Paco Corraliza

PACO CORRALIZA.

Además de arrinconar a la libertad tomándola como un fenómeno individual o personal (y, por tanto, extra-político) del «poder-hacer», pocos prejuicios de la clarividente razón filosófica moderna han sido en Europa tan dañinos para la Libertad Política y la vida humana como la suposición de que existen «leyes históricas» que conducen o deben conducir el ciego devenir de los seres humanos al margen, o como oculta consecuencia, de aquella postiza y contradictoria libertad individual de sus miembros. Otro de esos prejuicios se encuentra en la superioridad cultural asociada al orgulloso culto a la nación propia. La Revolución-Reacción francesa iluminó con hechos el envenenado pastel de tales ilusiones; la filosofía alemana lo engalanó con la ponzoña de sus sesudas, cientifistas y racionales razones.

 

La gigantesca osadía de «destilar filosóficamente» ritmos, patrones o «procesos» subyacentes que «empujan» el avance de la Historia puede ser considerada como un invento del racional-idealismo filosófico alemán. De modo, además, paralelo y contemporáneo al concepto mítico de «Cultura», del que afirma el profesor Gustavo Bueno: “la idea metafísica de Cultura objetiva no es una idea eterna, sino una creación de la filosofía alemana”(1).

 

Fue la Psique de Kant, adelantándose a Herder, quien dio el primer paso hacia la conquista del «santo grial» de la Historia Universal. En 1784 escribe el opúsculo “Idea para una Historia Universal en clave cosmopolita” que comienza así: “Al margen del concepto que uno pueda forjarse con un propósito metafísico sobre la libertad de la voluntad, sus fenómenos, las acciones humanas, se hallan tan determinadas como cualquier otro suceso natural según leyes universales de la Naturaleza. La Historia, que se ocupa de narrar esos fenómenos, nos hace abrigar la esperanza de que, por muy ocultas que puedan estar las causas de tales fenómenos, cuando la Historia contempla el juego de la libertad humana «en bloque», acaso pueda descubrir un curso regular, de suerte que cuanto salta a la vista como enmarañado e irregular en los sujetos individuales bien pudiera reconocerse en el conjunto de la especie como una continua evolución progresiva, aunque lenta, de sus disposiciones originarias.[…] Poco imaginan los hombres (en tanto que individuos e incluso como pueblos) que al perseguir cada cual su propia intención según su parecer y a menudo en contra de otros, siguen sin advertirlo –como un hilo conductor– la intención de la Naturaleza.”(2)

 

Kant, fuertemente «infectado» por Rousseau, se mostraba tan confiado en su metafísica “Naturaleza” como ignaro de Libertad Política, y sólo parecía ver en la sociedad una ignominosa y recurrente lucha de las personas entre sí cuando viven en la libertad (falsa) a que él se refiere. Prefigurando los derroteros sobre los que después discurrirían las Psiques de Hegel y Marx, su «naturo-latría» le hace decir que “el medio de que sirve la Naturaleza para llevar a cabo sus disposiciones es el antagonismo [entendido como] insociable sociabilidad de los hombres, esto es, el que su propensión a vivir en sociedad sea inseparable de una hostilidad que amenaza con disolver esa sociedad”(2). De modo que ese “antagonismo acaba por convertirse en la causa de un orden legal de aquellas disposiciones”(2). Como ocurrió de hecho en la Revolución-Reacción francesa y sigue ocurriendo, en definitiva, hoy día, resulta que ¡las personas sólo pueden vivir en libertad si son «socializados» o «civilizados» desde las leyes del Poder y, en suma, del Estado! Pues, ¿qué «Naturaleza» es esa, señor Kant, sino la naturaleza del Poder? Sin embargo, para el amigo Immanuel: “¡Demos gracias a la Naturaleza, por la incompatibilidad, por la envidiosa vanidad que nos hace rivalizar, por el anhelo insaciable de acaparar o incluso de dominar!”(2), ya que “sin ello, todas las excelentes disposiciones naturales de la humanidad dormitarían eternamente sin llegar a desarrollarse jamás”(2).

 

Y, tras decirnos que “el mayor problema para la especie humana, a cuya solución le fuerza la Naturaleza, es la instauración de una sociedad civil que administre universalmente el derecho”(2), nos dirá que ese problema es “el más difícil y el que más tardíamente será resuelto”(2), ya que su dificultad se encuentra en que “el hombre es un animal que, cuando vive entre los de su especie, le hace falta un señor […] que quebrante su propia voluntad y le obligue a obedecer una voluntad universalmente válida con la que cada cual pueda ser libre”(2). Como se ve, las puertas por las que entraría el estadólatra Hegel quedaban así abiertas.

 

Insistiendo en que “se puede considerar la Historia humana en su conjunto como la ejecución de un plan oculto de la Naturaleza(2), mantiene la creencia en que “un ensayo filosófico para elaborar la Historia Universal […] descubrirá un hilo conductor que no sólo puede servir para explicar el confuso juego de las cosas humanas o el arte de predicción de los futuros cambios políticos”(2); también para “encauzar tanto la ambición de los jefes de Estado como la de sus servidores hacia el único medio que les puede hacer conquistar un recuerdo glorioso en la posteridad”(2). Como se ve ahora, aquí se encuentra ya, en estado larvario, el impúdico desembarco en la política del pensamiento ideológico con aspiraciones a «comprender el mundo y profetizar el futuro» al servicio del Poder universal. Nueva llamada a la puerta para Hegel y, especialmente, para Karl Marx.

 

Ya en 1795 insistirá Kant en su providencial «determinismo naturalista», afirmando que “cuando digo que la Naturaleza quiere que ocurra esto o aquello, no significa que nos imponga el deber de hacerlo (pues ésto solo puede imponerlo la razón práctica libre de coacción) sino que ella misma lo hace, querámoslo nosotros o no”(3).

 

Concluyamos: desconfianza en la Libertad; invocación del Poder; supersticiosa creencia en el «destino, la Providencia o la Naturaleza» (como “garantía de la paz perpetua”(3)). Igual que sus sucesores, Kant da la espalda a la Libertad de hecho experimentada por los colonos americanos, quienes, por el camino exactamente inverso, supieron denunciar ante el mundo los abusos del Poder (Rey y Parlamento ingleses) en su admirable Declaración de Independencia (1776) y garantizaron su Libertad Política mediante una Constitución que estableció la Democracia representativa o formal con separación de poderes. Una Constitución ya hoy con más de 225 años desde su aprobación en 1787 (15 Constituciones francesas o 4 alemanas en ese mismo periodo; ninguna democrática); algo inconcebible para Kant (“maestro universal”(2) según Herder) quien, por su parte, ni en 1784 parecía conocer ni importarle aquella Declaración ni, en 1795, esa Constitución.

 

En España, hoy, con el permiso de la antidemocrática UE del eje social-€-burocrático franco-alemán, según parece, tendremos que seguir esperando a que el «providente destino» nos permita disfrutar de la Libertad Política con una Constitución Democrática que sustituya al corrompido y oligárquico régimen del actual Estado de Partidos.

 

(1)BUENO, Gustavo. “El mito de la Cultura”. Ed. Prensa Ibérica, S.A. 1997. (Ed. original: 1996).

(2) KANT, Immanuel. “idea para una historia universal en clave cosmopolita”. En libro “¿Qué es la Ilustración?”. Alianza Editoral, S.A. 2011. [Ed. original: 1784].

(3)KANT, Immanuel. “Hacia la paz perpetua. Un esbozo filosófico”. Ed. Biblioteca Nueva, S.L. 2005. [Ed. original: 1795].

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