquía. Mientras Craxi obtenía una condena de seis meses de cárcel, y una multa de cien millones de liras, contra el director del «Corriere della Sera», por haber dicho en un editorial que el Partido Socialista no era propenso a cumplir con el séptimo mandamiento. Ha sido la ruptura de la gran industria con el «consociativismo», decidida cuando comprendió que los objetivos financieros del Tratado de Maastricht jamás se alcanzarían con los endeudamientos necesarios al Estado de partidos, lo que despejó de obstáculos el camino de los jueces de manos limpias.

Los jueces no han sido responsables del cambio político en Italia. Ellos no idearon una estrategia para hundir el Estado de partidos y sustituirlo por un Estado democrático. Incluso hace falta una gran dosis de ingenuidad política, de fe en el sistema cuyos vicios combatían, para poder hacer lo que han hecho. La inteligencia política venía de otro poder más independiente que el de la propia clase política. Venía de la poderosa industria del Norte que necesita vitalmente de la Unión Europea. La primera señal la dieron esos miles de empresarios exportadores que se resistían a pagar tributos a una Roma de corrupción, imaginando que vivirían mejor en una Lombardía independiente o federada. La Liga Norte comienza a triunfar al mismo tiempo, y por la misma razón, que los jueces dé manos limpias.

Fiat, Olivetti y la gran industria utilizan esos peligros, cuyo avance favorecen, para que la parte menos comprometida de la democracia cristiana y el nuevo partido de Occhetto afronten una reforma del régimen desde dentro. Una reforma que cercene la partitocracia, frene a la Liga Norte y retorne a los jueces a su «verdadero sitio». Por eso se acuerda la reforma municipal y la electoral asegurando un hueco a los viejos partidos, sin abrir período constituyente a un nuevo régimen de poder en el Estado.

Lo que no estaba previsto era la irrupción de Berlusconi. Esta jugada incalculable, imaginada por el «craxiandreottismo», trastocó la reforma planeada al introducir un elemento de ruptura y de revancha que hacía imprevisibles los acontecimientos. El gran capital abandona deprisa a sus reformistas democristianos y se apoya, con Benedetti, en la coalición progresista de Occhetto. Pero el triunfo de Berlusconi y de la Liga Norte deja políticamente descolocada a la gran industria. Si sigue apoyando al Polo de Progreso, el sistema de poder entrará en crisis. Y si lo abandona, en favor de la fórmula política Berlusconi, empezará en Italia el conflicto social que amenaza el retorno al Estado liberal.

EL MUNDO. VIERNES 1 DE ABRIL DE 1994

 


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