Humareda blanca

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PACO BONO SANZ.

Cómo apasiona a los Estados de partidos subvencionados el proceso de elección de nuevos papas. Los oligopolios mediático y político asociados trataron una vez más de influir en la decisión de los cardenales, fracasando en el intento. Si hay algo que me gusta de la Iglesia Católica, es su independencia política y moral, reciba o no subvención, con matices discutibles, que podemos hilar fino en este sentido, y lo haremos en futuros artículos. El ejército de propaganda de las partidocracias europeas ha sido incapaz de corromper con su tormenta ideológico-informativa un sistema de elección milenario. ¿Que no hay transparencia?, ¿y a quién le importa? Tanto los que son fieles al catolicismo como los que no somos creyentes hemos observado la chimenea con la tranquilidad que brinda la lealtad a la costumbre, la certeza de que todo sucederá como tiene que ocurrir, y no de otra manera.

No pretendo con este artículo llevar a cabo ningún análisis del sistema de elección vaticano, sino que deseo resaltar la efectividad de la lealtad a sus principios, la ilusión natural y la esperanza que infunden, basadas ambas en la sapiencia de que el nuevo pontífice se podrá equivocar en su acción de gobierno, pero jamás traicionará el dogma de la Iglesia. Por esta razón, resulta contradictorio el que se le exija a la iglesia que pida perdón como institución por los errores que cometieron en su acción anteriores papas. Sería como solicitar al Rey Juan Carlos que se disculpara por la traición del Príncipe Fernando cuando vendió España a los franceses para conspirar contra su padre, sumiendo a la nación en una posterior y dura guerra por la independencia. ¿Cómo exigir ese perdón si tras la victoria contra Napoleón y la liberación de España, los españoles de aquella época recibieron con vítores y aplausos al traidor Fernando VII? Como bien dice Don Antonio García-Trevijano, debemos ser capaces de analizar la historia por los hechos y no por la pasión que los hechos provocan en nosotros. Al Rey Juan Carlos hay que reclamarle responsabilidad por sus propias traiciones y al Papa, también, si las hubiere cometido.

Sin embargo, como decíamos, la Iglesia es formalmente previsible, porque es dogmática. La iglesia es poderosa no sólo por la pasión de sus principios, sino por su estructura y su reglamentación, siempre respetadas. Los enemigos de la Iglesia la aman y la odian por dicho poder. La aman, y es por ello que en los días del cónclave fijan su atención mediática sin disimular lo más mínimo su admiración (cuando habitualmente la están atacando). Ellos quisieran para sí ese poder de la pasión, esa capacidad de atracción que provoca que millones de personas de todo el mundo practiquen la religión católica. La odian porque no son capaces de servirse de ella, de tomar su poder a su servicio, detestan su dogma y tratan siempre de ensuciar la imagen de la iglesia por su pasado milenario. El poder político de los Estados de partidos no se funda en ningún principio, sólo vive del oportunismo y del aplauso fácil. Mientras la Iglesia es lo que siempre ha sido, la política no es. Nadie cree en la política porque no hay unas reglas que se respeten, no hay previsibilidad en la forma, lo que conlleva corrupción y fraude en la acción. La Iglesia no necesita separación de poderes porque es un sólo poder. El Estado sí lo requiere para salvaguarda de la Nación. Y he aquí la clave, los partidos conforman un único poder que parece no separado, y esta verdad les persigue. Besen o no la mano del Papa, según su dogma están condenados; según la Nación, también.

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