Rafael Martin Rivera

RAFAEL MARTÍN RIVERA.

La izquierda en España vuelve a campar por sus fueros, si es que alguna vez los abandonó. A río revuelto siempre anda lanzando la caña en busca de presas sustanciosas. Es amante del callejeo violento y, en eso, habrá de reconocerse que no le gana nadie. Sabe cómo dar la espalda a la ley, violarla, dar un giro semántico inesperado y ponerla de su parte. Poco importa que entre a golpes en un supermercado o en una sucursal bancaria, que ocupe una vivienda ajena, que cerque el Congreso de los Diputados, o que agreda verbalmente –sólo verbalmente, por el momento– a diputados en sus propios domicilios. La izquierda siempre ha gozado de una especie de comprensión generalizada ante sus acometidas violentas del tipo: «si lo hace, por algo será; seguramente, el agredido se lo merecía». «Superioridad moral» se atreven a decir sus acólitos, ante cualquier tipo de desmán de revoltosos y violentos. Así se llega, a lo que acaso nadie desee ver, pero que lamentablemente conocemos bien en España: la supresión de la ley por la barbarie totalitarista del amedrentamiento y las amenazas, y donde ninguno estará a salvo, ni siquiera la izquierda. Y bien digo: ni siquiera la izquierda, aunque ésta siempre se olvide de ello, inmersa en su insensatez revolucionaria.

Lo hemos visto ya antes con esos «especímenes» de la denominada «izquierda abertzale» que, pese a parecer aislados y repudiados por la sociedad entera, gozaron en muchos momentos de la comprensión entre propios y extraños frente a los agredidos. El resultado de aquellos barros, en cierto modo, nos ha traído estos lodos, pues a nadie se le escapa que aquéllos que amenazaban, agredían, secuestraban y asesinaban bajo cualesquiera denominaciones o «marcas», hoy están impunemente donde están –en alcaldías, diputaciones, asambleas legislativas y hasta en el Congreso de la Nación–, habiendo alcanzado el reconocimiento jurídico y democrático por medios antijurídicos y no democráticos para la conquista de fines ilegítimos, ilegales y antidemocráticos. Y ahí es nada: gloria democrática para quienes violaron la ley, y reconocimiento a su labor por la «consecución de una paz» que ellos mismos cercenaron sin piedad alguna.

Quizás España no haya vivido nunca en paz sino en una revolución permanente y latente; ni hubo jamás reconciliación, aunque nos vendieran la cantinela «buenista» de que sí. Ya lo ha dicho alguno con apariencia «cromagnónica», reivindicando el espíritu de la II República: «Ni olvido, ni perdono». Acaso la izquierda nunca aceptara, sino por miedo –o por no caber otra cosa en aquel momento–, ni la transición ni el régimen de partidos ni la Constitución del 1978, y mucho menos la Corona. Puede que, sin más ambages, la izquierda nunca haya deseado democracia ni libertad en España, y que su aceptación temporal no haya sido para ella sino un medio «posibilista» para terminar alcanzando unos fines –los que sean– dudosamente legítimos: ¿venganza histórica?

Mucho tiempo su simbología, reivindicaciones y actitudes se han dejado pasar por inadvertidas cual comportamiento folklórico carente de fondo y consecuencias, ante el inevitable devenir histórico: desmoronamiento del bloque soviético, fin de los regímenes totalitarios en Europa central y del Este, y aparente imposibilidad de su resurgimiento al acabarse el que parecía grifo inagotable de financiación por parte de Moscú. Los puños en alto, las Internacionales, las banderas rojas de hoz y martillo, y las de la II República, gozaban de una complacencia pasmosa por creerse que aquellos que los alzaban, las cantaban y las agitaban aceptaban plenamente la democracia y la libertad, y que aquellas runas del pasado no eran sino desfiles de disfraces inocentes, casi infantiles. Mas acaso parece que el juicio haya sido errado, prematuro y de una ligereza sobremanera naíf, a la vista de los múltiples acontecimientos recientes…

Algo más que folklore hay. Cuando en un acto homenaje al infausto Comandante Chávez, se ve reunidos a PSOE e IU –copartícipes de la transición–, CC.OO y UGT –organizaciones amparadas por la Constitución–, junto con el BNG, ERC –separatistas y manifiestamente anticonstitucionales– y Amaiur –valedores de fanáticos y asesinos–, todos juntitos, bien avenidos, y con palabras de reconocimiento para quien convirtió Venezuela en su satrapía personal, es difícil creer que la izquierda española pueda amar y desear la democracia y la libertad. Al menos la «libertad» y «democracia» entendidas en su sentido primigenio, genuino e histórico, no en esa «neolengua» orwelliana inventada por el «Ingsoc» donde «democracia» y «libertad» es lo que se disfruta en Cuba y Corea del Norte. «Democracia bolivariana», decían algunos de los enardecidos e ignorantes oradores del auditorio de Comisiones Obreras, abandonando aquella otra terminología sesentona de «democracia popular», en eterna reconstrucción perversa de la Historia. Alguien debería decirles que si Simón Bolívar levantara la cabeza, los pasaba a todos por las armas sin mediar contemplación. Porque si algo era Bolívar era un liberal convencido del XIX, y no un Ché, un Castro o un Chávez del XX. También habrá de aceptarse que probablemente éstos harían lo mismo con aquél.

Inmersos en una terrible algarabía nacional que no vivíamos desde hacía décadas, las tintas se están cargando por todas partes, y aquí nadie parece dispuesto a ponerle freno, ni siquiera ese Gobierno de mayoría absoluta que ha demostrado ser tibio, pusilánime y endeble en sus convicciones democráticas y liberales. Tampoco hay el más mínimo atisbo de sensatez o cordura entre instituciones, políticos o ciudadanos, ni ética ni respeto a la ley entre quienes habrían de presumirse «primus inter pares» y ejemplo de tradición democrática. Todo el mundo se está saltando las reglas, y eso es tanto como destruir los cimientos de la convivencia y la comunidad. Y poco importará que se defiendan postulados monárquicos o republicanos, una constitución u otra, si no están claras unas elementales normas de respeto de coexistencia en común, o si quienes defienden una postura u otra carecen del más mínimo sentido de «libertad» y «democracia».

«No creemos en la democracia como valor absoluto. Tampoco creemos en la libertad», son palabras que se le atribuyen a Largo Caballero en un discurso pronunciado en Ginebra en el verano de 1934. Palabras para la reflexión, sin duda.

twitter @RMartinRivera

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